Por: Guillermo Saccomanno
Y con la vuelta del otoño, otra vez Pessoa. Por qué no pensar su diario y su desasosiego como estaciones del alma. Bernardo Soares, el ayudante de tenedor de libros en Lisboa a comienzos del siglo pasado, anota por ahí que el verdadero sabio es aquel que consigue que los acontecimientos exteriores lo alteren mínimamente. Tal vez convenga recordarlo: Soares es uno de los heterónimos del escritor portugués que fue reclamado por la eternidad años después de su muerte en 1935. En cuanto al otoño, por qué no juzgarlo más un acontecimiento íntimo si bien es cierto que una racha de lluvia puede confinarnos a la vez que imprime una saudade colectiva. Saudade es una palabra muy Pessoa. Temperamento tímido, apagado, de observar más que de intervenir, a Soares, que se lo suele considerar como el alter ego más cercano a Pessoa que cualquiera de sus heterónimos, más pegado a sus rasgos y sus costumbres, un tipo más bien se diría insignificante, raramente le llaman la atención el pasaje de un tranvía, los pasos de un caminante nocturno, el rumor del mar cercano que, imagino, debe escucharse como el batir del oleaje acá en el Náutico, este parador de playa. “Somos los que no somos y la vida es rápida y triste”, anota el alter ego contable en momentos sucesivos cuando viene de dar un paseo por la orilla solitaria. “Sabio es aquel que monotoniza su existencia. El cazador de leones no siente ya la aventura tras la caza del tercer león”, registra. Sin embargo, sus pensamientos, se da cuenta, no son originales. “Todas las emociones que los hombres han dejado de vivir cruzaron mi mente. Como un oscuro resumen de la historia”. Tampoco le sorprende no ser original. Cuántos somos, se pregunta. Qué mares resuenan en nosotros, en la noche de ser nosotros mismos, por las playas que nos sentimos ser en los prolongamientos de la emoción”. En estas disquisiciones pareciera írsele la vida, siendo la vida un estado mental. Es cierto, puede precisarse el tiempo que dura el Diario del Desasosiego de Fernando Pessoa entre 1913 y 1935, la muerte del autor, pero este dato, una vez que se ingresa en su lectura, pierde trascendencia: las páginas se suceden unas tras otras en un tiempo sugerido que es el de las primeras décadas del siglo pasado y pasa a ser otro y el de uno, el de ese empleado que parece estar perdido en sí en la semipenumbra del negocio mientras vacila si una frase es la más atinada, si no hay acaso otra que pueda transmitir con más acierto su ánimo melancólico. Un tránsito ensoñado, se diría. Es evidente que su tiempo no es el de sus contemporáneos. Pero tampoco el nuestro. Siempre subjetivo ese tiempo, sólo puede ser nuestro cuando una herida del corazón lo invade, y esa sensación es contagiosa. Su tiempo es, por sobre todo, el de la escritura en el tiempo en que es escrito, que es a la vez el de ser leído. El contable vive en estado de niebla, en este que hoy es el otoño de la costa bonaerense, que promete una sudestada y en esta ensoñación se deja envolver. “Vivir es ser otro. Y sentir no es posible si hoy se siente como ayer se sintió: sentir hoy lo mismo que ayer no es sentir, es recordar hoy lo que ayer se sintió, ser hoy el cadáver vivo es lo que ayer fue vida perdida”. Obvio que sumirse en el diario del contable puede ser denso a muchos, por no decir casi todos. Y no está mal que así sea. Conviene acotar que para el señor Soares, como anotó por ahí, pensar no es vivir. Además llovizna.
Durante un tiempo largo, décadas, la mención del baúl de Pessoa fue legendario. Hubo una cantidad de curiosos autorizados que revolvieron, hurgaron, clasificaron y buscaron una cronología de los papeles encontrados. A pesar de sus tenacidades, todavía no pudieron concluir la búsqueda y selección de los textos. Para subrayar el grado de invisibilidad y de infinito que Pessoa se fijaba, basta señalar que la curiosidad persiste y los exploradores se suceden. Y cada uno que se subsume en la operación es aguardado por la impasibilidad de un cronista y estudioso de sí mismo, sus recovecos y oscuridades en los que, cada tanto, se entreabre una ventana cuya luz proveniente de una callejuela lisboeta permite adentrarse en esta “autobiografía sin acontecimientos”.
De igual modo llovizna cuando me acuerdo de Juan Forn en una de sus crónicas personales que ejemplifica uno de los modos de memoria de Pessoa. Cuando vivía acá en el bosque a Juan le llamaron la atención unos hombres y mujeres que se habían reunido un fin de semana lluvioso en el chalet de al lado. Una noche, cuando salía a dejar la basura, pudo conversar con uno de los ocupantes transitorios. Me lo imaginé a Juan y al vecino ocasional conversando en la medianoche, las ligustrinas, los grillos, chistido de lechuza. El grupo, que tenía un aire de secta, se juntaba una vez al año, le contó el hombre. Y le dedicaban todo un fin de semana a comentar sus lecturas de Pessoa. Más tarde Juan advirtió que en la basura había una botella vacía de vinho verde. Madeira, me especificó Juan. Y no me acuerdo si así lo nombró en la crónica “Voces en el jardín” publicada en Radar. A Juan le gustaba fabular. La precisión es uno de los rasgos encubridores de la mentira. Tal vez la anécdota, exquisita y minuciosa por cierto, fue otra sus invenciones. Pero había una verdad aún no ocurrida entonces, que portaba un lado predictivo. Hoy sus amigos y lectores vecinos, como los feligreses de Pessoa, mantienen la presencia de Juan en un espacio en internet dedicado a las contratapas que publicaba aquí los viernes. Es decir, Juan está aunque no esté, todos los viernes. Y no me digan que el cuento, el cuento dentro de otro, su parte real o de ficción, no respira una brisa Pessoa.
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