Adaptado de The Blueprint: How Socialism Can Work in the Real World (El plano: cómo puede funcionar el socialismo en el mundo real, aún sin traducción al español) de Mike Beggs, Ben Burgis y Bhaskar Sunkara (Verso, 2026).
Vivimos en una época en la que todo es político, excepto la política. Habitualmente tratamos las elecciones cotidianas sobre cultura, consumo e identidad personal como expresiones de una adhesión moral, las analizamos en busca de significados ocultos y las asignamos a bandos partidarios. Inferimos visiones del mundo enteras a partir de lo que la gente mira, compra, bromea o publica en línea.
Y sin embargo, en esta atmósfera de conflicto ideológico constante, casi nunca se formulan las preguntas políticas más fundamentales. ¿Cómo debería organizarse una economía? ¿Las disparidades de ingresos y de riqueza son intrínsecamente objetables o son aceptables mientras nadie pase hambre? ¿Puede existir realmente la igualdad política junto con la desigualdad económica? Si la democracia es buena para los gobiernos, ¿por qué no lo es para los lugares de trabajo?
Buena parte del siglo XX estuvo definida por la rivalidad global entre el capitalismo occidental y el comunismo soviético. La victoria del capitalismo fue evidente hacia el final del siglo. La URSS y sus Estados satélites de Europa del Este se derrumbaron. La mayoría de los países que todavía estaban gobernados por partidos comunistas adoptaron un híbrido mercantilizado de ambos sistemas. En una era de triunfalismo capitalista, los contornos básicos de la vida social y económica fueron tratados como innegociables.
Décadas después, incluso los críticos más estridentes de los abusos del capitalismo rara vez sugieren que podamos trascender por completo el sistema.
Hemos pasado gran parte de nuestras vidas defendiendo reformas que benefician a los trabajadores aquí y ahora. Entendemos que, si bien la historia a veces da enormes saltos hacia adelante, el progreso social suele implicar luchas cotidianas de tira y afloje por beneficios de corto plazo.
Sin embargo, quienes nos llamamos socialistas debemos poder ofrecer no solo una crítica exhaustiva del capitalismo, arraigada en las vidas y las luchas de la gente común, sino también una visión de lo que debería reemplazarlo. No de cómo podría verse ese sucesor dentro de siglos, una vez que los avances tecnológicos hayan superado los obstáculos económicos, ambientales y logísticos, sino de cómo podría funcionar una alternativa en el presente. Sin eso, la oposición al capitalismo corre el riesgo de reducirse a poco más que una protesta moral abstracta.
Si lo mejor que podemos decir de una sociedad plenamente socialista es que se trata de algo que quizá algún día llegue a ser posible, como la extensión radical de la vida o las colonias en galaxias lejanas, entonces estar «en contra» del capitalismo es una afectación inútil superpuesta a nuestro apoyo a las reformas dentro del sistema.
Tampoco sirve de mucho señalar, como suelen hacer los marxistas, que el capitalismo no siempre existió. Consideremos otras cosas que no existieron durante la mayor parte de la historia humana, como el saneamiento moderno, la democracia multipartidaria o internet. La pregunta no es si alguna de estas cosas podría dejar de existir en el futuro, sino si querríamos que dejaran de existir. Superar el capitalismo solo es deseable si podemos reemplazarlo por algo mejor.
Una característica clave que distingue al capitalismo del feudalismo o de los antiguos sistemas esclavistas es que, en esos modos de producción anteriores, la clase dominante usaba la fuerza directa para obligar a quienes Karl Marx llamó los «productores inmediatos» (campesinos, esclavos o siervos) a trabajar para ella. Bajo el capitalismo, los trabajadores asalariados son obligados a servir a la clase capitalista no por látigos y cadenas, sino por el miedo a la indigencia. Nadie que trabaje para Amazon es llevado a un depósito bajo custodia armada. Puede irse en cualquier momento, y la amenaza de perder el empleo es una de las armas disciplinarias más eficaces del arsenal del empleador.
Los resultados hablan por sí solos. Las herramientas de extracción pueden ser más suaves, pero, así como los campesinos feudales estaban legalmente obligados a dedicar parte de su tiempo a cultivar para la nobleza, los contratos laborales capitalistas modernos obligan a los trabajadores a ceder parte del producto de su trabajo a la clase dominante de su sociedad. Los mayores capitalistas se vuelven tan ricos en este proceso que estamos acelerando rápidamente hacia una economía en la que los primeros puestos de la jerarquía distributiva estén ocupados no por multimillonarios, sino por billonarios.
En el trabajo, el jefe gobierna como un dictador. Los sindicatos y el Estado regulador limaron algunas de las aristas más ásperas de la tiranía en el lugar de trabajo durante el siglo XX, pero las fuerzas de la innovación capitalista generan cada día formas creativas de restaurar esas aristas. Hay una razón por la cual los trabajadores de los depósitos de Amazon corren para cumplir sus cuotas en una atmósfera de vigilancia electrónica y se saltean los descansos para ir al baño por temor a quedarse atrás.
Por más malo que pueda ser el sutil sometimiento de la necesidad económica que subyace al capitalismo, constituye una mejora respecto de la coerción directa que caracterizó a muchos de los sistemas que lo precedieron. Pero esta reducción de la falta de libertad humana no llega lo suficientemente lejos. Los socialistas queremos empoderar radicalmente a los productores inmediatos creando arreglos institucionales a través de los cuales las personas trabajadoras puedan decidir qué se produce, cómo se produce y cómo dividir entre ellas los resultados. Y queremos crear un sistema que haga un trabajo mucho mejor que el capitalismo para garantizar las necesidades sociales que la gente requiere para vivir una buena vida. Este libro explora un modelo realista de cómo podría ser eso y sostiene que supondría una mejora significativa respecto de lo que tenemos ahora.
El argumento a favor de los planos
Esa visión comienza con una pregunta simple: ¿quién tiene poder y quién no? Salvo que se altere el sistema mediante la acción colectiva, la única palanca individual que tienen los trabajadores bajo el capitalismo es el poder de salida, de renunciar. Asegurar este poder es un logro histórico profundo, pero tiene serias limitaciones.
Por un lado, los trabajadores no pueden ejercer esta palanca con frecuencia: sus perspectivas laborales futuras se resienten si hay demasiados vacíos en su historial de empleo. Por otro lado, en la mayoría de los casos, es mucho más fácil para una empresa reemplazar a uno de sus trabajadores que para el trabajador reemplazar la fuente de su sustento. Las cosas son un poco diferentes para los trabajadores cuyas habilidades son particularmente buscadas por los empleadores, pero la oferta y la demanda funcionan en el mercado laboral de modo muy similar a como lo hacen en cualquier otro mercado: las habilidades escasas otorgan más poder de negociación precisamente porque son escasas. Para la mayoría de los trabajadores, la mayor parte del tiempo, el trabajo asalariado en lo que podemos pensar como su «estado natural» es una propuesta de tómalo o déjalo. Los trabajadores cuya única libertad es la libertad de salida pueden decidir qué capitalista en particular los domina, pero aun así no pueden controlar plenamente sus propias vidas.
