La mañana del 9 de agosto de 1994 el senador Manuel Cepeda Vargas fue asesinado a tiros dentro de su carro camino al Congreso colombiano. Era uno de los últimos dirigentes que quedaban vivos de la Unión Patriótica, el partido de izquierda nacido de un proceso de paz y luego exterminado de manera sistemática. Miles de sus militantes fueron asesinados, desaparecidos o empujados al exilio ante la atenta mirada del Estado, que de a ratos también hizo su parte.

Tres décadas después, el hijo de Manuel, el senador Iván Cepeda, disputa la segunda vuelta de las elecciones presidenciales contra Abelardo de la Espriella, un abogado mediático con vínculos de larga data tanto con el narcotráfico como con el paramilitarismo, que ha prometido «destripar a la izquierda» y que hoy, montado en una campaña de fuegos artificiales, encabeza las encuestas.

En un solo tarjetón, Colombia ha escenificado el enfrentamiento entre el heredero de una experiencia de construcción política de masas que fue aniquilada mediante un genocidio y el heredero político de las fuerzas que lo perpetraron. Pero, al contrario de Cepeda, cuya trayectoria política resulta evidente para cualquiera con memoria del pasado reciente del país, De la Espriella es un artefacto puramente coyuntural que, de la noche a la mañana, recicló su influencia en las sombras para presentarse como el outsider definitivo del sistema político colombiano.

Casi al unísono, los comentaristas han echado mano de una sola palabra para explicar el ascenso meteórico de De la Espriella: populismo. Su escalada ha sido, en efecto, asombrosamente veloz. En cuestión de meses pasó de comentarista ocasional de televisión a favorito en la carrera presidencial. En el camino, el personaje de De la Espriella fue armado con precisión quirúrgica, pieza por pieza, con fragmentos cuidadosamente seleccionados de las figuras de la extrema derecha internacional.

Tomó prestada del salvadoreño Nayib Bukele la estética pulcra de hombre fuerte. Del argentino Javier Milei, la bravuconería leonina (se bautizó a sí mismo «el tigre»). Del trumpismo hizo suya la retórica de la obscenidad transgresora. De la Espriella promete encarcelar y aniquilar a sus opositores al tiempo que presiona en vivo a una joven periodista para que opine sobre su «paquete». Destilando aporofobia y misoginia en puro espectáculo, la campaña más cara de la historia del país ha resultado ser también la más eficaz. La pregunta es por qué, y la respuesta no es la que han fijado los comentaristas del establishment.

La trampa del concepto

En el último tiempo, el término «populismo» ha devenido en un reflejo para explicar el ascenso de casi cualquier figura disruptiva, lo mismo de derecha que de izquierda, y De la Espriella no es la excepción. Analistas de todo el mundo resaltan su retórica maniquea, su estilo transgresor, su carisma de caudillo, la manera en que parte el mundo entre un «nosotros» puro y un «ellos» perverso y convoca, sin eufemismos, a «descuartizar» a la oposición.

Pero nada de esto es propio del populismo. La frontera entre el «nosotros» y el «ellos» anima casi cualquier pasión colectiva, desde la religión hasta el fútbol; el carisma y la pose antinstitucional pertenece a diversas tradiciones políticas, y políticos a los que nadie tildaría de populistas difunden desinformación con no menos entusiasmo que los así rotulados. Dos décadas de investigación han mostrado lo inútil que resulta definir el populismo por su contenido. ¿Dónde nos deja eso, entonces, con el concepto?

Si esta gastada categoría puede todavía conservar algo de universalidad, lo hace en relación con su forma más que a su contenido. El populismo es, ante todo, un modo de construir un sujeto político. Apela al «pueblo» como el desfavorecido y traza una frontera que enfrenta a una mayoría excluida, el 99%, contra un establishment atrincherado, el 1%. El populismo construye un antagonismo vertical: cose agravios dispersos en un mismo «pueblo» y lo vuelve contra los de arriba. Y, sin embargo, pese a todo su antielitismo combativo, el «pueblo» que construye puede siempre ensancharse un poco más para acoger a los adversarios de ayer.

