Por: Massimo Modonesi
El plantón de Reforma de 2006 es el mito fundacional del obradorismo. Pero más allá de la épica, fue ante todo un ejercicio de conducción política: la habilidad de impulsar la protesta hasta su límite y contenerla justo antes del desborde. Una matriz que definiría al movimiento para siempre.
La preocupación por dar un «cauce a la inconformidad» fue el leitmotiv y el principio orientador de la dirección que imprimieron a la movilización masiva que sacudió a México entre julio y septiembre de 2006 Andrés Manuel López Obrador (AMLO) y su entorno, el cual expresaba la amplitud de la alianza política y social que se formó a su alrededor.
Su eficaz realización, en un determinado e intencional equilibrio, marca un hito y asienta un mito de la fundación del movimiento obradorista y asienta un rasgo constitutivo primigenio. Es indiscutible que este equilibrio entre impulso y contención de la movilización haya sido un logro, conforme a fines explícitos y con consecuencias deseadas en el corto y el mediano plazo; guste o no, es decir, más allá de la divergencia de opiniones y valoraciones derivadas de distintas concepciones políticas y sus principios orientadores. En efecto, en aquella coyuntura, por mucho odio que generara en sus adversarios y a pesar de no obtener el recuento de los votos, AMLO logró colocarse como el líder fundador de un movimiento político en la medida en que justamente logró impulsar, modular, contener y canalizar el alcance de la protesta como lo hicieran anteriormente otros dirigentes de masas (bajo un modelo que en América Latina se forjó a la sombra de los prototipos populistas, con Cárdenas, Vargas y Perón in primis).
Desplegó para ello una cualidad accesoria al carisma y a la intuición política, una cualidad que podemos llamar manejo o conducción, que alude a la habilidad de operar ajustes de dirección, curvas y virajes.
El manejo obradorista
La fecha de nacimiento del movimiento obradorista puede remontarse a las marchas contra el desafuero en 2005.[1] Sin embargo, su adolescencia rebelde, con un alto grado de madurez y como prueba de fuerza, se realiza en la masiva protesta contra el fraude electoral en las elecciones presidenciales del verano caliente y lluvioso de 2006 en que se declaró ganador a Felipe Calderón, del Partido Acción Nacional (PAN), a pesar de las numerosas evidencias de manipulación del voto. En estas tensas circunstancias, la conducción obradorista adquiere un formato específico que lo definió, algo que se mantuvo en el tiempo aunque fue evolucionando y transformándose en las siguientes campañas electorales (2012 y 2015 en particular), con el surgimiento del Movimiento de Regeneración Nacional (MORENA) en 2012 y, finalmente, al dejar de ser una fuerza de oposición y convertirse en partido de gobierno en 2018.
En una coyuntura latinoamericana con alta propensión a la revuelta (Argentina 2001, Ecuador 2000 y 2005, Bolivia 2000, 2003 y 2005), en México se vivieron momentos de enfrentamiento y violenta represión en Atenco en mayo de 2006 y en junio de ese mismo año Oaxaca se levantó e instaló la Asamblea Popular de los Pueblos de Oaxaca (APPO). Sin embargo, en la Ciudad de México la protesta contra el fraude, si bien alcanzó altos niveles de intensidad antagonista, no desembocó en una rebelión que desafiara o rompiera el orden público sino que fue «encauzada» hacia una «resistencia civil pacífica» —tal y como fue definida y perfilada por Andrés Manuel López Obrador— y posteriormente hacia la construcción de un movimiento político y, finalmente, de un partido.
La lectura de este momento crucial de la historia nacional y de la prehistoria de MORENA implica evitar la lógica binaria —apología vs estigmatización— que marcó el crispado clima político de ese momento y que probablemente acompañará las rememoraciones a veinte años de distancia ya que es una bifurcación interpretativa que acompañó toda la trayectoria del obradorismo, incluida la presidencia de Claudia Sheinbaum hasta la fecha.
Para contribuir a la comprensión del hito de 2006, a veinte años de distancia, propongo una interpretación que resalta un aspecto crucial que anida en la ambivalencia y la tensión —pero no forzosamente la contradicción— entre el llamado a la protesta masiva, la tentación del desborde y su contención en el marco de la «resistencia civil pacífica» bajo la conducción de AMLO y de los distintos círculos de dirigentes partidarios —más o menos próximos al tabasqueño— del Partido de la Revolución Democrática, de las redes ciudadanas y de los otros partidos que en ese momento formaban la Coalición por el Bien de Todos (CBT) los cuales confluyeron posteriormente en el Frente Amplio Progresista (FAP). Algo visible en su momento y que —como veremos— el propio AMLO destaca en sus intervenciones en el curso del proceso y en su balance retrospectivo, pero que amerita ser analizado y problematizado en clave crítica, a la luz de lo que obradorismo terminó siendo.
Omito los detalles de las denuncias y las resoluciones jurídicas respecto del fraude electoral, que han sido objeto de mayor atención que el movimiento de protesta, sobre el cual contamos con muy escasos estudios.[2] Me interesa poner en evidencia cómo entre julio y septiembre de 2006 —entre la marcha por la democracia, el plantón de Reforma, la formación de la Convención Nacional Democrática y el nacimiento del llamado Gobierno Legítimo— se ensaya y se realiza una matriz de conducción que podríamos considerar fundacional del obradorismo: una modalidad de movilización controlada o contenida, finalizada a una capitalización política de tipo partidario y electoral, con proyección gubernamental y estatal.
Una explícita voluntad política que se plasmó en un proceso ambivalente: por una parte, un llamado a la movilización a través de una retórica combativa y de un repertorio de ocupación de espacios públicos pero temperada, por otra parte, por una contención y canalización de la protesta en la conformación de una organización política (en un primer momento, bajo la forma atípica de la CND y del GL y posteriormente en MORENA). En este proceso quedaron encapsuladas las tendencias a la rebeldía y la autoorganización, las cuales existieron y contribuyeron a darle fuerza y carácter de movimiento social, pero tampoco fueron tan significativas como para desbordar el marco que se instaló desde arriba, ni se expresaron de forma explícita y/u organizada.
Para ilustrar el juego de cintura o de muñeca de la conducción obradorista, la pista más nítida es la que trazan las palabras del propio AMLO tanto en su libro ¡Gracias! (2024) como, sobre todo, en los momentos cruciales del periodo, en el marco de las Asambleas Informativas convocadas en el zócalo capitalino los días 8, 16, 30 de julio, 13 de agosto y 16 de septiembre (cuando termina la etapa de la protesta callejera). Contrastaré así su lectura prospectiva, de dirección política, con su balance retrospectivo, siguiendo el hilo de los acontecimientos reportados en La Jornada y agregando claves analíticas vertidas por algunos observadores.
Resistencia civil pacífica
Las coordenadas fundamentales del marco de la protesta fueron delimitadas por AMLO desde su primer discurso, el 8 de julio en el zócalo capitalino, en el cual se da un primer giro confrontacional en contraste con el discurso de campaña, al cual seguirá, como veremos, otro pasaje de endurecimiento entre finales de julio e inicio de agosto, cuando queda claro que no habrá recuento voto por voto, casilla por casilla.
