Por: Aditya Bahl
Antonio Gramsci se convirtió en un pensador para casi todos: liberales, socialdemócratas, populistas y marxistas encuentran en sus cuadernos algo propio. Pero esa maleabilidad también puede despolitizarlo.
Décadas después de la primera publicación de los Cuadernos de la Cárcel, el chiste sigue siendo popular: Antonio Gramsci es un comunista que le puedes presentar a tus padres. No importa si son liberales o maoístas, socialdemócratas o antiimperialistas, populistas o pacifistas. Todo el mundo se lleva bien con Antonio.
Las razones de la popularidad de Gramsci, así como de su maleabilidad, residen en la forma singular de su obra. Sus temas, para empezar, son asombrosamente vastos: novelas por entregas y teatro popular, consejos de fábrica y haciendas campesinas, catolicismo y comunismo, diseño periodístico y gramática comparada, folclore y ópera. Aquí hay algo para todos. Al mismo tiempo, la escritura carcelaria de Gramsci —más de 3.000 páginas en 33 cuadernos— está salpicada de innumerables códigos y términos «esópicos». Estas cifras fueron concebidas originalmente para confundir a los censores fascistas de Benito Mussolini, pero sus significados difusos han desencadenado desde entonces una serie de acaloradas polémicas. Y así, además de atraer a una audiencia inusualmente diversa, la obra de Gramsci también generó interpretaciones diversas y frecuentemente dispares.
¿Es «subalterno» un código para las clases trabajadoras? ¿Es la «hegemonía» una fuerza económica o un poder cultural? ¿Son los «intelectuales orgánicos» inherentemente más progresistas? Las respuestas a tales preguntas dependen de qué estudioso se elija —si, por ejemplo, se lee a un crítico literario foucaultiano o a un sociólogo marxista, a un historiador subalterno o a un antropólogo posthumanista. A lo largo de los años, la escritura de Gramsci fue pulida por críticos de adhesiones tan diversas que se terminó convirtiendo en un espejo: uno abre sus libros solo para confirmar sus propias creencias.
No sorprende, entonces, que cuando el escritor inglés Andy Merrifield llegó a Roma sintiéndose «agotado intelectualmente», Gramsci acudiera a su rescate. En junio de 2023, Merrifield siguió a su esposa a su nuevo empleo en Italia. Habiendo escrito una docena de libros —sobre pestes, ciudades, burros o magia—, no estaba seguro de si le quedaba otro libro por escribir. Las «tareas prácticas» de la mudanza lo habían dejado exhausto, lo que le generaba temores respecto de un retiro anticipado. Una visita al cementerio no católico de la ciudad, sin embargo, pronto curó su bloqueo de escritor.
Un espléndido florecimiento de flores, cigarras, pájaros y cipreses: este cementerio «tropical» no se parecía en nada al resto de Roma. Una pirámide egipcia de 2.000 años de antigüedad de Cayo Cestio se alzaba en las inmediaciones. Las lejanas murallas aurelianas, igualmente antiguas, se erguían por encima de las tumbas. Este «reino mágico» era un lugar de descanso apropiado para los famosos habitantes del cementerio: los poetas románticos ingleses John Keats y Percy Shelley. ¿Pero Gramsci? La lujuriosa serenidad estaba en contradicción con las circunstancias de la vida del revolucionario. Gramsci había pasado su última década en la tierra pudriéndose, literalmente, en las cárceles fascistas. Sufrió uremia, angina de pecho, gota, lesiones tuberculosas, arteriosclerosis y enfermedad de Pott. Para cuando murió en 1937, a los 46 años, la cabeza de Gramsci estaba tan hinchada que se asemejaba a las piedras de granito de otro mundo que han poblado el paisaje meridional de su nativa Ghilarza desde la era neolítica. En una inversión apropiada, sin embargo, desde entonces su tumba se convirtió en un tótem de la libertad de Italia respecto de la dominación fascista.