De la Espriella no hace nada de eso. No tiene ninguna intención de construir un «pueblo» a partir de los excluidos y los oprimidos; él mismo es una criatura del poder establecido, un abogado de los poderosos y los corruptos que financia la campaña más fastuosa que haya visto Colombia. Su antagonismo no corre en vertical, de abajo contra la cima, sino en horizontal, contra el vecino: el pobre, el homosexual, el campesino o el de izquierda son reconvertidos en un enemigo interno que es preciso «extirpar». Si los grandes populismos incluyentes de la historia latinoamericana —el de Jorge Eliécer Gaitán, entre ellos— mantenían al «pueblo» lo bastante ancho para dar cabida a los excluidos, la operación de De la Espriella va en sentido contrario: angosta el demos y selecciona partes de él para la eliminación.

Ahora bien, existe una razón bien concreta para que esta caracterización equivocada se pegue, y es que lo favorece. A la extrema derecha suele convenirle que la llamen populista, porque la palabra la absuelve de nombres más duros y la vuelve casi simpática. Incluso los neonazis han codiciado esa etiqueta por ser la más benévola. Llamar «populista» a De la Espriella es allanarle el camino: traducir una política de eliminación al idioma más amable del descontento contra el establishment.

Más que nombrar, explicar

Llamar fascista a De la Espriella no es hacer inventario de sus declaraciones. Es nombrar el tipo de vínculo que organiza su proyecto y preguntarse qué hace posible ese vínculo en la Colombia de hoy. En la tradición que va de Theodor Adorno y Max Horkheimer, de la Escuela de Fráncfort al filósofo brasileño Vladimir Safatle, el fascismo se entiende mejor no como una doctrina, sino como un régimen afectivo: un modo de anudar miedo, autoridad y goce en una estructura que se vuelve atractiva y hospitalaria.

Su gesto fundante es convertir la diferencia, de una condición de la vida en común, a una amenaza que hay que contener y, al final, eliminar. En el discurso de De la Espriella, la persona de izquierda tanto como la homosexual dejan de ser miembros legítimos de un mundo compartido y se convierten en objetivos de odios cuyas fuentes verdaderas están en otra parte: en la angustia de la soledad, en el hambre de reconocimiento, en un porvenir que promete cada vez menos a casi todos. La contradicción es real. Pero la treta del régimen consiste en despegarla de la estructura que la produce y clavarla en un rostro subalterno, muchas veces ya reprimido, al que se puede castigar aún más. La frase tantas veces citada de Sartre todavía corta: si el judío no existiera, el antisemita lo inventaría.

Lo que sostiene el vínculo es que, en el fondo, no es irracional. Nos consuela imaginar al simpatizante como un engañado, falto de información o de conciencia. La tesis más incómoda de Safatle es que el vínculo descansa en una apuesta que, en sus propios términos, es lúcida: ya no hay sociedad para todos, ya no hay lugar para todos, así que alguien tendrá que sobrar para que otro permanezca, ¡y más vale que el que quede sea yo! Aceptada la premisa, la crueldad se vuelve prudencia. El afecto que gobierna, más que el mero odio, es la indiferencia: la incapacidad aprendida de sentir que la suerte ajena tenga algo que ver con la propia.

El fascismo pide a sus adeptos cortar hilo por hilo las solidaridades que permitirían leer el sufrimiento ajeno como una herida compartida y ofrece a cambio la seguridad de un lugar. Aquí reside su astucia más profunda. Como vio Étienne de la Boétie hace más de cuatro siglos, en su ensayo sobre la servidumbre voluntaria, la tiranía se sostiene no de arriba hacia abajo, sino de abajo hacia arriba: cada uno reconciliado con su propia sujeción por la promesa de alguien a quien él, a su vez, podrá subyugar. El fascismo convoca al penúltimo para abatir al último.

Por eso De la Espriella no necesita convencer. Más que un argumento, concede un permiso. Nombra el objeto de un temor difuso y autoriza su supresión, hasta que lo que antes era indecible empieza a sonar como sentido común. Ya no trata a sus rivales como adversarios a los que refutar, sino como enemigos a los que destruir y, con ello, derrumba justamente aquello de lo que depende la democracia: un espacio común donde el conflicto pueda librarse sin que nadie quede marcado para la eliminación.