Las primeras movilizaciones se realizaron el mismo 2 de julio y en los días siguientes fueron aumentando, en particular después del 6 cuando el Instituto Federal Electoral (IFE) declaró ganador a Felipe Calderón. Se registraron concentraciones y protestas frente a la casa de campaña de AMLO y de la Coalición por el Bien de Todos, en la colonia Roma, así como varias manifestaciones en distintos puntos de la Ciudad de México y del país. El 2 de julio, ante la falta de resultados preliminares, AMLO se declaró ganador al mismo tiempo que empezó a adelantar la posibilidad de un fraude ante miles de simpatizantes en el zócalo capitalino. Los días siguientes, la solidaridad e inconformidad de los seguidores del candidato presidencial se manifestaron por medio de distintas expresiones: concentración de cientos de personas frente a la casa de campaña cuando AMLO realizaba una conferencia de prensa para denunciar las irregularidades del proceso electoral (Garduño y Becerril, 2006); y también por medio de varios actos de protesta a lo largo de la capital que llegan a reunir entre decenas y centenares de personas (mítines frente al Ángel de la Independencia, concentraciones en el zócalo, manifestaciones en la alcaldía panista Benito Juarez, plantón frente a las instalaciones del IFE, entre otras) (Gómez, Martínez, Urrutia y Aranda, 2006; Redacción, 2006; Pérez Silva, 2006; Gómez Mena, 2006). Después del 6 de julio, las expresiones de protesta y de inconformidad se extienden a lo largo del país (por medio de marchas, de la realización de plantones y también de recolección de firmas) (Corresponsales, 2006a) y, en la Ciudad de México, algunas acciones directas adquieren un carácter más drástico, como la huelga de hambre que empiezan algunos simpatizantes de AMLO ante el TEPJF (Gómez, Martínez y Olivares, 2006). Este momento de corte más «espontáneo» se cierra con la convocatoria que realiza AMLO a la primera asamblea informativa, desde el balcón de su casa de campaña y ante cientos de seguidores (Becerril y Garduño, 2006).
Frente a esta ebullición sin una clara orientación, a partir del 8 de julio AMLO va a centralizar la iniciativa y dictar el marco de la protesta —formas y contenido— asumiendo una dirección que va a mantener hasta el final, en una dirección entendida como orientación y como conducción, es decir, de manejo del proceso.
En su primer discurso en el zócalo, AMLO denuncia la «minoría rapaz» que «conspira contra la democracia» y la complicidad del Instituto Federal Electoral (IFE) con el fraude electoral en curso y anuncia que va impugnar la elección enunciando la que será la consigna del movimiento de protesta: «Vamos a pedir que se cuenten todos los votos, voto por voto, casilla por casilla». Al mismo tiempo, no deja de hacer «una convocatoria respetuosa» a los miembros del Tribunal Federal Electoral, de la Suprema Corte de Justicia y al Ejército, «institución fundamental y garante de nuestra soberanía» («En defensa del voto», 2006). Acudiendo a un formato clásico, que ya había utilizado en otras ocasiones en Tabasco y en ocasión del desafuero, propone que la protesta confluya en una Marcha Nacional por la Democracia (inaugurando el formato de la pregunta aprobada por aclamación) y a una segunda Asamblea informativa el 16 de julio siempre en el zócalo de la Ciudad de México.
Desde un principio, aunque no se había registrado ningún acto violento, enfatiza el carácter pacífico del movimiento, denotando una preocupación de fondo respecto de los riesgos de una posible escalada de la confrontación:
Estas movilizaciones se llevarán a cabo haciendo uso de nuestras garantías individuales, sin afectar derechos de terceros. Lo subrayo, no debemos afectar a los ciudadanos. No se trata de cerrar carreteras. Que quede muy claro, este es un movimiento pacífico y no vamos a caer nunca en la provocación y hacer el juego a nuestros adversarios. Tenemos la fuerza suficiente para hacer valer la democracia sólo con las manifestaciones pacíficas, no vamos a caer en ninguna provocación. No nos dejaremos provocar. No le haremos el juego a nuestros adversarios, éste ha sido y seguirá siendo un movimiento pacífico («En defensa del voto», 2006).
Insistirá sobre ello durante el proceso y en su balance posterior, en 2024, aduce dos consideraciones fundamentales de cálculo político:
Por otra parte, si en las protestas contra el fraude el movimiento no era conducido con responsabilidad y caíamos en la trampa de la violencia, habríamos dado el pretexto que querían nuestros adversarios para reprimir, intimidar y desatar el terror. Se habría perdido el apoyo de millones de mexicanos que querían un cambio verdadero, pero sin violencia. Estaríamos en todo ese viacrucis que significa la pérdida de vidas, las desapariciones, las cárceles, el ultraje a mujeres, la tortura y la violación a los derechos humanos. Y posiblemente tampoco estaríamos aquí. (López Obrador, 2024)[3]
No dar pretexto para la represión y preservar a los integrantes del movimiento y, al mismo tiempo, no perder apoyo de otros sectores sociales. Ambas decisiones tácticas con un trasfondo estratégico: estar aquí, es decir haber sido presidente y haber concluido su mandato.
Mediante una lógica similar, AMLO distingue y combina los rasgos populares y el alcance interclasista del movimiento, en lo que podríamos llamar una versión accionalista o contenciosa de la consigna por el bien de todos, primero los pobres:
en este movimiento participa gente de todas las clases sociales, muchos integrantes de las clases medias, muchos profesionistas, pero el sostén de este movimiento y no quiero que nadie se sienta excluido, lo que sostiene este movimiento, es nuestro pueblo humilde, nuestro pueblo pobre («En defensa del voto», 2006).
La semana siguiente al primer mitin en el zócalo, inició la Marcha por la Democracia con caravanas desde distintos estados del país y se realizaron nuevas acciones de protesta reclamando el conteo voto por voto. Se desplegaron brigadas informativas en espacios públicos y guardias ciudadanas fuera de las sedes distritales.
La asamblea informativa del 16 de julio del 2006, que culminó con una marcha que fue del Museo de Antropología al zócalo, donde ante por lo menos un millón de personas (Aviles, 2006a), AMLO presentó la estrategia de impugnación ante el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación (TEPJF) y enlistó las distintas evidencias del fraude. Para sostener esta acción legal llamó a reforzar los campamentos ciudadanos frente a los 300 consejos distritales. En su discurso, después de volver a subrayar el carácter ciudadano, pluriclasista, nacional y popular del movimiento, utilizó la fórmula «no podemos aceptar» para enlistar una serie de puntos, entre los cuales destaca uno que articulaba democracia y justicia social: «No podemos aceptar que se cancele el derecho del pueblo a una vida mejor mediante la vía democrática» (López Obrador en «Esta semana se llevarán a cabo…», 2006).