Merrifield, en los últimos años, se hizo una reputación por sus retratos con estilo de los marxistas occidentales: el situacionista francés Guy Debord; el crítico, poeta y novelista inglés John Berger; el filósofo y sociólogo francés Henry Lefebvre; y, más recientemente, el propio Marx. Roses for Gramsci es una adición bienvenida, aunque predecible, a esta galería de forajidos. Lo que sorprende, sin embargo, son los métodos no convencionales y lúdicos de Merrifield. Anteriormente, en The Amateur (2017), Merrifield había esbozado una severa crítica de los «intelectuales profesionales», cuya investigación permanece desvinculada del mundo fuera de sus campus y oficinas. De manera apropiada, Roses for Gramsci no tiene interés en reciclar exégesis académicas de los textos de Gramsci. En cambio, Merrifield busca un Gramsci vivo, uno que ya no esté sepultado en libros o museos, y mucho menos en un cementerio. Su viaje a la tumba de Gramsci no estuvo seguido por una visita a la biblioteca. En cambio, como corresponde a un aficionado, Merrifield tomó de inmediato un nuevo empleo en el cementerio.
Gramsci es, según los números, un pensador increíblemente popular: hay más de 23.000 referencias a su obra —panfletos, disertaciones, artículos periodísticos, ensayos académicos, obras de arte— según la biografía informal que mantiene la Fondazione Gramsci. Solo en los últimos dos años se publicaron al menos tres nuevas biografías. Gianni Fresu escribió una biografía intelectual a grandes trazos, mientras que Jean-Yves Frétigné puso al revolucionario bajo el microscopio (los apéndices incluyen árboles genealógicos y una lista de visitantes de la prisión). George Hare y Nathan Sperber, por su parte, ampliaron el alcance biográfico examinando el legado de Gramsci en un contexto contemporáneo de autoritarismo de derecha.
Roses for Gramsci, sin embargo, no es una biografía, al menos en ningún sentido convencional. Es un libro breve; uno se siente tentado a describirlo como un retrato en miniatura. Sus ocho capítulos —con títulos cuidadosamente seleccionados como «Duende» y «Una rosa»— dan ciertamente la impresión de un refinado literato en acción. Pero observado más de cerca, Merrifield alberga una aspiración más elevada: quiere reconectar nuestras ideas canónicas y consagradas sobre el trabajo intelectual. La narrativa de Merrifield consiste en apuntes instintivos de estudio de archivo, análisis político, viajes, fotografías y memorias personales. Se acerca a Gramsci de la manera en que una persona podría acercarse a la cocina o la jardinería. No sorprende que algunas de estas notas con carácter de diario se publicaran primero en su blog.
La prosa de Merrifield es informal y, por esa misma razón, acogedora. Y no solo para los lectores en general, sino que incluso los gramscistas profesionales agradecerán el cambio de escenario. En el cementerio, Merrifield trabaja en el Centro de Visitantes. Su trabajo como voluntario también impregna su retrato de Gramsci: Merrifield puede sostener el pincel, pero son los visitantes quienes lo dirigen. Por ejemplo, si el anciano sentado en el «banco de Gramsci» quiere hablar sobre los antagonistas de Antonio —los otrora hegelianos Benedetto Croce (que más tarde se convertiría en filósofo liberal) y Giovanni Gentile (que luego será ministro de Educación fascista)—, ¿qué opción le queda al cuidador? Tendrá que morderse la lengua esta mañana.
Estas limitaciones le sirven bien a Merrifield. Por un lado, le impiden escribir como un pedante o un predicador, roles por lo demás tan queridos por los marxistas de cierto cuño. Siempre a nuestro lado, Merrifield nunca se nos enfrenta. Al mismo tiempo, una dispersión circunstancial de extraños anima el entorno del cementerio. Además del goteo constante de devotos locales, que periódicamente arreglan la tumba de Gramsci, también encontramos una multitud mucho más numerosa y multinacional en las ocasiones festivas clave (el cumpleaños de Gramsci y el Día de la Liberación). Estas celebraciones también revelan una conflictividad política inesperada: resulta que, fuera de la academia, el legado de Gramsci es objeto de disputas aún más encarnizadas. La International Gramsci Society y la Fondazione Gramsci, cuyos miembros no se hablan entre sí, organizan conmemoraciones separadas en el cementerio.