Una crítica de la falta de libertad de la clase trabajadora no es el único agravio que los socialistas le planteamos al capitalismo. También nos preocupan cuestiones como la pobreza, la precariedad, el exceso de trabajo, la equidad en la distribución de los recursos, el efecto corrosivo de todo lo anterior sobre la realización personal y las relaciones interpersonales, la destrucción ecológica, el imperialismo y el vínculo inevitable entre la riqueza concentrada y el poder político concentrado. Pero al menos algunos de esos otros problemas pueden rastrearse razonablemente hasta los desequilibrios de poder fundamentales incorporados en las relaciones de propiedad capitalistas. Esos desequilibrios son profundamente objetables en sus propios términos, o al menos lo son si hay una sociedad más deseable que encontrar del otro lado del capitalismo.
Después de todo, la abolición del trabajo asalariado solo representa una reducción en el nivel general de falta de libertad humana si el sistema que reemplace al capitalismo puede sostener un nivel suficiente de abundancia material. Los intentos de imponer una distribución igualitaria de migajas pueden volverse muy feos, y no suelen durar mucho. La manera más fácil de terminar con un sistema de coerción suave es volver a la coerción dura. Millones de trabajadores son críticos del capitalismo pero se muestran reticentes respecto de las perspectivas de un futuro socialista viable y deseable. Esa es exactamente la razón por la que necesitamos un plano —una visión convincente y concreta— de cómo podría construirse un sistema mejor.
Muchos socialistas han pensado que no tenemos que preocuparnos por lo que Marx llamó una vez «escribir recetas» para «las cocinas del futuro» porque, una vez que la clase trabajadora haya vencido al viejo orden, enfrentará y resolverá los problemas de construir un mundo nuevo mediante una resolución de problemas masiva y democrática. Sería necio e inapropiado, según esta idea, intentar anticipar de antemano los resultados de este proceso.
No negamos que haya algo de cierto en esta línea de pensamiento. Es bastante cierto que ningún modelo ideado hoy reflejará plenamente las complejidades del mundo real de mañana. Y en términos de política práctica, las nuevas instituciones sociales suelen ser mezclas extrañas y desordenadas, que combinan remanentes de instituciones más antiguas, elementos nuevos moldeados por accidentes históricos, y compromisos e improvisaciones que serían imposibles de predecir. Incluso en nuestros momentos más optimistas, no esperamos que los ciudadanos de una futura sociedad socialista se sientan obligados por un modelo especulativo ideado a mediados de la década de 2020.
Sin embargo, la vieja idea socialista de que los detalles se resolverán solos «después de la revolución» está profundamente equivocada. La experiencia de la Unión Soviética fue un registro de fracaso económico sistémico, no solo de represión política. El autoritarismo sin duda exacerbó los fracasos de las economías de mando de múltiples maneras. Durante los días más oscuros de Iósif Stalin o de Mao Zedong, incluso los funcionarios estatales a menudo temían hablar en contra de decisiones económicas catastróficamente erróneas. Pero la suposición de muchos socialistas antiestalinistas del siglo XX de que la democracia por sí sola habría curado lo que aquejaba a esas sociedades resulta difícil de defender.
Comencemos con un simple experimento mental. Tomemos las estructuras básicas de la planificación económica soviética e injertémosle el tipo de instituciones políticas democráticas que se encuentran en la mayoría de las sociedades capitalistas avanzadas. Existe una prensa libre. Hay elecciones competitivas. Los partidos debaten visiones en competencia para el próximo Plan Quinquenal, y el que gane una mayoría en el Soviet Supremo forma un gobierno y designa al nuevo jefe del Gosplan, el organismo central de planificación.
En muchos sentidos, esta URSS alternativa sería superior a la que existió en nuestra línea temporal. La hambruna ucraniana de la década de 1930 habría sido mucho más difícil de sostener si Stalin hubiera estado preocupado respecto de si los campesinos votarían para reelegirlo. Pero ¿habrían sido realmente muy diferentes las frustraciones cotidianas de los consumidores en los almacenes de Leningrado en 1978?
La historia del socialismo en el siglo XX proporciona evidencia clara en contra de la idea de que un modelo viable surgirá dialécticamente en el momento histórico apropiado. Necesitamos pensar con cuidado estas cuestiones de antemano. Un plano no necesita coincidir perfectamente con el resultado de un futuro proceso colectivo para que valga la pena trazarlor. Puede mostrar que hay formas deseables de construir la sociedad con las que le pedimos a la gente que comprometa su energía.
Es más, un plano puede ayudar a galvanizar la lucha por un mundo mejor. Si los trabajadores no piensan que hay una alternativa al capitalismo, limitarán sus expectativas políticas en consecuencia. Y, a la inversa, es fácil refugiarse en una vaguedad reconfortante frente a preocupaciones razonables sobre cómo podría funcionar el socialismo. Presentar un modelo específico de socialismo ayuda a la izquierda socialista a evitar esta evasión y a lidiar seriamente con las mejores objeciones a nuestra visión de una sociedad transformada.
Por eso hemos escrito The Blueprint, aun cuando reconocemos plenamente que, por todo tipo de razones, la gente en las cocinas del futuro podría terminar usando otras recetas.
Principios de construcción
Algunos socialistas podrían objetar de la siguiente manera el experimento mental planteado más arriba sobre una URSS democrátic: «Los socialistas de verdad como yo no creemos que el tipo de democracia parlamentaria que existe en la mayoría de las sociedades capitalistas sea lo suficientemente buena. Quiero una democracia genuina de abajo hacia arriba, con comités de trabajadores, asambleas barriales, etcétera. Quiero una planificación participativa radicalmente descentralizada como alternativa a la economía de estilo soviético».
Nuestro objetor imaginario nos está dando un vistazo de un posible plano de una sociedad futura. Ahora podemos empezar a pensar si es un buen plano.
Se superpone con el modelo que ofreceremos aquí en aspectos importantes. Lo más obvio es que nosotros también destacamos la importancia de la democracia en el lugar de trabajo. Nosotros también queremos profundizar la democracia política en la sociedad en su conjunto. Pero transferir la toma de decisiones económicas de un organismo central de planificación a comités descentralizados, o incluso a asambleas en las que se espera que participe cualquier ciudadano al que le importe el resultado, plantea al menos dos grandes preocupaciones.
En primer lugar, ¿los comités y las asambleas se dedicarán a determinar el precio al que se venderá cada producto? Si es así, no está claro por qué los ciudadanos empoderados de esta sociedad tendrían una ventaja sobre los planificadores estatales, ya sea de la URSS histórica o de una imaginaria versión democrática de ella. Tendrán que resolver igualmente los problemas de información que inevitablemente surgen en una economía compleja en la que un número asombroso de artículos se compran, se venden y se producen con una variedad de bienes de capital que, a su vez, deben ser comprados por las empresas y fabricados a su turno. ¿Estamos imaginando reuniones públicas en las que los ciudadanos debaten los precios de cientos de miles de bienes, desde la insulina y los pañales hasta los neumáticos de los autoelevadores, los calibres de los cables de cobre, los microchips de los teléfonos inteligentes y cada tamaño de perno utilizado en una fábrica de bicicletas? ¿Hay alguna razón para predecir que las propuestas más populares ayudarían a coordinar la actividad económica?
