Por: Carlos Peñaranda
En Bolivia, la expresión “mercado de legisladores” ha dejado de ser una metáfora para convertirse en una categoría de análisis. Designa el conjunto de prácticas mediante las cuales el mandato popular —el voto, la representación, la facultad de legislar y fiscalizar— se transforma en una mercancía que se compra y se vende. No se trata de un mercado formal, con bolsa y precios públicos, sino de un mercado opaco, segmentado y violento, donde intervienen operadores políticos, empresarios, instituciones financieras, proyectos geopolíticos, funcionarios y miembros del entorno presidencial.
La sesión del 2 de octubre de 2026 en la Asamblea Legislativa Plurinacional (ALP) fue la escenificación más descarnada de esta lógica. La denuncia de la senadora del Partido Demócrata Cristiano (PDC), Ana María Crispín, sobre pagos con código QR a legisladores, junto con la posterior aprobación exprés de la Ley No. 1773 que modificó la Ley No. 260 Orgánica del Ministerio Público para permitir la destitución del fiscal general Roger Mariaca por votación parlamentaria, configuran un episodio que expone la podredumbre del sistema político boliviano en su conjunto.
Pero el “mercado de legisladores” no es un fenómeno nuevo ni exclusivo del gobierno de Rodrigo Paz. Es una patología estructural que atraviesa todo el espectro político, incluida la derecha parlamentaria que hoy denuncia el transfuguismo y cierta “izquierda” que dice combatirlo. Este artículo pretende no detenerse en la denuncia moral, sino en desentrañar las condiciones materiales que hacen posible la compraventa de voluntades. La crítica es estructural, no se trata de señalar a “los malos” que compran votos y a “los buenos” que los denuncian. Se trata de comprender cómo el mercado de legisladores es una función normal del Estado boliviano.
La mercancía política: Valor de uso y valor de cambio del voto
Para comprender el fenómeno, conviene recuperar las categorías marxistas de valor de uso y valor de cambio. Todo bien, para ser mercancía, debe tener un valor de uso, es decir, una utilidad que satisface una necesidad. El voto parlamentario tiene, en principio, un valor de uso social, pues, sirve (debería servir) para legislar en interés colectivo, para fiscalizar al Ejecutivo, para representar a los electores que eligieron al legislador. Ese es el uso legítimo del mandato.
Pero en el mercado de legisladores, el valor de uso social se subordina a un valor de uso privado para el comprador que puede ser el Ejecutivo, un grupo económico, un poder fáctico. Así, convertido en voto útil es el que permite aprobar un crédito del Fondo Monetario Internacional (FMI), ampliar un estado de excepción, bloquear una investigación o entregar recursos naturales. El valor de uso del voto, para quien lo compra, es la capacidad de producir leyes que reproducen y sostienen las relaciones sociales de dominación.
El valor de cambio, por su parte, es la proporción en que ese voto se intercambia por otra mercancía: dinero, cargos, contratos, financiamiento de campaña, impunidad, protección judicial, etc. Los 5.000 dólares mensuales denunciados por Beller para 28 legisladores no son el único precio posible; varía según la importancia de la ley, el margen de votos necesarios y la correlación de fuerzas en la ALP. Un voto para aprobar el FMI puede valer más que un voto para una ley secundaria. El valor de cambio del mandato no se fija en un mercado públicamente, sino en la oscuridad de la negociación política entre pasillos.
Allí opera una suerte de plusvalía política, en donde el comprador paga un precio, pero obtiene un beneficio mucho mayor —el crédito, la ley, el contrato—, mientras el legislador recibe una recompensa individual que, aunque alta, es inferior al beneficio social que entrega.
La contradicción central es que el mismo acto —votar— tiene un valor de uso para la comunidad y un valor de cambio para el legislador. Cuando el valor de cambio se impone, la democracia se vacía. El legislador (diputado o senador) ya no representa, transa y negocia para su propio beneficio en detrimento de la población que dice representar. El partido ya no es un instrumento de transformación; es una agencia de colocación de votos.
La prueba en las actas: El voto a favor del préstamo del FMI y la ampliación del estado de excepción
Si algo demuestra el mercado de legisladores no son las denuncias mediáticas, sino las actas de votación. El crédito del FMI por 1.900 millones de dólares fue aprobado en menos de 24 horas, con 100 de 158 votos en Diputados y más de dos tercios en el Senado. La Cámara de Diputados trató el proyecto sin mayor debate. ¿Qué clase de deliberación democrática es esa? Ninguna. Es la ratificación mecánica de una decisión ya tomada en otro lugar.
