Por: Gabor Schering
El ascenso del ultraderechista Alternative für Deutschland no se explica por una reacción cultural ni por un pretendido atraso del Este, sino por el desmoronamiento del modelo social europeo. Refugiado en el cordón sanitario, el centro político le cede a la extrema derecha el monopolio del cambio.
Luego del 44% de los votos obtenido por Alternativa para Alemania (AfD) en las elecciones estatales del 6 de septiembre en Sajonia-Anhalt, buena parte del análisis político se lanzó a la búsqueda de una causa única y claramente identificable. La atención sobre el éxito de la AfD está bien fundada: lo que ocurre en Alemania moldea la política europea e internacional, y la mayoría de los relatos hegemónicos buscan herramientas para que el centro político desarme a la extrema derecha.
En esta línea, se suele atribuir el triunfo de la AfD a una burocracia aletargada, a la peculiar cultura política de la antigua Alemania Oriental o, más sencillamente, a la inmigración. Sin embargo, confiar en un único factor explicativo conduce a respuestas de una sola variable, condenadas de antemano al fracaso. El auge de la extrema derecha es el síntoma de una crisis sistémica que simplemente se ha vuelto más evidente en el este de Alemania que en otras latitudes.
Instituciones, carácter nacional y subculturas
Existe un conjunto poco convincente de explicaciones que se enfoca en las peculiaridades de las instituciones nacionales. En el caso alemán, el comentario conservador suele lamentarse de una burocracia lenta y exasperante —que, ciertamente, es notoriamente aletargada—. La mañana posterior a las elecciones en Sajonia-Anhalt, uno de los portales de noticias más leídos de Alemania culpó al «Estado burocrático hipertrofiado» por el crecimiento del descontento político y recetó recortarlo como remedio.
Sin embargo, este tipo de explicaciones adolece de un defecto recurrente: buscan factores exclusivamente nacionales para un fenómeno —el auge de la extrema derecha— que es eminentemente global. En cada país afectado se responsabiliza a alguna particularidad local por los avances de estas fuerzas: ya sea el Colegio Electoral en Estados Unidos, el sistema uninominal en el Reino Unido o la segunda vuelta presidencial en Francia.
Si la causa radicara en estas singularidades institucionales, resultaría difícil explicar la presencia planetaria de la extrema derecha. No obstante, hacia el año pasado, los partidos de derecha radical constituían en su conjunto la familia política con mayor respaldo en Europa, alcanzando niveles de apoyo superiores a los de la década de 1930. En las encuestas de mediados de año, el Rassemblement National francés bordeaba el 35%, mientras que Reform UK alcanzaba el 26%. Más allá de Occidente, Narendra Modi gobierna la India desde 2014 y Recep Tayyip Erdoğan encabeza Turquía desde 2003; el primero en un sistema parlamentario federal y el segundo en un régimen que él mismo reconvirtió en presidencialista. Ninguno de estos diseños institucionales se interpuso en su camino.
Tampoco resultan convincentes las interpretaciones culturales simplistas, con sus diversas lecturas sobre la «psique nacional». En Alemania, este enfoque alimenta un género conocido como Ossi-bashing, según el cual la población del Este (Ossis) habría heredado una cultura política inferior e iliberal. Esta tesis cuenta con varias versiones en Europa Oriental, todas abocadas a explicar el ascenso del iliberalismo mediante un supuesto carácter nacional servil: el homo sovieticus, la «mentalidad de siervo» o la «incompetencia civilizatoria». Sin embargo, en años recientes, la caída de gobiernos iliberales en Polonia y Hungría transformó a esos mismos países en laboratorios internacionales de resistencia democrática. Hasta aquí llega la tesis de la psique nacional disfuncional. Como desarrollaré a continuación, si bien las particularidades del este germano pueden explicar la intensidad del voto a la AfD, no aclaran el mecanismo del cambio en sí.
¿Reacción cultural?
La explicación cultural cuenta además con una versión en apariencia más científica (a esta altura, la teoría sobre el populismo más ampliamente refutada, aunque siga ordenando el debate público): el backlash o reacción cultural de sectores masculinos envejecidos y con menor nivel educativo contra el avance indetenible del cosmopolitismo.
