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Los gobiernos de ultraderecha agrandan la desunión de América Latina y allanan el camino a Trump

08/11/2026 by Vitalio Deja un comentario

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Fuente: InfoLibre

 

La Cumbre Iberoamericana evidencia el debilitamiento de los proyectos regionales, mientras las diferencias económicas y políticas dificultan una respuesta común ante EEUU

La XXX Cumbre Iberoamericana celebrada esta semana en Madrid ha dejado dos cosas claras: América Latina sigue lejos de construir un proyecto común y las cumbres que deberían impulsar esa unidad han perdido buena parte de su relevancia. La cita, con la que el Gobierno de Pedro Sánchez pretendía revitalizar un foro cada vez más de capa caída, ha vuelto a evidenciar las profundas fracturas políticas de la región. De los 22 países participantes, apenas diez estuvieron representados por sus máximos mandatarios, con las destacadas ausencias de Luiz Inácio Lula da Silva y Claudia Sheinbaum, presidentes de Brasil y México, las dos mayores economías latinoamericanas.

Más atención que los acuerdos alcanzados ha despertado el frío saludo entre Sánchez y Javier Milei, convertido nuevamente en protagonista de la cita. El presidente argentino volvió a arremeter contra el socialismo y aprovechó su estancia en Madrid para reunirse con Santiago Abascal e Isabel Díaz Ayuso, después de ausentarse de la inauguración y de la cena ofrecida por los reyes.

Pese a las diferencias, la cumbre consiguió aprobar una declaración conjunta, algo que no fue posible en su anterior edición de 2024. También salieron adelante iniciativas sobre inteligencia artificial, movilidad académica, cuidados y protección civil. Sin embargo, el consenso volvió a evidenciar sus límites. Argentina, Colombia, Costa Rica y Paraguay se desmarcaron se desmarcaron del rechazo a las medidas de presión económica contrarias al derecho internacional, en un apartado que aludía indirectamente al bloqueo estadounidense a Cuba. Milei también se desvinculó de varios acuerdos de cooperación. A los problemas propios de la cumbre, se sumó la crisis política de Paraguay, cuyo presidente, Santiago Peña, dimitió el jueves en medio del escándalo por el colapso de Ueno Bank.

Las fracturas llegan en un momento especialmente delicado para la región. El avance de gobiernos conservadores y de ultraderecha, pese a la reciente reelección de Lula en Brasil, coincide con una ofensiva de Donald Trump para recuperar la influencia estadounidense y contener la creciente presencia económica de China. Un escenario muy alejado de las aspiraciones de autonomía que acompañaron a la primera ola progresista latinoamericana, cuando surgieron proyectos como UNASUR, ALBA o CELAC. Hoy, aquellas iniciativas se encuentran debilitadas y la región afronta sus principales desafíos internacionales sin una estrategia compartida.

Una integración lastrada

La cumbre se desarrolla dentro de un giro conservador que hace más difícil el entendimiento común, pero el surgimiento de esa ideología está lejos de ser el único problema al que se enfrenta esta relación. Más allá de las cuestiones políticas hay una competencia económica que no ayuda. Siempre han sido países exportadores de materias primas, lo que les ha llevado a vincularse comercialmente con países más lejanos y potentes que tendían a la importación.

«Sus economías son muy poco complementarias, porque al final producen más o menos lo mismo y sus exportaciones van básicamente hacia el exterior», explica a infoLibre Anna Ayuso, investigadora sénior para América Latina del CIDOB. Esta estructura económica dificulta encontrar intereses compartidos capaces de sostener acuerdos regionales duraderos.

A ello se suma la debilidad institucional de los mecanismos de cooperación. A diferencia de la Unión Europea, los organismos latinoamericanos apenas han desarrollado estructuras supranacionales capaces de sobrevivir a los cambios políticos. Las decisiones dependen fundamentalmente de los gobiernos y de consensos que resultan cada vez más difíciles de alcanzar.

Durante la primera década del siglo XXI, la llegada de gobiernos progresistas permitió impulsar proyectos como la Unión de Naciones Suramericanas (UNASUR), que llegó a establecer un Consejo de Defensa Suramericano sin participación estadounidense. Sin embargo, el posterior giro conservador y la retirada de varios países terminaron por desarticular buena parte de aquella arquitectura regional.

Ignacio G. Perotti, profesor de Derecho Internacional de la Universidad Europea de Madrid, considera que aquellos proyectos no fracasaron por sus objetivos, sino por su construcción. «Dependían de la sintonía coyuntural entre presidentes y de un ciclo económico favorable”, sostiene. Además, según el experto, las afinidades ideológicas llevaron a ignorar el deterioro democrático de algunos socios como Venezuela y Nicaragua.

No todos los proyectos de integración han acabado en fracaso. Mercosur, la alianza económica y comercial creada en 1991 por Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay, ha conseguido mantenerse pese a las diferencias políticas entre sus miembros. Para Ayuso, la explicación reside en los intereses comerciales que vinculan especialmente a Brasil y Argentina. Sin embargo, su supervivencia no oculta las debilidades institucionales de la región. María Eugenia Cardinale, investigadora del Grupo de Estudios en Integración y Cooperación Regional en América Latina (Geicral), advierte de que la excesiva dependencia de los gobiernos de turno y la falta de estructuras sólidas dificultan la continuidad de estos proyectos, por lo que defiende reforzar las instituciones y ampliar la participación de los parlamentos y la sociedad civil.

