Por: Rafael Bautista Segales

«En el siglo XV, el Abya Yala estaba atravesando una época de esplendor civilizatorio; superior, en muchos casos, a la Cristiandad latino-occidental (porque Europa recién se estaba reconociendo como nueva entidad ontológica y geopolítica). En realidad, en 1492, quien se descubre no es América sino Europa y lo hace no a partir del “encuentro” con el otro sino negando su humanidad, para afirmarse como superioridad absoluta, una vez que ha diezmado la capacidad de resistencia de los pueblos dominados. El Abya Yala no fue reducida civilizatoriamente por vivir en el atraso histórico, en la barbarie (que es una pura leyenda negra que está siendo desmentida, cada día, por los nuevos hallazgos y argumentos antropológicos, arqueológicos, demográficos, tecnológicos, etc., etc.)».
La colonización ahora se propone aniquilar al mundo entero, pues si no todos somos iguales, la rebelión de las víctimas es el pecado que hay que escarmentar, porque dice Occidente: “toda la culpa la tienen las víctimas. El verdugo es siempre inocente”.
Para los fines de la conquista, fue preciso, necesario y estratégico cercenar las memorias y ceremonias antiguas de los indios, porque en esos residuos de resistencia se reproducía su modo de vivir. La inversión religiosa la describe muy ben Guaman Poma de Ayala cuando señala que “les quitaron su ley antigua y les pusieron temor y culpa donde antes había justicia”. Para arrebatarles y despojarles de humanidad, no bastaba con reducirlos a la miseria sino acabar con su memoria y sus costumbres, con su historia y su cultura.
Pero lo que las armas habían pretendido terminar, sólo logró su aplazamiento, pues la memoria comenzó a renacer, una y otra vez que la amenaza del exterminio prendía sus terruños, pero también su rebeldía. Las armas jamás pudieron doblegar el espíritu de liberación que atravesó, hasta el día de hoy, todas las formas que adquirió la dominación, el despojo y el robo de su tierra sagrada.
Hoy la liberación se expresa como restauración. El “progresismo” no entiende que el progreso es un mito, que la alternativa ya no es aferrarse al tren del progreso sino ponerle un freno y proponerse, con mayor denuedo, despertar y conservar los valores que la tradición de nuestros pueblos nos ha legado, frente al desastre y el desmoronamiento de los valores moderno-occidentales. Pero restaurar no es volver sino recrear, actualizar lo que hemos perdido: una existencia más digna, libre y justa, re-ligada a lo natural y espiritual, a la simpleza que significa vivir en plenitud; lejos del dinamismo, ritmo y la inclemencia del tiempo inhumano del capital y el mercado (una vida válida para todos, donde ya no gobierne la ambición de unos cuantos).
En el siglo XV, el Abya Yala estaba atravesando una época de esplendor civilizatorio, superior, en muchos casos, a la Cristiandad latino-occidental (porque Europa recién se estaba reconociendo como nueva entidad ontológica y geopolítica). En realidad, en 1492, quien se descubre no es América sino Europa y lo hace no a partir del “encuentro” con el otro sino negando su humanidad, para afirmarse como superioridad absoluta, una vez que ha diezmado la capacidad de resistencia de los pueblos dominados. El Abya Yala no fue reducida civilizatoriamente por vivir en el atraso histórico, en la barbarie (que es una pura leyenda negra que está siendo desmentida, cada día, por los nuevos hallazgos y argumentos antropológicos, arqueológicos, demográficos, tecnológicos, etc., etc.).
No nos vencieron por astucia, inteligencia o superioridad sino por una incompatibilidad radical. La cultura de la vida (en todas sus expresiones) respeta los límites éticos que manifiesta la idea del bien. Una cultura de muerte, basada en la culpa infinita, el sacrificio, la aniquilación del humanismo del otro hombre, no admite límite alguno. Como en la actualidad, cuando el Imperio y Occidente, en su decadencia, desatan la política del odio, desatan un poder sin límites. Salah ad-Dîn o Saladino lo expresaba así, refriéndose a los cruzados cristianos: es casi inhumano luchar contra ejércitos tan hambrientos de sangre y muerte. Si el monje Bernardo de Claraval estimulaba a los cruzados con el perdón de los pecados y el paraíso eterno, por cada moro que se aniquile, se comprende la crueldad que despierta el odio al “infiel”. Como hoy en Gaza, el Imperio y Europa jamás abandonaron esa brutalidad sin coordenadas morales. Los pueblos expulsados a ser periferia del “primer mundo”, fuera de las fronteras del humanismo liberal-moderno excluyente y selectivo, aun cargan con la interrogante: ¿cómo puede ser posible vivir en un mundo sin respeto por la vida?