A la lista de «no» agregó una serie de 12 razones que marcaban el carácter constructivo de la denuncia del fraude y la demanda del recuento voto por voto, casilla por casilla. La mitad de ellas estaban explícitamente orientadas a garantizar el orden social, económico y político. A medio camino entre declaración de principios y amenaza, según se quiera verlo:
¡Para la estabilidad política, económica y financiera del país, voto por voto, casilla por casilla! ¡Para contribuir a la paz social, voto por voto, casilla por casilla! ¡Para fortalecer las instituciones, voto por voto, casilla por casilla! ¡Para afianzar la legalidad, voto por voto, casilla por casilla! ¡Para alejar la confrontación irracional, voto por voto, casilla por casilla! ¡Para contribuir a la reconciliación y a la unidad de los mexicanos, voto por voto, casilla por casilla! (López Obrador en «Esta semana se llevarán a cabo…», 2006)
Entre el 17 y el 29 de julio, mientras AMLO daba difusión por medio de entrevistas a la estrategia legal de impugnación de los resultados de la elección presentando las pruebas de las irregularidades ocurridas, conforme a los acuerdos de la asamblea del día 16, se realizaron distintos y diversos actos de resistencia civil pacífica en la capital y en otros estados. Estos actos de protesta consistieron en visibilizar y afectar a las empresas o entidades que apoyaron el fraude. Por ejemplo, se cerraron las oficinas del Consejo Coordinador Empresarial (CCE) (Avilés, 2026b), se bloqueó la sede de Banamex (Avilés, 2006c), se clausuró Mexicana de Aviación (Avilés, 2006d), se realizaron manifestaciones frente a la empresa Sabritas (Saldierna, Olivares y Léon, 2006), y en dos ocasiones protestaron ante la Bolsa Mexicana de Valores (BMV), los días 27 de julio y 4 de agosto (Avilés, 2006e; González, Zuniga y Castellanos, 2006). Una arista importante de esta etapa de «resistencia civil pacífica» ha sido la organización de jornadas cívico artísticas, orientadas hacia la «convivencia», en las cuales la inconformidad de los participantes era perceptible (Molina Ramírez, Cruz y Olivares, 2006). Otra performance artística, dirigida hacia el sector empresarial, fue la realización de un «pinta» en las instalaciones del Televisa en denuncia del «fraude informativo» (Montaño Garfias, 2006). A su vez, se registraron en este periodo diversos actos de protesta protagonizados por sectores organizados, pero sin afiliación partidista, en particular el estudiantil/juvenil, como la toma de casetas (Anzar, Chavez, Sánchez, Valdez, 2006) o la realización de un enorme rótulo de fuego en el zócalo capitalino (Poy Solano, 2006).[4]
Un repertorio de resistencia civil que impulsaba demandas liberal democráticas que había sido utilizado por el PAN en Chihuahua (1986) y San Luis Potosí (1991) y el propio Fox en Guanajuato (1991) así como, desde la izquierda, por el cardenismo perredista en Michoacán (1992) y Tabasco (1996) por el propio AMLO, además de —a escala nacional— por las protestas contra el fraude electoral en las elecciones presidenciales de 1988, sobre el cual volveremos más adelante.[5]
El plantón
El salto de intensidad de la protesta se dio conforme se fue aclarando que no iba a aceptarse la impugnación y el fraude iba a ser legalizado.
En la III Asamblea Informativa del 30 de julio del 2006, AMLO propuso «esperar el fallo del tribunal movilizados» y convocó a lo que denominó una «asamblea permanente», que será conocida como el plantón de Reforma. La instalación de 47 campamentos (31, uno por cada estado y 16 por cada delegación capitalina) en el Paseo de la Reforma, entre el Zócalo y la Fuente de Petróleos. AMLO propuso que allí se realizaran actividades culturales y labores informativas, asegurando que iba a permanecer en el zócalo y encabezar asambleas informativas diarias.
En su tercer discurso en el zócalo, después de la referencia ritual al perfil ciudadano, interclasista y popular y el llamado a defender la democracia como libertad de elegir gobernantes pero posibilidad de «mejorar sus condiciones de vida y de trabajo», lanzó un frase que evocaba la resistencia heroica frente al despotismo:
«Si se cierran los cauces democráticos, sólo quedan el sometimiento o la violencia. Por eso es que tenemos que defender la democracia y hacerla valer. Además, no podemos olvidar que por esta causa muchos mexicanos se han sacrificado y han perdido hasta la vida.» (López Obrador en Méndez y Becerril, 2006)
Al mismo tiempo, mantenía una postura institucional pero denunciando la que posteriormente llamará la «mafia en el poder»: no es que no respetemos a las instituciones, es que en nuestro país, desgraciadamente, no tenemos una tradición que nos asegure que los hombres que tienen en sus manos las instituciones actúen con rectitud y decoro. (López Obrador, en Méndez y Becerril, 2006)
De allí que AMLO sostenga que, en la historia de México, es a través de «la organización y con la lucha del pueblo» que se han ganado libertades, justicia y democracia:
Por eso no pensemos que de arriba para abajo se hará valer la democracia. Esto sólo será posible con el esfuerzo y la movilización de los ciudadanos. La democracia, como la justicia, como la libertad, no se implora, sino se conquista. Por eso, hoy les propongo que esperemos el fallo del tribunal movilizados, de pie, con entereza y con orgullo (López Obrador en Méndez y Becerril, 2006).
Este tono marcó un punto alto de la «inconformidad» frente, o junto a la cual, se reitera el corolario del llamado a mantenerse en el marco de formas estrictamente pacíficas y legales:
En todos los campamentos tiene que haber disciplina, respeto y limpieza. Vamos a cuidar los jardines, los monumentos históricos, no se van a pintar espacios públicos, evitaremos cualquier tipo de provocaciones. Toda nuestra actuación se sujetará a la idea de la resistencia civil pacífica, en el marco de la no violencia. Legalmente, vamos a hacer uso pleno de nuestro derecho de manifestación que nos otorga la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos. (López Obrador en Méndez y Becerril, 2006)
La decisión de instalar el plantón lleva a la movilización a su límite y, con ello, la cúspide del equilibrismo de la consigna de la «resistencia civil pacífica» como impulso y contención de la protesta. Cuenta Agustín Guerrero de una reunión el 29 de julio —frente a alrededor de 70 dirigentes del PRD y miembros de su equipo cercano— en la cual la «principal preocupación» de AMLO era canalizar el enojo, evitar el desborde a través de una salida política (Combes, 2024: 38).
Uno de los temas espinosos de caracterización del plantón pasa por la tensión entre las modalidades espontáneas y/o organizadas de movilización, un aspecto que no deja de ser relevante respecto del manejo de la protesta, es decir la capacidad de estirar o aflojar la cuerda.
Se dio una combinación difícil de descifrar en aras de una definición univoca. Por un parte, fue evidente la participación ciudadana, la afluencia voluntaria y comprometida que se expresó en múltiples formas de protesta, en la creatividad de eslogan, imágenes, etc. Al mismo tiempo, no se podía negar que los partidos y las organizaciones sociales ligada la coalición electoral jugaron un papel clave tanto a nivel logístico como de arrastre de bases. Todos los observadores, tanto la prensa favorable como la contraria al obradorismo, registraron el tamaño del músculo partidario y corporativo. Una muestra extensa puede encontrarse en el trabajo de Guillén quien, a partir de un seguimiento hemerográfico, enlista la presencia de un gran número de organizaciones sociales, en su gran mayoría ligadas a los partidos de la coalición obradorista.[6] En otra lista de agrupaciones y contingentes en los campamentos aparecen más de 200 (Minor y Gómez, 2006: 38-39). En una encuesta realizada in situ se contabiliza un 20% de activistas entre los participantes al plantón: 10% vecinales territoriales y 10% profesionales de alguna organización (Combes, 2024: 42).
