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Colombia: «Body count made in USA», la exhibición pública del cadáver del enemigo

20/09/2026 by Vitalio Deja un comentario

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Por: Renan Vega Cantor 

UNA BREVE PERSPECTIVA HISTÓRICA

El 2 de septiembre se escenificó un espectáculo grotesco y macabro por parte del traqueto con frac, que ahora ocupa el cargo de presidente de Traquetolandia: se realizó una rueda de prensa en vivo y en directo en la que exhibía los cadáveres de 23 personas, entre ellas 6 niños, que fueron masacrados por el Ejército en un bombardeo realizado en el sur del país. La exhibición morbosa y necrófila de los cadáveres vino acompañada del desfile bochornoso de Abelardo de la Espriella entre las filas de bolsas blancas en que estaban enfundados los cuerpos de los muertos, como si estuviera presentado un comercial de TV y solo falto que escupiera sobre los cadáveres. En forma simultánea se podían escuchar sus palabras, llenas de odio y crueldad, en las que decía que se habían abatido a 23 narcoterroristas, los cuales eran un cáncer que debe erradicarse mediante los bombardeos asesinos, muy al estilo de Israel y Estados Unidos.

Esta escena no es nada original ni en la historia colombiana, ni en la historia de la “doctrina” de body count de clara estirpe estadounidense, renovada en las últimas décadas por el sionismo genocida y replicada en diversos lugares del mundo, a la cabeza de los cuales se encuentra Colombia (traquetolandia), con El Salvador como otro de sus conspicuos impulsores en estas tierras tropicales del hemisferio occidental.

En este ensayo se reconstruye, desde una perspectiva histórica del tiempo presente, la trayectoria del body count, desde la guerra de Vietnam hasta nuestros días.

BODY COUNT, EL ORIGEN

En la década de 1960, durante la guerra de agresión de Estados Unidos contra el pueblo vietnamita, se puso en práctica una “doctrina militar” que con el tiempo se haría tristemente célebre y pasaría a convertirse en un procedimiento normal de la contrainsurgencia en varios continentes. Dicha doctrina recibió el nombre de body count que, literalmente, significa conteo de muertos, de los muertos de los que se consideran enemigos. El detestable término hacia referencia a contabilizar la cantidad de vietnamitas muertos, calificados de comunistas que debían ser eliminados porque eran vistos como una plaga, una especie subhumana. Y el registro cuantitativo del número de enemigos asesinados se convirtió en un fin en sí mismo, en un indicador del “éxito militar”.  Era medir el supuesto triunfo del “mundo libre” en litros de sangre del enemigo, como en una especie de Drácula redivivo, que siempre requiere más y más plasma sanguíneo para saciar su apetito de muerte.

El responsable del body count tiene nombre propio, fue el “ilustre” criminal de guerra Robert McNamara, quien ofició como Secretario de Defensa (sic) de Estados Unidos entre 1961 y 1968. Durante su gestión, la muerte se convirtió en un indicador de eficacia, presentado con un lenguaje técnico y aparentemente sofisticado en el que se daba cuenta de la eficiencia asesina del Ejército de Estados Unidos: informes de rendimiento de cada unidad militar medido en número de aldeas destruidas, enemigos liquidados ‒entre los que se incluían los campesinos‒cantidad de bombardeos realizados por día o por semana… Así, las cifras se convirtieron en el principal objetivo para mostrarle al público que Estados Unidos iba ganando la guerra, puesto que los muertos de los vietnamitas eran mayores en una magnitud desproporcionada (algo así como de 1 a 100, es decir, un estadounidense muerto por 100 vietnamitas).

El body count estadounidense tenía otra característica criminal, sádica y deshumanizante, con dos derivaciones: por un lado, exhibir como trofeo de guerra el cuerpo de los enemigos muertos, para mostrar al público el “éxito” de la guerra y el supuesto triunfo en cada batalla, y mostrar al adversario en posición de derrota y de la pretendida superioridad del asesino; y, por otro lado, los soldados de los Estados Unidos podían hacer con los cadáveres de los vietnamitas lo que se les viniera en gana, tal como apoderarse del cráneos de los muertos para convertirlos en piezas de colección con la cual alardear de sus “hazañas guerreras” y transformarlos en suvenires que enviaban a sus novias y familiares, quienes se encontraban en Estados Unidos, como ejemplo de su “heroísmo” asesino[1].

BODY COUNT Y LA DESHUMANIZACIÓN DEL ADVERSARIO

El body count Made in USA significó la deshumanización del adversario en la guerra, lo cual venía acompañado de un vocabulario especial, en el que nunca se hablaba de asesinatos, crímenes, atrocidades… sino de enemigos neutralizados y de operativos exitosos. Esa práctica estuvo alimentada en forma previa por un lenguaje de odio en el que el adversario era visto como una plaga, cucaracha, hormiga, cáncer y calificativos por el estilo.