Reservorio histórico

Aunque muchos de los rasgos extravagantes de la campaña de De la Espriella son a todas luces importados, el sentimiento que canaliza es de cosecha propia. Brota de una larga historia de violencia que Álvaro Uribe Vélez, el presidente de línea dura que gobernó Colombia de 2002 a 2010, afiló con astucia a lo largo de sus dos mandatos. El uribismo, el movimiento que construyó, nunca fue solo un partido o un programa. Fue una estructura de sentimiento, un sentido común contrainsurgente en el que la diferencia misma se volvió sospechosa y la desigualdad se vendió como el precio del orden. Estudiantes, sindicalistas, líderes campesinos y defensores de derechos humanos aprendieron a aparecer no como participantes de la vida democrática, sino como fachadas de un enemigo interno, y su exposición a la violencia se hizo primero pensable y luego rutinaria.

El propio Uribe ya cumplió su ciclo. Su movimiento está vaciado, sus plazas más ralas, su autoridad ya no llena el recinto como antes. Pero una estructura de sentimiento no se jubila. Lo que el uribismo produjo sobrevivió a Uribe y desbordó al uribismo, se desprendió de su autor y se volvió una reserva flotante de miedo y resentimiento, a disposición de cualquiera con la destreza suficiente como para aprovecharla. Esa reserva es la energía afectiva de la que De la Espriella ha bebido con tanta eficacia.

Y, paradójicamente, lo que la soltó a la circulación abierta fue un intento de recanalización democrática. Primero, los acuerdos de paz de 2016 entre el gobierno de Juan Manuel Santos y las FARC disolvieron al enemigo interno en torno al cual se había erigido el uribismo. Segundo, el gobierno de Gustavo Petro, la primera administración progresista de la historia de Colombia, presidió una caída real de la pobreza y la desigualdad y, con ella, la entrada a la vida pública de sujetos largamente excluidos: personas pobres, racializadas, desplazadas y disidencias sexuales eran de pronto visibles como portadoras de demandas legítimas.

Para muchos, esto es reflejo de una justicia largamente postergada. Para otros se sintió como un despojo, como la pérdida de una jerarquía artificial que muchos habían confundido con el orden natural. La inclusión, vivida desde arriba como invasión, convierte la angustia latente en reacción activa. El espectáculo punitivo de De la Espriella, con su promesa de mano dura y megacárceles, de una izquierda por fin destripada, es el vehículo por el que esa reacción se recoge, se nombra y se descarga.

La reserva no es una metáfora. Los «falsos positivos» de los años de Uribe, cuando el Ejército asesinó a civiles y los vistió de guerrilleros para inflar sus cifras de bajas, probaron que hasta los propios ciudadanos podían convertirse en muertos enemigos como un mero trámite administrativo: la Jurisdicción Especial para la Paz contabiliza más de 6000 de estos asesinatos, cifra elevada este año por nuevas investigaciones a casi 8000, más de los que mató la dictadura de Pinochet en Chile.

Pero el horror viene de más atrás. El exterminio de la Unión Patriótica, con miles de militantes asesinados a lo largo de los años ochenta y noventa —Manuel Cepeda Vargas entre ellos— fue uno de los capítulos más crueles de una larga y violenta historia, prueba de que una comunidad política entera podía ser borrada sin que el orden que amenazaba siquiera temblara. Lo que tales episodios dejan tras de sí es la convicción silenciosa de que algunas vidas son prescindibles y de que deshacerse de ellas es menos un escándalo del cual dar explicaciones que un «servicio» que se premia.

Sabemos, al fin, que explicar un fenómeno contando sus muertos ya delata el clima fascista que hemos pasado a habitar. Una victoria de De la Espriella sería un salto al vacío del que quizá no haya retorno fácil. Las fuerzas progresistas reunidas en torno a Iván Cepeda tienen un tiempo limitado, de aquí a las elecciones del domingo 21 de junio, para recuperar el impulso y reavivar una campaña que movilice sentimientos de solidaridad popular más allá de su coalición electoral.

Pero las angustias reaccionarias sobrevivirán a la elección. Habrá que enfrentarlas, no solo denunciarlas, y absorberlas en una forma afectiva distinta, un trabajo de largo aliento. Pues si la última década nos ha enseñado algo, es que ni la condena moral ni el argumento racional, por sí solos, bastan para detener al fascismo.