Además del pase de lista propio del «acarreo» corporativo o clientelar, de honda tradición política en México, es notorio que los costos elevados de un despliegue de movilización fueron asumidos por el PRD y los partidos de la CBT, en particular por comités municipales y estatales del partido o por los electos a cargos de representación popular o a través de una solicitud a funcionarios del Gobierno del Distrito Federal (GDF) para que aportaran una «cooperación voluntaria».[7]
A medio camino entre lo espontáneo y lo partidario-corporativo, hay que registrar la participación de organizaciones sociales de carácter más independiente (o sectores de ellas) y de agrupaciones políticas de izquierda, varias de las cuales anteriormente habían suscrito la Sexta Declaración de la Selva Lacandona y participado en la Otra Campaña, impulsada por el EZLN.
La Convención Nacional Democrática es la salida
El 5 de agosto, como era esperado, el TEPJF resolvió no realizar un conteo de todos los sufragios, sino solamente del 9% de las casillas. En las asambleas del 6 y 7 de agosto AMLO acentuó el rasgo confrontacional de su discurso, pasando del reclamo legal a la denuncia de la «usurpación».
Mientras avanzaba el recuento, que inició el día 9 de agosto, siguieron los reclamos, las denuncias y se fueron agudizando las acciones de resistencia pacífica, como la toma de casetas (Corresponsales, 2006); los bloqueos por seis horas de las oficinas centrales de tres bancos —BBVA, Bancomer y HSBC— (González Amador, Becerril y Méndez, 2006); el bloqueo de la Subsecretaria de Egresos (Castellanos, 2006); la emisión de una misiva dirigida a los magistrados del TEPJF por parte de distintas organizaciones civiles (Olivares Alonso, 2006); la creación de un mega grabado a los pies de la Diana Cazadora (Jiménez, 2006); la entrega simbólica de 200 «perredistas» a la PGR luego de las demandas en su contra en consecuencia de las tomas de casetas y plantones (Becerril y Méndez, 2006a); y hasta el ingreso de simpatizantes de AMLO a la catedral metropolitana, que desembocó en una agresión (León Zaragoza, 2006). Posteriormente, se registraron otras manifestaciones en la Catedral (Muñoz Rios, 2006) y también en la Basílica de Guadalupe (Gómez Mena, 2006) que agruparon en ambos casos centenares de personas.
Frente a las evidencias de que el fraude se estaba consumando impunemente, AMLO fue delineando una salida digna que no implicara una derrota política.
«En esos días yo estaba convencido de que nuestros adversarios, la mafia de la política y del dinero, no aceptarían anular la elección. Mi preocupación giraba en torno a cómo buscar una salida al movimiento sin claudicar y, al mismo tiempo, sin caer en la trampa de la violencia.» (López Obrador, 2024).
Así, en un discurso en el zócalo del 13 de agosto del 2006, AMLO volvió a situar las coordenadas pacíficas de la resistencia civil como defensa no violenta de la democracia y denunció la «República simulada» que había que rescatar de las manos de grupos de poder que actúan en función de intereses particulares.
Exaltó la organización, la solidaridad y la convivencia que se manifestó en la «movilización ciudadana» y, una vez más, sus formas estrictamente pacíficas[8] con una mezcla de firmeza y de posibilismo: «estamos preparados para resistir el tiempo que sea necesario, que podríamos estar aquí por años, si así lo ameritan las circunstancias». (López Obrador en Becerril, 2006)
AMLO anunció en esta ocasión cuatro acciones de protesta: el día de la entrega de la constancia de presidente electo a Calderón, candidato de la derecha; el día 1 de septiembre, en el informe presidencial de Fox; que se diera el grito el 15 de septiembre en el plantón; instalación al día siguiente de una Convención Nacional Democrática, «con representantes de todos los pueblos del país, para decidir en definitiva el papel que asumiremos en la vida pública de México».
Sometió a votación por aclamación estas cuatro iniciativas junto a otros planteamientos de carácter general: luchar «contra la imposición hasta las últimas consecuencias» para defender a la democracia; que no se acepte un presidente ilegítimo; que se mantengan los campamentos «el tiempo que sea necesario» y termina con «¿continuaremos con la resistencia civil pacífica?»
El día después se dio a conocer la Convocatoria a la CND —cuyo nombre contenía una evocación histórica zapatista (1914 y 1994)—, en la cual a partir del agravio del fraude electoral y de la violación la Constitución, se apelaba al art. 39 donde se asienta que el pueblo puede cambiar la forma de gobierno. El propósito de la CND era organizar la resistencia civil pacífica e impulsar la construcción de un Estado social democrático de derecho partir del combate a la pobreza y desigualdad, la defensa del patrimonio nacional contra la privatización, la implementación de la democracia y los derechos ciudadanos y el combate a la corrupción. Su estructura de organización se basaría en una comisión organizadora nacional y otras tantas estatales y la participación será abierta, pudiendo todo ciudadano ser delegado (una autorrepresentación). Un oxímoron democrático a través del cual se ampliaban las bases y se evitaban las mediaciones.
En relación a la protesta planeada en contra del último informe presidencial de Fox, AMLO recuerda, años después, que en la mañana, tuvo una reunión en su tienda de campaña en el zócalo con varios dirigentes[9] y que había preocupación por la posible represión en caso de movilizaciones:
Me tocó exponer a la gente la decisión que se había tomado. El Zócalo estaba lleno porque muchos querían que nos movilizáramos. Tuve que emplearme a fondo; hablé cerca de una hora, argumentando que teníamos que cuidar el movimiento, que nuestra causa no la íbamos a dirimir mediante el enfrentamiento, que era un asunto político, no policiaco ni militar. Al final, cuando pedí que se votara si íbamos o nos quedábamos, la mayoría levantó la mano para no marchar. Y volvió a quedar de manifiesto la responsabilidad de la gente (López Obrador, 2024).
El 5 de septiembre se cerró definitivamente la vía de la impugnación legal: el TEPJF declaró valida las elecciones y al día siguiente Calderón recibió su constancia de presidente electo. AMLO lo desconoció como presidente y exclamó «al diablo con sus instituciones» (Méndez y Becerril, «AMLO lo desconoce», 2006) una frase que fue ampliamente usada para descalificarlo en los medios, forzando su significado, substituyendo el «sus» por «las», cuando, como vimos, el tabasqueño había siempre sido claro de que su reclamo era sobre el manejo de las instituciones no sobre su esencia. Tan era así que en el mismo discurso dijo explícitamente que respetaba la «institución militar».
