Por: Álvaro García Linera
¿Qué le depara al mundo después del ocaso del globalismo neoliberal? Aún es difícil saberlo. Sin embargo, ya emerge un conjunto de tendencias que seguramente formará parte del nuevo modelo de acumulación y legitimación globales que predominará en el futuro. Veamos algunas de ellas.
1.- Estatismo reforzado. Las principales potencias del mundo están robusteciendo el papel económico del Estado. Ahora los Estados son los cogestores de los mercados y, cual leviatanes agresivos, delimitan áreas de influencia, protectorados y mercados cautivos. En conjunto, el FMI calcula que las políticas proteccionistas en el mundo han saltado de 74 en 2009 hasta 2845 en 2026, y la mayoría se concentra en los países más “desarrollados” (Global Trade Alert. 2026).
2.- Políticas industriales. Se trata de un conjunto de acciones estatales dirigidas a fortalecer las industrias nacionales. El Banco Mundial calcula que cerca del 3,5 % del PIB de los países desarrollados y el 4,5 % de los países en desarrollo ya se destina a algún tipo de subsidio o inyección de capital en “sectores estratégicos” (Industrial Policy for Development, 2026). Son cifras que no se habían alcanzado en los 50 años previos.
3.- Cadenas de valor regionalizadas y globalismo selectivo. Hoy, los mercados comienzan a alinearse en torno a criterios de “empatía ideológica” y “seguridad nacional”.
4.- Concentración del poder estatal en el Poder Ejecutivo. Se trata de lo que la Heritage Foundation ha denominado el “ejecutivo unitario”, pero que en realidad no es otra cosa que la disponibilidad social, en tiempos de crisis, de gobiernos fuertes capaces de tomar y ejecutar rápidamente decisiones consideradas necesarias para “salvar” al país.
¿Cómo se ubicará América Latina en estas nuevas coordenadas? Las derechas políticas continentales exhiben una descomunal ignorancia sobre el reordenamiento mundial y conducen a sus países a una anacrónica reedición del globalismo estúpido latinoamericano de los años 90. A diferencia del globalismo asiático, que tuvo al Estado y a la inversión pública como su gran conductor, el que practicó la región desindustrializó los países y los arrojó a escalones menores de la “cadena alimenticia” –reprimarización– de la división del trabajo mundial. Algunas regiones periféricas del capitalismo mundial podrán atravesar temporalmente desacoples respecto a estas tendencias estructurales, pero lo harán provincializándose más y padeciendo las peores consecuencias del nuevo reordenamiento.
Por su parte, el progresismo y la izquierda continentales, si en algún momento han de remontar el estupor que los embarga y que los ha sumergido en la crítica sin alternativa convincente, lo tendrán que hacer con un nuevo proyecto esperanzador que responda a los agravios más urgentes que sufre la gente, pero en torno a esos cuatro componentes estructurales:
Un Estado protector, soberano, productivista, con salario digno y ampliación de derechos. En un mundo de estados voraces donde la soberanía de las grandes potencias es instrumentalizada para solventar su nacionalismo económico y redes regionales de vasallaje para la provisión de materias primas, un Estado fuerte es la única garantía que tienen los latinoamericanos para promover decisiones soberanas, protegerse de las guerras comerciales y promover intercambios mercantiles equilibrados con otras regiones del mundo.
No se trata de imponer aranceles de manera indiscriminada, sino de regular modos inteligentes de inserción con el comercio global en aquellos productos en los que se tienen “ventajas comparativas”, y de proteger las actividades productivas en las que el país puede abastecer el mercado interno y el mercado regional. Libre comercio con el exterior para lo que se puede exportar y proteccionismo en las actividades en las que el país necesita reforzar su soberanía estratégica.
Un fuerte Estado protector es, sobre todo, un Estado densamente integrado en su territorialidad geográfica –capacidad infraestructural– y óptimamente cohesionado en su composición demográfica a través de una red de derechos sustentables en el tiempo. Solo ello podrá poner freno a la tenebrosa sentencia trumpista respecto a que “al ganador le pertenecen las riquezas” y que, más que un exabrupto pasajero, retrata a cabalidad el nuevo espíritu del tiempo que se asoma, lleno de Estados depredadores que se abalanzan unos sobre otros (La Jornada, 5, VIII, 2026).
Políticas industriales. Se trata de asumir que, para distribuir la riqueza de manera sostenible en el tiempo, no basta con redistribuirla de manera más equitativa, sino con producir nueva riqueza. Por ello, además de seguir impulsando las áreas de producción de materias primas de exportación, el progresismo tiene que imaginar un país industrioso en áreas específicas del consumo nacional, en las que es capaz de concentrar esfuerzos para autoabastecerse de manera competitiva y, gradualmente, medioambientalmente sustentable. No se trata de una “sustitución de importaciones” generalizada, sino de una localizada en aquellos productos estratégicos que desempeñan una articulación virtuosa de cadenas de valor locales, en los mercados regionales o que generen elevados excedentes.
Esta iniciativa de envergadura requerirá un esfuerzo compartido entre la inversión estatal e inversión privada. Saltar de una inversión anual cercana al 20 % respecto al PIB -promedio latinoamericano- a más del 35 %, que es el promedio de los países asiáticos en el despegue de su fase industriosa, es una meta que no puede alcanzar el Estado solo. Dependiendo del tipo de coaliciones sociales que se puedan articular para la movilización de inversiones, habrá más gasto gubernamental o más inversión privada. Las políticas impositivas variarán dependiendo de los acuerdos, o desacuerdos, que se logren con los grandes empresarios para la financiación de esta necesaria expansión económica. Pero está claro que el horizonte deberá estar guiado por un gran programa de planificación industriosa de 20 a 30 años.
En paralelo, este productivismo debe ramificarse capilarmente hacia todas las demás actividades laborales de pequeña escala, como los servicios, comercio, artesanía y agricultura familiar. Este mundo laboral, llamado informal y que abarca más del 50 % del empleo, no va a desaparecer ni en 100 años. Por ello, no requiere políticas de asistencia social, sino de políticas productivas -como crédito barato y sencillo, asistencia tecnológica subvencionada, encadenamientos comerciales, digitalización expansiva y apertura de mercados, etc.- que reconozcan a sus trabajadores como sujetos económicos plenos y mejoren sustancialmente sus ingresos.
En cuanto a la centralización extraordinaria del poder estatal en el Ejecutivo, está claro que es una necesidad en tiempos de crisis y temor por el porvenir. No se puede confrontar a las derechas con moderación y una actitud atemperada. Se necesita un programa extraordinario para un tiempo igualmente extraordinario. Se demanda audacia en las propuestas, emoción en el discurso y dureza en la designación de los adversarios que están destruyendo los países. En estos momentos recios, los líderes deben encarnar seguridad y protección de la nación agraviada. Luego, cuando la situación económica de las mayorías mejore, vendrán los tiempos de la moderación y la condescendencia que brinda una sólida victoria.
Las derechas autoritarias del continente que hoy gobiernan y aplican “ajustes estructurales de mercado” no han creado un nuevo modelo económico expansivo y sostenible en el tiempo; solo han reciclado, de manera envilecida y marginal, el de hace cuatro décadas. Es hora de que el progresismo muestre que es capaz de construir un nuevo orden socioeconómico adecuado al nuevo mundo y que garantice soberanía y bienestar a toda la sociedad.
*Publicado en la revista Ant/agón, de Red, España.
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