Occidente nunca fue superior. Su moralidad los retrata en la figura de aquél que afirma que “lo único que puede detenerme es Mi propia moral, Mi propio pensamiento. No necesito del derecho internacional”, Trump dixit. Occidente es el nicho de la tradición imperial, que siempre debe retornar, como dice Dostoievsky, al lugar del crimen. Es su condena y, por eso mismo, debe acallar a los vencidos, para dejar de escuchar el clamor de los muertos que deja su progreso y desarrollo.
La invasión y la conquista venció un continente lleno de pueblos, culturas y recursos que hicieron posible que Europa financie la administración de su centralidad mundial. Pretendieron destruir todo pero, para generar la acumulación pre-originaria del capital, la conquista y la invasión de la subjetividad de los dominados hizo posible la justificación de un mundo basado en la desigualdad, la exclusión y la injusticia. La “extirpación de las idolatrías” significó dejar al indio sin alma, sin ningún resguardo espiritual desde el cual sea posible reconstruir su mundo y su vida y existir sin identidad, ni tradición, ni historia ni futuro y, hoy en día, es lo que se propone el evangelismo sionista. Primero fue el miedo, luego el terror, el infierno desatado como maldición, según fines estratégico-militares, como el dotar a los nativos de mantas contaminadas con viruela, que fue una práctica frecuente, tanto por militares ingleses como por holandeses; así sucedió en Fort Pitt en 1764, diezmando pueblos enteros con la diseminación de la viruela, bajo órdenes del comandante en jefe de las fuerzas británicas, Jeffrey Ahmerst.
El comercio desigual e impuesto a la fuerza a los nativos, hizo posible la generación de una economía basada en un “libre mercado” para los vencedores, pero injusto para aquellos, que eran víctimas, de lo que se llamó después “ventajas comparativas”; que no es más que la legitimación jurídica del despojo y el saqueo de aquellos no admitidos en las fronteras de los humano; así como la traición se hizo sistema pragmático, así también el despojo y el robo, la explotación y la dominación del trabajo humano y la naturaleza, originaron una economía liberal, que hacía aparecer los intereses particulares como interés general, cuya “acción racional” definía que los fines se traduzcan en beneficios, sin importar los medios adoptados.
La oposición no se expresó en los términos superior-inferior. Ni siquiera hubo superioridad militar (sólo la ausencia de humanidad, ética y respeto al vencido, podría considerar a la guerra biológica de superior). El conquistador cargaba, en su subjetividad, siglos de violencia. El 2 de enero de 1492 se terminaba la engañosa “reconquista”, permitiendo a los reyes Isabel de Castilla y Fernando de Aragón, expandir el Imperio cristiano al sur y expulsar al sultán Boabdil y los moros en la rendición de Granada y, con ello, dar fin a Al-Ándalus y generar las condiciones de la creación del Reino de España. La cristiandad por vez primera podía expandirse más allá del enclaustramiento civilizatorio en el que se encontraba y lo hacía por la Mar Océano, para llegar a las Indias e integrarse al mundo que, hasta ese entonces, siempre fue oriental.
Las Cruzadas tampoco fueron episódicas, sino que fueron constitutivas de la pretensión expansiva de la Cristiandad imperial (encerrada por el cerco otomano, hasta 1571, cuando el poderío naval español, financiado por la plata del Potosí y Zacatecas, vence a la flota otomana, en la batalla de Lepanto), que encontró en la invasión al Abya Yala, las posibilidades empíricas de su finalismo universalista. En ese sentido, la dominación imperial (más aun cuando posee el argumento de salvación universal y se coloca a sí mismo como el ejecutor de ese propósito) tiene carácter exponencial y su política está diseñada como “legítima dominación”. Por eso ningún recurso le es suficiente y puede llevar, hasta sus últimas consecuencias, sus pretensiones ontológicas: el ser es, el no-ser no es, ergo, no debe ser. La cultura de la vida es incompatible con esta pretensión unilateral, exclusivista y excluyente.
