Entrevista con: Vivek Chibber
El Partido Demócrata, a todos los niveles, se pasó años adoptando políticas identitarias que principalmente sirvieron a los intereses de los profesionales, argumenta el sociólogo Vivek Chibber. Necesitamos volver a la clase.
Entrevista de Melissa Naschek[1]
Si mañana termináramos con los grandes bancos, ¿acabaríamos con el racismo? ¿Acabaríamos con el sexismo?». A medida que se desvanecen los recuerdos de Hillary Clinton contoneándose y cacareando durante las elecciones presidenciales de 2016, esta cita de uno de sus actos de campaña tiene una durabilidad inusual. Tan significativa como su derrota ante Donald Trump, su victoria sobre Bernie Sanders en las primarias demócratas reconfiguró la política de centroizquierda durante una década y estableció a las políticas identitarias como herramientas estándar entre los recursos del Partido Demócrata.
En el último episodio del nuevo pódcast de Jacobin Radio, Confronting Capitalism, Vivek Chibber, profesor de sociología en la Universidad de Nueva York y editor de Catalyst: A Journal of Theory and Strategy, examina el espectro de la política identitaria que persigue a los demócratas desde hace una década. Chibber explica cómo la política identitaria promueve estrategias y políticas que abordan principalmente los intereses de las élites en lugar de los de la gran mayoría de los trabajadores estadounidenses.
La política identitaria tiene tiene sus raíces en las luchas de la década de 1960 contra el racismo y el sexismo. Pero, según Chibber, la fractura de la coalición de derechos civiles, la desindustrialización y el colapso del trabajo organizado desviaron la agenda de los problemas de la clase trabajadora hacia un proyecto de mejora de la clase profesional.
MN
Como todavía estamos en una especie de modo postelectoral de «qué demonios pasó», una cosa en la que estuve pensando mucho es en la conversación que se está desarrollando en torno a la política identitaria. Durante prácticamente una década, no solo fueron fundamental para la política de centroizquierda del Partido Demócrata, sino que ni siquiera se las podía criticar sin ser tachado de racista, sexista o cualquier otro término que sirviera para desacreditar instantáneamente cualquier crítica y al mismo tiempo acallar cualquier pensamiento crítico sobre lo que esa crítica representaba. Y ahora que Trump volvió a ganar, de repente todo el mundo habla de lo problemáticas que son las políticas identitarias.
VC
Correcto. Así que para poder entender o analizar la política identitaria primero hay que definirla. Y hay que definirla de la manera más neutral posible, para que no se vea que se están incorporando las críticas a la definición. Queremos una definición que la mayoría de la gente pueda reconocer como legítima.
Ahora bien, ¿cómo entiende la mayoría de la gente la política identitaria? Bueno, yo diría que hay un par de cosas que la gente asocia con ella. La primera tiene que ver con centrarse en la discriminación y las disparidades como esencia de la dominación racial.
Centrarse en las disparidades significa que se observa cualquier ocupación, cualquier fenómeno, como la vivienda o la atención médica, y se pregunta: ¿Los negros y los blancos obtienen los mismos resultados? ¿Y los latinos y los blancos? Pasa lo mismo con la discriminación: se quiere averiguar si las personas tienen el mismo acceso a los bienes y servicios.
El segundo elemento pasa por centrarse en la representación. ¿Vemos rostros y presencias negras y morenas en las instituciones sociales en un nivel proporcional a su población? Estas cosas juntas —representación, disparidades y discriminación— son probablemente en lo que piensa la mayoría de la gente cuando piensa en política identitaria.
Entonces, ¿por qué alguien la criticaría? Criticamos no porque estas cosas no importen, sino porque son más importantes para y por los sectores de élite de las poblaciones minoritarias.
Tomemos, por ejemplo, la cuestión de las disparidades. Hay menos negros que blancos entre la clase media que son propietarios de una vivienda. Fijémonos en las tasas de graduación. Hay menos negros y latinos que se gradúan que blancos. Fijémonos en las salas de juntas de las empresas. Hay menos directivos negros y directivas mujeres que directivos blancos o directivos hombres.