El grito se negocia
El día del Grito de independencia del 15 de septiembre de 2006 marcó la culminación del proceso, el levantamiento del plantón y la retirada hacia adelante de la CND.
Más allá de toda valoración de fondo, la decisión de levantar los campamentos se dio por una urgencia. Las fuerzas armadas no iban a renunciar a desfilar como era costumbre. El presidente electo Calderón aprovechaba la situación para pedir que se reprimiera y desalojara el plantón. Los obradoristas en las calles estaban dispuestos a mantenerse y se había acordado en asamblea dar el grito en el zócalo. Finalmente se llegó a un compromiso: se levantó el plantón, se logró convencer a Fox a dar el grito en otro lado (en Guanajuato) mientras en el zócalo lo daría el Jefe de Gobierno capitalino Encinas, acompañado simbólicamente por Rosario Ibarra de Piedra, partidaria de AMLO e histórica figura opositora y defensora de los Derechos Humanos.[10] Sostiene AMLO en su libro de despedida que nunca pensó impedir el desfile sino solo el grito y cuenta detalles de las maniobras de uno y otro bando.[11]
El ejército desfiló al día siguiente y, acto seguido, los obradoristas volvieron a ocupar el zócalo para instalar la CND y volver definitivamente a sus casas.
El surgimiento de la CND fue considera la solución digna a la desmovilización del plantón y la apertura de una nueva etapa, la que inicia la institucionalización del movimiento obradorista. Un evento solemne de fuerte carga emocional y simbólica, con la fuerte dosis de verticalismo que caracterizó todo el ascenso del liderazgo de AMLO. Un centralismo y una conducción unipersonal que muchos obradoristas valoraban incluso como antídoto de firmeza y principismo frente a las tendencias más negociadoras del movimiento y, en particular, las direcciones partidarias.
Al mismo tiempo, por debajo del liderazgo plebiscitario de AMLO, la CND cumplía con una serie de procedimientos democráticos. Según los organizadores, se realizaron más de 10 mil asambleas populares y 150 foros de debate previos en toda la República y se recibieron miles de ponencias individuales y colectivas. La CND reunió a 1 025 724 delegados de sí mismos, en el mitin hubo 5 oradores, se formaron 3 comisiones y se estableció un Plan de resistencia civil en 3 etapas que culminaría el 1 de diciembre. Se sometió a votación si AMLO iba a ser Coordinador de la resistencia civil pacífica o Presidente Legítimo y se optó de forma prácticamente unánime por lo segundo, reforzando el desafío simbólico de desconocimiento de la «usurpación».[12]
Los diez resolutivos fueron, en síntesis:
1) Se desconoce a Felipe Calderón como presidente de México; 2) se declara la abolición del régimen de corrupción y privilegios; 3) se reconoce el triunfo de López Obrador; 4) se le declara presidente legítimo; 5) se autoriza a López Obrador a integrar un gabinete y elegir la sede de su gobierno en la capital del país con carácter itinerante; 6) la toma de posesión se realizará el día en que se celebra el aniversario de la Revolución mexicana; 7) se definirá un programa básico de lucha; 8) se impulsará un proceso constituyente; 9) se mantendrá a la CND como asamblea soberana y se integrarán tres comisiones; 10) se definirá un plan de resistencia civil pacífica (López Obrador en Becerril y Méndez, 2006b).
En su discurso, AMLO insistió en el «carácter fundacional» de la CND, un «parteaguas» entre el viejo régimen y la «nueva república». Agradeció a diestra (los dirigentes de los partidos) y siniestra (el movimiento social). Festejó el FAP conformado por los partidos de la coalición electoral y coordinado por Jesús Ortega.
Una vez más, se felicitó del carácter pacífico de la resistencia:
Se logró saldo blanco, por decirlo de alguna manera; no se rompió un cristal, un vidrio, no se cayó en ninguna provocación, todo fue en paz, como lo decidimos desde el principio, y esto no es poca cosa, porque los ánimos estaban encendidos, siguen estando por el fraude, por el agravio. Mucha gente está molesta por el atropello, por el robo, por la manera en que vulneraron, en que pisotearon la voluntad popular, pero hemos sabido darle cauce a toda esa inconformidad y esto es un triunfo de todos, el que se haya mantenido esta resistencia civil pacífica (López Obrador en Becerril y Méndez, 2006b)
Los ánimos encendidos fueron encauzados.
A posteriori AMLO refrendará esta postura, sosteniendo que la CND y la idea del Presidente Legítimo fueron las soluciones adecuadas a la circunstancia: «una forma de desahogo al enojo popular».[13] Al mismo tiempo, sostuvo que «habría sido un error garrafal solo limitarnos a no aceptar el fraude y protestar pacíficamente, como lo hicimos, pero retirarnos a nuestras casas y dejar tirado el movimiento» (López Obrador, 2024).
La protesta y la fiesta
El campamento de la fraternidad también fue de la rabia o del enojo (como lo llamó Combes, quien, sin embargo, ofrece una mirada antropológica sobre cómo se le «habitaba»). Elena Poniatowska relató en un libro, en un tono romántico y anecdótico, las vivencias de este espacio, pero también registró algunas huellas de la ira, como las consignas escritas en papeles en el piso en avenida Juárez frente a la Alameda:
«Nos levantamos en armas; Hasta la muerte si es necesario; Mas vale morir de pie; Quieren otra revolución?; Que venga la revolución; Con AMLO hasta la muerte, si es necesario; Insurrección ya» (Poniatowska 2007: 111).
En las marchas retumbaba, entre otras consignas, el eslogan «Si no hay solución, habrá revolución». Aunque sean altisonantes, revolución e insurrección son palabras esculpidas en la historia de bronce mexicana a diferencia de rebeldía, rebelión o revuelta que —no casualmente— no aparecieron en ninguno de los discursos de AMLO. Más aun considerando que tenían una connotación zapatista mientras que, desde la campaña electoral y con más razón a la hora del plantón, cundía la polémica con el EZLN y gran parte de los adherentes a la Otra Campaña que no se habían sumado a las protestas y las habían descalificado.
Al mismo tiempo, el propio AMLO tuvo que reconocer que habitó el plantón cierta disposición a la rebelión de los que Fox llamó «renegados»[14]. Sin sobrevalorar la carga antagonista de los sentimientos suscitados por el agravio, fue evidente a los ojos de todos los observadores que la indignación y la rabia por el fraude marcaron el clima de las protestas y fueron creciendo conforme fue aclarándose que no iba a «limpiarse» legalmente la elección. Rastros de una disposición a la revuelta que no eran mayoritarios y no tendían a autoorganizarse y, por ello, fueron fácilmente contenidos y canalizados en un formato de protesta que, por la misma existencia de esta disposición, combinaba cierto grado de radicalidad con una clara definición de sus límites.
