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Bolivia. La agonía de un modelo inviable y el reloj de la insurrección

28/06/2026 by Vitalio Deja un comentario

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Por: Arturo Alessandri Severichz

 

La aparente desmovilización que hoy se respira en las carreteras bolivianas no es el triunfo de la pacificación, sino el silencio que precede a la tormenta definitiva. Abordar el desenlace táctico de junio de 2026 como una «victoria» del gobierno de Rodrigo Paz es un error de miopía política; un análisis estructural riguroso revela que presenciamos la fase terminal de un proyecto político. Este gobierno está histórica y operativamente acabado. Su supervivencia actual no es más que la prolongación artificial de una agonía, sostenida únicamente por el aparato represivo y la cooptación de cúpulas sindicales dóciles.

La traición reformista y el estado de excepción

La paralización de 50 días demostró la abrumadora superioridad de las fuerzas populares frente a un aparato inoperante. Sin embargo, la resolución temporal del conflicto se ejecutó mediante la fractura del bloque popular y el uso de la fuerza bruta militar.

La noche del 19 de junio quedará registrada como el momento en que la cúpula de la Central Obrera Boliviana (COB) consumó su traición, firmando un pacto a espaldas de las bases indígenas y quebrando el bloque de resistencia. La pretensión de instaurar un estado liberal y con sueños libertarios que no termina de nacer, demostrando su total incapacidad para generar hegemonía, recurrió al soborno abierto: vales de diésel para los transportistas, bonos de Bs. 5.000 para silenciar a sectores mineros y promesas de empleo precario a destajo en El Alto. Inmediatamente después, el 20 de junio, el régimen desató su maquinaria coercitiva declarando el Estado de Excepción y militarizando el país.

Frente a esta traición y al peligro inminente de la violencia estatal, la vanguardia indígena-originaria ejecutó una maniobra táctica impecable: un repliegue estratégico. Las masas no han sido derrotadas, simplemente han pasado a la resistencia pasiva para reorganizar sus fuerzas ante el desgaste y la traición.

Las cadenas geopolíticas y la agudización de las contradicciones

El presidente Paz retuvo la silla, pero ha quedado reducido a la condición de administrador de un «gobierno capado», paralizado por el terror a una movilización que sabe que no podrá contener dos veces. La verdadera tragedia de este régimen radica en las contradicciones insalvables con sus financistas y aliados. Paz no es dueño de su agenda; es un rehén de los compromisos estructurales que asumió.

Para sobrevivir, el gobierno está obligado a claudicar ante el capital transnacional. Sus pactos con el eje de extrema derecha (los vínculos con Donald Trump y las promesas de aceleración extractivista a figuras como Elon Musk) le exigen cumplir con la entrega del litio boliviano, la mayor reserva del mundo. Simultáneamente, debe honrar su deuda con el «Eje Agroindustrial» de las logias y empresarios cambas de Santa Cruz, quienes exigen consolidar la intención de la abrogada  Ley 1740 para avanzar sobre los territorios indígenas y los bosques amazónicos

Aún más asfixiantes son las condiciones impuestas por el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional (FMI). Para viabilizar los préstamos que sostengan su frágil modelo, Paz está forzado a ejecutar una terapia de shock neoliberal:

●      Privatización de empresas públicas y enajenación de recursos estratégicos nacionales.

●      Achicamiento de la intervención del Estado, lo que implica despidos masivos, recortes sociales y la flexibilización laboral que ya intentó imponer (y tuvo que retroceder) con el Decreto 5503.

●      Devaluación oficial de la moneda, arrastrada por la fuerte presión para legalizar un tipo de cambio a 30 bs/dólar, destruyendo el poder adquisitivo de la clase trabajadora.

El muro constitucional y el choque final

Aquí radica el callejón sin salida del régimen. Rodrigo Paz intenta imponer sueños libertarios, al estilo de Milei o Trump, pero choca de frente con la realidad institucional del país. La arquitectura de la Constitución Política del Estado (CPE), establecida en el periodo de la Revolución Democrática y Popular, ha definido a Bolivia como un «Estado Social de Derecho» y una democracia de base popular, erigiéndose hoy como una barrera de contención jurídica contra el desmantelamiento del país. La CPE garantiza la propiedad estatal de los recursos estratégicos (Litio, Gas, Minería, Agua) y frena en seco las aspiraciones privatizadoras.

Sin embargo, la verdadera trinchera de esta época no está hecha de papel. Y más allá de la tinta y los márgenes del texto constitucional, son las calles las que se han institucionalizado como el factor de veto político definitivo. Las carreteras bloqueadas, las asambleas territoriales y la movilización de masas ya no son anomalías coyunturales, sino que se han erigido como el verdadero supra-poder del país. En la Bolivia de 2026, el Palacio de Gobierno puede redactar decretos de privatización y firmar pactos con el capital extranjero, pero la última palabra la dicta el asfalto. La experiencia acumulada de 50 días de parálisis nacional ha dejado una lección irreversible: el bloqueo sostenido se ha perfeccionado como el arma estratégica por excelencia y el contrapeso sociopolítico absoluto frente a la traición estatal.

Conclusión: Gobernar la Bolivia transformada de 2026 con los manuales de exclusión y obediencia de los años 90 es un suicidio político. La contradicción central de este empate catastrófico ha llegado a su punto de quiebre: si el gobierno no cumple las exigencias del FMI, del eje libertario internacional y de la agroindustria, colapsa financieramente; pero si intenta dar un solo paso para hacer efectivas estas medidas (decretar un gasolinazo, la devaluación oficial o privatizar el litio), detonará instantáneamente el polvorín social.

Cualquiera de esas medidas masificará la protesta. La desmovilización actual es apenas una pausa táctica; cualquier intento gubernamental de cumplir sus pactos neoliberales será el catalizador que transforme este repliegue en una movilización absoluta, marcando el inevitable choque final de un régimen que ya agotó su tiempo en la historia. Como advirtió el líder y protomártir aymara Túpac Katari frente al yugo colonial antes de ser ejecutado: «A mí solo me matarán, pero mañana volveré y seré millones». Hoy, esos millones son el sujeto político ineludible de esta nueva época, convertidos en el veto popular definitivo que aguarda, paciente y organizado, el momento exacto para hacer nacer la nueva Bolivia.

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Publicado en: AmericaLatina, Bolivia, Cultural, Economía, EEUU, Global

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