Merrifield viaja frecuentemente entre el cementerio y los lugares clave de la vida de Gramsci: alojamientos, museos y clínicas. Sin embargo, aquí no hay mucho lamento sobre los «métodos de investigación». Sus giros narrativos, como resultado, conservan su frescura. Cuando está listo, Merrifield simplemente anuncia: «Estoy de pie bajo el arco de entrada del Hotel Villa Morgagni. Hace cien años, este era un modesto alojamiento donde los secuaces de Mussolini arrestaron a Gramsci; ahora es “un hotel boutique de lujo de 4 estrellas y 34 habitaciones, equipado con jacuzzis”». Poco después, Merrifield nos transporta a la ciudad de Nueva York, donde fue a visitar a David Harvey para hablar sobre las teorías económicas del amigo de Gramsci, Piero Sraffa. (Harvey fue alumno de Sraffa en Cambridge y asesor doctoral de Merrifield en Oxford.) Otros invitados en el libro —tanto vivos como muertos— incluyen a John Berger (el libro está dedicado a él), el pintor Renato Guttuso, la traductora María Nadotti y el cineasta Pier Paolo Pasolini, cuyo largo poema «Las cenizas de Gramsci» está, de hecho, ambientado en el cementerio no católico.
Pero esta es la historia de Gramsci y, como la mayoría de los estudiosos de su vida, Merrifield también centra su narrativa en dos figuras históricas clave. Tatiana Schucht, la cuñada de Gramsci, que le suministraba plumas y libros, actuaba como contrapunto intelectual en sus cartas y finalmente sacó de contrabando sus cuadernos de la prisión. Sraffa, por su parte, era el sparring favorito de Gramsci en los círculos de izquierda que, incluso después de trasladarse a Inglaterra, continuó pagando las facturas de los hospitales y librerías de Gramsci y dirigió una campaña internacional por su liberación. Las otras relaciones de Gramsci, sin embargo, resultaron menos afortunadas y fueron permanentemente rotas por su encarcelamiento: su casera, Clara, en Turín (nunca se enteró de su muerte); su madre, Giuseppina, en Ghilarza (tampoco se enteró); y su hijo menor, Giuliano, en Moscú (a quien nunca vio). Siete décadas después, Giuliano, que se jubiló como profesor del Conservatorio de Música de Moscú, seguía lidiando con los costos personales del fascismo italiano:
Querido papá, he envejecido, tengo ochenta años. Tú siempre eres el mismo —joven, inteligente, agudo y apuesto. Nunca te toqué con mis manos, pero siempre te acaricié en el papel y te abracé en mis sueños.
Incluso los gramscistas experimentados encontrarán nuevos detalles en el retrato de Merrifield. Lo más notable es que son los márgenes triviales de la obra de Gramsci los que brillan con una vivacidad chispeante y fresca. Considérese su seudónimo preferido —Raksha— para algunos artículos tempranos en Avanti! y Il Grido del Popolo. ¿Por qué razón un revolucionario tomaría prestada la apariencia de una loba de El libro de la selva de Rudyard Kipling? La peculiar, e incluso problemática, atracción de Gramsci por Kipling puede leerse productivamente como una táctica maquiavélica. En sus Cuadernos de la cárcel, Gramsci subraya explícitamente la importancia de extraer «imágenes de poderosa inmediatez», especialmente de las obras de un imperialista reaccionario como Kipling. Aun así, Merrifield advierte que ese excéntrico encanto por los lobos y las mangostas en la vida de Gramsci no puede simplemente contabilizarse como ceros y unos en un ábaco político.
Las raíces de esta fascinación por los animales se encuentran en la infancia sarda de Gramsci. Frecuentemente acosado por su aspecto jorobado (su columna vertebral quedó deformada tras un accidente temprano), los únicos amigos de Gramsci en su infancia eran los animales: pájaros de todo tipo (lechuzas, pinzones, cuervos, urracas), además de serpientes, lagartos, comadrejas y erizos. Al escribirle a su hijo mayor, Delio, desde la prisión, Gramsci mezclaba frecuentemente fragmentos de El libro de la selva con sus propias historias de amigos animales; para los hijos de su hermana, Gramsci tradujo los cuentos de hadas de los hermanos Grimm. Aunque estas fábulas alemanas tenían 100 años, Gramsci dedujo que aún resonarían en los niños de los rincones apartados del sur de Italia, donde el folclore popular estaba repleto de bandidos, brujas y todo tipo de criaturas mágicas.