Entonces se nos podría ofrecer un segundo vistazo al plano del objetor y decirnos que en esta versión del futuro socialista no existirá el dinero. Si es así, eso solo aumenta el alcance del problema. ¿Son ahora los comités y las asambleas los responsables de decidir qué se produce en primer lugar, y qué tipo de solicitudes de consumo serán atendidas cuando provengan de ciudadanos individuales, y cuánto de cada bien de capital se destinará a cada empresa de propiedad social para producir los bienes de consumo?
Este es el tipo de argumento que fue esgrimido con gran efecto por economistas antisocialistas como Ludwig von Mises y F. A. Hayek. En su célebre artículo «El cálculo económico en la comunidad socialista», Mises sostuvo que no podía haber una contabilidad racional de los bienes de capital en un sistema de planificación centralizada: que sin los precios que surgen del intercambio de mercado, no habría manera de saber cuál es la mejor forma de utilizar los recursos de la sociedad para producir lo que la gente quiere. Sin mercados que determinaran los precios de estos bienes «de orden superior», pensaba, los planificadores estarían tanteando a ciegas mientras intentaban coordinar entre las necesidades de las diversas empresas estatales y las preferencias de los consumidores. Y sin dinero como medida común de toneladas de carbón y de hierro, horas de trabajo, etcétera, su tarea se volvería mucho más difícil.
No tenemos que estar de acuerdo ni con la teoría económica general de Mises ni con sus inclinaciones políticas para reconocer que este es un problema real. Es cierto que incluso las sociedades que superponen políticas socialdemócratas, como la salud pública nacionalizada, a estructuras fundamentalmente capitalistas han demostrado que la planificación puede ser más eficaz, en algunos sectores, de lo que admitía la escuela austríaca de economía. Pero esos sistemas operan con presupuestos monetarios en el contexto de una economía de mercado más amplia. Los experimentos de planificación sin mercado en toda la economía han sido mucho menos alentadores. Quienes queremos intentar, nuevamente, ir más allá de la socialdemocracia y hacia el socialismo necesitamos tomar en cuenta los problemas genuinos que identificaron nuestros enemigos ideológicos y calibrar nuestros modelos en consecuencia.
Esta es una preocupación de ingeniería. Se trata de si la versión del futuro que estamos considerando «funcionaría» en sus propios términos. Este es el tipo de territorio que exploramos en The Blueprint: exponer nuestro propio modelo de socialismo y argumentar que puede lograr eficazmente sus objetivos.
Sin embargo, esta no es la única objeción que puede planteársele a una visión poscapitalista determinada. También está la cuestión de los objetivos mismos. Tomemos el tipo de propuesta ultrademocrática que hemos estado considerando, en la que cada detalle de la actividad económica debe ser planificado democráticamente. Incluso si asumimos el supuesto dudoso de que un modelo así funcionaría en el sentido de, por ejemplo, evitar la escasez en los almacenes comunales, ¿sería deseable?
Quizás no. ¿Queremos realmente un control participativo directo sobre, digamos, el sistema municipal de agua o la red eléctrica? ¿O preferiríamos no pensar en ellos en absoluto?
La democracia en el lugar de trabajo importa por muchas razones. Las personas no deberían tener que recibir órdenes todo el día de jefes que no rinden cuentas ante ellas. Los socialistas anteriores tenían razón en subrayar este punto. Pero también tenían razón en enfatizar que el socialismo significaría más tiempo libre para dedicarse a los propios proyectos. La famosa imagen de Marx de una persona que dedica parte del día a cazar, parte a pescar y parte a hacer crítica literaria sin llegar a ser nunca cazador, pescador o crítico es una versión extrema de esa esperanza, ya que implica una visión de una sociedad tan abundante que el consumo queda desvinculado del trabajo. Pero incluso una visión más realista y de corto plazo del socialismo debería prometer algo similar: las necesidades de todos satisfechas, y mucho más tiempo para hacer de su vida lo que cada uno quiera.
Algunas personas quizás dediquen más tiempo a leer novelas rusas, a cocinar elaboradas comidas con las personas que aman o a hacer senderismo y acampar en la naturaleza. Otras podrían producir obras de verdadero genio que de otro modo nunca habrían tenido tiempo de realizar, y otras más simplemente podrían creer que lo están haciendo. De hecho, esperamos con confianza que una sociedad mejor conduzca a una avalancha de mala poesía y de álbumes inescuchables, ya que la gente por fin tendrá tiempo para perseguir sus sueños menos conscientes de sí mismos. Si eso ocurriera, lo recibiríamos como una señal de progreso.
Amazon vende directamente doce millones de productos. Si los precios de los doce millones tuvieran que fijarse mediante un proceso democrático participativo o, peor aún, si se prescindiera por completo de los precios en favor de alguna fórmula sin dinero para determinar la cantidad y la combinación de productos a los que tiene derecho cada trabajador-ciudadano, mucho del tiempo que la gente podría dedicar de otro modo a perseguir sus propios intereses terminaría devorado por las reuniones.
Por supuesto, hay una variedad de bienes sociales que no pueden manejarse a través de los mercados y la producción de mercancías sin degradar valores humanos importantes. E incluso cuando se trata de los bienes de consumo más triviales, la metáfora de los economistas de los dólares como «votos» es ofensiva en una economía capitalista en la que algunas personas tienen miles de veces más «votos» que otras. Pero usar dinero corriente en un almacén controlado por los trabajadores para enviar una rápida señal de demanda comprando uno o dos tubos de la marca preferida de pasta dental nos suena mucho mejor que sentarnos en una sala de comités a discutir cuántos millones de tubos de pasta dental con flúor, o anti-sarro, o blanqueadora satisfarán las necesidades de la comunidad en el próximo año.
Esta es una de las razones, junto con las preocupaciones sobre los incentivos y la eficiencia, por las que nuestro modelo de socialismo preserva un papel para la coordinación de mercado, al tiempo que insiste en un gran sector público no mercantil, el control social de las finanzas y la democracia en los lugares de trabajo en toda la economía. Nuestro modelo busca combinar la elección individual con la toma de decisiones democrática colectiva en múltiples niveles, reconociendo al mismo tiempo las dificultades de coordinar una compleja división del trabajo para satisfacer las necesidades y los deseos de todos. Para nosotros, la eficiencia es una virtud socialista junto con la igualdad, la seguridad y la libertad, porque es la clave para liberar el recurso más importante de todos: nuestro tiempo.