Lo peor del caso radicó en que los asesinos de lesa humanidad, encabezados por Robert McNamara, nunca fueron juzgados, con lo que se generó un ambiente de impunidad sin límite moral de ninguna índole. Nadie fue juzgado por el body count y ese antecedente ha sido nefasto para la humanidad en su conjunto, pero particularmente para los habitantes del mundo periférico, donde se han librado las guerras de agresión imperialista y sionista en las últimos 50 años, tras la estrepitosa derrota de Estados Unidos en Vietnam. Esa impunidad fue la que legitimó la universalización del body count, más allá de Vietnam y de los Estados Unidos,

En Vietnam, la muerte en masa se convirtió en una fría cifra, desprovista de cualquier consideración ética o moral. En esa lógica asesina de tipo cuantitativo los muertos no son seres humanos, son elementos neutralizados, resultados positivos, parte de una plaga que hay que exterminar y cuya vida es prescindible. En estas condiciones, la muerte en un dato, se impone un lenguaje contable (que gerencia las operaciones militares como se administra un supermercado) en el que prima la obediencia ciega de los soldados, la presión por resultados y en donde no existe ningún tipo de remordimiento por parte de los militares que realizan las actividades de contrainsurgencia. Prima la barbarie institucionalizada de las estructuras burocráticas-militares en donde la muerte es solo una operación técnica, resultado de un aparato bélico en el que ya no existe algún juicio moral. De ahí que el resultado del body count al estilo estadounidense haya sido la muerte indiscriminada de millones de civiles, la distorsión de las cifras, el incremento de los “dados de baja” (otro término detestable del argot militar que tanto se usa en Colombia) para obtener recompensas, reconocimientos y ascensos.

La lógica asesina del body count se basa en el presupuesto de que al enemigo hay que matarlo sin contemplación, debe liquidarse hasta el último “comunista”, como forma suprema de demostrar que todos los muertos de Vietnam estaban justificados a partir de la falacia de que, si “eres muerto, eres un Viet Cong”, un comunista.  Pero, además, los muertos debían ser exhibidos como prueba fehaciente del éxito del ejército agresor, y esto dio origen a una práctica necrófila y morbosa con la exhibición de los cadáveres del adversario. Y esta va a ser una de las más terribles herencias del body count estadounidense en Vietnam, que adquiere fuerza en la actualidad en diversos lugares del mundo

BODY COUNT, SIN LÍMITES MORALES NI RESPETO A LOS MUERTOS

Cuando un veterano de Vietnam señala que matar a miembros del Vietcong era como matar hormigas, o un ministro de Israel indica que los palestinos son animales, o Abelardo de la Espriella sostiene que los insurgentes, a los que él llama “narcoterroristas”, son un cáncer… todo eso remite a un asunto de fondo que caracteriza la doctrina del body count: la deshumanización del adversario es el pretexto esgrimido para incurrir en la manía homicida del recuento de cuerpos. Con ese procedimiento desaparecen las barreras éticas y morales para matar a quienes previamente han sido calificados de subhumanos y solo constituyen, a los ojos de los asesinos, un dato estadístico.  Es decir, detrás de los números están los cuerpos que pueden ser asesinados, pero cuya identidad no importa, pues se les convierte en cifras para medir la eficacia burocrática.  Los seres humanos son simples números, más cruelmente humanos mortales, que forman parte de la lista de objetivos que deben ser asesinados. Así las cosas, el conteo de cuerpos forma parte de una racionalidad instrumental ‒que evalúa los resultados de los medios utilizados para alcanzar el fin de matar‒ y de una racionalidad de valorar la vida humana a partir de criterios de superioridad e inferioridad, a partir de la cual unas vidas valen y las otras no cuentan, no tienen relevancia, lo que quiere decir que los que se presentan a sí mismos como la encarnación del bien y de la luz ‒como los Rambos de las películas de Hollywood‒ deben ganar las guerras sin importar los medios que emplean, porque, además, se trata de liquidar a seres inferiores, que encarnan la oscuridad y el mal supremo.  En esa guerra el asesinato en masa está previamente justificado y solo los muertos de un bando, el de los estadounidenses, sionistas y representantes de los Estados capitalistas y sus clases dominantes, son susceptibles de generar duelo, mientras que los muertos del enemigo, los body count, son indignos de cualquier duelo.  A los primeros es casi obligatorio llorarlos, mientras que a los segundos nadie los puede llorar, porque por definición, son bestias a las que debe exterminarse.  Estas vidas perdidas no merecen ni obituarios, ni tristezas, aún más, están despojados de identidad, de nombres y de rostros. Unos muertos importan, mientras que otros no. Los que no importan son objetos cuantificables, porque se concibe que sus vidas son desechables, prescindibles, tanto que ni luto merecen, ni se permite que sus deudos lloren o los reclamen, como si ellos no fueran seres humanos adoloridos y sufrientes y no tuvieran derecho a expresar su aflicción por la muerte de los suyos.

BODY COUNT ESTADOUNIDENSE EN NUESTRO TIEMPO

Aunque, después de su derrota en Vietnam, los ideólogos militares de Estados Unidos en sus innumerables guerras de agresión imperialista (Irak, Afganistán, Libia, la antigua Yugoslavia…) plantearon que había que eliminar el body count, sin embargo, esa práctica detestable e inhumano nunca desapareció. No más recuérdese la exhibición de los cuerpos sin vida de Sadan Hussein o de Mudamar Gadafi luego de ser asesinados por Estados Unidos o sus proxis. Y ante estos hechos, altos dignatarios de Estados Unidos, directamente responsables, entre los que cabe mencionar a George Bush II y Hilary Clinton mostraron su satisfacción e incluso profirieron gritos de alegría. Esto indica que la concepción asesina del body count nunca ha desaparecido de la mentalidad de las clases dominantes del imperialismo y de gran parte de la población de Estados Unidos.

