Las bolivarianas y los bolivarianos conmemoramos este año el bicentenario del Congreso Anfictiónico de Panamá; sin duda, un importante hito en el proyecto histórico de la americanidad; pero también en el ideario y la praxis política del Libertador Simón Bolívar, desde cuya perspectiva dicho escenario encarnaba la visión de un proyecto orientado a la búsqueda de la unidad y la solidaridad entre las entonces nacientes Repúblicas del continente, a través del establecimiento de una confederación capaz de encarar las amenazas tanto internas como externas a las que estas se enfrentaban, en una coyuntura en la que estaban en juego la consolidación de su independencia y el logro de la estabilidad, y en la que el planteamiento de la unión resultaba clave para evitar la fragmentación y el caos.
Lamentablemente, y a pesar de los esfuerzos realizados por Bolívar, dicho proyecto histórico se apagó por un tiempo; hasta que es retomado doscientos años después por el Comandante Hugo Chávez, al asumir por vez primera la Presidencia de la República en febrero de 1999 y llevar a cabo, entre otros iniciativas, una transformación profunda de la concepción geopolítica que predominó hasta entonces en el país, bajo una perspectiva ética contrahegemónica que está íntimamente relacionada con la determinación de los pueblos de Nuestra América de alcanzar su plena y definitiva independencia, frente al incesante empeño del imperialismo estadounidense de procurar revivir, a toda costa, la anacrónica y supremacista Doctrina Monroe.
Esta visión geopolítica, propia de la Revolución Bolivariana, prioriza la integración con las demás naciones del continente, lo que se refleja en el impulso por parte del gobierno venezolano de nuevos mecanismos como la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América-Tratado de Comercio de los Pueblos (ALBA-TCP), la Unión de Naciones Suramericanas (UNASUR) y la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC); así como en iniciativas como Petrocaribe, orientadas todas ellas a hacer de la región un vigoroso polo de poder capaz de insertarse con fuerza en el mundo nuevo que se abre paso, un cometido en función del cual además se impulsó la creación de un nuevo orden comunicacional regional -de carácter descolonizador- y el afianzamiento de una identidad propia de nuestros pueblos, y que también persigue -como se establece en elPlan de la Patria de las 7 Grandes Transformaciones 2025-2031 presentado por el Presidente Nicolás Maduro en el año 2025- avanzar paulatinamente en el desmontaje del “sistema neocolonial de dominación imperial”.
Se trata de un anhelo que tiene hoy plena vigencia, en momentos en que los pueblos de la región enfrentamos desafíos muy similares a los que encararan Miranda y Bolívar, tras lamentablemente hacerse realidad aquella frase suya convertida en profecía: “Los Estados Unidos parecen destinados por la providencia para plagar la América de miseria a nombre de la libertad” (1829); frase que expresara el Libertador tres años después del fracaso del Congreso Anfictiónico de Panamá y que refleja la profunda desconfianza que éste tenía hacia la política exterior del peligroso vecino del norte, que ya en 1823 había adoptado la Doctrina Monroe como herramienta de dominación sobre las naciones del continente, favorecedora de todo tipo de intervenciones durante los últimos dos siglos, incluyendo las militares.
Es la misma premisa que sustenta el denominado corolario Trump de la Doctrina Monroe, que como parte del permanente empeño del imperialismo estadounidense de imponerla a nuestros pueblos, quedó expresado en la nueva Estrategia de Seguridad Nacional de los Estados Unidos, puesta en práctica contra Venezuela tan sólo un mes después de hacerse pública y a través de la cual se justifica el alineamiento de instrumentos coercitivos, económicos y militares bajo el eufemismo de neutralizar las amenazas a dicha seguridad, aunque en realidad se trate de la vieja aspiración norteamericana de pretender abrogarse el control del destino del hemisferio, dejando de lado al derecho internacional como marco regulador.
Sin duda, estamos en presencia de un nuevo episodio de la disputa histórica entre dos visiones antagónicas -aunque ambas surgidas en el siglo XIX- acerca de la independencia, la soberanía y el rol encomendado a los países de la América Latinocaribeña en el contexto regional y mundial; un acento que el proyecto bolivariano coloca en la emancipación de estos pueblos, a partir de la construcción de una identidad nuestroamericana soberana, el rechazo a todo tipo de injerencismo y -a la par de la liberación en el ámbito político- el desarrollo de una profunda transformación societal, capaz de garantizar junto a la libertad, la justicia, la educación y la participación activa de la ciudadanía en los asuntos públicos.
De manera que, ante un escenario tan complejo, preciso es continuar nutriéndonos del ideario bolivariano, que hoy sigue erigiéndose en barrera moral, reivindicando su visión de justicia social, soberanía, independencia y unidad nuestroamericana; un proyecto histórico que, ciertamente, aún está en construcción y que se enfrenta a un enemigo poderoso, que se resiste a que se haga realidad lo que Miranda trajo hace doscientos años inscrito en su bandera tricolor: libertad, igualdad, fraternidad; o a que se haga realidad el anhelo de Bolívar de que aquel loco griego en que se convirtió el Congreso Anfictiónico de Panamá, según sus palabras, no siga siendo un poder solitario en la sombra, sino que se convierta por el contrario en un poderoso proyecto de unidad y libertad, cuyo poder funja como faro que ilumine el horizonte de todas las naciones de la región, para que el siglo XXI nos consiga unidos y no dominados.
Nos corresponde a las mujeres y los hombres de bien, de pensamiento plural, preocupados por lo que ocurre hoy en la región y el mundo, movilizar lo mejor del poder del espíritu humano para alcanzar tal cometido; tal y como señalara el Comandante Hugo Chávez en un mensaje que dirigiera a la Asamblea General de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) en septiembre de 2011, a través del cual manifestara que «…se impone desatar una gran contraofensiva política para impedir que los poderes de las tinieblas encuentren justificación para desatar la guerra global generalizada con la que pretenden salvar el capital de occidente”; al tiempo que, hacia un llamado a que “construyamos el equilibrio del universo que avizorara Bolívar, el equilibrio que, según sus palabras, no puede hallarse en el seno de la guerra, sino el equilibrio que nace de la paz”, un llamado que partía de la comprensión de que “el futuro de un mundo multipolar, en paz, reside en nosotros, en la articulación de los pueblos mayoritarios del planeta para defendernos del nuevo colonialismo y alcanzar el equilibrio del universo que neutralice al imperialismo”.
Esa es la tarea que impone a las bolivarianas y los bolivarianos de estos tiempos la actual coyuntura: seguir luchando por construir una América Latinocaribeña unida y, más allá, por un mundo futuro en equilibrio, sin injerencismos ni imposiciones de ningún tipo, sin gobiernos supremacistas que pretendan someternos a sus intereses; evitando con ello ser sometidos y oprimidos por el capitalismo y sus lógicas, sus instituciones, sus aparatos de destrucción.
Hoy, frente a la agresión política-diplomática, económica-financiera-comercial y militar del imperialismo estadounidense, los pueblos de la América Latinocaribeña debemos alzar nuestra voz y librar con renovadas fuerzas una batalla histórica en la que junto a Miranda, Bolívar, Chávez y el Presidente Nicolás Maduro nos está prohibido fallar.
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