A dos semanas de la primera vuelta, Lula y Flávio Bolsonaro siguen técnicamente empatados, y lo que decidan las urnas terminará de configurar el mapa geopolítico del continente, a favor o en contra de Estados Unidos y de su renovado expansionismo sobre América.
El 4 de octubre se celebrarán elecciones en Brasil en un contexto de alineamiento de varios gobiernos latinoamericanos y caribeños con Estados Unidos, en el que incidió la injerencia de Trump en los sufragios de su segundo mandato. Antes de los comicios de Honduras, el propio Trump advirtió que, si su candidato no ganaba, Estados Unidos «no malgastará su dinero», y en Argentina condicionó al triunfo de Milei un respaldo financiero de 20.000 millones de dólares.
El resultado final en Brasil tiene importantes consecuencias, porque se trata de una de las diez mayores economías del mundo, del segundo mayor poseedor de tierras raras del planeta, detrás de China, y de un importante proveedor de Estados Unidos.
Además, Brasil y Uruguay son los dos países del Cono Sur que aún no forman parte del Escudo de las Américas, la alianza que conforma un conglomerado político y de colaboración militar bajo la égida de Estados Unidos, con la excusa de combatir el narcotráfico, un objetivo al que el propio Comando Sur suma el de limitar la influencia geopolítica de potencias extranjeras. Colombia y Perú acaban de incorporarse, y con cada adhesión la ausencia brasileña pesa más.
Hacia el 4 de octubre
De los 13 candidatos a la Presidencia que se medirán el 4 de octubre en la primera vuelta, el actual presidente Lula da Silva y Flávio Bolsonaro son los que disputan el triunfo, en una clara polarización entre la continuidad de un Gobierno progresista y la ultraderecha, alineada con Estados Unidos.
Una encuesta, encargada por Globo y el diario Folha de S.Paulo, muestra a Lula con un 46% de intención de voto en un enfrentamiento directo, mientras que Flávio Bolsonaro registra un 44%. Con un margen de error de dos puntos porcentuales, los candidatos permanecen técnicamente empatados.
La primera vuelta, cuando todo parece indicar que se irá a una segunda vuelta, está marcada por la reserva de las alianzas para el balotaje, lo que condena la posibilidad de una definición el mismo 4 de octubre. El voto en disputa está sobre todo en la derecha que compite por fuera del bolsonarismo. El escritor Augusto Cury, con 6%, empata con Lula en un balotaje hipotético, y junto con Ronaldo Caiado, Renan Santos y Romeu Zema acumula cerca de 15%.
En la izquierda, además de Lula, otros cuatro candidatos disputan la presidencia el 4 de octubre, aunque ninguno pasa de 1% en las encuestas. Son Edmilson Costa, del Partido Comunista Brasileño; Hertz Dias, del Partido Socialista de los Trabajadores Unificado; Rui Costa Pimenta, del Partido de la Causa Obrera; y la militante social Samara Martins, del partido Unidad Popular.
Las elecciones encuentran entonces a la izquierda dividida en tres grandes grupos. Un sector sigue con lealtad a Lula; otro, decepcionado con la gestión pero con conciencia del momento histórico, irá a votar por él; y un tercero, del que forman parte los sectores duros de izquierda, expresa indignación con un Gobierno que entiende plagado de tecnócratas neoliberales.
A ese escenario se suma el desgaste por la inseguridad pública, donde las medidas represivas alentadas por la ultraderecha se anteponen muchas veces a la respuesta gubernamental del programa Seguridad con Ciudadanía.
Sin embargo, la popularidad de Lula, que se identifica con las aspiraciones de las grandes mayorías, sobre todo de los sectores más pobres, y trabaja en función de sus demandas, lo convierte en el único candidato con posibilidades de volver a vencer a la ultraderecha, definición que se tomará en la segunda vuelta del 25 de octubre. Su mejor argumento está en la economía, y ahí las cifras no cuentan una sola historia.
El voto de la economía
El Producto Interno Bruto creció 3,2 por ciento en 2023 y 3,4 por ciento en 2024; pero un contexto global inestable, tasas de interés de hasta 15 por ciento y los aranceles de Trump provocaron la baja a 2,3 por ciento en 2025. Para 2026 el Banco Central proyecta un crecimiento de 2 por ciento.