Por eso, no resulta extraño que, en estos momentos, Estados Unidos sigue aplicando su doctrina del body count en sus políticas de agresión, como se pone de presente con algunos hechos de los últimos años:

–Asesinatos quirúrgicos programados desde la Oficina Oval de la Casa Blanca para matar a “enemigos” de Estados Unidos previamente localizados. Desde allí, Barak Obama, flamante Premio Nobel de la Paz (sic), junto con sus asesores ordenaba cada martes a quienes se debía matar en esa semana en diversos lugares del mundo. Así fueron masacrados por “bombas inteligentes” centenares de personas, incluyendo ciudadanos de los Estados Unidos residentes en otros países, preferentemente de Asia, y, como sucedió en Afganistán se llegó a asesinar a decenas de personas que se encontraban en una boda, lo cual no produjo ningún estupor al asesino en jefe de Washington, porque era un “daño colateral” sin importancia. Esa práctica asesina que inauguro Barak Obama no desapareció después de sus ocho años en la presidencia y se prolonga hasta nuestros días.

–La masacre de pescadores en aguas marítimas de Nuestro Continente, en donde ya van un poco más de 200 personas asesinadas desde el momento en que Donald Trum comenzó su segundo período presidencial. Esta masacre en desarrollo de seres humanos de nuestros países, un asesinato característico de la piratería imperialista, se presenta como un espectáculo mediático en el que se muestran los bombardeos, las explosiones y la destrucción de las pequeñas embarcaciones, e incluso se revelan, con regocijo sádico, las imágenes en que se remata a los sobrevivientes, como si se tratara de películas hollywoodenses sobre el lejano oeste y el asesinado de indígenas. Y se dan las cifras de éxito, con lo que supuestamente se ha impedido la entrada de criminales y drogas al territorio de los Estados Unidos, habitado por “inocentes ciudadanos”. Esos lancheros son presentados como enemigos bestiales a los que debe eliminarse por el bien de la pureza de Estados Unidos. Ni los nombres, ni los rostros de los masacrados importan, solo cuenta su número, para medir la pretendida eficacia en la lucha contra el “narcoterrorismo” que supuestamente hace daño a Estados Unidos.

–El asesinato de iranies desde el 28 de febrero cuando, en forma aleve y cobarde, Estados Unidos e Israel atacaron al país persa y masacraron a 180 alumnas y profesoras de una escuela y acabaron con la cúpula dirigente de Irán, a la cabeza de la cual se encontraba el Ayatola Ali Jamenei. Este crimen fue justificado a nombre de la defensa de los valores del mundo occidental y falsimedia se ha dado a la tarea de intentar justificar y legitimar los crímenes, aduciendo que de esa manera se ha golpeado la maldad congénita de los ayatolás, con lo que se reproduce textualmente el lenguaje deshumanizador que vomita Donald Trump a través de su red social, en donde dice que los lideres de Irán son una “escoria desquiciada”, unos “cabrones” que «Llevan 47 años matando a personas inocentes en todo el mundo y ahora yo, como 47.º presidente de Estados Unidos de América, los estoy matando a ellos. ¡Qué gran honor es hacerlo!».

–El asesinato de cubanos y venezolanos el 3 de enero de 2026, cuando se secuestró a Nicolás Maduro y su esposa. Ese día no se realizó, como dice la propaganda oficial, una acción impecablemente limpia, sino una acción criminal de agresión a Venezuela y Nuestra América toda, cuando fueron asesinados unas 120 personas, entre ellas 32 cubanos. Esos crímenes fueron premeditados, para causar pavor y conmoción y plegar dócilmente, como lo han conseguido, a los dirigentes venezolanos que han convertido a la patria de Simón Bolivar en una colonia petrolera del imperialismo.

ISRAEL, PRINCIPAL CONTINUADOR “NATURAL” DEL BODY COUNT

En nuestros días los principales herederos del body count están representados por Israel y por las fuerzas militares de Colombia, entre las cuales existen nexos de larga duración, que se proyectan hasta el presente.

En cuanto a Israel, el body count, aunque no se le denomine de esa manera, constituye una práctica de vieja data, consistente en asesinar a la población palestina de manera indiscriminada, como lo hicieron los Estados Unidos en Vietnam, con un fin específico: apoderarse de su territorio como parte de su colonialismo de asentamiento. Su brutal expansión, igual que el body count se sustenta en el recuento de los palestinos que se expulsan, torturan, encarcelan, masacran y asesinan. Esta práctica genocida se radicalizó y generalizó después del 7 de octubre de 2023, puesto que desde ese momento se hicieron públicos, ya no se disimulan, los llamados al exterminio total del pueblo palestino, lo cual se rubrica con sentimientos racistas de odio, que son de vieja data, ahora actualizados con la visión retrospectiva de la venganza, en una especie de “incriminación retroactiva”. Esto último quiere decir que los palestinos asesinados hoy se les atribuye la culpa de los actos de Hamas y de cualquier organización de la resistencia palestina y allí se incluye a la población civil en general, incluyendo a los niños.