El velo de la ignorancia
Esto nos lleva de las cuestiones de ingeniería a cuestiones más básicas sobre nuestros objetivos. ¿Qué valores deberían guiar nuestro diseño social?
Históricamente, algunos socialistas han preferido eludir tales preguntas con el argumento de que, una vez que descubramos las leyes de desarrollo de las sociedades humanas, veremos que el socialismo sigue al capitalismo con la misma naturalidad con que el capitalismo siguió al feudalismo. Era posible, concedían, que algo saliera tan catastróficamente mal que la sociedad retrocediera a una etapa anterior de desarrollo, pero había una sola vía hacia adelante. Esta línea de pensamiento cuasideterminista queda reflejada en lo que el filósofo marxista G. A. Cohen llama «la metáfora obstétrica»: la vieja sociedad ya está embarazada de la nueva, y todo lo que hace falta es asegurarse de que el bebé nazca sano y salvo.
Si esto hubiera resultado ser correcto, serían mucho menos apremiantes tanto las cuestiones de ingeniería sobre cómo diseñar una nueva sociedad como las cuestiones normativas sobre los valores que deberían guiar la construcción. La historia, sin embargo, no ha sido amable con este supuesto.
En 1919, la revolución en Alemania creó una efímera república socialista en Baviera. Su director de planificación económica era el brillante filósofo y teórico de la economía Otto Neurath, quien más tarde lamentó que, incluso entre los organizadores más capaces, «faltaba una preparación para darle forma conscientemente a la economía». Brevemente encarcelado tras la derrota de la república, reflexionó sobre lo que había omitido su formación socialista: «La técnica de una economía socialista había sido gravemente descuidada. En su lugar, solo se ofrecía una crítica pura de la economía capitalista y se estudiaba la teoría pura marxista del valor y de la historia».
Los problemas de diseño son problemas reales. A la inversa, si el único futuro poscapitalista posible no está ya ahí esperando a que lleguemos, la cuestión de los valores no puede ignorarse. Necesitamos decidir qué objetivos nos importan, porque los objetivos nos permiten evaluar nuestro diseño. Nos guste o no, eso nos lleva al territorio de la filosofía política normativa. Un buen punto de partida es la teoría de la justicia de John Rawls.
Rawls creía que las instituciones sociales justas son aquellas que podríamos respaldar desde lo que llamó «la posición original». Los agentes en esta posición conocen los hechos relevantes para decidir entre diferentes arreglos políticos y económicos. Sabrían, por ejemplo, cómo funcionaría en la práctica cualquier modelo: si se enfrentarían a escasez de bienes clave, qué tan fácil sería en la práctica cambiar de empleo, etcétera. También sabrían que tendrían que vivir en la sociedad que estaban diseñando. Su visión estaría oscurecida, sin embargo, por un «velo de ignorancia» respecto de una cuestión crucial: quiénes serían ellos en esa sociedad.
Algunas de las consecuencias de esto son directas. Esos agentes no respaldarían las leyes raciales que existieron en la Sudáfrica del apartheid ni el tipo de leyes de género que todavía existen en Arabia Saudita, porque no sabrían qué raza o qué género les tocaría. De igual modo, no crearían el tipo de sociedad en la que los pobres mueren de enfermedades fácilmente tratables, porque no sabrían si nacerían en familias ricas o pobres. Una implicación menos obvia del experimento mental es que quienes deliberaran en la posición original rechazarían cualquier propuesta de una meritocracia pura en la que algunas personas obtuvieran una porción mayor de los recursos de la sociedad por ninguna otra razón que su mayor talento innato. Muchos liberales y conservadores parecen pensar que una meritocracia pura semejante sería una utopía, pero los agentes en la posición original la rechazarían exactamente por la misma razón por la que rechazarían leyes racistas o sexistas: no sabrían si les tocaría la peor parte.
Los izquierdistas a menudo terminan dedicando su tiempo a argumentar que el capitalismo realmente existente no es particularmente meritocrático. Los CEO tecnológicos aclamados como genios excepcionales en la prensa de negocios a menudo resultan ser beneficiarios de todo tipo de suerte tonta. Tuvieron capital semilla de sus familias, o fueron el único emprendedor de veinte con la misma idea que estaba en el lugar correcto en el momento correcto, o se beneficiaron de favores del gobierno. Todo eso es correcto y vale la pena destacarlo, pero el punto de Rawls es que los altos niveles de desigualdad económica no serían justos aun si reflejaran principios puramente meritocráticos. Así como no eliges tu raza, tu género o tu origen socioeconómico, tampoco eliges si vas a ser siquiera un genuino genio tecnológico.
Es cierto que casi todos los talentos necesitan desarrollarse con trabajo duro antes de ser de mucha utilidad para quien los posee. Nadie llega a las Finales de la NBA ni gana una Medalla Fields de matemática sin muchos años de cultivar sus habilidades. Pero la realidad es que la abrumadora mayoría de los seres humanos no tendría la capacidad de jugar al básquet o de hacer matemática a ese nivel aunque dedicara toda su vida a la empresa. Nadie que deliberara detrás del velo de ignorancia conocería su potencial atlético o intelectual. Y así como no sabrían si nacerían en familias ricas o pobres, no sabrían si tendrían la combinación de habilidades cognitivas y sociales que, potenciada por otros tipos de suerte, ayuda a algunos chicos que crecen en familias pobres a ser exitosos en la escuela y a escalar en la carrera profesional.
Una vez que se reconoce eso, es fácil ver cómo la teoría de Rawls va en contra de una variedad de fuentes importantes de desigualdad. Las cosas se complican cuando empezamos a pensar qué tipos de desigualdad serían aceptables para las personas en la posición original.
Rawls argumentó que, incluso detrás del velo de ignorancia, podríamos permitir a regañadientes desigualdades si cumplían dos condiciones. Primero, las posiciones mejor situadas deben estar abiertas a todos en condiciones de «igualdad equitativa de oportunidades». Segundo, la existencia de tales desigualdades debería funcionar en beneficio de los menos favorecidos.
Las desigualdades, por definición, favorecen a los mejor situados. El punto de Rawls es que aun así podría haber casos en los que los peor situados de la Sociedad A estén mejor que sus equivalentes en una Sociedad B más igualitaria. Por ejemplo, supongamos que en A, pero no en B, los ingenieros informáticos ganan salarios más altos que los trabajadores de la mayoría de las demás ocupaciones. Debido al mayor pago, más personas son atraídas hacia el campo, lo que acelera el progreso tecnológico. Ese progreso mejora luego el nivel de vida de todos, incluidos los ciudadanos más pobres de A. Si estipulamos que A es, a pesar de este foco de desigualdad, todavía más igualitaria que cualquier sociedad actual, entonces un agente en la posición original podría tolerar racionalmente la brecha de ingresos. Aunque careciera de las habilidades para convertirse en ingeniero, podría ver la desigualdad como un precio que vale la pena pagar por el acceso a la tecnología disponible en A pero no en B.
