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Ecuador: La voz de la tierra en el silencio andino

16/03/2014 by Vitalio Deja un comentario

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Por: Pablo Arciniegas Avila

Ahora me he mirado mis zapatos y he comparado con los suyos, debajo de ellos veo sus pies y los míos. He comparado sus manos y las mías. He comparado su silencio con el mío, para darme cuenta que el mío no es un silencio natural, el suyo es un silencio que está sincronizado con la tierra.

Ejercicio de memoria es esta pequeña reflexión, que nace de la necesidad de encontrar fortaleza desde los fundamentos del humanismo, ese humanismo que ha hecho, desde tiempos inmemoriables, la obra cierta de la especie, obra cierta quizá inspirada en el sonido de la lluvia, en la luminosidad del sol, en el brillo de la mirada animal, en el silencio violento y apacible del viento, en toda manifestación de vida que por su simplicidad es grandiosa.

Cuando me refiero como obra cierta, pienso en la reproducción de la libertad como expresión que abraza la condición extrema de manifestación de vida. Pienso en la condición humana tantas veces puesta en duda, pienso en la posibilidad concretada de la especie de volver sobre los pasos perdidos hasta el umbral de origen, en el que no existe distinción entre especie y naturaleza, umbral que no es utópico, es más que real, ese espacio-tiempo donde la vanalización de la existencia no es producto de venta en el mercado de las mercacías, espacio-tiempo donde la vida es expresón libre, sin cadenas ni dioses ni templos.
Nace esta reflexión en el recuerdo de un diálogo nada convencional con un hombre de 91 años. El recuerdo empieza con la imagen del hombre a la sombra de un techo sin paredes, una especie de «ranchito» en medio del silencio de un paisaje andino. El hombre ahora me ha visto a la distancia, yo he sentido que con su mirada me interpela de una manera amigable. El hombre ha seguido mi desplazamiento con detalle. En un momento mis pasos se ha desviado hacia el lugar donde se encuentra sentado. En poco tiempo estoy sentado a su lado disparándo un saludo entre respetuoso y convencional. La sonrisa abierta del hombre me ha relajado, mis ojos recorren con curiosidad casi morbosa sus manos que me parecen idénticas a las pintadas por Guayasamín, más calidas, recorren su rostro, su boca con restos de dentadura, al final me encuentro con el brillo de sus ojos que me ha parecido el mismo que sobre la montaña riega el sol de la tarde.
Nombre simple, hombre simple. ¿Hombre simple? ¿Nombre simple?…¿en relación a que?…lo que si está claro, para mi en ese momento, es que estoy frente a un ser humano que ha estado en la tierra más del doble de tiempo que yo llevo en ella. Lo que está claro, para mi en ese momento, es que me encuentro frente a frente con una vida entera, con silencios,  con recuerdos, con alegrías, tristezas, trabajos, rostros, amores, temores; pero sobre todo estoy frente a un testigo de la explotación latifundista en Cañar-Ecuador.
José, cuatro letras para identificar un vida, una voz que desde el recuerdo me habla de una niñez cargada de trabajo, de una niñez entre el trigo y la voz del capataz de la hacienda, de una juventud de trabajo entre la tierra enajenada y el insulto del mestizo, de una adultez entre el trabajo agrario y la violencia del patrón. Recuerdos que ahora afloran con una sonrisa en su rostro curtido por el tiempo, quizá como una forma de reivindicación, se ríe de su vida explotada para expulsar los demonios de su ira manifiesta en su resistencia vital. José ha llegado hasta el siglo XXI para pisar un pedazo de tierra que dice es suya, su huasipungo, y ahora, serio, dice que no es un regalo de los dueños de la hacienda ni de la iglesia, es producto de su lucha y la de sus hermanos por el derecho a la tierra.
A sus 91 años, José Pichisaca, me muestra en sus ojos la fuerza de un pueblo que aún ahora es víctima de las estructuras del sistema. Los Cañaris, como muchas nacionalidades indígenas de Ecuador y deAmérica Latina, son testimonio de como la colonialidad violenta no deja de reproducirse a la sombra del capitalismo, pero también son testimonio de como  los pueblos, apoyados en su memoria colectiva, han construido los senderos de la libertad en sus tierras aún amenazadas por nuevos colonizadores.
Ahora me he mirado mis zapatos y he comparado con los suyos, debajo de ellos veo sus pies y los míos. He comparado sus manos y las mías. He comparado su silencio con el mío, para darme cuenta que el mío no es un silencio natural, el suyo es un silencio que está sincronizado con la tierra. Miedo he sentido al darme cuenta que estoy ante un dios con voz de tierra en el silencio de Hatun Cañar.

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Publicado en: Ecuador

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