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¿Quién controlará el conocimiento del futuro? La batalla que decidirá la soberanía de los pueblos

12/07/2026 by Vitalio Deja un comentario

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Por: Jaldía Abubakra

La batalla por Palestina ya no se libra únicamente entre las ruinas de Gaza. También se libra en los laboratorios, en las universidades, en los programas internacionales de investigación y en el control del conocimiento que determinará quién reconstruirá el mundo del mañana. Este artículo analiza por qué la concentración de la ciencia y la tecnología en manos de un proyecto colonial constituye una amenaza que trasciende Palestina y compromete la soberanía de los pueblos en un mundo cada vez más dependiente del conocimiento y la tecnología.

Las guerras siempre han servido para conquistar territorios, apropiarse de recursos o imponer nuevos equilibrios de poder. Sin embargo, las guerras del siglo XXI incorporan una dimensión mucho más profunda. Ya no basta con destruir ciudades, expulsar a la población o controlar militarmente un territorio. La verdadera disputa comienza cuando se decide quién administrará su reconstrucción y quién monopolizará el conocimiento necesario para devolver la vida a aquello que previamente ha sido devastado.

La experiencia palestina obliga a formular esa pregunta. El Estado de Israel está ejecutando el genocidio y la destrucción sistemática de Gaza. Esa responsabilidad es exclusivamente suya. Pero Israel no es un fenómeno aislado. Es la materialización estatal de un proyecto colonial impulsado durante más de un siglo por el movimiento sionista, un proyecto que nunca improvisó. Antes de consolidarse militarmente, preparó durante décadas las condiciones políticas, económicas, financieras, diplomáticas, científicas y tecnológicas que hicieron posible la colonización de Palestina. Ese proceso tampoco puede entenderse sin el respaldo constante de las grandes potencias imperialistas, que encontraron en Israel un instrumento para preservar su dominio sobre Asia Occidental.

Palestina constituye probablemente el ejemplo más claro de cómo el colonialismo nunca comienza cuando aparecen los tanques. Mucho antes de la Nakba de 1948 existían instituciones, redes financieras, usurpación sistemática de tierras, planificación demográfica, producción de conocimiento, cartografía, diplomacia y estructuras militares que preparaban cuidadosamente la colonización del territorio palestino. el pueblo palestino comprendió desde muy temprano el carácter colonial del proyecto sionista. Hubo movilizaciones populares, huelgas, organización política y resistencia armada mucho antes de la creación del Estado de Israel. El problema nunca fue la falta de conciencia. Las y los palestinos no fueron derrotados porque no vieran venir la colonización. Fueron abandonados frente a un proyecto que acumulaba poder mientras el resto del mundo prefería mirar hacia otro lado.

Esa experiencia histórica explica por qué hoy resulta imposible contemplar con ingenuidad determinados procesos. Gaza no está siendo únicamente bombardeada. Está siendo transformada. Se destruyen cultivos, se contaminan acuíferos, se arrasan infraestructuras de agua y saneamiento, se altera el equilibrio ambiental y se impide el acceso de especialistas independientes capaces de evaluar el alcance real de esa devastación. No solo se destruye a un pueblo. También se destruyen las condiciones materiales que hacen posible su permanencia sobre la tierra.

Y precisamente aquí aparece la cuestión que debería preocupar mucho más allá de Palestina. La destrucción no termina cuando cesan los bombardeos. Si el objetivo colonial consiste en expulsar a la población autóctona y transformar el territorio para ponerlo al servicio de otro proyecto político, la reconstrucción deja de ser un asunto exclusivamente humanitario. Se convierte también en una cuestión de poder.

Mientras la Franja de Gaza continúa siendo convertida en un espacio cada vez más difícil de habitar, la Unión Europea mantiene la participación de entidades israelíes en programas públicos de investigación como Horizonte Europa. Buena parte de esos proyectos están relacionados con ámbitos que serán decisivos durante las próximas décadas: gestión del agua, agricultura en zonas áridas, restauración ambiental, inteligencia artificial, descontaminación, resiliencia climática o recuperación de ecosistemas degradados.

La cuestión no consiste en rechazar la investigación científica ni en negar el valor que estas tecnologías pueden tener para la humanidad. La pregunta es mucho más incómoda: ¿qué significa que un Estado acusado por numerosos organismos internacionales de destruir deliberadamente infraestructuras civiles, contaminar el medio ambiente y provocar condiciones incompatibles con la vida participe al mismo tiempo en el desarrollo de las tecnologías destinadas precisamente a restaurar territorios devastados?