Es cierto. ¿Por qué debería alguien tener un problema con esa línea de investigación? La cuestión es que, en una serie de fenómenos, lo que importa no son las disparidades en los empleos, los salarios o la vivienda, sino la propia disponibilidad de estos.
Tomemos los salarios, por ejemplo. Es posible que en los extremos inferiores del mercado laboral, digamos en Walmart, los negros reciban salarios más bajos que los blancos. Eso es cierto. Pero si se resuelve ese problema, ¿esto modificará la calidad y las oportunidades de vida de los estadounidenses negros o latinos? Si se les sube el salario de, digamos, de 13 dólares la hora a lo que reciben los blancos, que es, digamos, 15 dólares la hora, ¿se resolverá el problema? Bueno, hay una mejoría, pero no se resuelve el problema en absoluto.
Entonces, ¿por qué se pone tanto énfasis en estas disparidades si resolverlas no soluciona el problema? Porque son las que más preocupan a los sectores más acomodados de la población, que ya alcanzaron un nivel de vida apreciable. Lo que buscan es obtener el valor pleno de su posición de clase. En cambio, para los sectores más bajos, para la clase trabajadora, no se trata de obtener el valor pleno de su posición de clase: su problema es la posición de clase en sí misma. Para quienes ocupan los peldaños más bajos del mercado laboral, resolver las disparidades no soluciona sus dilemas fundamentales, porque para ellos el problema es el trabajo en sí mismo: la calidad del trabajo, la disponibilidad de los empleos.
Así que si estás de acuerdo, como la mayoría de la gente, en que la política de identidad tiene que ver con las disparidades y la representación, entonces el problema de la política de identidad no es que no afecte a las vidas de las minorías. Definitivamente los ayuda de alguna manera. Pero no es una solución. Afecta más directamente a las vidas de una pequeña sección de minorías de élite. Para avanzar y ocuparnos de la calidad de vida y de las oportunidades de vida de la gran mayoría de las minorías raciales, hay que ir más allá de las disparidades y fijarse en la disponibilidad real de los bienes sociales, no en la distribución actual según las diferentes razas, dando por sentada esa disponibilidad.
Una vez que lo hayamos definido de esta manera la política identitaria, será posible analizar de dónde viene, por qué es tan popular, etc. Y eso es lo que deberíamos hacer a continuación.
MN
El Partido Demócrata se convirtió casi en sinónimo de política identitaria. ¿Cómo llegaron los demócratas a este punto?
VC
Permítanme comenzar diciendo que Kamala Harris no se presentó con una política identitaria. Entonces, ¿por qué se atribuye su derrota a la política identitaria? ¿Es falso? No hizo campaña con la identidad. De hecho, en comparación con Hillary Clinton, Harris se mantuvo lo más alejada posible de identificarse como mujer y como persona de color…
MN
Cierto. Trump incluso intentó atacarla por su raza.
VC
Sí, y ella no mordió el anzuelo. Así que esa observación es cierta, que no se presentó con ese perfil. Sin embargo, también es cierto que la política identitaria jugó un papel importante, aunque no decisivo, en su derrota. El papel decisivo lo tuvieron las cuestiones económicas. En gran medida, no importaba realmente que no presentara con un discurso identitario. Iba a perder de todos modos por las cuestiones económicas.
Pero no nos equivoquemos: aunque la asociación con la identidad no causó su derrota, fue un factor importante. E ignorarlo sería un gran error.
Entonces, ¿cómo se identificaron ella y su partido tan estrechamente con la política identitaria y qué papel desempeñó? En primer lugar, aunque ella se mantuvo al margen, el partido la estuvo propagando de forma muy agresiva durante los últimos seis u ocho años. Así que abandonar esa línea a último momento no engañó a nadie. Y por eso los anuncios de Trump fueron tan efectivos al atacarla como alguien que trata de imponer una política identitaria a la fuerza: porque los demócratas ya lo habían estado haciendo durante ocho años.
Como ocurre con tantas cosas en nuestro momento político, se remonta a la campaña inicial de Bernie Sanders. La respuesta del Partido Demócrata a la propagación de la justicia económica y los problemas económicos por parte de Bernie Sanders fue difamarlo como alguien que ignoraba la difícil situación de lo que les gusta llamar, su nuevo término, «grupos marginados», es decir, personas de color, mujeres, personas trans, todo lo relacionado con la sexualidad. Esta fue su respuesta a la campaña de Sanders, y la han utilizado asiduamente durante ocho años.