Sin embargo, los datos empíricos contradicen de plano esta hipótesis. La AfD fue fundada en 2013 por economistas neoliberales de alto perfil académico encabezados por Bernd Lucke; en el despacho de Bernd Baumann, jefe de bancada de la fracción parlamentaria, cuelga de la pared un retrato de Friedrich Hayek. El partido es sumamente popular entre la juventud: en Sajonia-Anhalt, el 41% de quienes votaban por primera vez (entre 18 y 24 años) optó por la AfD. Si bien cosechó el 59% de los votos de la clase trabajadora, la densidad de talleres artesanales y pequeñas empresas industriales es el predictor más preciso de sus bastiones electorales.
Quienes financian al partido son grandes empresarios desencantados: en la campaña de 2025, la AfD recibió las mayores donaciones individuales entre todas las fuerzas políticas, incluyendo 1,5 millones de euros de Winfried Stöcker, fundador de la firma de biotecnología Euroimmun. Su principal aportante conocido es Henning Conle, un magnate inmobiliario con residencia en Zúrich y Londres y un holding en Liechtenstein.
La AfD —y, por extensión, buena parte de la extrema derecha contemporánea— constituye una reconversión nacionalista y excluyente del neoliberalismo. El Fidesz de Viktor Orbán, el Partido Republicano estadounidense y Reform UK han transitado la misma trayectoria. La extrema derecha es la expresión política de una doble revuelta: la del capital nacional y la de una clase media empobrecida. A falta de opciones, una fracción sustancial del sector trabajador la vota como el único canal de impugnación a las élites dominantes, aun cuando esa alternativa resulte casi siempre una impostura.
Detrás de estas explicaciones subyace una narrativa compartida: la extrema derecha sería apenas una anomalía pasajera en un sistema por lo demás funcional. El canciller Friedrich Merz, por ejemplo, «admitió» con contrición que el gobierno no comunica bien sus medidas. Si tan solo alguien lograse explicarle a ese electorado insensato lo bien que marcha la gestión…
En la práctica, la AfD lleva trece años en constante expansión mientras la confianza en la clase política se desploma: hoy solo el 17% de la población alemana cree que el Estado está en condiciones de cumplir sus funciones elementales. A lo largo del mundo democrático occidental, crece la proporción de personas que consideran que la democracia carece de relevancia. No estamos ante un desbarajuste momentáneo, sino ante una patología crónica y letal para el orden democrático.
Cordón sanitario, mimetización y gobierno
Los diagnósticos equivocados generan estrategias en vía muerta. Si el ascenso de la AfD reflejara únicamente la emergencia de una subcultura minoritaria, bastaría con erigir un «cordón sanitario» que le cerrara el paso. Quienes asumen que el éxito de la AfD responde a sus propuestas programáticas puntuales eligen mimetizarse con ellas. Y quienes ven en el fenómeno una anomalía pasajera reclaman que se la deje gobernar, confiando en que se desgaste y quede expuesta. Sin embargo, las tres salidas son ilusorias.
El cordón sanitario fortalece justamente aquello que pretende aislar, operando a través de tres mecanismos. En primer lugar, polariza el campo político en dos bloques artificiales: sugiere que de un lado se ubican cinco partidos democráticos legítimos y, del otro, la AfD. En segundo lugar, dado que el único denominador común entre esas cinco fuerzas es la defensa del establishment, la bandera del cambio queda en manos exclusivas de la extrema derecha. En Alemania esta es una condición crónica: ya en 1980, el canciller Helmut Schmidt sentenció que «quien tenga visiones, que vaya al médico», una máxima que definió desde entonces la filosofía del centro político germano: un universo de pequeños retoques técnicos y pragmatismo sin horizonte.
En tercer lugar, las coaliciones armadas detrás de este muro nacen paralizadas: ante las contradicciones ideológicas insalvables entre formaciones como la izquierda de Die Linke y la conservadora Unión Demócrata Cristiana (CDU), la capacidad de gobierno se vuelve nula. Frente a semejante parálisis, la determinación y el lenguaje directo de la extrema derecha seducen a fracciones cada vez más amplias de la sociedad.