Esta naturaleza arcaica de su sur natal —que Gramsci teorizó célebremente como la «cuestión meridional»— era un producto histórico del «colonialismo interno» de Italia. Los campesinos del sur se veían obligados a extraer materias primas, principalmente productos agrícolas y minerales, para las fábricas del norte, que, protegidas por aranceles de importación, disfrutaban de un mercado doméstico cautivo. Además de ser explotados, pues, los sureños también se veían obligados a comprar los bienes norteños más caros. Pero este desequilibrio económico no se sostenía solo mediante la represión política. Según Gramsci, «un grupo social puede, y de hecho debe, ejercer el “liderazgo” (es decir, ser hegemónico) antes de conquistar el poder gubernamental». En Italia, la base «hegemónica» del «colonialismo interno» residía en la formación reaccionaria de su intelligentsia. En el sur, los «intelectuales tradicionales» como Benedetto Croce servían para legitimar el dominio del clero y los terratenientes, mientras que en el norte, los sindicalistas propagaban el prejuicio antisureño como lubricante esencial para hacer que las fábricas funcionen y produzcan beneficios.
Los sureños estallaban periódicamente, pero las revueltas de bandidos y veteranos de guerra seguían siendo «inconexas y episódicas», plagadas de todo tipo de nociones reaccionarias y feudales. Aun así, Gramsci se abstuvo de desestimar las rebeliones subalternas como meros síntomas de una «falsa conciencia». «Todos los hombres», replicó, «son intelectuales», aunque la división capitalista del trabajo solo le permite a un puñado convertirse en «intelectuales profesionales». En este contexto, la predilección de Gramsci por el folclore sureño era algo más que el apego sentimental de un hijo de la tierra, era una respuesta táctica a las fuerzas existentes de la hegemonía política. En lugar de simplemente importar una línea marxista «correcta» desde afuera, Gramsci imaginó un «Manual popular del marxismo», que sintonizara con las culturas subalternas populares y fuera capaz de fertilizar las semillas del descontento sureño para convertirlas en los brotes orgánicos de una conciencia crítica.
Como se ha vuelto habitual en los estudios culturales, Merrifield enmarca el interés de Gramsci por las culturas subalternas como una crítica implícita a los dogmas soviéticos contemporáneos, incluida la creencia generalizada en la «primacía de la economía». Sus argumentos son ciertamente convincentes. Tampoco hay duda sobre el ingenio de Merrifield como narrador. Sus bocetos de la vida de Gramsci son fluidos, aunque su devoción a veces se siente teatral (en un momento dado, pontifica sobre la «animalidad» mientras acaricia a «El General», un gato callejero del cementerio al que ha apodado así en honor a Engels). Sin embargo, es el torpe manejo del activismo precarcelario de Gramsci lo que desfigura su retrato, por lo demás vivaz. Merrifield postula la conciencia cultural como un antídoto seguro para la ortodoxia económica. Pero su propia fijación con la identidad cultural de Gramsci —«un muchacho del sur»— oscurece el funcionamiento sistémico de la «cuestión meridional».
Como varios teóricos críticos a lo largo de los años, Merrifield afirma la idea gramsciana de los «intelectuales orgánicos» como contrapunto a los «intelectuales tradicionales» y a los «comunistas del norte». Pero, como la mayoría de ellos, también presenta esta oposición en términos culturales, celebrando en particular la capacidad de los intelectuales orgánicos para articular las «pasiones elementales» de las clases subalternas. Para Gramsci, sin embargo, un intelectual orgánico era esencialmente un actor político, uno que desempeñaba «funciones organizativas» orgánicas a su contexto. Ninguna de las propias actividades políticas de Gramsci, sin embargo, encuentra mención aquí. Durante el biennio rosso, los «años rojos» de 1919-1920, organizó activamente consejos obreros en las fábricas metalúrgicas de Turín. Rutinariamente ignorados por los críticos, estos episodios precarcelarios guardan la clave no solo del enigma de la «cuestión meridional», sino también del alcance inusualmente vasto de los textos de Gramsci. Fue precisamente el trajín norteño de los partidos socialista y comunista italianos —editando periódicos, grupos de lectura proletarios y clubes culturales— lo que moldeó a Gramsci como un intelectual único y cambiante, tan hábil para reseñar novelas por entregas como para analizar la política laboral.
