China ha creado una de las clases trabajadoras más grandes del mundo, dos veces. La primera vez fue en el marco del sistema económico socialista forjado por Mao Zedong después de la revolución de 1949. La segunda vez fue bajo una forma de capitalismo dirigido por el Estado, tras la muerte de Mao, hace cincuenta años.

La segunda transformación es, en efecto, la historia de cómo se fue abandonando el legado de Mao. El destino del campesinado chino se desplegó en conjunto con el de la clase trabajadora, con un número creciente de campesinos sin tierra que se sumaron a las filas del proletariado urbano.

El cuenco de arroz de hierro

El 1 de octubre de 1949, Mao Zedong se paró sobre la puerta de Tiananmen, en Pekín, y proclamó el establecimiento de la República Popular China. El sistema dinástico que había perdurado durante dos milenios había llegado a su fin en 1911, pero distaba de estar claro qué debía reemplazarlo.

La nueva República de China pronto cayó en el caudillismo militar, que finalmente evolucionó hacia una guerra civil entre los nacionalistas encabezados por Chiang Kai-shek y los comunistas encabezados por Mao. El primer gran logro de Mao fue establecer un control efectivo sobre la totalidad de China y asegurar su autonomía internacional por primera vez desde las incursiones occidentales que comenzaron con la guerra del Opio (1839-1842).

Para cuando murió, el 9 de septiembre de 1976, Mao también había revolucionado las estructuras políticas y económicas de China. Políticamente, la República Popular hoy sigue luciendo en gran medida sin cambios: aunque se ha desmantelado el culto a la personalidad en torno al Presidente, sigue siendo un partido-Estado, con el Partido Comunista firmemente al mando. Económicamente, sin embargo, resultaría irreconocible para el Gran Timonel.

A lo largo de la década de 1950, Mao reorganizó a las dos clases dirigentes de la revolución, los obreros y los campesinos. La nueva clase de trabajadores socialistas era distinta de su contraparte burguesa. En lugar de constituir un estrato económico subordinado, los obreros que trabajaban en las fábricas estatales gozaban del estatus de una suerte de aristocracia laboral. Numéricamente, eran una minoría privilegiada, que rondaba entre los tres y los cinco millones a comienzos de la década de 1950, sobre una población de más de quinientos millones.

El Estado proveía a su fuerza de trabajo industrial no solo de estabilidad laboral de por vida —algo conocido como «cuenco de arroz de hierro»— sino también de un sistema de bienestar de la cuna a la tumba, que incluía vivienda y cuidado infantil, así como instalaciones educativas, médicas y culturales, junto con beneficios jubilatorios. Todo esto fue posible gracias a un programa de reforma agraria que le permitió al Estado extraer recursos del campo, al tiempo que ataba a los campesinos a los campos de propiedad colectiva que cultivaban.

Cuando Mao se impacientó con el ritmo del desarrollo industrial, decretó de manera tristemente célebre que China debía dar un Gran Salto Adelante (1958-1962). Esa campaña terminó produciendo sobre todo montañas de chatarra de hierro inútil, a la vez que provocó una de las mayores hambrunas de la historia, ya que los colectivos rurales fueron combinados en comunas cada vez más grandes y sometidos a cuotas de grano cada vez mayores. Con el tiempo, las comunas se redujeron, mientras que campesinos y obreros industriales retomaron sus roles económicos previos.

La transformación más grande de todas desde la muerte de Mao ha sido la mercantilización tanto del trabajo como de la tierra, lo que en la práctica deshizo tanto a la antigua clase trabajadora socialista como al campesinado que la sostenía. La así llamada ruptura del cuenco de arroz de hierro fue acompañada por el desmantelamiento de la mayoría de las empresas estatales, con lo que hasta los empleados estatales han quedado sujetos a los vaivenes de la contratación y el despido. Con la mercantilización de la tierra, un número cada vez mayor de campesinos sin tierra también se trasladó a las ciudades, sumándose al vasto reservorio de mano de obra migrante de China.

Una nueva clase trabajadora

Juntos, los trabajadores estatales despedidos y los campesinos migrantes se han convertido en el fundamento de una nueva clase trabajadora. En su forma actual, con unos cuatrocientos millones de personas, esta clase trabajadora no solo supera ampliamente en tamaño a la antigua fuerza de trabajo socialista, sino que además es un proletariado en el sentido capitalista: una clase que no posee propiedad y que, por lo tanto, se ve reducida a vender su trabajo al mejor postor. De hecho, el término marxiano «proletariado» se traduce al chino como wuchanzhe, literalmente, «los que no tienen propiedad».

Es más, estos trabajadores no solo trabajan para China, sino que en efecto se han convertido en un proletariado global que subsidia a los consumidores de todo el mundo. Especialmente después de que China ingresara a la Organización Mundial del Comercio en 2001, la inversión extranjera se volcó al país en una ola tras otra, en una incesante búsqueda de mano de obra barata.