De allí que el plantón de Reforma fue un espacio de lucha y de antagonismo muy distinto a las barricadas que levantaba la APPO en Oaxaca en esas mismas fechas. Fue principalmente un espacio y un tiempo experiencial, de construcción del movimiento en términos de cohesión y de convivencia cotidiana. De forma reveladora, el mismo AMLO reconoció que:
El plantón fue, más que una protesta ciudadana por el fraude, el sitio donde se definió colectivamente la construcción de una nueva República. Fue un extraordinario espacio de convivencia y fraternidad humana. Durante los 48 días que permanecimos en los campamentos, vivimos experiencias inolvidables». «Los espacios públicos fueron ocupados con imaginación e inteligencia y se contribuyó a la creación de una cultura democrática con la participación y la organización espontánea de los ciudadanos. Por medio de la palabra, la pintura, la música, el baile, la fiesta y la alegría, también reafirmamos nuestros ideales y el sentido mismo de la democracia (López Obrador, 2024).
Una fiesta politizadora pero sin horizonte revolucionario, muy lejos de la postura de Lenin quien consideraba que la revolución debía ser una fiesta de los oprimidos, aunque igualmente alejada de la afirmación de Fidel Castro que no podía ser una fiesta porque era un proceso serio que afectaba la vida de los pueblos.
Dos vías y un poder
Otra cuestión relevante que fue objeto de debate es si el plantón y posteriormente la CND representaban un giro a la izquierda y una alternativa de poder.
Las circunstancias que llevaron a AMLO y su coalición a asumir una postura abiertamente confrontacional despertaron cierto entusiasmo en sectores de la izquierda mexicana desde el desafuero y, con mayor razón, a la hora de los campamentos. Militantes, dirigentes e intelectuales participaron activamente con la intención de apoyar y sostener la movilización e incidir en la radicalización del movimiento sosteniendo posturas anticapitalistas -y, de paso, reclutar y hacer crecer sus huestes. El surgimiento de un movimiento de masas cambió el escenario y, como ya mencionamos, se sumaron incluso grupos e individuos que anteriormente habían adherido a la Otra campaña impulsada por el EZLN.
En sentido estricto, el zapatismo no convocó a no votar, pero descalificó reiteradamente la candidatura de AMLO asimilándola al sistema político y a la defensa del orden existente. No emitió comunicados o posicionamientos durante el plantón pero su postura implícitamente fue de desdén y solo después, el 19 de septiembre, en un comunicado, aludió al plantón fundamentalmente para criticar a los adherentes de la Sexta que habían participado y, de paso, volviendo a señalar que AMLO y su coalición era parte del problema y no de la solución (EZLN, 2006). Al mismo tiempo, allí se reconocía que: «También está, dentro de La Otra, una tendencia honesta que se encuentra preocupada sinceramente por el «aislamiento» que pudiera representar el no sumarse a la movilización de AMLO. Suponen que es posible apoyar la movilización, sin que eso represente apoyar al perredista. Ell@s analizan que hay ahí gente de abajo, y que hay que acercarse a ella porque nuestro movimiento es con y para l@s de abajo, y porque si no lo hacemos habremos de pagar un alto costo político.» (EZLN, 2006).
Cosa que puntualmente ocurrió. Desde otra posición, botones de muestra de los argumentos que circulaban por izquierda para sostener el apoyo a AMLO y al movimiento contra el fraude pueden encontrarse en las páginas de la revista mensual Memoria, en los números que van del 196 al 214.[15] En particular en los últimos —el 212 de octubre de 2006 titulado Resistencia civil y poder social y el 214 de diciembre de 2006— aparecieron textos de balance de lo ocurrido, centrados en el nacimiento de la CND y del FAP.
En ellos, la mayoría de los autores exaltaban la estrategia de las «dos vías»: «combinación de formas de lucha» en palabras de Flores Olea o «virtuosa articulación de formas y niveles de lucha» en las de Bartra (Memoria, 212-2006). Éste, en mi opinión el más original, creativo y, por ello, polémico pensador del obradorismo de izquierda (ver sus textos reunidos en Bartra, 2011), sostenía que se estaba logrando eludir los extremos de quienes pedían frenar la resistencia civil y de otros que sostenían que los legisladores electos debían renunciar para generar una crisis institucional (Bartra, 2006). La lectura de Bartra exaltaba al FAP como complemento de la CND y como producto de la movilización; aplaudía la defensa de las instituciones, la toma de tribuna de parlamentarios, «constitución en mano» y que hubiera sido Encinas el que diera el grito en lugar de abrir un escenario de confrontación (Bartra, 2006).[16] Flores Olea sostenía por su parte que la movilización apoyaba a las iniciativas de los partidos (ojo, no viceversa), pero insinuaba una crítica a la forma plebiscitaria de las asambleas y al sectarismo frente a todo disenso (Flores Olea, 2006). Sin perder oportunidad para polemizar con el EZLN, Guillermo Almeyra, como era su costumbre, mezclaba apoyo a crítica y ponía algunas condiciones para que el movimiento saliera de la mera oposición institucional como no quedarse en el apoyo plebiscitario a AMLO e impulsar una serie de demandas sociales (Almeyra, 2006).[17]
En general, aunque no se desconocían los límites instalados por la presencia de una perspectiva moderada (en el FAP y, en particular, los liderazgos de Jesús Ortega y Manuel Camacho), se (sobre)valoraban las salidas provocadoras de la toma de tribuna del 1 de septiembre, el grito del 15 y se apostaba a que, si el movimiento se mantenía a la alza, el escenario seguiría abierto y prometedor.
Algunos autores como Octavio Rodríguez Araujo, Carlos Fazio y Edgar Sánchez insinuaron la idea del doble poder —de raigambre leninista y trostkista— para exaltar la existencia de un gobierno paralelo anclado en una asamblea popular (Rodríguez Araujo 2006a y 2006b; Fazio 2006). Edgar Sánchez, dirigente del PRT trotskista, que participaba en el plantón y en aquél momento era muy cercano a Héctor Díaz Polanco, director de la revista, introducía elementos problemáticos respecto del débil perfil de izquierda y de los rasgos autoritarios que limitaban el movimiento pero consideraba necesario participar del mismo para influir en la generación de un posible escenario de «insurrección civil pacífica», avanzando del desconocimiento a la destitución del gobierno de Calderón, lo cual abriría a un revolución democrática por medio de una Asamblea constituyente (Sánchez 2006 a y 2006b).[18]
Vuelos de optimismo de la voluntad que solo puede entenderse situándose veinte años atrás, en el contexto latinoamericano de la época y a la luz de un proceso de movilización que no solo era impulsado desde arriba, sino que tenía raigambre y dinámicas desde abajo que solo a posteriori podemos dar por descontado que se mantuvieran en los cauces establecidos por la conducción de AMLO.
Más allá de lo que apareció en Memoria, cabía la tentación de distinguir lo ocurrido en aquel verano de 2006 de lo que aconteció en la protesta contra el fraude en otro verano incandescente, el de 1988 (Modonesi, 2003; Loaeza, 1999). Esto posiblemente por la ruptura ocurrida entre AMLO y Cárdenas o por una ilusión óptica ligada al posible alcance subversivo de la CND. Sin embargo, en los hechos, AMLO reprodujo substancialmente la postura institucional de Cárdenas -quien también sentía presión por abajo y su izquierda- salvo que el tabasqueño le agregó una pizca de osadía y radicalidad extrainstitucional a través del plantón y la CND. Algo efímero y que, como vimos, respondía a la misma inquietud de fondo de canalizar y capitalizar la protesta que había guiado Cárdenas, a una lógica que podemos hacer remontar a una misma escuela de formación política del nacionalismo revolucionario. Por lo demás, como ya mencionamos, el propio AMLO reproducía un patrón que ya había ensayado en 1988 en ocasión de la elección local a gobernador -canalizar el descontento hacia un nuevo partido – y que en 1996 en Tabasco lo había llevado a ser presidente de ese partido, el PRD.