Durante demasiado tiempo hemos considerado la ciencia como un espacio neutral, separado de las relaciones de poder. Sin embargo, la historia demuestra que todo conocimiento responde a determinadas prioridades políticas, económicas y estratégicas. La investigación nunca se desarrolla en el vacío. Se financia porque responde a intereses concretos, produce capacidades determinadas y termina generando ventajas económicas, tecnológicas y geopolíticas.

El movimiento sionista y el Estado de Israel han demostrado repetidamente que, cuando la ciencia, la tecnología o el conocimiento han servido para consolidar la ocupación, perfeccionar mecanismos de vigilancia, apropiarse de recursos o reforzar la colonización, no han encontrado límites éticos para utilizarlos. Por eso la discusión sobre Horizonte Europa no puede reducirse a una cuestión administrativa ni presupuestaria. Lo que está en juego no es únicamente la participación de Israel en un programa europeo de investigación. Lo que está en juego es si Europa seguirá contribuyendo, con dinero público, a fortalecer las capacidades científicas y tecnológicas de un proyecto colonial que ya ha demostrado cómo utiliza ese conocimiento cuando sirve a sus objetivos.

Pero este debate no trata únicamente de Horizonte Europa ni de Mekorot. Tampoco afecta exclusivamente a Europa o a Palestina. Lo que está en juego es la consolidación de una superioridad científica y tecnológica construida gracias a recursos, financiación y cooperación procedentes de Europa, América del Norte e incluso de numerosos países árabes. Ese desarrollo científico no permanece encerrado en laboratorios ni responde únicamente a fines comerciales. Se transforma en patentes, tecnologías, infraestructuras e instrumentos de influencia capaces de convertir a otros pueblos en mercados dependientes y de condicionar las decisiones económicas y políticas de gobiernos enteros. Quien monopoliza el conocimiento estratégico del futuro no solo vende tecnología; establece nuevas relaciones de subordinación.

Esa pregunta no afecta solo al pueblo palestino. Si una potencia colonial y militar acumula el liderazgo científico en tecnologías imprescindibles para afrontar las grandes crisis del siglo XXI —agua, agricultura, regeneración ambiental, inteligencia artificial, reconstrucción tras guerras o desastres climáticos—, esa posición no será neutral. Podrá convertirse en una herramienta de presión, dependencia y coacción sobre pueblos y gobiernos. Quien controle el agua podrá condicionar la agricultura. Quien controle las semillas podrá condicionar la alimentación. Quien controle las tecnologías de descontaminación o restauración ambiental podrá decidir cómo, cuándo y en qué condiciones podrá reconstruirse un territorio devastado.

En este sentido, la reconstrucción deja de ser un proceso puramente humanitario para convertirse en una nueva fase del conflicto. Primero llegan los bombardeos. Después la destrucción de hospitales, universidades, centrales eléctricas, redes de agua y tierras agrícolas. Más tarde aparecen los contratos de reconstrucción, las empresas especializadas, las nuevas infraestructuras y las tecnologías capaces de hacer nuevamente habitable aquello que previamente fue reducido a ruinas.

Las guerras del siglo XXI producen también mercados. Cuando quienes han obtenido ventajas tecnológicas desarrollando capacidades en escenarios de guerra terminan ocupando una posición privilegiada para gestionar la reconstrucción, la frontera entre destrucción y reparación comienza a desaparecer. Ambas pasan a formar parte del mismo circuito económico. La guerra deja de representar únicamente un fracaso político para convertirse también en una fuente de acumulación de conocimiento, contratos, patentes y poder.

«La guerra del siglo XXI no termina cuando callan las armas; continúa allí donde se decide quién controlará el conocimiento necesario para reconstruir los territorios devastados.»

No se trata de una hipótesis abstracta. Durante años, numerosas empresas israelíes han promocionado parte de sus tecnologías de seguridad, vigilancia y armamento como sistemas “probados en condiciones reales”. Esa lógica puede extenderse también a otros ámbitos estratégicos. Si un Estado acumula ventajas científicas en la gestión del agua, la agricultura en condiciones extremas, la restauración ambiental o la inteligencia artificial aplicada al territorio, esas capacidades terminarán teniendo un enorme valor económico y geopolítico en un mundo cada vez más afectado por guerras, desertificación y catástrofes climáticas.

La experiencia palestina trasciende las fronteras de Palestina. Nos permite comprender un modelo de poder que convierte la destrucción y la reconstrucción en dos momentos de un mismo proceso. Un modelo en el que el conocimiento deja de entenderse como un bien común para convertirse en un instrumento de dominación.