Trump aprovecha las divisiones pero China gana terreno

La fragmentación latinoamericana también ha abierto una oportunidad para Washington. Desde su regreso a la Casa Blanca, Trump ha intensificado su intervención política, económica y militar en la región, combinando presiones sobre los gobiernos enfrentados con incentivos para aquellos que comparten sus prioridades.

El caso más extremo es Venezuela, donde la intervención militar estadounidense de enero de 2026 supuso un punto de inflexión en las relaciones con la potencia al norte del Río Bravo. La incapacidad de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC) para consensuar una declaración conjunta tras la operación evidenció hasta qué punto las divisiones políticas dificultan una respuesta regional.

«Trump no inventó nada nuevo», señala Perotti, que identifica en la denominada doctrina «Donroe» una actualización de las históricas aspiraciones estadounidenses de dominio hemisférico. A su juicio, el presidente ha sabido aprovechar las diferencias entre países para negociar bilateralmente, premiar a los aliados y presionar a los gobiernos menos afines. El Escudo de las Américas, una alianza militar impulsada por Washington en marzo de 2026 con gobiernos afines para combatir el narcotráfico, representa otra expresión de esta estrategia para reforzar su influencia regional.

Detrás de esta ofensiva también aparece la competencia con China, cuya presencia comercial y financiera ha crecido durante las últimas décadas. Las inversiones del gigante asiático en infraestructuras, energía y sectores estratégicos, como los minerales necesarios para la transición tecnológica, han ampliado la influencia de Pekín en una región históricamente considerada por Washington como su área de influencia.

Para Cardinale, el renovado interés estadounidense responde a un intento de recuperar el terreno perdido frente a China, especialmente en sectores estratégicos como el litio y otros minerales críticos, convertidos en uno de los principales escenarios de competencia entre ambas potencias. En este contexto, tanto la investigadora como Perotti advierten de que la fragmentación latinoamericana debilita la capacidad de negociación de los países de la región y facilita acuerdos desiguales que limitan su autonomía económica y política.

La ultraderecha comparte aliados, pero no un proyecto común

El avance de la ultraderecha latinoamericana también ha facilitado el acercamiento de numerosos gobiernos a la Casa Blanca. Javier Milei en Argentina, José Antonio Kast en Chile o Nayib Bukele en El Salvador comparten afinidades ideológicas con Trump, especialmente en cuestiones de seguridad, inmigración y rechazo a las agendas progresistas.

Sin embargo, esta proximidad no se ha traducido en un nuevo proyecto de integración regional, ya que las diferencias entre sus modelos económicos y los intereses particulares de cada país siguen condicionando las posibilidades de cooperación.

«El liberalismo extremo de Milei no es compartido por la mayoría de los países de la región», señala Ayuso, que distingue entre las posiciones económicas del mandatario argentino y las de otros dirigentes conservadores como Daniel Noboa (Ecuador) o Keiko Fujimori (Perú). Aunque identifica coincidencias en las privatizaciones y las políticas de seguridad, considera que estas afinidades resultan insuficientes para construir una estrategia económica conjunta.

Perotti también destaca las contradicciones entre estos gobiernos. Mientras Milei defiende el libre comercio, Trump mantiene una orientación proteccionista; Chile tiene a China como principal socio comercial y Bukele ha construido un modelo de Estado fuertemente intervencionista en materia de seguridad. Además, los países compiten entre sí por atraer inversiones estadounidenses y convertirse en socios prioritarios de Washington. «Lo que une a estos gobiernos es más la cercanía con Trump que un proyecto común», resume Perotti, que considera difícil construir una integración regional basada fundamentalmente en satisfacer las prioridades estadounidenses.

Cardinale, en cambio, subraya las continuidades económicas entre las distintas derechas latinoamericanas, tradicionalmente favorables a la apertura comercial y financiera. Desde su perspectiva, sus diferencias no impiden identificar un modelo compartido de inserción en los mercados internacionales, aunque alejado de las aspiraciones de autonomía política que caracterizaron a los anteriores proyectos progresistas.

El resultado es una región donde las afinidades ideológicas tampoco garantizan la cooperación. Para recuperar capacidad de decisión, los expertos coinciden en la necesidad de reforzar los mecanismos institucionales, aunque discrepan sobre las causas de su debilitamiento. Cardinale propone ampliar la participación de parlamentos y sociedad civil para reducir la dependencia de los presidentes de turno y Perotti defiende recuperar los consensos en torno al derecho internacional y los derechos humanos.

Mientras tanto, América Latina continúa atrapada entre sus divisiones internas y la creciente rivalidad de las grandes potencias. La cumbre de Madrid ha demostrado que todavía es posible alcanzar acuerdos puntuales, pero también que convertirlos en un proyecto político compartido sigue siendo una asignatura pendiente.

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Publicado en: AmericaLatina, Cultural, En España Podemos, Europa, Global

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