Entonces, si en los últimos dos meses decidieron alejarse de eso, ¿a quién creen que están engañando? Literalmente a nadie. Y es por eso que el alejamiento de la política identitaria fracasó, porque simplemente parecía muy torpe y poco sincero. Nadie se lo creyó.
En cuanto a la pregunta más profunda sobre las raíces de la política identitaria en el Partido Demócrata, creo que es un legado histórico en dos sentidos. El primero es obvio. A partir de la década de 1960, cuando surgieron los llamados nuevos movimientos sociales, los demócratas fueron el partido que defendió y apoyó esas demandas. Incluso cuando eran demandas de las masas, no solo de las élites, este partido las apoyó, a diferencia de los republicanos, que fueron el partido que se resistió al movimiento feminista y al movimiento de derechos civiles. Así que ese es un legado histórico.
El segundo legado es un poco más sutil, y es que, a partir de la era del New Deal, la base electoral más importante de los demócratas era la clase trabajadora, y esta clase estaba ubicada abrumadoramente en centros urbanos, grandes ciudades, porque ahí es donde estaban las fábricas. Después de los años 80, la ubicación geográfica de esa base electoral no cambió y seguía ubicándose en las ciudades, pero las ciudades cambiaron. Mientras que las ciudades solían ser el lugar donde se asentaban los obreros y los sindicatos, a principios de la década de 2000 las ciudades se reorganizaron en torno a nuevos sectores: el de las finanzas, el inmobiliario, el de seguros y el de servicios, todos grupos de ingresos más altos.
Los demócratas seguían dependiendo de los votos de las ciudades, pero el cambio en la demografía de las ciudades tuvo un profundo efecto en la dinámica electoral. Los grupos acomodados se convirtieron en la base del partido, y la raza y el género se reconceptualizaron en torno a las experiencias y demandas de esos grupos acomodados.
Así que los demócratas dependían de una base de votantes mucho más acomodada que en el pasado. Al mismo tiempo, la presión organizada de las minorías de clase trabajadora y las mujeres estaba disminuyendo debido a la derrota del movimiento sindical, y las principales organizaciones que ocuparon su lugar en el Partido Demócrata fueron las organizaciones sin fines de lucro y las empresas.
Tomemos el tema de la raza. En la marea alta del liberalismo, la clase trabajadora negra tenía voz dentro del Partido Demócrata a través del Congreso de Organizaciones Industriales (CIO) y los sindicatos, que llevaron el antirracismo al partido a través del prisma de las necesidades de los trabajadores negros. Cuando los sindicatos se desmantelaron y el sindicalismo en general entró en declive, ¿quién pasó a expresar las preocupaciones de los negros? Los negros más acomodados y los funcionarios políticos negros surgidos después de la era de los derechos civiles.
Y en la década de 2000 esos políticos estaban repartidos por todo el país. Hubo un gran aumento en el número de funcionarios electos negros, alcaldes, congresistas, etc. Y ya no tenían ninguna razón para atender a los negros de clase trabajadora porque los trabajadores estaban políticamente desorganizados. Los funcionarios políticos acabaron siendo capturados por las mismas fuerzas corporativas que los políticos blancos, pero manteniendo exclusividad sobre el discurso racial.
Para los años 2000, el discurso sobre raza y género dejó de estar orientado a las necesidades de las mujeres trabajadoras y de los negros y latinos de clase trabajadora, para centrarse en los grupos más acomodados que constituyen la base electoral del Partido Demócrata en las ciudades. Y aún más en los políticos, cuyo número creció enormemente, en gran parte gracias a las ONG que realizan gran parte del trabajo preliminar y la consultoría para el partido. Lo que queda afuera es el 70 u 80 por ciento de esos grupos «marginados» que, en realidad, son trabajadores.
Así que los demócratas son el partido de la raza y del género, pero la raza y el género tal como los conceptualiza su estrato de élite. Esa es la trayectoria histórica. Y por eso, dentro del partido, se apoyaron en este legado distorsionado, porque era una forma de política racial que encajaba con los intereses de la élite negra.
