Por: José Ernesto Novaéz Guerrero
Trump y su equipo están en una cruzada. La diferencia con respecto a anteriores cruzadas del Imperio norteamericano reside en el contexto geopolítico actual y el hecho de que la administración Trump, comenzando por el presidente, es cualquier cosa menos sutil en sus intenciones imperialistas. Aunque las estructuras ideológicas y el departamento de Estado siguen reciclando las mismas viejas narrativas de lucha por la democracia o contra el mal para justificar las acciones del ejecutivo, no pueden evitar que el mandatario haga declaraciones imprudentes que desnudan completamente sus intenciones.
El objetivo de esta cruzada es restablecer la precaria hegemonía norteamericana. Las principales acciones en materia de política exterior han apuntado en esa dirección. Y como Estados Unidos ha perdido la palanca económica como principal elemento de influencia, no le queda otra opción que apelar a la fuerza bruta, al mejor estilo del viejo imperialismo.
Hoy la nación norteamericana está sentada sobre una bomba de tiempo. El esquema financiero internacional del petrodólar le dio la extraordinaria capacidad de endeudarse por encima de cualquier racionalidad. Y hoy esa deuda continúa creciendo descontroladamente, al mismo tiempo que las reformas neoliberales de los 80 y 90 desplazaron fuera del país, fundamentalmente hacia China, una parte esencial de las capacidades productivas del país. El consiguiente ascenso de China, el progresivo debilitamiento del dólar como divisa de reserva a nivel internacional, la tendencia de Arabia Saudita y otras monarquías del Golfo a comenzar a vender petróleo en otras monedas y el desastre de la guerra en Irán son elementos que, combinados, han puesto a Estados Unidos en uno de sus momentos de mayor debilidad en su historia como nación independiente.
Ya quedaron atrás los días del país como potencia floreciente. Hoy es un viejo imperio que se aferra violentamente a sus privilegios. Y para mantenerlos y recuperarlos, los núcleos de ultraderecha alineados alrededor de Trump han decretado una Santa Cruzada. Al igual que en el medioevo, las formas ideológicas del proceso son pura superficie. No importa la democracia ni es contra el comunismo, es por control y hegemonía.
Y en esta cruzada, América Latina desempeña un papel fundamental. Históricamente vista por Washington como el «patio trasero», la región durante la segunda mitad del siglo XX y las dos primeras décadas del siglo XXI vivió importantes procesos políticos y económicos que pusieron en entredicho el efectivo control norteamericano sobre ella. Procesos como la Revolución cubana y la Bolivariana y el avance sostenido de China como mayor socio económico de las principales economías del área ilustran este proceso.
Es precisamente en este marco en el cual debemos leer la cruzada en curso. La agudización ocurrida luego de este 3 de enero con la agresión a Venezuela tuvo un importante antecedente en los periplos políticos del Secretario de Estado por varios países de la región y el despliegue de medios y tropas iniciado con la Operación Lanza del Sur. No solo se desplegaron poderosos medios militares como portaaviones y submarinos nucleares, sino que se reactivaron bases militares como la Vieques, que Estados Unidos había abandonado en el pasado como resultado de presión popular.
La reactivación de las bases fue un signo claro de que estamos ante un proceso mucho mayor que la excusa venezolana. Y las recientes filtraciones del Hondurasgate lo reafirman. La región está siendo reocupada militarmente.
El ataque a Venezuela y la cada vez más posible agresión contra Cuba son parte esencial de esta agenda. Implica la eliminación y disciplinamiento de dos procesos y dos pueblos que han desempeñado un papel fundamental en el enfrentamiento a la hegemonía norteamericana en la región. Pero no se queda solo ahí.
La cruzada incluye también el fortalecimiento de la presencia militar en Ecuador, con claras implicaciones de seguridad para Colombia; la intromisión en procesos electorales como el de Honduras o el que está en curso en Colombia; la violación de la soberanía mexicana y brasileña, usando la excusa del combate al terrorismo; las amenazas a Panamá para lograr un mayor control del Canal y expulsar a las empresas chinas de la zona; las amenazas de intromisión en Bolivia ante las protestas populares contra el gobierno de Paz; el Escudo de las Américas y un largo etcétera de acciones desplegadas en un corto período de tiempo, con un enfoque sumamente agresivo.
El objetivo es sembrar el miedo en la región, paralizar a la izquierda socialdemócrata, aislar los focos de resistencia, devolverle el control del país a las burguesías entreguistas históricas que han garantizado el pleno acceso del capital norteamericano a los recursos de sus países y cerrarles las puertas a los feroces competidores chinos, con los cuales la decadente economía norteamericana hoy, sencillamente, no puede competir.
En el caso específico de Cuba están, además, las ambiciones políticas de Rubio y el anhelo del exilio histórico cubano refugiado en Florida. La isla forma parte importante de los objetivos de esta cruzada por el reto extraordinario que representa haber construído un proyecto socialista de soberanía y justicia social a menos de 90 millas de los Estados Unidos. A diferencia de Venezuela, cuyo peso además de simbólico es directamente económico, Cuba es un objetivo puramente político. Rendir Cuba, para ellos, es rendir la histórica resistencia latinoamericana.
Uno de los resultados inmediatos de la escalada agresiva ha sido la fragmentación, el discreto silencio y el intento de buscar acuerdos individuales que eviten convertirse en el próximo objetivo de la maquinaria de guerra desplegada en la región. Una suma de naciones desunidas puede hacer bien poco para preservar su soberanía frente al gigante vecino norteño.
Para decirlo en el mejor espíritu martiano: o Nuestra América descubre la forma de andar unida en esta hora difícil o será pisoteada una vez más por el gigante de las siete leguas.
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