Lo más revelador fue que solo 10 diputados de 130 votaron en contra del crédito. El resto, incluyendo a quienes se reclaman oposición, levantó la mano para bendecir un acuerdo que, obliga a eliminar subsidios y aplicar recortes. El paquete negociado por el FMI impone condicionalidades que golpeará directamente a los sectores populares trabajadores, transportistas, productores agrícolas y consumidores de combustibles subsidiados. Y, sin embargo, la “oposición” votó a favor.
El caso más ilustrativo es el de la senadora Tomasa Yarhui y el senador José Ormachea, ambos de la bancada Libre. Días antes de la votación, Yarhui exigía al Ejecutivo rendir cuentas antes de solicitar la ampliación del estado de excepción, invocando el Art. 15 de la Ley de Regulación de Estados de Excepción. Ormachea fue aún más explícito: “El Partido Libre no va a votar a favor del estado de excepción”, declaró dos días antes de la sesión.
Sin embargo, la ampliación del estado de excepción por 90 días fue aprobada con 100 votos de 158 legisladores presentes. Tras la votación, Ormachea justificó su cambio argumentando que los ministros de Defensa y Gobierno habían expuesto la situación. Es la coartada perfecta, la “nueva información” justifica el viraje. Pero la pregunta que el campo popular debe hacer es ¿Qué información nueva recibieron los legisladores que no recibieron a las bases sociales, sindicatos y organizaciones populares que se oponen al estado de excepción?
El PDC: de la campaña al gobierno, la coherencia perdida
El caso del PDC es el ejemplo más nítido del mercado de legisladores. Un partido que llegó al gobierno con un discurso y gobierna con otro completamente distinto. No se trata sólo de legisladores individuales que cambian su voto a cambio de pagos —como denunció Beller—, sino de partidos enteros que convierten el mandato electoral en una mercancía transable.
Durante la campaña electoral de 2025, el binomio del PDC, integrado por Rodrigo Paz y Edmand Lara, construyó su victoria sobre una plataforma de promesas concretas: subir la Renta Dignidad a Bs 2.000, reducir el IVA y el IUE, eliminar la Aduana Nacional, titulación gratuita de tierras y garantizar gasolina y diésel “desde el primer día”. La diputada del propio PDC, Patricia Patiño, lo dijo sin ambages en septiembre de 2026: “Todas las promesas que ha realizado el presidente no las ha cumplido. No se le cumplió con el diésel, con la gasolina, no se le cumplió con absolutamente nada”.
El caso más flagrante de incoherencia entre campaña y gobierno es el de los subsidios a los combustibles. Durante el debate vicepresidencial del 5 de octubre de 2025, el candidato a vicepresidente Edmand Lara negó categóricamente que el PDC tuviera intención de recortar los subsidios: “¿Quién te ha dicho que vamos a cortar el subsidio al diésel y a la gasolina? (…) No vamos a cortar. No es necesario. Hay plata, sino que está siendo mal administrada”. Sin embargo, el propio candidato presidencial Rodrigo Paz había declarado días antes que el subsidio se mantendría “solo de manera gradual”, confirmando que el recorte sí estaba en el plan de gobierno. Bolivia Verifica, medio digital independiente, concluyó que “el PDC sí lo planteó” y calificó la negación de Lara como “engañosa”.
Esta contradicción no es un detalle menor, ya que el recorte de subsidios a los combustibles es precisamente una de las condicionalidades centrales del crédito del FMI que el PDC terminó aprobando en septiembre de 2026. Lo que negaron en campaña, lo ejecutaron desde el gobierno.
La propuesta del PDC en campaña, según el propio presidente Paz, era “trabajar prioritariamente con sectores populares como gremiales y actores de la economía de base”. Sin embargo, el gobierno del PDC está estableciendo vínculos con sectores agroindustriales de Santa Cruz que, durante la campaña, respaldaron la candidatura de Jorge Tuto Quiroga. El caso más emblemático es el de Mario Justiniano, designado en el Ministerio de Medio Ambiente y Agua, posteriormente Ministro interino de Economía y Finanzas Públicas (debido a la destitución de José Gabriel Espinosa). Justiniano proviene del sector empresarial, fue presidente de la Federación de Empresarios Privados de Santa Cruz (FEPSC) y encabezó la Cámara Agropecuaria del Oriente (CAO). La coherencia entre discurso y acción era inexistente desde el inicio.
