El ejercicio de listar algunos de los numerosos eventos que conectan a Vladimir Ilich Lenin con la ciencia ficción no pretende establecer algún tipo de conexión causal entre el más grande líder revolucionario del siglo XX y el género literario más proteico de la literatura, más allá de un mero caso severo de ñoñez aplicada. En realidad, todo se desencadena por el gratísimo encargo de pensar algunas preguntas para la entrevista al gran China Miéville que publicamos en esta misma revista. Y una cosa llevó a la otra.

Si hubiera que adelantar alguna conclusión de los casos abordados, veríamos no solo que el líder bolchevique no era fan del género (que en la Unión Soviética contó con inmensos representantes, empezando por los hermanos Arkady y Boris Strugatsky) sino que incluso tuvo posiciones más bien críticas con el mismo y algunos duros conflictos con escritores adscritos a él.

Al infinito y más allá

En primer lugar corresponde explicitar un reconocimiento al cosmismo ruso, una vertiente filosófica que se desarrolla entre fines del siglo XIX y principios del XX, que influenció a algunas figuras clave de la ciencia y la cultura rusas y alimentó el imaginario revolucionario, llevando las esperanzas de transformación mucho más allá del derrocamiento del zarismo y animándose a imaginar una geoingeniería radical del planeta, la conquista del cosmos y hasta la inmortalidad humana o la resurrección de los muertos.

La corriente inspirada en la filosofía del cristiano ortodoxo, futurólogo y precursor del transhumanismo Nikolai Fiorodov fue tan influyente para un sector intelectual (que incluía a autores como Tolstoy, Bulgákov o el mismo Maiakovsky) como desconocida, hasta que en 1906 algunos de sus discípulos recopilaron y editaron su obra en dos volúmenes bajo el título de La filosofía de la causa común.

Uno de sus seguidores más reconocidos fue Konstantin Tsiolkovsky, brillante investigador casi autodidacta que desde la década de 1880 venía trabajando sobre el problema del vuelo de objetos más pesados que el aire. En 1902, Tsiolkovsky diseñó un cohete con combustible líquido para el vuelo interplanetario y en 1903 publicó La exploración del cosmos mediante aparatos a reacción, el primer trabajo científico sobre viajes espaciales, para luego proyectar infinidad de dispositivos para la expansión humana al universo, incluyendo un ascensor espacial.

Este padre fundador de la cosmonáutica soviética, solo reconocido tras la revolución, además de ensayos en los que desarrollaba sus ideas sobre la conquista del cosmos o planes para una geoingeniería radical, también escribió cuentos de ciencia ficción como soporte para la difusión de sus ideas.

Aunque no hay registro de que en su juventud Lenin se haya encontrado con el imaginario cosmista, lo cierto es que estaba presente en el ambiente en el que creció, al menos en la literatura y la filosofía, que sin dudas le interesaban. Contra buena parte de las biografías comunistas oficiales, Isaac Deutscher afirma que al joven Lenin las cuestiones sociales contemporáneas «le eran tan lejanas como a cualquier joven apolítico».

En aquella época su autor favorito era Iván Turguénev, quien ya en los años 60 del siglo XIX comenzó a pensar en el «hombre nuevo», aquel que encarnaría la rebelión contra el atraso secular que caracterizaba al despotismo zarista y traería la modernidad al inmenso imperio. Padres e hijos (1862), de Turguénev, no solo lega a la posteridad la palabra «nihilismo» (la posición vital de quien «no se inclina ante ninguna autoridad, que no acepta ningún principio como artículo de fe», como explica en el libro), sino que la encarna en Eugeni Vasilievich Bazarov, cuyo arquetipo de joven intelectual inconformista se replicará en infinidad de novelas rusas.

Si bien es evidente que el realismo jugó un rol en la formación revolucionaria de Lenin, no hay dudas de que la novela de Nikolai Chernichevsky ¿Qué hacer? (1863) —un texto muy explícitamente ideológico para orientar a la juventud en la lucha contra el zarismo, con algunos excursos utópicos hacia la sociedad futura—, fue clave en la definición política de nuestro protagonista. Hay consenso en considerar a ¿Qué hacer? como una respuesta casi inmediata a Padres e hijos, con un personaje como el misterioso Rajmétov, que contrapone la figura del «revolucionario profesional» a la rebelión sin sentido de Bazarov.