Nada de esto significa que alguien que nace con las habilidades para ser un excelente ingeniero informático merezca innatamente un salario más alto. Para ver por qué no, imaginemos una Sociedad C y una Sociedad D, donde la ocupación incentivada con salarios más altos en C pero no en D fuera derrotar tigres gigantes en combate cuerpo a cuerpo. Ni C ni D tienen el nivel de tecnología para dispararles a los tigres gigantes, y mucho menos para la ingeniería informática, y las condiciones de partida son tales que los ataques de tigres gigantes son un problema social significativo. Al igual que con el atractivo de A sobre B, es fácil imaginar a los agentes eligiendo C antes que D. Aunque no tuvieras el potencial para ser uno de los cazadores estrella de tigres, estarías más a salvo de los tigres si más de quienes sí lo tienen fueran atraídos a la caza de tigres con salarios más altos, y, en balance, bien podrías estar dispuesto a vivir con cierta desigualdad.
Aun así, aceptar cierta desigualdad como una compensación es muy diferente de respaldar la desigualdad sin límites. Podrías dudar a la hora de permitir que tales desigualdades crezcan más allá de cierto punto. Las distribuciones severamente desiguales de recursos pueden tener consecuencias devastadoras para la dignidad humana, la cohesión social y la democracia política. No querés que te coma un tigre, pero tampoco querés ser gobernado por una casta guerrera mata-tigres.
Rawls estaba atento a este punto, pero uno de sus críticos más perspicaces, G. A. Cohen, llevó la preocupación un paso más allá. Cohen entendía la justicia en términos de lo que llamó «igualdad socialista de oportunidades»: el principio de que las desigualdades distributivas son injustas en la medida en que pueden rastrearse hasta factores que están fuera del control de las personas que se encuentran en el extremo inferior de la distribución.
Esto no significa, sin embargo, que Cohen necesariamente niegue que los ingenieros informáticos de A o los cazadores de tigres de C pudieran tener que ser compensados con tasas algo más altas en aras del bien mayor. Deja la puerta abierta a tales posibilidades. Simplemente lo conceptualiza como una compensación entre diferentes valores —sacrificar un poco de justicia a cambio de una ganancia en eficiencia—, a diferencia de Rawls, que piensa que todo aquello que los agentes racionales aprobarían desde detrás del velo de ignorancia sería justo. En la opinión de Cohen, Rawls comete un error al oscurecer la compensación.
La forma en que Cohen divide los conceptos dirige en última instancia nuestra atención al hecho de que se pierde algo importante cada vez que permitimos desigualdades distributivas que están fuera del control de quien se lleva la peor parte, aun cuando a veces la compensación valga la pena. Pero la brecha entre sus posiciones prácticas puede ser más estrecha de lo que parece.
Si bien Rawls deja abierta en Teoría de la justicia la cuestión empírica de qué sistema satisfaría mejor sus requisitos, su combinación de puntos de vista —dejar la puerta abierta a cierto grado de desigualdad en aras de los incentivos económicos al tiempo que enfatiza la preocupación por los menos favorecidos— sonó a muchos como un respaldo al capitalismo de Estado de bienestar. Pero Rawls rechazó rotundamente esta interpretación. En La justicia como equidad: una reformulación, publicada dos años antes de su muerte en 2002, concluyó que su teoría era incompatible con el capitalismo en cualquier forma.
Para ver una de las razones, pensemos en la diferencia entre las cooperativas de trabajadores y las empresas capitalistas comunes. Típicamente, las escalas salariales en las cooperativas no son completamente planas. Algunos miembros trabajadores pueden ganar más que otros. Pero el rango de compensación es apenas un bache en un gráfico en comparación con los enormes niveles de desigualdad distributiva producidos dentro de las empresas capitalistas estándar.
Tomemos la Corporación Mondragón, esencialmente una federación de cooperativas de trabajadores en la región vasca de España. Las virtudes de Mondragón son a veces exageradas por izquierdistas ansiosos por aferrarse a modelos positivos. Flota en el mar de una economía española por lo demás completamente capitalista y a menudo responde a los incentivos creados por esa economía de maneras que no reflejan los valores socialistas, por ejemplo, empleando contratistas que no son miembros, incluso dentro de España, y subcontratando a empresas capitalistas en el exterior. Pero el hecho de que los miembros trabajadores de Mondragón no sean rígidos ideólogos socialistas sino personas comunes que intentan tomar decisiones empresariales sensatas hace que su relativo igualitarismo sea aún más llamativo. Dentro de las cooperativas de Mondragón, la proporción entre el ejecutivo mejor pagado y el trabajador peor pagado está limitada a seis a uno. En comparación, en las empresas del IBEX-35 de España, la proporción promedio entre el pago del CEO y el pago promedio de los empleados fue de alrededor de setenta y cuatro a uno en 2023; entre las empresas del S&P 500 en Estados Unidos, la proporción promedio entre el pago del CEO y el del trabajador mediano fue de 268 a uno ese año.
La diferencia obvia entre Mondragón y sus competidoras no cooperativas es que en Mondragón los propios trabajadores votan sus escalas salariales. Es posible convencer a la mayoría de los miembros trabajadores, que tienen un incentivo racional para no dejar que la empresa quiebre, de que permitan que algunos de sus compañeros cobren más que ellos mismos por una gran cantidad de razones. Los trabajadores pueden estar de acuerdo porque esos colegas poseen habilidades técnicas particularmente deseables, o porque están dispuestos a asumir responsabilidades estresantes y exigentes, o porque están dispuestos a asumir trabajos sucios o peligrosos. Pero buena suerte si tienes que convencer a tus compañeros de que se te debería dar más del producto del trabajo colectivo de todos para que puedas comprarte tu propia nave espacial. Eso no va a suceder.
E incluso esa brecha de seis a uno debe entenderse en el contexto de una economía española en la que Mondragón debe competir por talento gerencial y técnico con empresas capitalistas comunes. La brecha sería aún menor en una economía en la que fuera norma la democracia en el lugar de trabajo, lo que implica escalas salariales mucho más igualitarias.
La teoría de Rawls admite la desigualdad distributiva cuando quien termina con el palo más corto sigue teniendo uno más largo que el que tendría en cualquier arreglo en el que todos los palos fueran de la misma medida, por lo demás igualmente deseable. Qué es lo que se considera para afirmar la parte de «por lo demás igualmente deseable» ya es menos directo. Los agentes que eligen entre sociedades posibles desde detrás del velo de ignorancia pueden, por ejemplo, aceptar un nivel de consumo ligeramente inferior a cambio del aumento general en su calidad de vida que se obtiene al evitar las mezquinas indignidades sociales a menudo asociadas con la desigualdad o al experimentar un sentido de comunidad más robusto.