El transfuguismo como tecnología de captura
El transfuguismo político —el abandono del partido por el que se fue elegido para integrarse a otra fuerza— no es una novedad en Bolivia. Pero su regulación jurídica es reveladora de su gravedad. La Ley No. 1096 de Organizaciones Políticas establece en su Art. 38 que los representantes que asuman una militancia distinta a la de la organización que los postuló incurren en transfugio político, considerado una falta muy grave. La sanción puede llegar hasta la pérdida de representación.
Sin embargo, la existencia de la norma no ha impedido su práctica. La fractura de Libre tras la elección de José Armando Urioste como fiscal general interino es solo el episodio más reciente de una lógica que atraviesa todo el espectro político. La Ley No. 1773 fue aprobada en “tiempo récord”, con dispensación de trámite y sin el debate que una reforma de esa magnitud exigía. La velocidad no fue un accidente: fue el resultado de una operación de captura legislativa ejecutada con precisión.
El modus operandi es conocido, pues, el oficialismo no necesita una mayoría parlamentaria estable, necesita una mayoría circunstancial y para conseguirla, utiliza el aparato estatal como moneda de cambio. La denuncia de Crispín sobre pagos con QR es la versión moderna de la maleta con dinero, eso sí, más discreta, más rastreable, pero igualmente eficaz para transar la voluntad de un legislador. La tecnología cambia; la lógica permanece.
La fractura que hoy denuncia se produjo, en parte, porque su propio partido no logró mantener la disciplina interna que ahora reclama. La derecha no es víctima del mercado de legisladores y votos, es uno de sus operadores históricos. Tuto Quiroga puede denunciar la “prebendalización parlamentaria” y equipararla con los fiscales que se venden a narcos, pero su propio partido participó en la sesión que aprobó la Ley No. 1773, y su bancada fue una de las que votó por Urioste como fiscal general interino.
La dimensión de clase: ¿Quién compra y quiénes se venden?
El prebendalismo no es un fenómeno horizontal (hay excepciones) no todos los legisladores son comprables, y no todos los compradores tienen el mismo poder. En Bolivia, el mercado de legisladores y votos opera en un contexto de profunda desigualdad estructural donde el acceso a recursos del Estado es la principal moneda de cambio.
El Ejecutivo, con control sobre el presupuesto, los ministerios y las empresas públicas, tiene una capacidad de captura que ningún otro actor puede igualar. Los legisladores de oposición, especialmente aquellos de partidos pequeños o con bases frágiles, son los más vulnerables a la cooptación. Se ha denunciado que operadores del Gobierno compraron votos de legisladores de oposición “por medio de transferencias vía QR”.
La transacción es moderna pero su lógica es antigua. En una sociedad donde el Estado es el principal empleador y donde la política es con frecuencia el único camino de movilidad social, el voto parlamentario se convierte en un activo económico, una mercancía, y como tal, se negocia en el mercado.
Pero aquí hay un elemento de clase que no debe omitirse, pues, los que más se venden no son los más pobres, sino los intermediarios de una estructura política que ha hecho de la representación un negocio.
Cierta “izquierda” que ahora cuestiona el tema no debe confundir la crítica al prebendalismo con una condena moral a los legisladores individuales. Debe comprender que el mercado de votos es una función del Estado capturado por el capital, y que su superación exige transformar las condiciones estructurales, así como los mecanismos y dispositivos que la posibilitan.
La brecha entre el anuncio y la acción
Ante las denuncias de Beller, los legisladores reaccionaron con la retórica habitual señalando querellas por difamación y calumnias, y promesas de levantar el secreto bancario. Edgar Zegarra anunció una querella penal y desafió: “pueden revolver mi vida como calcetín y no encontrarán nada”. Lissa Claros presentó una denuncia formal por calumnia contra Beller y Cerimedo, declarando: “Respondemos con hechos, no palabras”.
De 166 legisladores, solo 2 o 3 han presentado acciones legales, menos del 2.5%. Y no existe ninguna certificación oficial del Ministerio Público ni de la Unidad de Investigación Financiera (UIF) que confirme quiénes han levantado efectivamente su secreto bancario. La UIF ha aclarado que el levantamiento es un acto personal y voluntario, que requiere procedimientos específicos ante la entidad o una orden judicial firme, y que no emite listas públicas. El diputado Santiago Ticona, señalado en la lista de Beller, presentó un proyecto de ley para que el levantamiento del secreto bancario sea obligatorio para autoridades electas. Hasta la fecha, no hay una contrastación verificable; la mayoría se refugia en anuncios mediáticos que nunca se materializan. Dos golondrinas no hacen primavera, y 2 o 3 querellas no configuran una reacción institucional masiva.