El eje del texto es la historia de crecimiento y liberación de Vera Pávlovna Rozálskaya, quien rompe con su familia por negarse a un matrimonio arreglado y busca su independencia creando pequeñas cooperativas socialistas basadas en la comuna campesina rusa, aunque orientadas a la producción industrial, constituyendo una verdadera utopía pastoril-tecnológica. El personaje de Rajmétov impacta profundamente en la protagonista, que dice: «Las personas como Rajmétov son otra especie; se funden con la causa general de tal forma que llena su vida; para ellos incluso sustituye la vida personal».

Sin cargar demasiado las tintas, allí podemos ver un temprano retrato de Lenin quien, después de que su hermano mayor Alexsándr fuera ahorcado en 1887 por atentar contra la vida del zar, lee cinco veces el libro para entender ese fatal compromiso revolucionario. En algún momento dirá que ese texto, cuyo «mayor mérito era mostrar cómo debe ser un revolucionario», tenía la capacidad de «proporcionar energía para toda una vida». Y parece que así fue en su caso.

A tal punto llega su devoción por Chernichevsky, «un ideal de intelectual» con el que también se solidariza políticamente por su condena siberiana a trabajos forzados, que colgará su retrato en sus oficinas del Kremlin y mantendrá a mano sus obras completas, de relectura habitual. También es cierto que casi no hay literatura de ciencia ficción en esa biblioteca, pero ya vimos que «Lenin brotó de una novela», como resume el escritor y filósofo chileno Arturo Fontaine. De una novela que en algún momento muestra imágenes de un futuro utópico de rascacielos de cristal y socialismo. Comunismo de lujo totalmente automatizado.

Pero para no entusiasmarnos tan rápidamente, tenemos que recordar que en su ¿Qué hacer? Lenin propone una reflexión polémica respecto de los sueños futuristas. En el capítulo donde explica la importancia de «un periódico político central para toda Rusia» plantea la necesidad de «soñar» con proyectos de este tipo. Pero inmediatamente retrocede «asustado» ante las posibles objeciones de camaradas «que presumen de su sensatez» («¿Tiene aún la redacción autónoma derecho a soñar sin consultar antes a los comités del partido?»).

Frente a esos planteos imaginarios rescata una reflexión del filósofo Dmitri Pisarev, que diferencia a los sueños que «pueden adelantarse al curso natural de los acontecimientos» de aquellos que pueden «desviarse» hacia donde este curso «no puede llegar jamás». «Los sueños no producen ningún daño, incluso pueden sostener y reforzar las energías del trabajador», afirma… siempre que sean los del primer tipo. «La disparidad entre los sueños y la realidad no produce daño alguno, siempre que el soñador crea seriamente en un sueño, se fije atentamente en la vida, compare sus observaciones con sus castillos en el aire y, en general, trabaje a conciencia por que se cumplan sus fantasías. Cuando existe algún contacto entre los sueños y la vida, todo va bien», resume.

En base a estos párrafos reveladores, China Miéville identifica una cierta «miopía» de Lenin/Pisarev respecto de los modos de soñar que deja entrever que los sueños del segundo tipo, aquellos que se desvíen hacia donde «el curso natural de los acontecimientos no puede llegar jamás», es decir, los verdaderamente fantásticos, sí podrían «causar daño». «Irónicamente, el utopismo —blanco, en su forma más directamente política, de críticas extenuantes e incisivas por parte de Marx y Engels— es con frecuencia considerado, como forma estética, el único modo fantástico admisible para la izquierda. El utopismo es una articulación de lo fantástico ordenado para las polémicas sociales, con fines potencialmente transformadores y, como tal, de gran interés para los marxistas. Sin embargo, ese interés no debe ser concebido en detrimento de la forma que lo articula: lo fantástico en sí», explica. Para Miéville la fantasía nos entrena para imaginar mundos diferentes, por lo que no importa tanto a dónde nos conduzca sino su efecto desnaturalizador, que nos pone en mejores condiciones para relacionarnos críticamente con un mundo de mercancías de propiedades fantasmagóricas, con una realidad de formas quiméricas.

La fantasía como herramienta imprescindible para pensar y transformar el mundo. A Lenin no le gusta tanto esto.

La estrella de la muerte

Algunos años después, este Lenin con dificultades para soñar protagonizará un durísimo cruce con el que tal vez sea el máximo exponente de la fantasía utópica bolchevique: Aleksándr Bogdánov. Después de la revolución de 1905, Bogdánov era uno de los pocos dirigentes bolcheviques con el prestigio y la altura intelectual suficientes como para disputarle la dirección del partido a Lenin. Entre 1904 y 1906 había publicado tres volúmenes de su ambicioso Empiriomonismo, con el que, basándose en las teorías del físico y filósofo austríaco Ernst Mach, pretendía dotar al bolchevismo de una epistemología coherente con su programa político.