Y las Fuerzas de Defensa (sic) de Israel (FDI) empezaron a medir su éxito de acuerdo con la cantidad de palestinos asesinados, a todos los cuales se les atribuye el carácter de enemigos a exterminar, y no solo a los miembros de Hamas, y a todos ellos previamente se les ha presentado como ratas, sabandijas, cucarachas, bestias… Así como en Vietnam el objetivo de Estados Unidos era matar hasta el último comunista que allí existía ‒lo que lograron plenamente los militares proestadounidenses en Indonesia en 1965, con la eliminación de cerca de dos millones de militantes del Partido Comunista de Indonesia, lo que significó su desaparición física y cultural, en un terrible genocidio político‒ en Israel el objetivo es liquidar hasta el último palestino, ya que se considera por definición como un terrorista subhumano, que no merece existir.

El body count tipo Israel tiene variaciones e innovaciones perversamente sofisticadas. Cabe anotar la más sádico y mortífera: utilización de la Inteligencia Artificial (IA) para determinar los enemigos a eliminar mediante bombardeos, sin importar el impacto destructivo en la vida de familias enteras de palestinos, so pretexto de que si esos programas de IA determinan los blancos esto implica que todos los allí señalados son “terroristas de Hamas” a los cuales es legítimo asesinar, incluyendo niños, mujeres y civiles en general. Eso es lo que ha sucedido con Lavander, con el cual se identificaron 37 mil gazatíes como presuntos militantes de Hamas, marcando sus casas y a las personas que allí residen, y luego se procede a bombardearlos. Solo en las primeras seis semanas de esta última fase del genocidio, en 2023-2024, fueron asesinados por el uso de Lavender 15 mil palestinos. A menudo, los bombardeos de Israel asesinan en un solo ataque a 200 personas, entre las cuales se encontraba el pretendido blanco “terrorista” a ser eliminado, con lo que comprueba que la eficacia asesina de la tecnología no se caracteriza por la precisión, sino por el daño generalizado y mortal que causa, y el cual, ese es su objetivo, forma parte del “éxito militar” de Israel.

Esto indica que la concepción de contabilizar los muertos del adversario se ha llevado al paroxismo, cuando el énfasis está en la destrucción y muerte pura y simple y eso aumenta la motivación de las tropas de la FDI, aéreas y terrestres, de matar a todo aquello que encuentren a su paso. Al respecto, el ejército de Israel designa “zonas de combate” que son áreas cerradas en las cuales cualquier gazatí allí presente es un objetivo legítimo, se le considera un combatiente, incluyendo a los niños. Se actúa a partir de una lógica macabra: “Dispara primero, pregunta después”. Sin pelos en la lengua lo ha dicho un oficial de las FDI: “Nadie derramará una lágrima si destruyéramos una casa cuando no sea necesario, o si disparamos a alguien a quien no teníamos que atacar. […] El objetivo es contar cuántos [terroristas] matamos hoy […]. Cada [soldado] quiere mostrar que él es el más grande. La percepción era que todos los hombres eran terroristas. A veces, un comandante de repente pedía números [de palestinos muertos] y, entonces, el oficial de la división corría de brigada en brigada revisando la lista en el sistema informático del ejército y contaba”[2].

Ya no solamente cuenta el número de cadáveres de los palestinos, cuya cifra se eleva a miles, sino que ahora en forma perversa se incluye todo tipo de vejaciones a los cadáveres (profanación de tumbas y cementerios, secuestro de muertos, burlas en público por los medios de comunicación y por los soldados de las FDI ante los cadáveres, con los que se hacen selfis). Y también debe considerarse el body count contra los que están vivos, y acá debe considerarse los encarcelados, las torturas, los maltratos, el asedio por hambre, la violación de los más elementales derechos de los palestinos, cuando son asesinados en hospitales, escuelas, universidades y campos de refugiados. Dentro del body count sionista debe incluirse la destrucción de todo aquello que posibilita el funcionamiento normal de una sociedad y de cualquier vida humana (agua potable, alcantarillado, electricidad infraestructura, hospitales, escuelas, campos deportivos, emisoras, canales de TV…), porque el objetivo de Israel es liquidar todo aquello que tenga que ver con la vida de cualquier palestino en los territorios ocupados y fuera de ellos, como sucede en el Líbano, Siria, Irán…

Estas derivaciones del body count al estilo sionista han llegado a nuestro continente, con alumnos aventajados en El Salvador y Colombia, como veremos enseguida.

BODY COUNT EN EL PATIO TRASERO DE LOS ESTADOS UNIDOS

La impronta criminal de los Estados Unidos e Israel tiene repercusiones directas en Nuestra América, en donde se reproducen las prácticas genocidas, deshumanizantes y crueles, propias del body count sionista e imperialista.