Los aranceles de hasta 50 por ciento de agosto de 2025 cayeron en febrero, cuando la Corte Suprema estadounidense anuló su base legal, pero Washington volvió a la carga en julio. Desde el 22 rige un arancel de 25 por ciento a una parte de las exportaciones brasileñas, al que se sumó otro de 12,5 por ciento, hasta 37,5 por ciento en algunos productos, aunque 52,7 por ciento de las ventas a Estados Unidos queda libre de sobretasas adicionales. La participación estadounidense en las exportaciones brasileñas ya había caído en el primer semestre a su nivel más bajo desde 1997.
Lula respondió con el Plan Brasil Soberano, lanzado en agosto de 2025, con una línea de crédito de 30 mil millones de reales (cinco mil 850 millones de dólares) para compensar a sus exportadores, y fortaleció sus relaciones con China, mayor socio comercial brasileño desde 2009, adonde las exportaciones crecieron 21,9 por ciento en el primer semestre.
En el otro plato de la balanza, las políticas redistributivas y los programas sociales sacaron de la pobreza a 8,6 millones de personas en 2024, y en 2025 Brasil salió del Mapa del Hambre. El desempleo cayó a mínimos históricos, con 5,3 por ciento en el trimestre a julio, y desde 2026 la exención del impuesto sobre la renta a quienes ganan hasta cinco mil reales al mes (975 dólares) beneficia a más de 15 millones de personas.
Los sondeos de opinión muestran, sin embargo, que solo 24 por ciento de los brasileños cree que la economía mejoró y 46 por ciento piensa que empeoró, de modo que los indicadores macro no se sienten en el bolsillo. A Lula le resultó imposible reindustrializar el país ante la presencia en el Congreso de los intereses de los agronegocios y el capital financiero, y ese Congreso se vota el 4 de octubre.
El mapa legislativo al 4 de octubre del 2026
Se renuevan los 513 escaños de la Cámara de Diputados y 54 de los 81 del Senado. La bancada propia del Partido de los Trabajadores (PT) cuenta con unos 66 diputados federales y es la segunda fuerza individual del recinto, detrás del Partido Liberal (PL), que supera los 90. Con la Federação Brasil da Esperança (Fe Brasil), el bloque oficialista que une al PT con el Partido Comunista de Brasil (PCdoB) y el Partido Verde (PV), suma más de 80 escaños. La ultraderecha, primera fuerza en esa Cámara, llega a la campaña con una hipoteca.
La bancada propia del Partido de los Trabajadores (PT) en el Senado Federal de Brasil cuenta con 8 senadores, posicionándose como la tercera mayor fuerza partidaria de la Cámara Alta. Fuente. Congreso Brasil
Bolsonaro y el sionismo
Para la ultraderecha brasileña, las dificultades que presenta la candidatura de Lula no han podido ser aprovechadas a su favor porque en 2025 estalló el mayor fraude bancario, el del Banco Master, cuyas operaciones la Policía Federal estimó al inicio en 12 mil millones de reales (más de dos mil 200 millones de dólares) y cuyo rescate a unos 800 mil acreedores costará al Fondo Garante de Créditos 40 mil 600 millones de reales.
Flávio Bolsonaro se ve envuelto en el fraude por su propia negociación con Daniel Vorcaro, socio mayoritario del Banco Master, para financiar una película sobre su padre, Jair Bolsonaro. Mensajes y un audio difundidos en mayo muestran a Flávio pidiendo dinero al banquero, que prometió conceder 24 millones de dólares. Su hermano Eduardo, que reside en Estados Unidos, habría orientado el envío de parte del dinero. Desde el 11 de septiembre se sabe que Flávio figura como investigado por corrupción y lavado de dinero, y niega toda irregularidad.
El escándalo también salpica a Lula, que admitió una reunión fuera de agenda con Vorcaro en diciembre de 2024. Y en la investigación judicial saltó el nombre de Alexandre de Moraes, el juez del STF (Supremo Tribunal Federal) que presidió el juicio en el que Jair Bolsonaro recibió una condena de 27 años de cárcel. La Policía Federal atribuye a Vorcaro medio centenar de mensajes a un número del magistrado, quien niega haberlo favorecido. El pleno del STF suspendió el 15 de septiembre el examen de si debe investigarlo, tras un pedido de vista del ministro Dino que puede aplazar el desenlace hasta diciembre.