El libro será minuciosamente demolido por Lenin en Materialismo y empiriocriticismo, un escrito de urgencia política para neutralizar a su adversario antes de la conferencia parisina del bolchevismo de 1909, en la que finalmente lo derrotará. Pero mientras Lenin repasaba 200 libros para su implacable refutación, Bogdanov se dedicaba a escribir Estrella roja, una hermosa novela de ciencia ficción con claras tensiones utópicas sobre una sociedad socialista marciana (visitada por un revolucionario terrestre llamado Lenni, en una referencia muy clara a su adversario).

En el marco de la durísima disputa política, Lenin prácticamente ignora el libro, mientras que los redactores de Iskra le dedican apenas algunas líneas despectivas. En los últimos años, sin embargo, el texto comenzó a tener el reconocimiento que merece.

Tras la derrota, Bogdanov desarrolla su Tectología: la organización universal de la ciencia (un desarrollo por lo que se lo considera el padre de la teoría de sistemas) y encabeza el movimiento político cultural Proletkult, cuyo crecimiento autónomo será cercenado por la dirección bolchevique en los años 20, lo que lo condujo a un nuevo ostracismo. Solo será rehabilitado en 1926, cuando Stalin, en algún tiempo libre en medio de su plan de eliminación de la oposición trotskista, lo pone a cargo del Instituto para Hematología y Transfusiones Sanguíneas.

Allí, a tono con los ideales cosmistas de la eterna juventud, Bogdanov experimenta con transfusiones sanguíneas para luchar contra la epidemia de «consunción revolucionaria» (burn out o agotamiento, le diríamos hoy en día) que afectaba a la dirección del partido. Apenas dos años después, muere por transfundirse la sangre de un paciente con malaria y tuberculosis. Lenin 1, ciencia ficción 0.

La guerra de los mundos

Luego de insinuar que Lenin le había robado las bases para la organización del Partido Bolchevique de su «teoría samurái», el escritor inglés Herbert George Wells decide a ir a hablarle personalmente del tema y arreglar el asunto «como caballeros». Cuando llega a la oficina de Lenin en el Kremlin, en octubre de 1920, lo encuentra «sentado y menudito, ante un enorme escritorio», permitiéndose ser despectivo hasta último momento («es tan pequeño que sus pies llegan apenas al suelo cuando se sienta en el borde de su silla») pero inmediatamente reconoce que no se trata, como esperaba, de un «marxista doctrinario».

Mientras Wells ataca con preguntas acerca del rumbo por el que el bolchevismo pensaba llevar a Rusia, Lenin contragolpea preguntando qué esperaban los ingleses para hacer la revolución, ya que la toma del poder en un país occidental era un requisito para la supervivencia de los soviets. Cuestionando la estrategia revolucionaria, el socialista fabiano (y vehementemente antimarxista) que era Wells contrapropone «una campaña de educación cívica» a través de la cual el capitalismo «podría civilizarse y transformarse en colectivismo universal».

Más allá de que políticamente se encuentra en los antípodas, el inglés termina sorprendiéndose por la coincidencia en algunos planteos de desurbanización y, sobre todo, por la dimensión de los sueños leninistas de progreso técnico, sintetizados en la famosa consigna de «soviets más electrificación». Pero los considera imposibles: «Ha acabado él también por ser víctima de una utopía, la utopía de los electricistas». De hecho, titula este capítulo de su libro Rusia en las sombras como «Un soñador en el Kremlin». Pero termina admirando la resolución y el no dogmatismo del autor de El Estado y la revolución que «casi» logra hacerle «compartir su entusiasmo y su confianza».

A través de Lenin, ese «hombrecillo extraordinario», ve que «el comunismo podía, a pesar de todo y a despecho del mismo Marx, tomar un poderío constructivo enorme». El líder soviético invita al escritor a volver en diez años, aunque solo lo hará en 1934, una década después de la muerte de Lenin, para entrevistar a Stalin en una URSS con mucha electricidad pero poco comunismo.

Trotsky cuenta que después de la charla con Wells Lenin exclamó: «¡Qué burgués es! ¡Es un filisteo!». Y luego «levantó ambas manos por encima de la mesa, rió y suspiró, como era característico de él cuando sentía una especie de vergüenza interior por otro hombre». Claro que Trotsky no tenía la mejor opinión del escritor, ya que un par de pasajes de su Esquema de la historia universal le bastaron para caracterizarlo: «Imaginemos una ausencia total de método, de perspectiva histórica, de comprensión de la interdependencia de las diferentes facetas de la vida social y de disciplina científica en general, y luego imaginemos a un “historiador” cargado con estas cualidades deambulando por todas partes a lo largo de la historia de un país algunos milenios, con el aire despreocupado de un hombre que da su paseo dominical».