MN
¿Podrías explicar más a fondo por qué luchaba el movimiento de derechos civiles y por qué esta visión de la justicia racial no sobrevivió a la década de 1960?
VC
Este es un muy buen ejemplo de dos formas diferentes de abordar la cuestión racial. La versión que terminó enterrada fue la promovida por el propio Martin Luther King Jr. y sus principales lugartenientes, especialmente A. Philip Randolph y Bayard Rustin. Ambos fueron cruciales en la promoción de una agenda en el movimiento de derechos civiles que iba más allá de los simples derechos políticos, para insistir en lo que se podría llamar derechos económicos para los estadounidenses negros. Y, como es bien sabido, la Marcha sobre Washington fue una «marcha por el trabajo y la libertad», no solo por la igualdad política.
Randolph no fue una figura aislada en el movimiento sindical en su insistencia por lograr la justicia racial a través de demandas económicas. El CIO había estado presionando por esto desde los años 30 y 40, y estaba muy arraigado en el Partido Demócrata en los años 60.
¿Por qué caló tan hondo en el partido? No porque lo impulsaran las élites negras ni los políticos del electorado negro, que no eran muchos. Fue porque los trabajadores negros pudieron encontrar una voz propia y una cierta influencia política a través del movimiento sindical. El CIO probablemente hizo más por los estadounidenses negros de clase trabajadora que cualquier otra organización política.
Pero no solo Randolph y Rustin, sino también el propio King. Es importante recordar que King provenía de la tradición socialista cristiana. Todos ellos insistieron entonces en que la agenda antirracista también debía ser una agenda de redistribución económica, para tener trabajo, vivienda y atención médica. Debía ser una agenda amplia.
Ahora bien, aquí ocurrieron dos cosas que fueron cruciales. No hay muchos estudios sobre esto, así que tenemos que basarnos en anécdotas y en el poco análisis que existe. Pero Bayard Rustin dijo la famosa frase de que, después de que se aprobara la Ley de Derecho al Voto, la clase media negra abandonó en gran medida el movimiento.
¿Por qué sucedió eso? Probablemente porque habían conseguido lo que querían: que se levantara el techo de la participación política. Tenían una promesa de la igualdad política. Pero si nos fijamos en las demandas económicas, estaban mucho menos interesados. Ya tenían recursos económicos decentes. Estaban mucho menos interesados la lucha en ese frente. Pero estos eran los temas que realmente preocupaban a la gran mayoría de los estadounidenses negros: vivienda, atención médica, empleo, educación decente. Y nada de esto podría lograrse sin una redistribución económica.
El problema al que se enfrentan King y Rustin después de 1965 no es solo que la clase media negra abandonara el movimiento. El problema es que, una vez que se cambia el enfoque de los derechos políticos a la redistribución económica o la expansión económica, el grado de resistencia de la clase dominante también cambia. Los capitalistas serán más propensos a conceder derechos políticos porque eso no afecta directamente a su poder económico. Pero una vez que empieces a hacer demandas que realmente requieren recursos económicos, la resistencia también será mayor, lo que significa que tu estrategia tiene que cambiar.
Así que el problema es, en primer lugar, que una parte de tu movimiento, la clase media negra, se retiró justo cuando la resistencia de la comunidad empresarial empezó a aumentar. Tu coalición se redujo. En segundo lugar, no hay forma de que la clase trabajadora negra gane por sí sola la lucha por la redistribución. Incluso si se pudiera organizar a todos los trabajadores negros, el hecho es que, en 1965, los estadounidenses negros constituían alrededor del 12% de la población. Es una minoría muy pequeña de trabajadores que se enfrenta a la clase dominante más poderosa del mundo. Para tener alguna posibilidad de triunfar contra esta clase, hasta el punto de que estén dispuestos a concederte tus objetivos económicos, también tienes que incorporar a la clase trabajadora blanca. No hay forma de evitarlo.
Así que, aunque solo te preocupe el destino de los estadounidenses negros, tienes que convertirlo de un movimiento negro en un movimiento de los pobres. Porque si no atraes a los trabajadores blancos, no se alcanzarán los objetivos raciales. De eso se dio cuenta King. Incluso si solo te preocupa la justicia racial, estás obligado a ser universalista. Tienes que ser alguien que entienda la política de clases como instrumento hacia la justicia racial.