En Turín, los consejos obreros pretendían interrumpir el «compromiso norteño» entre los sindicatos reformistas y los propietarios de fábricas. Pero sin ningún control sobre los bancos o la burocracia, y mucho menos sobre los militares, sus operaciones permanecían fuertemente circunscritas. Los obreros podían ocupar las fábricas e incluso demostrar que eran capaces de gestionarlas por su cuenta. Pero tales ocupaciones no podían sostenerse, y mucho menos transformar las relaciones de poder existentes en Italia. Aunque rotundamente derrotado, Gramsci seguía insistiendo en que una victoria política en el norte era esencial para construir un frente unido con los campesinos del sur. Dado el bajo nivel de cultivo en el sur, la regeneración política de los sureños no era simplemente un problema cultural. A menos que los obreros del norte se apoderaran permanentemente de sus fábricas, una transferencia democrática de nueva tecnología agraria al sur era imposible. En ausencia de estas transformaciones materiales, Gramsci advertía que políticas progresistas como las reformas agrarias solo alimentarían los «instintos de terrateniente» de los camaradas del sur.
Tales reflexiones entrelazadas sobre la política nacional y de clase están ausentes en el retrato de Merrifield. Estas elipsis, a su vez, también impregnan sus ansiedades sobre la relevancia contemporánea de Gramsci: «No, no está olvidado, me tranquilicé; no, no está olvidado». Como si quisiera subrayar algo, entonces, dondequiera que va, Merrifield solo ve a Gramsci: en museos, archivos, clínicas, calles. Es revelador también que sus excursiones etnográficas nunca nos presenten a ningún obrero, campesino, pastor o refugiado. En cambio, Merrifield está cada vez más obsesionado con capturar sus propias impresiones del tiempo de Gramsci: «un olor, una textura del paisaje cultural y natural… la expresión en los rostros de la gente, la luz y el calor de la región, su árida sequedad, el sol abrasador». La suculencia de estas espesas descripciones, sin embargo, no nutre la visión política de Gramsci.
Cuando Merrifield ocasionalmente levanta la vista de estas texturas para evaluar el mundo que lo rodea, sus frases, hasta entonces chispeantes de ingenio y perspicacia, también comienzan a flaquear. Para explicar el actual giro derechista del país, recicla una serie de clichés insípidos, entre ellos el de «lavado de cerebro generalizado». El pueblo, se nos dice, padece de «falsa conciencia». Los intelectuales, mientras tanto, «defraudaron al pueblo, se retiraron a nuestros campus universitarios, se entregaron a los comités de gestión y las evaluaciones de investigación». Estas críticas a los académicos son curiosas, no porque no sean ciertas, sino más bien porque, a pesar de su deambular fuera de los campus, los horizontes políticos del «aficionado» de Merrifield parecen igualmente restringidos. Encantado por la figura histórica de Gramsci, parece cada vez más a la deriva respecto de las realidades políticas y económicas contemporáneas.
Trabajando en Turín, Gramsci especulaba con que la «centralización industrial» pronto se «extendería a todo el mundo de la economía burguesa». Sin embargo, las industrias del Norte Global llevan tiempo cerrando, para resurgir, en cambio, como talleres informales y plantas de ensamblaje en el Sur Global. Del mismo modo, la reestructuración del mundo agrícola liderada por Estados Unidos hace tiempo que adelantó las esperanzas de Gramsci en la agricultura mecanizada. A partir de la posguerra, los programas estadounidenses de ayuda alimentaria diseminaron nueva maquinaria y fertilizantes por el mundo poscolonial, exponiendo a sus campesinados a la competencia con las granjas capitalistas altamente subsidiadas del Norte Global. Con el tiempo, las crisis económicas y ecológicas en estos confines meridionales generaron enormes masas urbanas de trabajadores superfluos. Como resultado, los «sureños» contemporáneos parecen cada vez más atrapados en las espirales globales de cadenas de suministro y rutas migratorias. Incluso cuando Merrifield ataca a los «intelectuales profesionales» en sus jaulas universitarias, dice poco sobre la «cuestión meridional» de nuestro tiempo, y menos aún sobre los «intelectuales orgánicos» que combaten estas nuevas divisiones globales del trabajo.