Las restricciones impuestas al acceso de investigadores independientes, periodistas, expertos ambientales y organismos internacionales agravan todavía más este problema. Cuando no puede documentarse adecuadamente el alcance de la devastación, resulta mucho más difícil determinar responsabilidades, evaluar los daños ambientales o planificar una reconstrucción basada en las necesidades reales de la población. Primero se destruye el territorio. Después se dificulta conocer con precisión las consecuencias de esa destrucción. Finalmente, otros actores aparecen ofreciendo las soluciones técnicas para resolver problemas cuya magnitud ellos mismos han contribuido a crear.

Todo ello obliga a incorporar un nuevo concepto al debate político: la soberanía científica. Durante décadas hablamos de soberanía territorial, alimentaria o energética. Hoy resulta imprescindible añadir otra dimensión. Un pueblo que no controla el conocimiento necesario para regenerar sus suelos, recuperar sus acuíferos, desarrollar su tecnología, producir sus semillas o reconstruir sus infraestructuras dependerá inevitablemente de quienes sí controlan esas capacidades científicas. Y esa dependencia constituye una forma contemporánea de colonialismo.

La batalla por Palestina ya no se libra únicamente en Gaza, en Cisjordania o en las cárceles israelíes. También se libra en los laboratorios, en las universidades, en las patentes, en los fondos públicos de investigación y en la capacidad de decidir quién desarrollará las tecnologías que condicionarán el futuro del planeta.

No estamos únicamente ante una discusión sobre programas europeos de investigación. Estamos ante una pregunta mucho más profunda: ¿es aceptable que los recursos públicos europeos contribuyan a fortalecer las capacidades científicas estratégicas de un Estado cuyo historial de ocupación, apartheid, castigo colectivo y destrucción sistemática de infraestructuras civiles debería, como mínimo, exigir la aplicación del principio de precaución?

Cuando una tecnología puede afectar a la salud o al medio ambiente, exigimos controles antes de autorizar su utilización. Sin embargo, ese mismo principio desaparece cuando hablamos de fortalecer científicamente a un proyecto colonial que durante décadas ha demostrado un profundo desprecio por el derecho internacional y por los derechos del pueblo palestino.

La humanidad no puede permitirse ignorar esta contradicción. Si las tecnologías que permitirán afrontar las grandes crisis del siglo XXI quedan concentradas en manos de potencias coloniales y grandes corporaciones, la dependencia de los pueblos será mucho más profunda que cualquier ocupación militar. No se trata únicamente de rechazar la participación israelí en proyectos científicos por los crímenes cometidos contra Palestina, aunque eso ya sería suficiente. Se trata también de impedir que el conocimiento estratégico del futuro quede monopolizado por quienes han demostrado utilizarlo como herramienta de colonización, guerra, vigilancia y dominación.

Palestina vuelve a enseñarnos una lección que muchos prefieren ignorar. Los proyectos coloniales no aparecen de un día para otro. Se preparan pacientemente durante décadas, construyendo instituciones, alianzas, capacidades económicas y conocimiento estratégico. Cuando muestran su rostro más violento, gran parte de sus estructuras ya están consolidadas.

Por eso la solidaridad no puede limitarse a reaccionar cuando empiezan las masacres. También debe analizar, denunciar y confrontar los mecanismos que las hacen posibles antes de que alcancen un punto de no retorno. Romper la complicidad política con Israel, excluirlo de los programas públicos de investigación mientras mantenga el genocidio, la ocupación y el apartheid, impedir que empresas beneficiarias de la colonización participen en la reconstrucción de Gaza y fortalecer la cooperación científica entre los pueblos forman parte de una misma tarea histórica.

La ciencia debe dejar de ser un privilegio al servicio de los imperios para convertirse en un bien común al servicio de la humanidad. Porque el futuro no dependerá únicamente de quién controle los ejércitos. Dependerá de quién controle el agua, la tecnología, la inteligencia artificial y el conocimiento con el que los pueblos reconstruirán su porvenir. Defender la soberanía científica ya no es solo una tarea para Palestina; es una condición para que todos los pueblos puedan decidir libremente su futuro.

Palestina resiste porque sabe que ningún proyecto colonial puede perpetuarse indefinidamente frente a un pueblo decidido a recuperar su tierra y su libertad. La descolonización de Palestina llegará, como llegaron el fin de otros imperios y de otros regímenes coloniales. La verdadera incógnita no es si Palestina será libre, sino cuántos pueblos habrán perdido antes su soberanía por no haber comprendido a tiempo la lección que Palestina lleva más de un siglo ofreciendo al mundo. Porque defender Palestina ya no consiste solo en impedir un genocidio. Consiste también en impedir que el futuro de la humanidad quede en manos de quienes pretenden convertir la ciencia, el conocimiento y la reconstrucción en nuevas herramientas de dominación.

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Publicado en: Cultural, Economía, Global

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