Así que, en síntesis, no solo no hubo doble poder, sino que las «dos vías» conducían, valga la ironía de la historia, a un solo poder, el poder de un hombre providencial. Con la paradoja, que no pasaba inobservada, que era justamente el líder que garantizaba que no se cayera en una inercia moderada y totalmente institucionalizante y, con ello, asumía el papel de fiel de la balanza y el único garante tanto del movimiento como de su repliegue ordenado. Una paradoja, dicho sea de paso, que ya había sido registrada a lo largo de la historia, para citar algunos casos connotados —sin querer equipararlos—, en algunos momentos cruciales de la trayectoria de Fidel Castro o de Mao.
Ahora como entonces, la explicación recae solo en última instancia en las habilidades políticas de conducción y liderazgo de López Obrador —en la política no cabe un one-man-show— ya que las condiciones de posibilidad de dar cauce al movimiento radican en primera instancia en que las tendencias al desborde eran inferiores a la de la contención. Hacia un posible desborde apuntaban la rabia y la indignación, la participación espontánea y tendiente a la autoorganización, la disposición a la lucha, la presencia de organizaciones sociales con experiencia en la confrontación (por ejemplo, la UPREZ, el FPFV y maestros la CNTE) y de militantes e intelectuales de izquierda con disposición y pretensión de radicalizar el movimiento y sostener posturas anticapitalistas. Del otro lado, pesaban el riesgo de la violencia, los intereses partidarios, las inercias sindicales y, last but not least, los temores y el cálculo político de mediano-largo alcance de los grupos dirigentes.
Entre estas corrientes nadaba AMLO pero también todos los dirigentes y militantes que, en última instancia, cobijaron la decisión de tomar una dirección mesurada e institucionalizante que, por lo demás, reproducía tradiciones políticas que se manifestaban en mecanismos de canalización de agravios, formatos verticales de toma de decisiones y determinados repertorios de acción.
Epilogo
Así las cosas, la oleada de masas terminó con el grito y con el surgimiento de la CND entre el 15 y el 16 de septiembre. Hubo que esperar hasta el 20 de noviembre, otra fecha histórica del calendario revolucionario institucional, para la ceremonia de toma de posesión como presidente legítimo de López Obrador frente a menos de 400 mil personas. El 1° de diciembre no se logró el intento de los legisladores del FAP de descarrillar la toma de posesión del presidente electo Felipe Calderón en la Cámara de Diputados. La CND se fue esfumando y quedó el Gobierno Legítimo como una estructura de afiliación al obradorismo y una organización para-partidaria de soporte al liderazgo de AMLO, que tuvo como único sobresalto de movilización no electoral la lucha de las llamadas Adelitas en contra de una iniciativa de privatización de PEMEX en 2008-2009. Lo que siguió fue la lenta e inexorable construcción de MORENA, que transitó por la disputa por el PRD y su muerte clínica (Modonesi, 2011) y culminó después de la elección presidencial de 2012 y se formalizó con la entrada en la escena electoral en los comicios parlamentarios de junio de 2015, menos de un año después de la desaparición forzada de los 43 estudiantes de Ayotzinapa (Quintanar, 2017).
A veinte años de distancia, más allá del mito que rodea el acontecimiento en la óptica de la consagración del obradorismo, hay que recordar la importancia del plantón de Reforma ya que esa fiesta-protesta dejó una duradera huella fundacional no solo por ser su bautismo de masas sino porque mostró la fuerza de un liderazgo capaz de manejar políticamente la movilización y su reverso, la desmovilización. Un movimiento de cintura y un paso de baile —un paso para adelante, un paso para atrás y otro hacia adelante— que marcó el ritmo de la construcción de un movimiento político que, en el verano de 2006, inició a caminar con sus propios pies pero bajo la firme conducción de López Obrador.
El texto previo es la versión preliminar de un capítulo de un libro en curso de elaboración sobre revueltas y ciclos de lucha en México en el siglo XXI. El autor agradece a la Dra. Bianca Bachelot, asistente del SNII-SECIHTI, por el apoyo en la recopilación de los eventos de protesta de este periodo.
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[1] La fecha iniciática podría ser el 24 de abril cuanto se presentó el Proyecto de Nación en la llamada marcha del silencio, frente a más de 1 millón de personas en el zócalo capitalino. En ese mismo año iniciaron algunos círculos de estudio obradoristas y se formaron las Redes Ciudadanas que iban a conformar una estructura paralela a la campaña electoral oficial del PRD, encabezada por Jesús Ortega.
[2] En particular, dos artículos respectivamente de Diana Guillén (2011) y Sergio Tamayo (2007) y el libro de Combes (2024), quien toca solo parcialmente la movilización del 2006 y desde un aspecto etnográfico. Mismo aspecto que aparece en un dossier de la revista Desacatos (coordinado en 2007 por Tamayo). También hay que registrar una tesis de licenciatura en Sociología en la UNAM en 2013, así como un trabajo sobre el aspecto performativo y artístico (Rodríguez-Cunill). Lo demás fue escrito al calor de los acontecimientos, como, por ejemplo, el relato de Elena Poniatowska (2007).
[3] En otro pasaje del mismo libro reitera esta postura de la siguiente manera: “Ya he dicho que no soy partidario de la violencia. Creo que se puede avanzar con la resistencia civil pacífica. No íbamos a lograr nada si se descarrilaba el movimiento. Por eso actuamos con absoluta responsabilidad, y aunque la decisión que tornarnos fue muy cuestionada y tuvimos que pagar un costo político muy alto, no caímos en ninguna provocación y el movimiento quedó a salvo y con mucha autoridad moral para seguir luchando por la transformación del país” (López Obrador 2024).
[4] También hay que registrar en estos días la publicación de un comunicado emitido por el Ejército Popular Revolucionario (EPR), quien, desde el Estado de Guerrero, llamaba a impulsar la resistencia popular (Ocampo Arista, 2006).
[5] En este sentido, Martí Batres recordó en un artículo a Benito Juárez como presidente legítimo, a la Convención de Aguascalientes que nombró presidentes de la República, pero también al gabinete sombra de Manuel J. Clouthier en 1988 y al gobernador en rebeldía de Chiapas, Amado Avendaño, en 1994 y fue más lejos al mencionar inclusive a las Juntas de Buen Gobierno zapatistas y a la APPO (Batres, 2006).