Apropiarse de la agenda de la extrema derecha representa otro callejón sin salida. En enero de 2025, Friedrich Merz apeló a los votos de la AfD para aprobar una resolución sobre migración en el Bundestag; en las elecciones federales celebradas cuatro semanas después, la AfD duplicó sus guarismos respecto a 2021. Los socialdemócratas daneses inventaron en 2019 la «izquierda antiinmigración» al asumir de punta a cabo el programa migratorio de la derecha radical; sin embargo, en la primavera de 2026 se desplomaron hasta obtener su peor registro electoral desde 1903. La evidencia empírica es categórica: en el terreno del nacionalismo excluyente, la extrema derecha es imbatible, porque el electorado siempre prefiere el original a la copia.
Las fuerzas de centro se resignan cada vez más a la tercera vía: dejarla gobernar. La creencia de que el populismo de derecha triunfa en la oposición y naufraga en la gestión cobró fuerza tras el ingreso del Partido de la Libertad de Austria (FPÖ) al gobierno en el año 2000, cuando su caudal cayó del 27% al 10% en 2002. Sin embargo, para 2024 la formación resurgió con más potencia que nunca, adjudicándose el primer lugar con el 29% de los votos. Tras dieciséis años ininterrumpidos de Viktor Orbán en el poder en Hungría, resulta innecesario remarcar lo temeraria que es la ilusión de que la extrema derecha fracasa o se modera al asumir responsabilidades de gobierno.
Esta sucesión de diagnósticos fallidos es hija del modo en que se produce el conocimiento académico y mediático. Los estudios sobre el populismo afinan sus métodos para analizar variables cada vez más insignificantes, mientras la tiranía del clickbait arrastra a los medios de comunicación hacia el pánico moral y el melodrama de figuras políticas convertidas en influencers. En el medio, buena parte del entramado de think tanks se especializa en aceitar las puertas giratorias del poder, evitando a toda costa la confrontación con las élites. Así, la crisis sistémica es atomizada en fragmentos aislados, soslayando que el todo es infinitamente más complejo que la suma de sus partes.
Superar el estancamiento
La política se convirtió en un escenario dominado por un espectáculo crecientemente dramático, personalista y kitsch. Sin embargo, las derivas del teatro político partidario están determinadas por procesos mucho más profundos. No son las instituciones, las subculturas ni determinados grupos aislados los que entraron en crisis, sino el compromiso de posguerra que supo conciliar el vector polarizador del mercado con la exigencia democratizadora de igualdad.
Dos pensadores del siglo XX elaboraron marcos teóricos capaces de integrar estos elementos en un sistema unificado. Ambos escribieron al calor del auge del fascismo, pero sus categorías resultan igualmente potentes para interpretar el iliberalismo contemporáneo. Karl Polanyi conceptualizó al fascismo como una salida a un impasse estructural: en el período de entreguerras, las fuerzas de expansión del mercado y la autodefensa de la sociedad se paralizaron mutuamente; la economía de mercado democrática se volvió ingobernable y las élites terminaron inclinándose por la solución fascista. Por su parte, Antonio Gramsci planteó que la crisis de autoridad del orden liberal se desencadena cuando un modelo económico se agota junto con las instituciones que mediaban entre la acumulación de capital y los intereses de la clase trabajadora. Los «síntomas mórbidos» gramscianos que brotan de este estancamiento vuelven a estar a la vista, y no solo en Alemania. Los economistas políticos contemporáneos dispuestos a mirar más allá del cordón sanitario lo comprenden bien —de Wolfgang Streeck a Nancy Fraser—, pero sus voces brillan por su ausencia en el debate hegemónico sobre el populismo.
En la base del vertiginoso ascenso de la extrema derecha yace el agotamiento de un modelo económico. El fordismo —modo de producción industrial masivo y consumo en masa— descansaba sobre un compromiso de clase (salarios indexados a la productividad, Estado de bienestar, sindicatos fuertes) que vertebró las instituciones de la democracia liberal que hoy damos por sentadas. Lo que se presenta como la «crisis de la economía alemana» es, en rigor, la crisis prolongada de este modelo. En primer término, la financiarización y la globalización desplazaron el excedente desde la producción hacia la rentabilidad financiera, desacoplando los salarios de la productividad. Más tarde, la economía de plataformas profundizó este proceso, reconfigurando la esfera pública y las dinámicas de distribución del valor económico y cultural.