Incluso si estás de acuerdo con Rawls en que cierta desigualdad distributiva puede justificarse mediante su principio «maximin» (maximizar el mínimo), cuesta creer que necesitemos tanta como la que genera el capitalismo. Los impulsores de la limitada desigualdad dentro de las cooperativas de trabajadores son precisamente el tipo de factores que realmente son relevantes para mantener en marcha el motor de la productividad. Pero solo se llega a que algunos individuos adquieran cientos de veces más del producto colectivo que otros cuando los beneficiarios directos de esa desigualdad, o sus benefactores, tienen el poder de simplemente tomar esa parte sin necesidad de justificarse ante quienes sostienen los palos más cortos.
Cálculo e incentivos
Los pensadores capitalistas sostienen que, si bien podrían ser plausibles distintas formas de distribuir el ingreso después de la producción, la sociedad se beneficia de la desigualdad en el poder económico. Piensan que los intentos de someter los medios de producción a un control económico colectivo solo sofocarán la innovación, desalentarán la inversión y, en última instancia, reducirán la riqueza disponible para distribuir. En lugar de repartir de manera más pareja los beneficios de una economía moderna, los intentos de socialización solo matarán a la gallina de los huevos de oro. En ese escenario, los ciudadanos del futuro socialista se dedicarían a un racionamiento igualitario de migajas. Si esto es correcto, incluso los agentes en la posición original podrían estar dispuestos a darle una segunda mirada al capitalismo.
El «debate sobre el cálculo socialista» del siglo XX giró exactamente en torno a esta cuestión. Del lado socialista, Oskar Lange aceptó el argumento de Mises de que gestionar una compleja división del trabajo requería un sistema de precios, pero negó que requiriera mercados. Los planificadores socialistas en el centro y dentro de los lugares de trabajo podían desarrollar precios y coordinar la producción siguiendo un conjunto de procedimientos que reproducirían los resultados óptimos de los modelos de libros de texto de «competencia perfecta» de los mercados, sin necesitar realmente los mercados. (Su sistema sí incluía, no obstante, dinero, tiendas y un mercado de trabajo, para extraer y valorar adecuadamente las preferencias de las personas sobre el consumo y el trabajo). Creía que esto superaría al capitalismo en su propio juego, porque los mercados capitalistas reales están lejos del ideal de competencia perfecta y porque los planificadores podrían tener en cuenta cuestiones como la degradación ambiental, que los mercados ignoran sistemáticamente. La fijación socialista de precios sería más eficiente, no menos. Llamamos a la visión de Lange y a otras similares «socialismo algorítmico» o «socialismo de precios» para distinguirlas del «socialismo de mercado».
La respuesta hayekiana fue argumentar que un sistema así chocaba con problemas de información y de incentivos. Es cierto que, contrariamente a como suele recordarse este debate, los algoritmos de Lange no requerían que los planificadores del centro recibieran y procesaran una enorme cantidad de información proveniente de toda la economía. Era, de hecho, un modelo de procesamiento de información y de toma de decisiones descentralizados. El problema era que el modelo de Lange dependía de que los gerentes de los lugares de trabajo evaluaran con honestidad la información sobre las posibilidades técnicas de producción en sus propios campos y actuaran en consecuencia. Sin embargo, de manera realista, tendrían enormes incentivos para falsear esas cifras con el fin de mantener sus propios puestos y pocas razones para salir en busca de formas nuevas y mejores de hacer las cosas.
Del otro lado del debate, Hayek reconocía que los mercados del mundo real guardaban poca semejanza con los modelos estáticos y perfectamente competitivos de la teoría del equilibrio general. Pero argumentaba que esta objeción pasaba por alto por qué los mercados, en su realidad desordenada e imperfecta, cumplen la tarea de la coordinación económica de una manera para la cual no hay una alternativa obvia. El mundo real es un mundo de incertidumbre y de cambio continuo; nadie tiene más que una fracción de la información relevante sobre las posibilidades técnicas y sobre lo que la gente quiere. La búsqueda de ganancias en competencia con otros le da a las personas los incentivos para actuar sobre la base de la información que tienen, y los precios que emergen amalgaman esa información, la devuelven a los participantes y coordinan su actividad. Es caótico e imperfecto, pero funciona.
Admitimos que aquí hay un punto válido y que algunos modelos de socialismo realmente naufragan en esos escollos. Aceptamos un lugar importante para los mercados y la producción de mercancías en nuestro modelo. Pero rechazamos de plano la sugerencia de que algo de esto demuestre que necesitamos el capitalismo.
En The Blueprint esbozamos un modelo de una economía plenamente socialista, una en la que, en lugar de pertenecer a una clase de capitalistas separada de la clase trabajadora, los medios de producción han sido socializados. El sistema económico propuesto, al igual que el capitalismo, es mixto. «Privado» y «público» son quizás las palabras equivocadas aquí, dado que estas esferas están aún más entrelazadas bajo el socialismo que imaginamos de lo que ya lo están en las economías capitalistas altamente desarrolladas, pero la distinción es suficientemente clara. Hay un sector «privado» productor de mercancías en el que los costos se cubren con ventas de mercado, y un sector «público» no mercantilizado que opera con fondos asignados públicamente. El sector no mercantilizado incluye a la burocracia gubernamental y los organismos bajo control central, pero también puede incluir una variedad de agencias comunitarias con considerable autonomía, que sin embargo son financiadas con el erario público.
Las empresas de nuestro sector productor de mercancías son democráticas en dos sentidos. Primero, las estructuras de gestión y administración son elegidas por la fuerza de trabajo de la empresa mediante un proceso democrático. Segundo, cada trabajador recibe una parte del ingreso residual de la empresa. Son empresas, sin embargo, en el sentido de que son entidades autónomas productoras de mercancías que deben cubrir sus costos con ingresos y cumplir con sus obligaciones contractuales de pago.
Son posibles diversas constituciones empresariales, pero el estándar para una empresa mediana o grande implicaría una democracia representativa, con directores electos que designan y supervisan a los administradores que se ocupan de la gestión cotidiana. Esta estructura podría complementarse con comités y referendos según fuera necesario, pero la administración rutinaria suele estar mejor en manos de trabajadores profesionales especializados con conocimientos de contabilidad, logística, etcétera. La democracia cumple su función asegurándose de que los administradores respondan en última instancia ante sus colegas y de que las condiciones de trabajo y las cuestiones clave de estrategia cuenten con una aprobación amplia.
La viabilidad financiera restringe a la empresa democrática, como lo hace con la empresa capitalista. La necesidad de cubrir los costos y de cumplir con las obligaciones de flujo de caja, mientras se compite con otras empresas, es lo que vincula a la empresa con la división del trabajo más amplia de toda la economía: una cadena de coordinación que une desde la venta de lattes en las cafeterías hasta la compra, por parte del servicio federal de salud, de equipamiento médico de punta para su uso en los hospitales nacionalizados, pasando por las cooperativas fabricantes de automóviles que reemplazan piezas defectuosas en sus forjas de estampado.