[6] Aparecen enlistadas en el texto de Guillén, a partir de la revisión de las notas de prensa, organizaciones urbanas como la Unión Popular Revolucionaria Emiliano Zapata (UPREZ), el Frente Popular Francisco Villa (FPFV) y la Unión Popular Nueva Tenochtitlán (UPNT); sindicatos como el Sindicato Mexicano de Electricistas (SME), el Sindicato de Telefonistas, el Sindicato de Trabajadores Mineros-Metalúrgicos y Similares de la República Mexicana (STMRM), fracciones de la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación (CNTE), el Sindicato Nacional de Trabajadores del ISSSTE (SNTISSSTE), el Sindicato de Trabajadores de Limpia de la Ciudad de México, sectores del Sindicato de Trabajadores de la Universidad Nacional Autónoma de México (STUNAM) y del Sindicato Independiente de Trabajadores de la Universidad Autónoma Metropolitana (SITUAM), miembros del sindicato del INAH, miembros del IMSS, Sindicato de Bomberos, Trabajadores operadores de transporte eléctrico de la Ciudad de México, la Alianza Nacional de Tranviarios, Consejo Unitario de Trabajadores, Trabajadores de la Industria Nuclear, Comité Ciudadano de Telefonistas.
[7] Que por lo tanto no figuraba como aportación oficial y permitía afirmar, como lo hizo Encinas, que no había usado dinero del GDF (citiado en nota 38 en Guillén, 2007: 165).
[8] “(…) Todas nuestras acciones de resistencia civil pacífica se han llevado a cabo sin incidentes. No se ha maltratado ni agredido a nadie. No se ha dañado ningún monumento, ningún edificio. Al contrario, hemos dado ejemplo de organización, de disciplina y de limpieza. Hemos logrado construir una hermosa convivencia ciudadana en calles y plazas, hemos ejercido nuestro derecho constitucional con imaginación y con inteligencia (López Obrador en Becerril, 2006).
[9] Para la crónica, los conspiradores eran “Socorro Díaz, Leonel Cota, Dante Delgado, Alberto Anaya, Porfirio Muñoz Ledo, Manuel Camacho, Ricardo Monreal, Jesús Ortega, Marcelo Ebrard, Javier González Garza, José Agustín Ortiz Pinchetti, Horacio Duarte, Luis Maldonado, Federico Arreola, Alejandro Esquer y César Yáñez Centeno, entre otros” (López Obrador, 2024).
[10] Encinas cuenta que Calderon pidió reprimir el plantón pero el Secretario de Gobernación Abascal no aceptó y negoció con el jefe de gobierno Alejandro Encinas que se iba a levantar el 16 de septiembre, cit. en Quintanar (2017), “FCH pidió reprimir el plantón de Reforma: Encinas”, El universal, 17 de junio de 2017.
[11] “Por eso, convoqué a una asamblea para la mañana del 15 con la intención de convencer a la gente y tener el tiempo para ensayar, con el apoyo del coro monumental, un acto de protesta pacífica: cuando Fox saliera al balcón principal del Palacio Nacional, a dar el grito, nosotros, en forma organizada, le daríamos la espalda en silencio, y una vez que él se metiera, nos voltearíamos y llevaríamos a cabo nuestra ceremonia. Afortunadamente, no hubo necesidad de eso. Llegó a mis manos un documento sobre la estrategia del Estado Mayor Presidencial para garantizar la presencia de Fox, que consistía básicamente en tomar la calle frente al Palacio, una noche antes del grito, que nosotros manteníamos libre porque el campamento estaba ubicado en la plancha del Zócalo. Iban a poner un cerco, una valla y nos iban a encerrar. El plan comprendía llenar esa calle frente al balcón con 3 000 militares vestidos de civil y allí mismo colocarían los equipos de televisión para transmitir a todo el país, como ya era costumbre, las tomas y el sonido controlado, como si se tratara de una grabación en un estudio, para proyectar una imagen de completa normalidad. De modo que tuve que optar y decidimos adelantarnos. Dos horas antes, en vez de que ellos pusieran las vallas, nosotros las pusimos hasta la banqueta del Palacio, tomamos la calle y recorrimos el campamento. Cuando el Estado Mayor se dio cuenta, hubo un pequeño forcejeo y momentos de tensión, pero ya no pudieron evitarlo. Al final consideraron que el balcón quedaba muy cerca y que iba a ser muy difícil para todos que Fox saliera a dar el grito. Al día siguiente por la mañana, no tuvieron más opción que anunciar que se iba a Guanajuato.” (López Obrador, 2024)
[12] Posteriormente se formará un gabinete. La formalización del gobierno legítimo se dio el 20 de noviembre ante 300 000 personas en el zócalo capitalino.
[13] “Debo decir que inicialmente pensé que constituía una manera de protestar y que, al mismo tiempo, era una forma de desahogo al enojo popular, que la gente podría decir «nos robaron la Presidencia, pero tenemos nuestro presidente», es decir, una especie de legítima defensa ante el agravio; se trataba de dar a la gente cuando menos esa satisfacción. Pensé también que no había por qué optar por lo ortodoxo” (López Obrador, 2024).
[14] La definición de “renegados” aludía a su carácter de “forajidos”, de delincuentes, pero bien podía vincularse con la tradición del bandolerismo social.
[15] En el primero, posterior a las movilizaciones contra el desafuero (Memoria, núm. 196, Los saldos de la batalla), escribieron Héctor Díaz Polánco, Armando Bartra, Elvira Concheiro y Guillermo Almeyera y solo este último colocaba claros acentos críticos sobre el “cretinismo electoral de la mayoría de la izquierda se une al cretinismo apolítico de la minoría de la misma y el Superpeje se refuerza como caudillo, sin que circulen ideas anticapitalistas” (Almeyra, 2005: 27).
[16] Bartra venía sosteniendo desde 2005 una dura critica a la Otra Campaña que “ninguneaba el movimiento social”, y apostaba al “voto secreto de las insurgencias populares” (Bartra, 2005).
[17] Con afinidades con la posición de Almeyra, mantuve una postura de apoyo crítico y participé del llamado Grupo Sur, surgido de la revista Memoria, donde fui parte del comité de redacción por más de quince años. Publiqué tres artículos en 2006. En el primero, (Memoria, 208, junio de 2006), sostenía que el obradorismo naciente combinaba “moderadamente” conservadurismo y progresismo y que ante un país neoliberalizado era sin duda mejor un gobierno no represivo y progresista. En el segundo (Memoria, 210 agosto de 2006) apelaba a no subestimar las raíces del conservadurismo que se expresaba tanto en el voto a la derecha como en la derrota de la “izquierda institucional” que apostó todo a las urnas; mientras que, por otra parte, cuestionaba la postura posteelectoral de los zapatistas sin que por ello se les pudiera culpar de la derrota, a diferencia de lo que opinaban muchos otros intelectuales de izquierda. En el tercero (Memoria, 214, diciembre de 2006), volteaba a ver a la APPO como otra “fórmula”, de orden más antagonista, que podía servir de referencia para una convergencia de izquierda movimientista y no institucionalista.
[18] En este mismo número -en el cual escribían también Víctor Toledo y Gabriel Vargas Lozano- se publicaron un documento del Grupo Sur sobre la CND y el discurso de AMLO a la misma.
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