El Salvador, el body count carcelario

La primera muestra está en El Salvador, donde se ha instaurado un régimen carcelario brutal y calcado al pie de la letra de lo que hacen Estados Unidos e Israel, por lo que bien puede calificarse a Nayib Bukele como el carcelero tropical del imperialismo estadounidense y del sionismo. Es un ejecutor de la agenda represiva de la extrema derecha de nuestro tiempo, cuyo epicentro se encuentra en los Estados Unidos, siendo Donald Trump su principal portavoz.

Como resultado, se ha convertido al pequeño país centroamericano en un gigantesco campo de concentración, en el cual los prisioneros son rebajados a una condición de subhumanos, a los que se maltrata, tortura, encadena y pisotea sus más elementales derechos, en unas condiciones propias de siglos anteriores, aunque eso se disfrace con rasgos ultramodernos de alta tecnología, tanto en el campo carcelario (con recintos que cuentan con sofisticados controles electrónicos y digitales) como en su difusión mediática, puesto que el carcelero mayor se jacta de utilizar las redes sociales y contar con su propia tribuna digital en la que se presenta a sí mismo como el paladín de la seguridad. Se retrata a sí mismo con luces, música épica y heroica, cámaras de última generación, mediante lo cual vende al mundo, y a sus amos imperiales, la lógica de un orden basado en el terror, la brutalidad y el dominio tecnológico[3].

Lo peor del caso radica en que, con un sadismo nada disimulado, la crueldad se muestra en público, a través de la TV y las redes antisociales ‒y por esto es una derivación del body count. Y, a través de esos medios, el carcelero mayor, Bukele, seguidor y admirador de los sionistas, aunque provenga de una familia palestina, presume de su nivel de crueldad y lo muestra como un ejemplo digno de imitar en todo el continente. En esas cárceles se encuentran recluidas 75 mil personas, una cifra abrumadora si se considera que la población total de El Salvador es de seis millones de habitantes.

En este caso concreto debe considerarse el encarcelamiento masivo y la deshumanización de los prisioneros como una especie particular de body count carcelario, con un gran ingrediente de tipo moral, porque se trata de asesinar moralmente al adversario, al enemigo, al pandillero, al que se reduce a un dato estadístico, a una cifra, para mostrar el pretendido éxito en el control del delito a partir de la cantidad de personas encarceladas, y antes de eso “dadas de baja”. Como parte de esa muerte moral son retenidas las personas sin aviso previo, sin sentencia, solamente porque, por ejemplo, en sus cuerpos tengan algún tatuaje. Se les rapa la cabeza, se les coloca unas sandalias y unos calcetines y se les encierra en un campo de concentración en celdas grupales en donde se apiñan 80 reclusos, en un lugar donde solo hay camas metálicas, sin colchones ni sábanas ni almohadas. El baño es un retrete abierto, con un cubo de agua para lavarse, sin ventanas. El desaseo cunde y los presos soportan el olor de las cloacas, incluso a la hora de comer. Los reos permanecen 23 horas y media encerrados en las celdas y en la media hora libre salen a un pasillo central a moverse y a leer la biblia, porque eso sí religión no puede faltar, porque los matarifes del mundo son profundamente religiosos, y Bukele no se queda atrás en este aspecto.

En la alimentación nunca se incluyen carnes ni proteínas, y se les dice a los presos que nunca más en su vida van a comer algo de ese estilo, porque se considera que esos son menús especiales, para privilegiados. No existe privacidad de ninguna índole, la luz artificial funciona las 24 horas, 7 días a la semana. No se permiten la visita de familiares, los presos siempre están aislados e incomunicados. No existe ningún tipo de comunicación con el exterior, ni internet, ni móviles. Los presos están sometidos a todo tipo de vejaciones, violencia, tortura, violaciones, agresiones sexuales por parte de los guardias. Estos les dicen a los prisioneros cuando llegan “bienvenidos al infierno”, un lugar donde no tendrán abogado y nunca verán el sol, no comerán ni carne ni pollo por el resto de su vida. La única forma en que saldrán de la prisión será en una bolsa negra. Comen con las manos, pues no se permite el uso de ningún utensilio. Un detenido sostuvo que el Centro de Confinamiento del Terrorismo (CECOT), la cárcel “modelo de Bukele” está hecha “para animales” y “fue diseñado para que te vuelvas loco o te suicides”[4].

Para completar, en algunos de las cárceles ya se han instalado maquilas, para que los presos comunes, no vinculados a pandillas, se convierten en fuerza de trabajo gratuita para capitalistas de El Salvador y transnacionales. Así, en el penal de Santa Ana se ha instalado una maquila textil, con 6000 reclusos como trabajadores forzados y laboran en turnos de 8 horas, las 24 horas del día.

En síntesis, el maltrato, tortura, degradación, deshumanización a que son sometidos miles de prisioneros es propio de una variedad de body count tropical, que en este caso se sustenta en la idea de aplastar al otro, quitándole su condición de ser humano, mostrarlo en público sin ninguna vergüenza, como una señal de éxito y de triunfo en términos de orden y seguridad. Ya no se cuentan solo los muertos, sino, como diría Fedor Dostoyiesky, los “muertos vivientes”.