Esta disciplina financiera hace cumplir la virtud socialista de la eficiencia, asegurando que la empresa utilice los recursos sociales de manera razonablemente buena para satisfacer las necesidades y los deseos de las personas. Al igual que las empresas capitalistas, las empresas democráticas reciben ingresos por la venta de su producción y los usan para pagar nuevos insumos para la siguiente ronda de producción. Al igual que las empresas capitalistas, requieren inversión: algunos insumos deben pagarse mucho antes de recibir los ingresos que cubren esos costos. Esta inversión debe financiarse de una u otra manera. Como ocurre con las empresas capitalistas, sus ingresos y costos futuros son inciertos en cierto grado. La demanda y los precios de mercado cambian con el tiempo. Deben tomar decisiones de inversión y producción frente a la incertidumbre y, por lo tanto, enfrentan riesgos financieros.
Hasta aquí, todo como en Mondragón. Las diferencias clave entre las empresas controladas por los trabajadores en nuestro modelo y las cooperativas de trabajadores realmente existentes bajo el capitalismo tienen que ver con su estatus legal y con la red más amplia de instituciones dentro de la cual operan. La investigación empírica sobre las cooperativas bajo el capitalismo sugiere que tienen niveles de productividad similares y sobreviven aproximadamente en la misma proporción que cualquier otro negocio una vez que se ponen en marcha. El principal problema es que su tasa de natalidad es muchísimo más baja.
Parte de esto es sin duda atribuible a factores culturales. En al menos algunas sociedades con la doctrina legal de la «coverture», según la cual muchos de los derechos de las mujeres casadas revertían a sus maridos, puede haber sido técnicamente posible que hombres y mujeres celebraran contratos de tipo matrimonial más igualitarios, pero incluso las feministas convencidas rara vez lo hacían. La mayoría de las personas en cualquier sociedad recurren por defecto a las instituciones normales preexistentes mientras transitan los asuntos de la vida (casarse, formar una familia, iniciar un negocio o buscar trabajo), y ni siquiera los trabajadores que podrían juntar recursos con un grupo de amigos para montar una pequeña cooperativa suelen hacerlo.
Otros factores, sin embargo, tienen un peso mucho mayor. Los problemas más fundamentales tienen que ver con las finanzas. Para producir, los colectivos necesitan no solo su propio trabajo, sino también herramientas, equipos, edificios, etcétera. Necesitan financiar esas cosas de alguna manera. El problema no es solo que los bancos capitalistas y otras instituciones financieras sean reacios a prestarles a los colectivos por su inusual estructura legal. Ni siquiera es que las empresas capitalistas tradicionales sean a menudo una apuesta más segura para las instituciones prestamistas, dado que tienen una ventaja competitiva sobre las cooperativas. Las empresas capitalistas pueden desplazarse en busca de mayores ganancias y no necesitan obtener la aprobación democrática de los trabajadores cuyas vidas trastocan al hacerlo.
Más allá incluso de estos factores, hay cuestiones básicas de la economía de las cooperativas de trabajadores que las convierten en clavijas cuadradas para los agujeros redondos de las relaciones financieras capitalistas. Si los miembros trabajadores autofinancian la organización, cada uno debe aportar algo de riqueza personal o contraer una segunda hipoteca para financiar su parte. No solo dependen de su lugar de trabajo para obtener un salario, sino que además tienen una porción sustancial de su riqueza atada a él, lo que los deja especialmente vulnerables ante el fracaso de la empresa. Si la cooperativa crece reinvirtiendo parte de sus ganancias, sus miembros acumulan riqueza colectiva en conjunto, pero ¿qué sucede cuando alguien quiere jubilarse o irse a trabajar a otra parte? ¿Qué sucede cuando la cooperativa quiere expandirse incorporando nuevos miembros trabajadores? O bien los nuevos miembros deben ingresar con su propia riqueza, o bien los miembros actuales se encontrarán compartiendo su riqueza acumulada con los recién llegados.
En el primer caso, incorporar nueva mano de obra se convierte en una combinación de entrevista de trabajo y cortejo de inversores. En el segundo caso, los miembros actuales pueden mostrarse más reticentes a expandirse en absoluto, dado que implica compartir los rendimientos con más personas. La alternativa al autofinanciamiento de los miembros es el endeudamiento, pero esto plantea sus propios problemas. Al endeudarse, una cooperativa promete pagos fijos al acreedor en fechas fijas, mientras que sus propios ingresos son siempre inciertos en cierto grado. Sin el colchón de los fondos de inversores externos que pueden ser compensados con capital accionario, las cooperativas terminan altamente apalancadas, con los ingresos de sus propios miembros trabajadores expuestos a los altibajos del negocio.
Dado todo esto, no es difícil ver por qué las cooperativas de trabajadores son raras bajo el capitalismo (y por qué, irónicamente, son más comunes en la forma de sociedades de profesionales de altos ingresos en campos de baja intensidad de capital, como el derecho). También hay problemas de acción colectiva involucrados en la formación de cooperativas en un contexto capitalista. Dado que nuestras vidas económicas se rigen por reglas capitalistas que permiten el poder individual concentrado, cualquiera cuyo motivo para iniciar una cooperativa sea simplemente tener una vida mejor tendría todos los incentivos para apostar a lo grande e intentar convertirse en empleador. La tasa de fracaso de las empresas de todo tipo es extremadamente alta, y poner en marcha una nueva empresa requiere un enorme trabajo. ¿Por qué hacer todo eso con la escasa esperanza de mejorar marginalmente tu posición convirtiéndote en ciudadano igual de una república económica en miniatura? ¿Por qué no dedicar ese esfuerzo a intentar ganar una vida mucho mejor construyendo un reino económico en miniatura en el que seas el rey? Si, después de todo ese sudor y esa sangre, el resultado más probable es que termines de nuevo en la clase trabajadora subordinada de todos modos, ¿por qué no intentar al menos alcanzar el trono?
Estos problemas por sí solos significan que los trabajadores motivados principalmente por sus propios intereses individuales tienen muchas menos probabilidades que los socialistas comprometidos de involucrarse en intentos de iniciar cooperativas. Y es probable que esos socialistas comprometidos hagan el cálculo racional de que su tiempo y su esfuerzo tendrían más impacto en la sociedad que los rodea si los dedicaran a organizar sindicatos en grandes empresas capitalistas, en lugar de trabajar catorce horas por día para poner en marcha una cafetería cooperativa local.
Y se pone peor. Para ver el alcance total del problema, imagina que pudieras pedirle a un genio mágico que reestructurara instantáneamente cada empresa existente y la pusiera bajo la propiedad democrática y colectiva de su fuerza de trabajo, sin cambiar nada más de la estructura de la economía. El resultado no sería una forma estable de socialismo de mercado, sino un arreglo que las fuerzas del mercado terminarían empujando de nuevo hacia algo reconocible como capitalismo. Las empresas, ya sean capitalistas o controladas por los trabajadores, tarde o temprano, quiebran y las personas que trabajaban allí necesitan nuevos empleos. Las cooperativas que buscan expandir sus operaciones y aumentar el ingreso de sus miembros actuales tienen un incentivo para contratar nuevos trabajadores como empleados comunes en lugar de como copropietarios, y las personas que han estado sin trabajo durante un tiempo tienen un incentivo para aceptar ese estatus reducido. Y cooperativas enteras tendrían a menudo un incentivo para transformarse en empresas capitalistas comunes vendiendo participaciones de propiedad a otras empresas o a individuos ricos.