Pero llegan a esta conclusión en el peor momento posible. Los sindicatos empiezan a decaer, las fuerzas progresistas están a la defensiva, la austeridad se está imponiendo. Al final, las élites negras toman el control. Hasta mediados de los años 80, el Caucus Negro del Congreso seguía siendo una fuerza algo socialdemócrata. Pero después de los 80, los políticos negros se convirtieron en gran medida en deudores de los intereses corporativos.
En ese momento, la visión de King y Rustin de la justicia racial ya había sido reemplazada por la versión de la élite negra y la clase media negra de la justicia racial, que deja a los trabajadores negros, y más tarde a los trabajadores latinos, completamente fuera de juego. Y se obtiene lo que hoy llamamos política identitaria.
MN
En los años 70, el movimiento obrero empezó a decaer y lo que empezó a sustituirlo fueron las organizaciones no gubernamentales (ONG), a veces llamadas sin fines de lucro. ¿Qué papel desempeñó la sustitución de los sindicatos por las ONG en el auge de la política identitaria y la apropiación del discurso sobre la justicia racial por parte de la élite?
VC
Desempeñó un papel. Existe una opinión, bastante popular en la prensa en estos días, que presenta a las ONG como las culpables, como si fueran las entidades que impulsaron este tipo de agenda identitaria limitada. Yo no lo diría así. Yo diría que son los soldados de infantería, pero los generales son y siempre fueron los grandes donantes. Esto nunca cambiará. Mientras el sistema político estadounidense se rija por el dinero, la dirección básica de ambos partidos la marcarán las grandes fortunas. Y eso es lo que ocurre ahora mismo.
Yo lo entendería de la siguiente manera: incluso durante la época del New Deal, e incluso cuando los sindicatos tenían cierto poder, los demócratas siempre estaban en deuda con la clase empresarial. Es solo que, como los trabajadores tenían cierta influencia real, las empresas tenían que tener en cuenta sus intereses. Aunque los demócratas eran un partido dominado por las empresas, tenían que darle algo de espacio a los trabajadores solo por una necesidad práctica, y sus principales patrocinadores de la clase capitalista estaban dispuestos a hacerlo. Ese es el momento en el que una concepción diferente de la justicia racial, que tiene que ver fundamentalmente con las necesidades de los trabajadores, se convirtió en la dominante.
Después de la década de 1980, debido a que los sindicatos estaban en declive, ya el dominio corporativo del partido no tiene control. Y debido a que no tiene control, las demandas de los intereses de la clase trabajadora de cualquier tipo (negros, blancos, mujeres) ahora pasan a un segundo plano. En consecuencia, se reconceptualiza la raza y el género a lo largo de las líneas de la élite, con una agenda establecida por mujeres y minorías de élite.
Aquí es donde entran las ONG. Una vez que los donantes corporativos establecieron esos parámetros básicos, hay que articular un programa y una estrategia electoral coherentes con esa visión corporativa de la justicia racial y de género. ¿A quién se recurre? No a los sindicatos. En primer lugar, están desapareciendo y, de todos modos, estos sectores se alegran de que no estén ahí. No se los quiere cerca.
Y se recurre a organizaciones que usan el lenguaje de la raza y la justicia, pero cuya articulación es coherente con los votantes de las zonas residenciales y con los votantes de altos ingresos a los que el partido se dirige ahora. Esas son las organizaciones sin fines de lucro. De eso se tratan.
También son soldados de infantería en un segundo sentido. Ahora no hay sindicatos que vayan de puerta en puerta, que hagan tus campañas de propaganda. Los republicanos tienen la iglesia. ¿A quién tienen los demócratas? Solían ser los sindicatos los que hacían su trabajo de campo. Pero ya no están. Ahora las organizaciones sin fines de lucro intervienen en cierta medida porque tienen la mano de obra para ayudar con el trabajo electoral. ACORN [Asociación de Organizaciones Comunitarias para la Reforma Ahora] fue un gran ejemplo de esto en la década de 1990.