Según Miguel Sarre, exmiembro del Subcomité de las Naciones Unidas para la Prevención de la Tortura, El Cecot «es un moridero de concreto y de acero donde hay un cálculo perverso para eliminar a las personas sin aplicar formalmente la pena de muerte[5]«.

He aquí la esencia del asunto del body count carcelario en El Salvador: finalmente el calculo es eliminar mediante el castigo penitenciario a miles de seres humanos, como si fueran animales y, lo que es peor, jactándose de la crueldad ante el gran público. Esto cuenta con el apoyo de la extrema derecha mundial y, lamentablemente, por una gran parte de la población salvadoreña y latinoamericana.

Colombia, body count al estilo traqueto

En Colombia, el Israel de Sudamérica y pieza fundamental de la contrainsurgencia Made In USA, el body count ha sido una práctica recurrente de las fuerzas armadas. No es ni mucho menos nueva, pues tiene una trayectoria de algo más de 60 años, que se remite a la “época bandolera” a comienzos de la década de 1960. En ese sentido, hay un “aporte colombiano” a la historia universal de la infamia del body count, característico de lo que hemos denominado la contrainsurgencia nativa, es decir, aquella que se gesta originalmente en este país por diversos ideólogos de las clases dominantes y de las fuerzas armadas que tienen sus propias concepciones contrainsurgentes antes de su encuentro con la contrainsurgencia de clara estirpe occidental (llámese nazi, francesa, sionista o estadounidense, la última de las cuales recicla e incluye a las demás). Pues bien, esa contrainsurgencia nativa recurrió al body count, al tiempo que, en Vietnam, Estados Unidos lo empezaba a poner en práctica. O, más exactamente, el ejército colombiano aprendió esa práctica cuando intervino, como subordinado de Estados Unidos, en la Guerra de Corea (1950-1953), momento en que están registrados los primeros brotes del body count.

En la fase final de la Primera Violencia (1945-1965), con el auge del bandolerismo ‒que, según Eric Hobsbawm, llegó a ser en ese momento el fenómeno de ese tipo más importante del mundo[6]‒ las fuerzas armadas de este país pusieron en práctica el body count. El procedimiento era muy simple: luego de matar algún bandolero de renombre, y fueron aniquilados a centenares de ellos, el ejército procedía a exhibir los cadáveres de esos bandoleros. Los llevaban en camiones y volquetas y los paseaba por diversos municipios del país, principalmente en aquellos en donde ese bandolero había tenido influencia delincuencial. Así se hizo con los cadáveres de Desquite, Sangrenegra, Tarzan… Incluso, se conservan algunas fotografías, como testimonio visual de esa horripilante práctica de deshumanización, escarmiento y pretendida victoria sobre el mal. [Ver foto sobre alias Tarzán].

                                                     

Esta acción necrofílica adquirió un nuevo carácter en diciembre de 1993, cuando miembros de la policía se tomaron fotografías junto al cadáver del capo del Cartel de Medellín, Pablo Escobar Gaviria, luego de que este murió como resultado de un operativo organizado y realizado en forma directo por servicios de seguridad de los Estados Unidos con la participación de miembros de las fuerzas armadas de Colombia, que operaban como testaferros y con la participación activa de los paramilitares (que se denominaban a sí mismos los PEPES,  “Perseguidos por Pablo Escobar”)[7].

La foto es reveladora de la deshumanización, propia del body count, pues en ella aparece sonriente y en primer plano Hugo Aguilar, quien se atribuye la muerte del capo, el policía que publicó un libro con el significativo titulo de Yo maté a Pablo Escobar. Esa foto es sencillamente pornográfica: No hay respeto alguna por el cadáver y el policía matón, que se jacta por eso, luce una risa de oreja a oreja, exhibiendo el cuerpo ensangrentado del capo, como un trofeo de guerra.  No extraña, es propio de la lógica traqueta, porque este “héroe nacional” era miembro de un grupo paramilitar, como está suficientemente probado[8]. De tal forma, que ni en eso, el falso tigre es novedoso, simplemente reedita la actuación de otro paramilitar que era funcionario oficial del Estado colombiano (llegó a ser gobernador de Santander, la misma tierra de JP Hernández, del que hablamos más abajo), porque un vulgar traqueto puede llegar a ser funcionario de alto nivel en el Estado, sin importar el rango ni la distinción. En Traquetolandia, cualquier traqueto puede ser gobernador, parlamentario e incluso Presidente de la República y desde esos altos cargos predicar a los cuatro vientos el irrespeto por la vida y por la muerte de aquellos a quienes considera enemigos de los “colombianos de bien”, que esos traquetos dicen encarnar.

Lo llamativo es que, en cada una de esas ocasiones se ha proclamado el triunfo de la “institucionalidad nacional” sobre el crimen, del bien sobre el mal, porque al exhibir los cadáveres eso es lo que intenta enfatizarse. Y, sin embargo, cada cierto tiempo vuelve a repetirse el ciclo de exhibir cadáveres y contar muertos como señal de victoria, en una historia necrófila que en Colombia no parece tener fin.