Dados sus evidentes dones como escritor, no sorprende que Merrifield sea capaz de elevarse por encima de estos límites para convocar un último y artístico vuelo de imaginación. Su narrativa concluye con una aria escrutadora y forense de contrahistoria: ¿Qué habría pasado si, en 1937, Gramsci hubiera sobrevivido a su ataque de enfermedad en Roma, en lugar de morir días antes de que estuviera prevista su liberación de la prisión? ¿Qué habría pasado si hubiera logrado regresar a Cerdeña? Es entrañable imaginar a nuestro marchito revolucionario de otra manera: equipado con una reluciente dentadura postiza, bebiendo aperitivo con los aldeanos y dando tranquilos paseos envuelto en un típico chal de pastor. Esta escapada sarda, sin embargo, no podría haber durado mucho. Los militares fascistas de Mussolini pronto habrían pisoteado la isla, dispuestos a lanzar más allá del Mediterráneo una red aún más amplia de imperialismo.
¿Adónde iría Gramsci? ¿En un ferry de Porto Torres a Marsella? ¿Y desde allí, en un viaje en el famoso Capitán Paul Lemerle hasta Martinica? En las cubiertas de este famoso carguero, nuestro folklorista del comunismo se hubiera codeado con un estridente elenco de disidentes que huían de la Gestapo: los surrealistas André Breton y Wilfredo Lam, la fotógrafa Germaine Krull, el antropólogo Claude Lévi-Strauss y el anarcobochevique Victor Serge. Pero Martinica, controlada por las fuerzas colaboracionistas de Vichy, no habría sido un puerto seguro. Tampoco Gramsci hubiera podido seguir a sus compañeros de travesía hasta Nueva York: se le hubiera negado la entrada a Estados Unidos por haber sido miembro del Partido Comunista Italiano. ¿Se habría instalado, entonces en Ciudad de México, como el camarada Serge? ¿Y los aparatchiks de Stalin, que denegaron su solicitud de refugio antes de su muerte (creían que era un «trotskista encubierto»), habrían terminado siguiéndolo hasta su nuevo alojamiento?
Estas especulaciones son estimulantes. Pero situándose en el lugar de Gramsci hoy, no es la fábula de una partida individual sino la noticia de una llegada colectiva la que interpela nuestra imaginación. Si entornamos un poco los ojos, probablemente encontremos a una extraña embarcación flotando frente a las costas de Porto Torres, transportando a decenas de refugiados de Túnez, Irak, Marruecos, Siria, Afganistán, Senegal e India. ¿Una patrulla de la Guardia di Finanza se apoderará de esta embarcación antes de que pueda atracar? ¿O los miembros de Arci Mediterraneo le darán la bienvenida a los refugiados con mantas y comida? ¿Y qué será de estos refugiados en los próximos días? ¿Encontrarán alojamiento en un centro de integración local? ¿O serán recogidos por los notorios intermediarios laborales que, apoderándose de sus documentos, los condenarán al purgatorio de las tierras de labranza del sur de Italia? ¿Cosecharán tomates y sandías en Apulia o aceitunas y cítricos en Sicilia? Atrapados en una variedad de barracopoli (chozas, viviendas precarias) y tendopoli (ciudades de tiendas de campaña), ¿llegarán alguna vez estos fugitivos a encontrar una referencia a Antonio Gramsci en, digamos, los grafitis callejeros o alguna emisora de radio dirigida por Campagna de Lotta? ¿Y si así fuera, qué harán respecto de la «cuestión meridional»?
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