La lección aquí no es que sea una empresa descabellada intentar siquiera ir más allá del capitalismo por completo, ni que la única manera de hacerlo sea aprender a vivir con los problemas de cálculo y de incentivos causados por una planificación totalmente sin mercado. Más bien, es que, así como el capitalismo requirió un conjunto de instituciones sociales diferentes de las del ancien régime, una economía socialista estable y próspera solo puede surgir sobre la base de nuevas instituciones socialistas.
El fin del realismo capitalista
Que no quepan dudas: en nuestro modelo, buena parte de la economía estaría bajo propiedad directa del Estado como parte del sector público. Una compañía de seguros de salud controlada por los trabajadores, por ejemplo, tendría los mismos incentivos perversos que una compañía de seguros de salud capitalista común, y sabemos por la experiencia de las socialdemocracias que esta es exactamente la clase de actividad en la que los beneficios sociales de la desmercantilización superan ampliamente cualquier preocupación en torno al cálculo. Argumentos similares se aplican a sectores como la educación, la energía, el transporte y las telecomunicaciones. También coincidimos con la posición socialista tradicional de que las «alturas dominantes» de la economía deben pasar al dominio de la planificación estatal y de que el sector no mercantilizado será más grande de lo que es habitual bajo el capitalismo. The Blueprint aborda la propiedad estatal en el capítulo seis, la distribución del ingreso en el capítulo siete y la política macroeconómica en el capítulo ocho. Es fundamental señalar que esta forma de gestión incluye el sistema bancario, que, en nuestro modelo, es la totalidad del sistema financiero y se encuentra enteramente bajo control público.
Sin embargo, por las razones expuestas más arriba y desarrolladas en el cuarto capítulo del libro, también habrá un gran sector de mercado de producción de mercancías a cargo de empresas democráticas. Estas serán «privadas» en el sentido de que serían instituciones autogobernadas y autónomas respecto del Estado. Pero los trabajadores no serían dueños de acciones de las empresas que pudieran comprarse o venderse, del mismo modo que los ciudadanos no pueden venderle a otro ciudadano su voto en las próximas elecciones del concejo municipal. Los trabajadores pueden incorporarse a una empresa o dejarla del mismo modo en que los ciudadanos pueden mudarse a una jurisdicción o abandonarla, pero ninguna de las dos cosas está en venta. Y los activos productivos —los «medios de producción» físicos propiamente dichos— serían esencialmente alquilados a la empresa por la comunidad en su conjunto.
Tanto la creación de nuevas empresas como la expansión de las existentes implican asociaciones entre bancos públicos y empresas controladas por los trabajadores. Los miembros trabajadores no invierten su propia riqueza en sus empresas. La inversión en equipamiento de capital y otros activos proviene de los bancos asociados. Los arreglos de financiamiento son diferentes de las formas capitalistas de deuda y capital accionario, y están diseñados especialmente para combinar la democracia a nivel del lugar de trabajo con el control democrático a nivel nacional del uso de los recursos sociales. El sistema bancario público asigna el financiamiento allí donde más se necesita, administrando y distribuyendo el riesgo. Las empresas colectivas individuales se convierten en custodias, y no en propietarias, de la parte de la riqueza social que se les confía. Son libres de gestionar las cosas a su manera, pero son responsables de mantener el valor de la riqueza social y tienen incentivos para usarla eficientemente a fin de satisfacer los deseos y las necesidades de sus conciudadanos. The Blueprint describe el sistema a nivel de la empresa en el capítulo cinco y a nivel macroeconómico en el capítulo ocho.
La posibilidad de que una empresa fracase es un componente necesario de una economía dinámica. Sin llegar al fracaso total, las empresas y las industrias enteras a veces necesitan reducirse en lugar de crecer. Nuestro modelo equilibra la seguridad con mecanismos que les dan a las personas incentivos para trasladarse a los lugares de trabajo donde se las necesita. Un Estado de bienestar sostiene a las personas que están temporalmente sin trabajo, con acceso a educación y capacitación para desarrollar nuevas habilidades. Mientras tanto, el sistema bancario público asume un papel activo en la creación de nuevas empresas democráticas, aprovechando la información detallada que recopila para encontrar las áreas de desarrollo más probables. La política macroeconómica está comprometida con el pleno empleo, de modo que nadie que quiera un trabajo remunerado tenga que estar buscándolo por mucho tiempo.
Este tipo de socialismo no sería una utopía ni una suerte de punto final de la historia humana libre de conflictos. Ni siquiera realizaría plenamente el principio de «igualdad socialista de oportunidades» de Cohen, dado que, incluso con escalas salariales determinadas democráticamente, los trabajadores con habilidades particularmente deseables estarían a menudo en condiciones de exigir una compensación superior al promedio, y parte de esto reflejaría la pura suerte del talento natural. (The Blueprint aborda la distribución y la redistribución del ingreso en el capítulo siete). Pero quien vea el principio de Cohen como su estrella polar debería reconocer este modelo como un enorme paso en la dirección correcta. Quizás un camino hacia una reorganización aún más profundamente igualitaria de la estructura básica de la sociedad, sin costos inaceptables para otros valores como la eficiencia económica, se hiciera visible una vez que lleguemos hasta allí. Así como el grado de progreso social alcanzado en muchas democracias capitalistas avanzadas habría sido inimaginable para un cartista que luchaba por el sufragio universal masculino en la Gran Bretaña de principios del siglo XIX, podría ocurrir que la visión del socialismo expuesta en este libro ni siquiera empiece a aproximarse a las virtudes del tipo de socialismo bajo el que vivirá todo el mundo en el siglo XXIV. No podemos saberlo.
Sin embargo, nuestro propósito al proponer un modelo no es pronunciar la última palabra sobre el progreso futuro y cerrar otras posibilidades. Es demostrar que es posible y deseable ir mucho más lejos de lo que pueden imaginar incluso la mayoría de las personas vivas hoy que tienen inclinaciones en términos generales socialistas.
Vivimos en una época en la que los acontecimientos geopolíticos impredecibles y el vertiginoso progreso tecnológico pueden hacer que el futuro se sienta incierto, pero en la que prevalece lo que Mark Fisher llamó «realismo capitalista» en las cuestiones económicas fundamentales. Los izquierdistas estadounidenses sueñan con Medicare para Todos, los izquierdistas británicos con renacionalizar los ferrocarriles de su país, y así sucesivamente, pero cuesta estirar la mente para imaginar cualquier alteración de las relaciones de propiedad básicas que dan forma a nuestras sociedades. Al proporcionar un plano de un futuro posible, nos proponemos abrir nuestra imaginación y volver a poner sobre la mesa las preguntas más importantes de la política.
Traducción: Pedro Perucca
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