Eso sucedió durante el nefasto período de la Inseguridad Antidemocrática cuando Uribe Vélez y Juan Manuel Santos ostentaban con los insurgentes masacrados por el Ejército, como sucedió con el cadáver de Raúl Reyes, asesinado en Ecuador por el Ejército colombiano, con participación de yanquis y sionistas. Y de ahí se generalizó, algo que tampoco era novedoso, pero no había alcanzado la dimensión que adquirió en ese momento, los asesinatos de Estado, conocidos con el remoquete benigno de “falso positivo”, un vocablo que reproduce el lenguaje de los milicos colombianos (como cuando un recluta responde si cumplió la orden de un oficial: “Positivo, mi coronel”). El solo hecho de que se utilice esta denominación por ONG, académicos y analistas militares es un triunfo lingüístico y mental de la lógica asesina del body count a la colombiana, porque con ella se rebaja el nivel del crimen ante los oídos de la opinión pública, porque el tono cambia si se habla, de lo que es verdaderamente, esto es,  del asesinato por parte del Estado y del Ejército de miles de colombianos, que fueron ejecutados a mansalva, a sangre fría y en condiciones de indefensión para aumentar las exitosas cifras de guerrilleros “dados de baja en combate”. Tan macabra acción, a la que también en forma eufemística se denomina “ejecuciones extrajudiciales” (como si en este país existiera la pena de muerte legal, abolida en 1910), fue el resultado de la política contrainsurgente adelantada durante los gobiernos del hoy expresidiario del Uberrimo y de paisalandia.

Esos asesinatos de Estado fueron motivados por las mismas razones que esa práctica criminal se impuso en Vietnam: para que los oficiales obtuvieran ascensos en su carrera y mejoraran sus salarios, para que los militares rasos se les concediera un permiso extra un fin de semana, para que se les ofreciera un almuerzo especial (como un plato de arroz chino) que no estaba en el menú de la tropa… No por casualidad ha quedado demostrado que las brigadas que más incurrieron en los asesinatos de Estado han sido aquellas que estaban comandadas por militares que habían sido “alumnos aventajados” en la Escuela de las Américas de los Estados Unidos, donde se instruye y se prepara a los militares del continente en técnicas tan loables como torturar, matar, desaparecer y asesinar, si es necesario a presidentes, como sucedió con el primer mandatario de Haití Jovenel Moïse, en 2021, ejecutado a sangre fría por un comando de exmilitares colombianos[9].

De tal manera, lo que comienza nuevamente en nuestro país en el gobierno del falso tigre es la repetición de un ciclo de violencia estatal de índole contrainsurgente que, en verdad, nunca se atenuó, ni siquiera en el cuatrienio de Gustavo Petro. Ahora reaparece la exhibición morbosa y necrofílica de los cuerpos de los adversarios y eso se hace con el talante del ocupante de la Casa Blanca tropical, localizada en Barranquilla, es decir, al más puro estilo traqueto.

La aparente novedad consiste en montar un escenario para exhibir impúdicamente cadáveres, así como Israel exhibe a los torturados de Palestina en sus cárceles o Bukele muestra a centenares de prisioneros desnudos y arrodillados, como si fuera un espectáculo mediático, en el que participan como payasos de la muerte los altos mandos de las Fuerzas Armadas y altos dignatarios del régimen abelardista.

Por supuesto, ese espectáculo es amplificado por falsimedia y las redes antisociales favorables al régimen, que cuenta con sus propios propagandistas, uno de los cuales, el senador del Partido Verde, J. P. Hernández, con una gran dosis de humanidad y respeto por los muertos, ha hecho una gran propuesta: que se compren 30 mil bolsas blancas por particulares, dizque para ahorrarle ese gasto al Estado, para meter en ellas los cadáveres de los insurgentes abatidos, con lo que se estima que durante este cuatrienio de violencia estatal, que apenas comienza, se va a matar a esa cantidad de colombianos. O sea, se está exhortando a un auténtico genocidio de los “malos colombianos”. Las palabras del HP (Honorable parlamentario, se entiende) de los desteñidos verdes son elocuentes de ese pensamiento genocida, algo que no extraña en ese personaje que es un admirador de los genocidas sionistas: “Presidente Abelardo, permítanos a los colombianos el orgullo de donar las bolsas para empacar a los bandidos que tanto daño le hicieron a Colombia y que hoy usted les ha ordenado a nuestras gloriosas fuerzas militares dar de baja. Donemos las bolsas”. Estimó el valor de cada bolsa en 30 mil pesos y con el aporte que él está impulsando se comprarían las 30 mil que se necesitan para “que estén empacados como lo que son y como lo determinó el mismo presidente Abelardo, unos miserables bandidos”[10]. ¡Qué grandes palabras, plenas de compasión, de amor y de solidaridad, de alguien que es un creyente en Dios y hasta presume de ser, como Abelardo, un gran cantante, en su caso de música religiosa!

Personajes tan humanitarios como este indica que en estos lares se reproduce la mentalidad genocida de Israel y Estados Unidos y emergen individuos que quieren ser asesinos, pero con fama y reconocimiento internacional, como Donald Trump, su Ministro de Guerra, Pete Hegseth, Nayib Bukele y de Itamar Ben-Gvir (Ministro de Seguridad de Israel). Sí, sobre todo de este último, quien se ha destacado por celebrar la aprobación de la pena de muerte contra presos palestinos, impulsa la aprobación de una ley que permita que esos asesinatos sean transmitidos en vivo y en directo y se permita la entrada de asistentes a palcos de observación y, en sus redes antisociales, reproduce imágenes hitlerianas sobre el exterminio industrial, pero ahora aplicado a los palestinos.