Más allá de que Wells sea uno de los próceres de la ciencia ficción, en esta estamos con Lenin y Trotsky. Un verdadero desubicado, Herbert, que quiso enseñarle a los bolcheviques cómo hacer una revolución civilizada, prolija y sin excesos. Como dice Mariátegui: «En esta, como en casi todas las actitudes intelectuales de H. G. Wells, se identifican fácilmente las cualidades y los defectos del pedagogo, el evolucionista y el inglés».

De este encuentro también se deriva uno de los supuestos dichos más famosos de Lenin sobre las relaciones interplanetarias. Se dice que en la charla con Wells reconoció «que al leer La máquina del tiempo comprendió que las ideas humanas se basan en la escala del planeta en que vivimos: se basan en el supuesto de que las potencialidades técnicas, a medida que se desarrollan, nunca desaparecerán», de lo que habría concluido: «Si lográramos establecer comunicaciones interplanetarias, todos nuestros conceptos filosóficos, morales y sociales tendrían que ser revisados. En tal caso, el potencial técnico, no reconociendo más límites, impondría el fin de la regla de la violencia como medio y método de progreso».

Estos dichos, presuntamente basados en una nota del autor inglés sobre la que no hay referencias comprobables, se mencionan en La vida y el pensamiento de H. G. Wells (1966), de Julius Kagarlitski (padre del intelectual marxista ruso Boris Kagarlitski, hoy injustamente encarcelado por el régimen de Vladimir Putin).

Nosotros, los rojos

Un año más tarde, en el crucial año tres de la revolución y en plena guerra civil, a Yevgueni Zamyatin se le ocurre publicar su tan genial como profética Nosotros, que todavía con Lenin en el poder anticipa el absolutismo estalinista, extrapolando algunos de los peores aspectos totalitarios del período del llamado «comunismo de guerra». La novela, unánimemente considerada como fundadora del género distópico, se ubica en una suerte de utopía revolucionaria del siglo XXVI, donde los ciudadanos son números que viven en casas de cristal para facilitar su vigilancia, la música se produce en serie y la poesía solo sirve para alabar los avances de la técnica o la clarividencia del Benefactor (un Lenin apenas encubierto), a quien se ratifica anualmente en su cargo soberano en el Día de la Unanimidad. Incluso se ha descubierto la forma de «extirpar quirúrgicamente» la fantasía, considerada como «el último obstáculo en el camino hacia la felicidad».

Pero «el horno no estaba para bollos» en esa Rusia previa al alzamiento de Kronstadt, y se dice que Lenin es uno de los que insiste en que el texto de Zamyatin no sea publicado. Aunque logra enviarlo al extranjero para algunas ediciones parciales (su versión en inglés «inspiró» a Orwell para 1984), Nosotros recién será publicada en su lengua original en la URSS con el deshielo de Perestroika, en 1988. Flojo, Lenin, porque había mucho que aprender de la alerta ficcional de Zamyatin.

El líder bolchevique siguió multiplicando sus contactos con el imaginario de la ciencia ficción incluso después de su muerte. De hecho, la decisión de su embalsamamiento, propuesta por Leonid Krasin, uno de los defensores del tratamiento rejuvenecedor en base a transfusiones de Bogdánov, tiene mucho que ver con la fantasía cosmista de inmortalidad y resurrección de los muertos. Y también parece que la decisión se tomó después de descartar la iniciativa bogdanovista de criogenizar solo la cabeza del líder bolchevique, propuesta que podría haber inspirado uno de los clásicos de la ciencia ficción rusa, La cabeza del profesor Dowell (1925), de Aleksandr Beliáiev.

Más allá de que en el marco del «culto leninista» impulsado por Stalin las apariciones del líder bolchevique como personaje en numerosas novelas y obras de teatro de impecable «realismo socialista» se multiplicaron, en el futuro su figura retornaría a la ciencia ficción en textos como la interesante propuesta del colectivo italiano Wu Ming Proletkult (novela delirante que tiene como personaje a un Bogdánov que entra realmente en contacto con una civilización alienígena marciana) o la muchísimo más floja nouvelle Lenin of the stars del escritor estadounidense Robert Jeschonek, en la que directamente Lenin es un alienígena cambiaformas que vino a la Tierra a enseñar el comunismo para que la humanidad pueda integrarse a la pacífica civilización galáctica.