La trampa de la denuncia desde la derecha
La derecha no puede ser la voz autorizada para denunciar el mercado de legisladores y votos porque ella misma ha sido uno de sus principales operadores. Quiroga fue presidente de un gobierno que aplicó políticas neoliberales y reprimió movilizaciones populares. Yarhui ha sido parte de estructuras políticas que no han dudado en aliarse con el oficialismo cuando le convenía. Sus denuncias del transfuguismo y del prebendalismo son, por tanto, síntomas del sistema, no diagnósticos externos a él.
En ese sentido, no debemos caer en la trampa de amplificar esas denuncias como si vinieran de una autoridad moral. Deben ser usadas como evidencia de una patología estructural, y superarlas con una propuesta propia. Porque el mercado de legisladores no se combate con querellas ni con comunicados de Cancillería. Se combate transformando las condiciones materiales que hacen de la política un negocio y de la representación una mercancía.
Lo que la izquierda debe explicar
Desde una perspectiva de izquierda, el mercado de legisladores no es un accidente ni un caso de corrupción individual. Es la expresión superestructural de un modelo político que ha sido vaciado de contenido popular. La “izquierda boliviana” vinculada al Movimiento Al Socialismo (MAS), Alianza Popular (AP), movimientos sociales, sindicatos, debe hacer una autocrítica profunda.
Primero, el MAS gobernó durante casi 20 años y no transformó las relaciones de poder en la ALP. La composición de clase del legislativo sigue siendo la de una élite que negocia con el Ejecutivo de turno, no la de una representación popular sujeta a control de sus bases.
Segundo, la “izquierda” que hoy se reclama opositora —los 10 diputados que votaron contra el FMI— es una minoría sin capacidad de movilización real.
Tercero, el mercado de legisladores es la consecuencia lógica de un sistema que pretende privilegiar la disciplina de bancada sobre el mandato de las bases, pero, cuando esto falla, los votos se ofrecen en el mercado como una mercancía, no hay ni disciplina ni mandato que valga, sino, una situación de oferta y demanda en donde unos pocos compran legisladores y deciden por todos sin rendir cuentas a nadie.
El caso del PDC lo confirma, no solo los votos individuales se compran; también los programas de gobierno se venden. El PDC captó votos con promesas redistributivas y luego ejecutó políticas de ajuste estructural. Llegó al gobierno con un discurso de defensa de los sectores populares y terminó gobernando con los agroindustriales que habían apoyado a su adversario. Y terminó denunciando la corrupción y la inacción de su propio gobierno, confirmando que la coherencia entre discurso y acción era inexistente desde el inicio.
Una respuesta de izquierda no puede ser la denuncia moralista ni la querella judicial. Debe ser la construcción de mecanismos de control popular sobre los representantes como la revocabilidad inmediata y directa de los representantes, rendición de cuentas obligatoria ante asambleas de base, transparencia financiera real y sanciones efectivas —incluida la inhabilitación política— para quienes incumplan sus promesas electorales o traicionen el mandato popular.
Conclusión
El mercado de legisladores, por tanto, no es una suma de corruptelas individuales. Es la forma que adopta la política cuando el mandato popular se convierte en una mercancía privada del representante. Es la fetichización de la democracia como relaciones sociales de dominación que se ocultan tras el intercambio de votos por prebendas. Y es también la consecuencia de un sistema que no somete a los legisladores a control de bases, que no permite el mandato revocable, que no obliga a la rendición de cuentas públicas y vinculantes frente a sus bases.
La sesión del 2 de octubre de 2026 no fue un debate sobre el Estado de derecho. Fue una subasta. Y en esa subasta, la Cancillería no defendió la soberanía, defendió la apariencia de soberanía mientras el mercado de votos funcionaba a plena capacidad.
Mientras el voto siga siendo una mercancía, la izquierda debe limitarse solo a denunciar la inmoralidad. Tendrá que construir poder popular (de abajo hacia arriba) para arrebatarles la capacidad de vender lo que no les pertenece, porque sin esa alternativa, la crítica al prebendalismo se queda en la denuncia sin proyecto que es solo el preludio de otra derrota.
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