Es claro que el body count imperialista y sionista tiene émulos en este país, uno de cuyos aventajados alumnos es ahora senador de la República. Esto comprueba que la impunidad sionista y la legitimación del genocidio de los palestinos permite que, en diversos lugares del mundo, se reproduzca la lógica asesina de Israel y, además, se presuma de ser apologista del genocidio como si fuera un gran logro de la humanidad.

El lenguaje ordinario, y con ínfulas de superioridad racial o de clase, tampoco es nuevo, es el mismo de siempre, en el que se habla de “dar de baja”, “narcoterroristas”, “cáncer social”, “lacras”, “basuras” tal cual lo recitan los gobernantes de Estados Unidos, Israel o El Salvador. Ese lenguaje deshumanizante modifica los blancos en el tiempo: antes eran los rojos, los bandidos, los subversivos, los comunistas, los terroristas y ahora son los narcoterroristas y pronto volverán a ser a todos a los que denominan comunistas desde la Secretaria de Estado de Estados Unidos, siempre señalados como enemigos de los “colombianos de bien”. Esos “colombianos de bien”, la esencia misma de Traquetolandia, están encarnados y representados en los traquetos con frac, que pretenden borrar su pasado paramilitar, presentándose como los salvadores de este sufrido país. Y eso se hace, como manda el dogma católico gritando Viva Cristo Rey, mientras se reparte plomo a granel. No por casualidad, quien se pinta a si mismo como un ferviente católico, es quien proclama la exterminación de los otros (sean palestinos o colombianos pobres), siempre gritando Viva Israel, como clara expresión de una mentalidad genocida que, en nuestro tiempo, ya no tiene fronteras ni produce ningún tipo de pudor. Por eso pueden pisotearse a los vivos y a los muertos que no forman parte de los ricos y poderosos del mundo, que son considerados inferiores y subhumanos a los cuales debe exterminarse y erradicarse de la faz de la tierra.

CONCLUSION

A menudo se supone que una determinada acción, como la de pasear entre cadáveres por parte de un presidente ilegitimo de un país, como sucede en Traquetolandia, es algo espontáneo y original. En este ensayo nos hemos extendido en tiempo y espacio para comprobar que el body count, el término inventado por los tecnócratas y militares de los Estados Unidos para justiciar el asesinato en masa de sus pretendidos enemigos, que ahora reaparece en nuestro medio, tiene una larga tradición de deshumanización y barbarie.

Por desgracia, esa es una práctica generalizada y con gran respaldo social, sencillamente porque la lógica capitalista, individualista, egoísta y posesiva, se ha hecho dominante en el  nuevo sentido común de gran parte de la humanidad y se concibe que solo tienen derecho a sobrevivir los ricos, poderosos y exitosos y los que no pertenezcan a ese reducido círculo de la población mundial, deben ser eliminados, porque al fin y al cabo así lo determina el darwinismo social, en el que deben sobrevivir los más aptos. Sí, los más aptos para robar, mentir y matar, que por desgracia hoy dominan la política en el mundo occidental, y a cuya estirpe pertenecen los traquetos con frac de este rincón tropical del mundo.

                                               

                         Caricatura de Alejandro Motavita, profesor de Ciencias Sociales

NOTAS


[1]. Nick Turse, Dispara a lo que se mueva. La verdadera guerra norteamericana en Vietnam, Sexto Piso, 2014.

[2]. Citado en Yagil Levy (2026), “The logic of body counting: from Korea to Gaza”, Critical Military Studies, 12:3, 473-497. Disponible en: https://doi.org/10.1080/23337486.2025.258376

[3]. Disponible en Bukele: el carcelero del imperio que se atreve a dar lecciones de libertad

[4] “Bienvenidos al infierno”: así es la brutal megacárcel de Bukele en El Salvador – Infobae

[5]. Cómo es el Cecot, la megacárcel en la que Bukele encerró a los cientos de venezolanos que el gobierno de Trump deportó a El Salvador desde Estados Unidos – BBC News Mundo

[6]. Eric Hobsbawm, Bandidos, Crítica, Barcelona, 2001, p. 36.

[7]. La historia de Los Pepes, el grupo armado ilegal que ayudó a matar a Pablo Escobar – Infobae

[8] Esta es la historia de Hugo Aguilar, el policía que mató a Pablo Escobar y ahora está en la JEP por nexos con “paras”

[9]. Ver al respecto: «Falsos positivos» en Colombia y el papel de asistencia militar de Estados Unidos, 2000-2010 – Coeuropa

[10] Una ‘vaki’ para comprar bolsas para cadáveres de terroristas dados de baja por la administración de Abelardo de la Espriella, la polémica propuesta de Jota Pe Hernández: “Necesitamos cerca de 30.000” – Infobae

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Publicado en: AmericaLatina, Colombia, Cultural, Economía, Global

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