Fuera de los tribunales, se consolida el respaldo político de la ultraderecha internacional a Flávio Bolsonaro. El 25 de julio de 2026, Netanyahu envió un video de apoyo a la convención del PL que oficializó su candidatura a la presidencia y que también contó con un mensaje de Javier Milei.
Esa cercanía viene de antes. En enero de 2026 Flávio Bolsonaro viajó a “Israel” y adelantó que enmarcaría la política exterior en valores judeocristianos. El 28 de agosto reveló el primer nombre de su posible gabinete, Cláudio Lottenberg, que preside la Confederación Israelita de Brasil, para el Ministerio de Salud. Lottenberg acusó en 2024 a Lula de alentar el discurso de odio contra Israel cuando el presidente llamó genocidio a los ataques en Gaza.
El contrapeso de los BRICS
En la lucha contra la imposición de un mundo unipolar, el papel de Brasil en los BRICS a favor de la multipolaridad en el plano geopolítico solo es posible con el triunfo de Lula, ante un Bolsonaro que, como la mayoría de los gobiernos de derecha, buscará alinearse con Estados Unidos. Flávio ya dio señales. En Jerusalén llamó «antisemita» a Lula y calificó de «nuevo modelo de cooperación internacional» las acciones de Estados Unidos, y en Buenos Aires prometió trasladar la embajada de Tel Aviv a Jerusalén y adherir a los Acuerdos de Isaac, la iniciativa de Milei y Netanyahu.
Lo que se juega es una agenda en marcha. Brasil trabaja con los miembros del BRICS en áreas como tecnología avanzada, comercio, energía, agricultura, turismo y cultura. Con China acordó en 2025 estudiar la viabilidad de un ferrocarril que conectaría el Atlántico con el puerto peruano de Chancay, en el Pacífico.
Brasil proyecta sus industrias de energía, química, automoción e industria ligera, y desarrolla la energía nuclear, la construcción aeronáutica y el programa espacial. Ese contrapeso se prueba bajo el suelo brasileño.
Petróleo y tierras raras
El territorio brasileño alberga las segundas reservas estimadas de tierras raras más grandes del planeta, solo por detrás de China, con cerca del 15% de las reservas globales de los 17 elementos químicos esenciales (como neodimio y praseodimio) necesarios para vehículos eléctricos, imanes de alta potencia, turbinas eólicas y uso de tecnología militar.
La estrategia de Washington fue aumentar su inversión en Brasil, concretamente en el proyecto de Serra Verde, ubicado en Goiás y la única mina activa de tierras raras en todo Brasil. En enero de 2026 el gobierno estadounidense acordó con USA Rare Earth un paquete de deuda y capital de 1.600 millones de dólares a cambio de participación accionaria; en abril la empresa acordó comprar la mina por 2.800 millones de dólares, operación que cerró el 4 de septiembre, y el Departamento de Guerra comprometió 750 millones de dólares en un vehículo que comprará toda la producción inicial durante 15 años.
La mina, en rigor, nunca fue brasileña, pues pertenecía a fondos estadounidenses y británicos; lo que cambió es el destino de lo que produce, ahora amarrado a la estrategia de Washington.
El Congreso brasileño aprobó una legislación que fija un nuevo marco jurídico para la explotación de minerales críticos y estratégicos, y Lula la sancionó el 16 de septiembre sin vetos, doce días después del cierre de la compra. La medida otorga incentivos fiscales hasta de 5.000 millones de reales (cerca de 980 millones de dólares) y créditos de fomento para acelerar el refinado local, y crea un consejo con poder para homologar los cambios de control societario y los contratos internacionales de compra futura. Su primera prueba dependerá de quién gobierne desde enero.
Al subsuelo mineral se suma el petrolero. Brasil figura entre los diez mayores productores del mundo y en julio de 2026 alcanzó un máximo histórico de 5,85 millones de barriles equivalentes diarios entre crudo y gas natural.
Las tierras raras, los aranceles y las urnas convergen, y el balotaje llega nueve días antes de las legislativas estadounidenses del 3 de noviembre. Octubre tiene en agenda, entonces, un resultado que será el fiel de la balanza geopolítica en el continente y que obrará a favor o en contra, entre otras cosas, del tiempo de mandato que le queda a Donald Trump al frente del Gobierno de Estados Unidos.
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