En Alemania, los salarios reales llevan estancados desde comienzos de la década de 1990, mientras que los ingresos de los sectores de menor cualificación sufrieron una caída neta. En 2024, las remuneraciones a tiempo completo en el Este se ubicaban un 17% por debajo de los niveles del Oeste. Tal como señaló Isabella Weber, el 89% del electorado de la AfD en Sajonia-Anhalt teme no poder hacer frente a sus gastos diarios: los precios de los alimentos subieron un 34,7% desde 2021, frente a un incremento salarial de apenas el 14,8%. Alemania no constituye un caso aislado: los ingresos reales del sector medio en Hungría recién recuperaron a fines de los años 2010 sus niveles de los ochenta, mientras que el poder adquisitivo del salario medio estadounidense permanece prácticamente estancado desde esa misma década. En ambos países, las fuerzas de extrema derecha terminaron conquistando el poder.
Allí donde se condensa el declive industrial, la extrema derecha echa raíces de forma sostenida. Las crisis territoriales en los estados orientales alemanes, el noreste húngaro, el Rust Belt estadounidense o el norte de Inglaterra constituyen síntomas del mismo agotamiento estructural. Sin embargo, en la propia Alemania Occidental, el histórico corazón industrial de la cuenca del Ruhr exhibe la misma pauta: en Gelsenkirchen —bastión gobernado por la socialdemocracia (SPD) de forma ininterrumpida desde 1949—, la AfD se convirtió el año pasado en la primera fuerza política, alcanzando sus mejores cómputos en las antiguas cuencas mineras y siderúrgicas.
Un shock económico jamás se agota en su dimensión material. Sajonia-Anhalt perdió un cuarto de su población desde la reunificación: de 2,9 millones de habitantes, las proyecciones para 2040 prevén apenas 1,8 millones. La transición postsocialista en Europa Oriental se cobró más de siete millones de muertes en exceso, del mismo modo que el deterioro industrial estadounidense engendró la noción de «muertes por desesperación». La sangría demográfica de largo plazo funciona como uno de los predictores más nítidos del voto a la AfD, así como Donald Trump sobrepresenta su caudal en los condados con tasas de mortalidad superiores a la media. Quienes permanecen en esos territorios sienten, con fundada razón, que fueron arrojados al basurero de la historia.
Las grandes mutaciones económicas agudizan en igual medida las tensiones culturales. Perder el empleo implica perder uno de los pilares de la autoestima; junto con el trabajo industrial se desmoronan saberes, subculturas y horizontes de vida enteros. En la disputa por empleos cada vez más precarios y servicios públicos desmantelados, la figura del inmigrante opera como el chivo expiatorio más accesible: investigaciones propias demuestran que la sola percepción de competir por la atención en el sistema de salud dispara la hostilidad antiinmigrante. En el este alemán, de hecho, este rechazo es una construcción fuertemente ideológica: funciona mejor allí donde hay menos presencia migrante. En todos los «nuevos estados federados» de la ex-RDA, la proporción de población extranjera y el voto a la AfD guardan una relación inversamente proporcional.
Quienes sufrieron la devaluación de su capital económico y cultural tampoco encuentran canales de representación en el sistema político. Los alemanes del Este ocupan apenas el 12% de los cargos directivos a nivel federal, ostentan un solo sillón en los consejos de administración de las cuarenta corporaciones del índice DAX y no cuentan con representación alguna en la cúpula militar. Entre los votantes de la AfD, el 83% percibe que los ciudadanos del Este son considerados de segunda categoría, una convicción compartida además por dos tercios del electorado de la CDU y del SPD.
Polanyi identificó dos salidas sistémicas a la parálisis de las economías de mercado democráticas. Junto al abrazo mortal del fascismo, la historia ofreció una segunda alternativa: la socialdemocracia, que preservó a los países escandinavos y al Estados Unidos del New Deal de la deriva autoritaria. Ante la crisis sistémica contemporánea, por el momento la historia solo viene ensayando la primera variante, y Sajonia-Anhalt funciona como un prisma de lo que vendrá. Mientras se siga diagnosticando la crisis parcelando la realidad variable por variable, nadie estará en condiciones de articular la segunda respuesta.
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