Estos son, entonces, a quienes se recurre para el trabajo electoral cotidiano y la articulación del programa. Y están llenos de jóvenes recién salidos de universidades de artes liberales de la Costa Este y de la Ivy League [un grupo de ocho universidades privadas de élite de Estados Unidos]. No quieren meterse en el sector corporativo porque representa al mal. Quieren hacer algo bueno, un trabajo con propósito. Lo que atrae a los graduados universitarios hacia las ONG es que sienten que están haciendo la obra de Dios, luchando por la justicia social. Pero, crucialmente, la forma en que las élites conceptualizan la raza y el género encaja perfectamente con sus propios instintos de clase. Son creyentes de verdad. Y no hay nada mejor que tener creyentes bien pagos haciendo el trabajo de base, porque no hace falta microgestionarlos.
Así que realmente no hay duda de que las ONG nunca llevan la voz cantante. Lo que hacen es ver una oportunidad y aprovecharla. No quiero ignorar de ninguna manera su papel. Es realmente importante. Las organizaciones sin fines de lucro le hicieron un daño incalculable a lo que se conoce como política progresista. Pero simplemente están entrando por la puerta que les abrieron los verdaderos dueños del poder, la clase empresarial.
MN
Ahora estamos en un punto interesante en el que los demócratas utilizaron esta estrategia con gran éxito, al menos para aplastar a la izquierda. Pero está teniendo un enorme impacto negativo en la percepción del partido y en su voluntad de luchar por los oprimidos. Dado lo desacreditada que está la política identitaria, al menos en la forma en que la practicó el Partido Demócrata, ¿qué tipo de relación debería tener la izquierda con ella?
VC
La izquierda debería luchar de forma muy agresiva y activa contra cualquier tipo de dominación social, ya sea por motivos de género, raza o sexualidad. Pero tiene que hacerlo de una manera que vaya más allá de los intereses de los ricos y aborde realmente los intereses de los trabajadores, ya sean mujeres trabajadoras o minorías de clase trabajadora.
La izquierda debería aprovechar esta oportunidad para restaurar la justicia racial y de género a lo que fue en sus días de gloria, en los años sesenta, cuando un componente activo del movimiento de la clase trabajadora. Fue entonces cuando la izquierda realmente movió la aguja del racismo y el sexismo en este país, cuando realmente afectó las vidas de millones y millones de mujeres y de integrantes de minorías raciales.
Creo que personas como Bernie Sanders y líderes sindicales como Sara Nelson y Shawn Fain, que estuvieron detrás del increíble resurgimiento de los United Auto Workers, ya están haciendo este trabajo. Están diciendo que tenemos que abordar las increíbles disparidades raciales y de género en este país. Pero la forma de hacerlo es construir viviendas baratas de alta calidad, haciendo de la atención sanitaria un derecho, abordando el hecho de que la mala educación y los malos trabajos encierran a las personas de color en la pobreza durante generaciones. Y la salida no está en limitarnos a aumentar la representación y combatir la discriminación, sino en abordar la calidad de los empleos y la disponibilidad de bienes básicos.
Para ello, tenemos que liberar a los movimientos de las garras de las clases profesionales y de las élites en general. Pasó mucho tiempo. Hubo un tiempo en que los socialistas solían mirar con desprecio los intentos de las élites cerradas de apoderarse de estos movimientos. Mi sueño es que la izquierda recupere la confianza moral y el peso social para volver a hacerlo. La única forma de que eso suceda es que los socialistas se conviertan en la voz de la izquierda en lugar de los académicos, los políticos, los portavoces de organizaciones sin fines de lucro y las celebridades de los medios de comunicación. Y estos socialistas deben provenir de las comunidades de trabajadores, mujeres y minorías, porque así tendrán la confianza para decirles a esas figuras más burguesas que den un paso atrás. Estos nuevos líderes deberán proceder de los sectores de la población por los que luchan.
Tenemos que seguir promoviendo a los candidatos de la clase trabajadora en las elecciones. Tenemos que seguir intentando crear sindicatos. Tenemos que seguir asegurándonos de que sean ellos los que expresen las demandas en función de la raza y el género, para que no vengan de profesores, de celebridades de los medios de comunicación, de políticos, porque ellos siempre las dirigirán hacia fines elitistas y estrechos.
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