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No existe correlación entre desigualdad y progreso económico. El gran mito de la desigualdad

23/02/2026 by Vitalio Deja un comentario

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Por: Jorge Majfud  

Sólo por limitarnos a América, desde el polo Norte al polo Sur, la colonización española, portuguesa y anglosajona radicalizaron las diferencias sociales al mismo tiempo que radicalizaban la pobreza.

Como lo analizamos en Moscas en la telaraña (2022), no por casualidad los liberales modernos fueron una continuación-herencia de los nobles medievales que se oponían al poder centralizado de los reyes. Aunque la idea de igualdad indígena era radical e incluía como derecho a todos los grupos sociales de una nación, a todos los géneros (hombres, mujeres, lesbianas y homosexuales) y a todos los grupos étnicos y lingüísticos adoptados, en las democracias liberales se impuso la antigua idea de igualdad: una igualdad y una justicia social entre iguales; es decir, dentro de cada una de las diferentes clases sociales, cuyos miembros eran valorados y juzgados según las leyes estamentales de su clase social.

Luego de la revolución de la Ilustración, esta última tradición de las igualdades estamentales fue abolida, y se creó el sentido común de que las leyes debían ser universales (solo dentro de un mismo país) sin importar raza, religión y clase social. Sin embargo, de la misma forma en que la Declaratoria de la Independencia de Estados Unidos de 1776 afirma que “todos los hombres son creados iguales” y la Constitución de 1789 habla en nombre de “We the people”, en ningún caso esa igualdad incluía a la mayoría de la población: mujeres, indígenas, mestizos, mulatos, blancos pobres, negros y esclavos de todo tipo.

Es decir, no sólo la democracia liberal de Occidente coincidía con los ejemplos restrictivos de democracias de la antigüedad europea, sino que también el mismo concepto de igualdad. Incluso hoy, las democracias liberales son plutocracias (considerar el origen del liberalismo como continuación de la nobleza feudal extendida por el capitalismo), aún más restrictivas y concentradoras del poder que en la antigua Grecia, donde existían límites a la acumulación a través de los impuestos.

Hoy, el mismo concepto de igualdad es brutalmente restringido: todos somos iguales ante la ley, pero no ante la justicia. Un ladrón de bicicletas tiene mil veces más posibilidades de ir a la cárcel en cuestión de días que un millonario que estafó millones manipulando las leyes de un país, las inversiones del club selectivo de hedge funds, o endeudó a todo un país en beneficio propio y de sus amigos. Un ladrón de teléfonos tiene más posibilidades de terminar linchado o en prisión que un pederasta de la clase dominante―para prueba están los archivos Epstein. La justicia no es ciega. La justicia tiene los ojos vendados porque ha sido secuestrada.

Por estas razones, no es una ironía ni una contradicción el hecho histórico de que, mientras los filósofos y los revolucionarios europeos admiraban las sociedades indígenas por los ideales sociales y existenciales que envidiaban y promovían, las ponían como ejemplo de lo que no querían o no era posible. No querían ser salvajes como los pueblos pertenecientes a razas inferiores. No querían perder sus privilegios de clase ni sus antiguos sueños de naciones imperiales, modeladas a imagen y semejanza de la admirable Roma.

Para esto, racionalizaron (incluso el mismo Rousseau) que las reglas de la democracia y la igualdad sólo eran posibles en “sociedades primitivas”, en sociedades pequeñas, en el “paraíso perdido” que ya no podía volver. Su contemporáneo e ícono del liberalismo―hoy sería acusado de socialdemócrata―Adam Smith, continuó esta línea de pensamiento procedente de una Europa plagada de crimen y miseria, pero orgullosa de su arquitectura y de su poderío militar: “La pobreza universal establece su igualdad universal”, escribió. En el medio, con sus mujeres no tan vestidas como en Medio Oriente ni tan desnudas como en Africa, están los sabios y superiores europeos.

Para los pueblos nativos como los iroqueses―incluso para quienes visitaron Europa―, estas mieles del progreso eran ilusorias. No es que los indígenas carecieran de autoridad, sino que ésta estaba legitimada no por el poder económico ni por alguna psicopatología de acumulación y poder, sino por lo contrario: por la habilidad del líder de convencer a los demás a través de argumentos, de las bondades de sus propuestas. No es que los nativos desearan algo que no tenían, sino que, como ellos mismos lo expresaron, no deseaban algo que les quitaría su libertad.

Sin embargo, ni las sociedades con democracia igualitaria (comunista) de los indígenas norteamericanos era pequeña (sólo la población iroquesa sumaba tanto como la de Londres antes de las pandemias europeas) sino que la idea de que existe una correlación entre desigualdad y progreso económico se contradice con lo que podemos observar en varios continentes.

Sólo por limitarnos a América, desde el polo Norte al polo Sur, la colonización española, portuguesa y anglosajona radicalizaron las diferencias sociales al mismo tiempo que radicalizaban la pobreza. Los palacios y mansiones con escaleras de mármol no eran para los obreros y mucho menos para los indígenas. Para ellos era el dolor físico y moral.

Por siglos, la colonización territorial y socioeconómica del Sur Global redujo la expectativa de vida de sus habitantes de 45 años (superior a la europea por siglos) hasta 29 años en pleno siglo XX, como fueron los casos de países ricos, como el Congo o Bolivia. El imperialismo y la brutalidad colonial también redujeron la estatura promedio de su población, al tiempo que aumentaron la adicción al alcohol y a drogas como el tabaco (el tabaco es de origen americano, pero el tabaquismo es europeo, como la mayoría de las adicciones promovidas por el consumismo y la mercantilización de la existencia). Por no mencionar los altos índices de depresión y suicidio exportados por los colonos.

Es decir, por siglos de colonización, la desigualdad no significó progreso material, sino todo lo contrario. Cuando significó un progreso lo fue para una minoría. Al mismo tiempo que John Locke a finales del siglo XVII y Adam Smith un siglo más tarde (y los neoliberales más de tres siglos después) razonaban que la desigualdad era causa y consecuencia del progreso social, Inglaterra se beneficiaba de la expansión de la esclavitud en India, Estados Unidos y Brasil, proveedores del oro blanco y de otros recursos vitales para sus industrias. Al mismo tiempo que se consolidaban las mega fortunas concentradas en el Sur estadounidense y se fundaban las corporaciones que hoy dominan la economía del mundo, los negros vivían en esclavitud y los blancos pobres en servidumbre (cuando no en esclavitud indenture) por apenas unos siglos. De forma simultánea, en los centros del imperialismo europeo, al mismo tiempo que aumentaba la prosperidad material, el desarrollo social y mejoraban las expectativas de vida y la altura de su población tres siglos después del nacimiento del capitalismo, se reducía la desigualdad.

Las explicaciones sobre este nuevo bienestar y desarrollo en Europa (con frecuencia explicaciones políticas, cuando no racistas) con recurrencia atribuyen todas las bondades al capitalismo. Ignoran, sin embargo, realidades básicas: la expectativa de vida en Europa mejoró siglos después por la introducción de la higiene―conocida y practicada por los indígenas por siglos―, como el uso del jabón y las medicinas químicas, conocidas en las abominables civilizaciones musulmanas en Oriente y por los salvajes indígenas en Extremo Occidente.

Sobre todo, ignoran que toda esa prosperidad, con su ápice en la Belle Époque (desde la segunda mitad del siglo XIX hasta la Primera Guerra Mundial) estaba sustentada por la vampirización de Asia, Africa y América Latina―continentes que, a su vez, eran usados como ejemplos de retraso económico, cultural, mental y hasta racial.

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