Mao también tenía una visión global, pero apuntando a una revolución mundial. Tras la ruptura sino-soviética, se ofreció a sí mismo como líder de un Tercer Mundo unido contra el imperialismo tanto de Estados Unidos como de la Unión Soviética. Aunque sus esfuerzos no lograron revolucionar el mundo, la fuerza ideológica del maoísmo fue contagiosa. A lo largo de los años sesenta, a escala global, dio lugar al establecimiento de facciones maoístas en los movimientos socialistas de todo el mundo, incluso entre las Panteras Negras, en las lejanas costas de América del Norte.

Esta fue, en efecto, una extensión global de la Revolución Cultural que había encendido en su propio país, un despliegue de la cultura como arma diplomática y política, pensado para contrastar con la dependencia última de la fuerza militar que caracterizaba tanto a los Estados Unidos como a la URSS. Mao descartaba al imperialismo como un «tigre de papel», que no podía resistir la insurgencia global encabezada por China.

En última instancia, el Presidente llegó a considerar a Moscú como la amenaza mayor, y la visita de Richard Nixon a China en 1972 abrió el camino hacia un acercamiento con Estados Unidos. Sin embargo, este movimiento no significó un abandono del compromiso ideológico de Mao con el socialismo. Seguramente hoy le repugnaría descubrir que la influencia de China en el mundo, aunque formidable, se funda en la disposición de sus trabajadores a trabajar para el capital global por salarios bajísimos.

Degradación ideológica

Esta contrarrevolución económica tiene también manifestaciones ideológicas. La mercantilización del trabajo industrial también transvaloró el lugar público de la clase trabajadora china. Bajo Mao, los obreros fabriles se ubicaban en la cúspide de la jerarquía ideológica. Aunque los amos figurados de la fábrica no eran ricos, tampoco vivían su trabajo como algo deshonroso.

Así como el capitalismo transformó la penuria de una insignia cristiana de santidad en una de vergüenza social en Europa, también en China la pobreza pasó de ser una virtud política a ser una mancha moral. No hay mejor símbolo de esta inversión moral que la decisión del Partido Comunista, en 2001, de admitir a millonarios entre sus miembros. Si «hacerse rico es glorioso», como célebremente propugnaba Deng Xiaoping, entonces ser pobre se convierte en una humillación.

En síntesis, como resultado de cinco décadas de reformas posteriores a Mao, existe ahora, por primera vez en la historia de China, un vasto proletariado industrial de origen tanto urbano como rural. Pero, pese a su existencia incuestionable en un sentido socioeconómico, todavía no ha emergido como sujeto político con una identidad colectiva, a través de un proceso similar al que E. P. Thompson describió en su clásico La formación de la clase obrera en Inglaterra.

Aunque a los trabajadores chinos no les falta conciencia de sí mismos, no existe un idioma público adecuado para describir o abordar su situación que permita que esa conciencia en sí se solidifique en una identidad política organizada. Por ahora, al menos, los trabajadores permanecen en su mayoría demasiado aislados entre sí como para que una conciencia colectiva cuaje y adopte una forma abiertamente política, quizás de manera análoga a la condición del campesinado francés que analizó Karl Marx en El dieciocho brumario de Luis Bonaparte, para hacer otra comparación histórica.

De ahí que la clase trabajadora china de hoy sea más proclive a apelar al idioma de la justicia social que al del maoísmo, un indicio revelador de la naturaleza disminuida del socialismo chino. En efecto, la ausencia de un discurso de clase no es accidental. En 1978, el partido anunció que la lucha de clases había terminado en victoria, lo que permitió a la nación volcar su atención hacia el desarrollo económico.

Eufemizar la clase

Irónicamente, fue este retiro oficial de la «clase» (jieji) del léxico político lo que hizo posible que emergiera el actual proletariado chino. Mientras tanto, el término «clase» fue reemplazado por conceptos eufemísticos como «estratos» (jieceng) y «grupos vulnerables» (ruoshi qunti), no muy distintos del lenguaje de los movimientos sociales en Estados Unidos, por ejemplo.

Sin duda, el maoísmo no ha desaparecido por completo del discurso político oficial. Después de su muerte, el partido dejó de considerar infalible al Gran Timonel —en 1981, su dirigencia declaró oficialmente que había estado un 30 % equivocado y un 70 % en lo correcto—, pero sigue siendo cierto que no existe un Partido Comunista de China sin Mao.

El ascenso de Xi Jinping ha coincidido, de hecho, con el auge de una retórica neomaoísta. Tras el énfasis singular de Deng Xiaoping en el desarrollo económico y la necesidad de permitir que algunas personas «se enriquecieran primero» —otro de sus célebres eslóganes—, Xi ha hablado de la necesidad de una «prosperidad común» (gongtong fuyu) y de la construcción de «una civilización ecológica» (shengtai wenming).

Sin embargo, el carácter selectivo y oportunista del discurso maoísta de los dirigentes chinos queda subrayado por su giro simultáneo, y en apariencia inconsistente, hacia la retórica neoconfuciana. En lugar de convocar al pueblo a la lucha de clases, se le propone construir una «sociedad armoniosa» (hexie shehui). Evidentemente, cuanto menos protesta y menos lucha de clases, mejor. Todo esto sin duda bastaría para hacer revolcarse al Presidente en su mausoleo de la plaza de Tiananmen, a apenas un tiro de piedra del lugar donde anunció por primera vez el nacimiento de una China socialista.