Dos formas de humanidad estaban enfrentadas, pero sólo una estaba dispuesta a la aniquilación total y absoluta. Sólo una podía proponerse negar toda la vida, destruirla, sin el más mínimo respeto, para cumplir sus propósitos estratégico-instrumentales. Inevitablemente iba a vencer, teniendo además el control de los medios de vida de los otros. La afirmación del proyecto moderno pasaba y sigue pasando por la negación y el aniquilamiento de toda otra forma de vida, de toda otra alternativa. Una vez impuesta la modernidad como la sociedad del bienestar y el progreso (ocultando siempre los desastres que ocasiona aquello, en la condición humana y la capacidad reproductiva de la naturaleza) puede afirmarse, como una fatalidad del destino, su invariable curso histórico.
Todos los mártires por la liberación de nuestros pueblos, desde 1492, alzan su voz, no por una melancólica súplica por un pasado cancelado sino por un reclamo universal que desnuda a Occidente y su moderna pretensión imperial que, desde Washington, amenaza al mundo al MAD (mutual assure destruction): ¿qué tipo de humanidad es capaz de aceptar un mundo basado en la aniquilación del otro como principio de vida, un concepto del derecho que legitima el robo y el saqueo a nivel global, una racionalidad económica que hace principio de vida la competencia salvaje, que hace de la salud un negocio, de la alimentación un nicho de enfermedades? ¿Qué mundo es aquel que su política admite como “racionales” el traicionar, mentir, saquear y borrar la existencia del que discrepa? ¿Qué de “racional” tiene la aniquilación del otro para existir?
Es por reiteración pedagógica y disciplinamiento cultural que la modernidad se mantenga en pleno desmoronamiento global. Las elites locales y su base de reclutamiento, la clase media, se constituyen ahora en los agentes aduaneros de vigilancia de un mundo que ya no admite la inclusión. El nuevo orden global ya no es para todos. Nunca lo fue. Pero la mentalidad colonizada y la consciencia periférico-satelital de la sociedad aun cree que puede ser parte beneficiada del nuevo orden postindustrial, transhumanista y dominado por la IA. No en vano la sabiduría de nuestros ancestros se preservó hasta ahora. La resistencia popular debe limpiar ese olvido y entre las capas de encubrimiento de cinco siglos, debemos ahora cosechar la savia subterránea que nos legaron. Ya no se trata de un pueblo sino de toda la humanidad que se encuentra confinada en el mito de la caverna.
En 1492, comenzó la invasión ordenando “por la santa corona imperial y su brazo armado, que aceptéis al único Dios del amor, para tu propio beneficio; porque es por derecho natural que el indio obedezca a su señor, la mujer a su marido, lo bruto a lo humano, la miseria a la riqueza, lo peor a lo mejor, para el bien de todos. Y si no lo hiciereis, te haré la guerra como jamás te hubieses imaginado, sembraré tus campos con miseria, tus cielos con llanto, tus noches con miedo y tus sueños con pesadillas eternas”.
Después vino el genocidio que no ha cesado hasta el día de hoy, en todas las latitudes: “El infierno que te imponemos es por tu propio bien, para que ya no oses igualarte a quienes debes obediencia. Porque nuestro Dios nos ha creado para mandar y a ustedes para servirnos. La democracia sólo puede ser la sumisión absoluta a nuestro derecho divino, que nos ha concedido todo, hasta robar, que nos ha permitido todo, hasta matar. Ni la justicia ni la injusticia te corresponde, ni el bien ni el mal. Porque nuestro orden divino y su moneda predilecta, el dólar, nos ha hecho a nosotros para ser libres y a ustedes para ser nuestros esclavos”.
Ahora en pleno 2026, cuando Sudamérica ya se encuentra en remate, el fascismo ha tomado de rehén a la misma democracia que dice defender y ha desatado la política de odio, como último recurso de restauración imperial: “Y haré libres a mis cruzados y les daré, de nuevo, licencia de matar, para desalmarlos y extirparles todo resto de humanidad. Y en donde florezca la desobediencia a mis mandatos divinos, sembraré infinitas Gazas, con fuego, dolor y sangre. Y te extirparé tus idolatrías y salvaré tu alma para que te inclines, para siempre, al único Dios de este mundo, al cual serás sacrificado para recibir el perdón de tus iniquidades, del pretender un mundo entre iguales”.
La Paz, Chuquiago Marka, 12 de octubre de 2026
Rafael Bautista S., autor de:
El ángel de la historia. vol. II
La disputa del arco sudamericano
y la geopolítica del reinicio global. 2024
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