Por: Valerio Arcary
La extrema derecha brasileña conquistó una victoria devastadora en la primera vuelta y amenaza con concentrar un poder institucional sin precedentes. Pero la derrota todavía puede revertirse. Ante el peligro de un «invierno siberiano», la izquierda debe cerrar filas y luchar hasta el final.
Lo vital es luchar hasta el final para revertir el resultado de la primera vuelta. Muchos miles ya comprendieron la amenaza de la catástrofe inminente y están improvisando formas de autoorganización a través de grupos de WhatsApp. El impulso de la amplia vanguardia de izquierda es correcto. Se están convocando plenarios presenciales y virtuales en todo el país. El desafío es impulsar una campaña-movimiento, en las redes y en las calles, lo más unificada posible.
¿Cuál fue el significado del desenlace de las elecciones generales? Lo que está en debate no es solamente quién será presidente. Lo que está en juego es mucho más grave que una alternancia de gobierno. Flávio Bolsonaro ambiciona ir mucho más lejos que su padre. El bolsonarismo es el fascismo del siglo XXI. Aspira a subvertir el régimen y conquistar el poder total.
La extrema derecha quiere utilizar las posiciones de fuerza que conquistó para desfigurar el régimen democrático. Su estrategia es desplegar una ofensiva gradual y permanente para imponer un régimen cada vez más autoritario y cerrado, siguiendo un camino similar al de Bukele en El Salvador y a los procesos en curso en Perú y Colombia. A la extrema derecha solo le falta la presidencia para controlar todas las instituciones. Ya tiene mayoría absoluta en la Cámara de Diputados (287 de 513) y en el Senado (50 de 81), y ha declarado su intención de tomar el control del Supremo Tribunal Federal (STF), mediante el juicio político a los jueces que considera adversarios y el nombramiento de cuatro nuevos magistrados hasta 2030.
Nadie debería ignorar tampoco el peso de los fascistas en las Fuerzas Armadas. El bolsonarismo constituye, además, un movimiento político-social de choque que expresa a la «masa» de la burguesía, con una implantación real en la pequeña burguesía y sus espacios de socialización, que incluso aumentó su capacidad de organización después del encarcelamiento de los responsables del intento de golpe de Estado. Se mantiene en movilización permanente en las redes sociales, pero también en las comunidades evangélicas, los ámbitos policiales y otras esferas. Hay que tomarlos en serio.
Una derrota electoral y política
Las elecciones son una forma de lucha de clases. Aunque las condiciones son desiguales y sus resultados expresan esa correlación de fuerzas de manera distorsionada, constituyen también una forma de medirla. Pero existen diferentes tipos de derrotas y de victorias. Hay victorias electorales que ponen de manifiesto una derrota política, y derrotas electorales que pueden representar, paradójicamente, victorias políticas.
En 2014, por ejemplo, la victoria de Dilma Rousseff fue seguida por un giro drástico de su gobierno. Después de una campaña en la que había rechazado las políticas de austeridad, nombró ministro de Hacienda al economista liberal Joaquim Levy. En sentido inverso, la derrota de Lula frente a Fernando Collor en 1989 le permitió al Partido de los Trabajadores (PT) consolidarse como la principal fuerza de oposición. El análisis de los resultados electorales exige, por lo tanto, cierta calibración.
Esta vez sufrimos una severa derrota electoral y política. Aunque no sea correcto hablar de «dos elecciones», porque la primera y la segunda vuelta son dos momentos de una misma disputa, solo después de la segunda vuelta será posible extraer conclusiones más definitivas. Pero conviene saber desde ahora que estamos ante el peligro inminente de un invierno «siberiano».
La derrota de la primera vuelta fue terrible. Un tsunami invisible y silencioso en los últimos dos días terminó garantizando la victoria de Bolsonaro, como había ocurrido en Colombia, con el agravante del fuerte impacto subjetivo provocado por la sorpresa.
El resultado invirtió la relación de fuerzas de la primera vuelta de 2022. Entonces Lula había superado a Jair Bolsonaro por 5,2 puntos porcentuales y llegó a la segunda vuelta con ventaja. En 2026, en cambio, Flávio Bolsonaro terminó 1,9 puntos por delante de Lula. El resultado desmintió la tesis liberal sobre la ventaja electoral del oficialismo y confirmó que el techo de aprobación de Lula era insuficiente para garantizar la victoria.
Las encuestas volvieron a equivocarse, aunque habían identificado algunas tendencias. Registraron un crecimiento de Bolsonaro por encima del margen de error entre los hombres, los evangélicos y en el Sudeste. Pero la «avalancha» bolsonarista fue devastadora sobre todo en el interior del país, especialmente en las regiones donde el agronegocio tiene mayor peso. La ventaja de Lula en el Nordeste, de 11,1 millones de votos, no alcanzó para compensar la desventaja en el Sur, de 5 millones, y en el Sudeste, de 5,7 millones. A esto se sumaron las derrotas en el Centro-Oeste (56,51 % a 32,52 %) y en el Norte (49,15 % a 44,65 %).
Hasta dos semanas y media antes de las elecciones, la conducción de la campaña de Lula había apostado por exaltar el legado de sus gobiernos y celebrar su biografía, subestimando la implantación social y la fuerza ideológica del bolsonarismo. Esa orientación descansaba en el cálculo de que era posible ganar en primera vuelta, una apuesta que se reveló dramáticamente equivocada. El posterior giro de la campaña fue correcto, con medidas como la prohibición de las apuestas deportivas, el aumento de Bolsa Família, la ampliación del acceso a medicamentos para adelgazar y una nueva edición del programa de renegociación de deudas Desenrola. Pero llegó demasiado tarde.
Una extrema derecha con enorme poder institucional
El desenlace de la elección presidencial no puede evaluarse sin tener en cuenta que se trató de elecciones generales. La avalancha de gobernadores de extrema derecha elegidos en primera vuelta fue devastadora. Los bolsonaristas Tarcísio de Freitas y Douglas Ruas vencieron en São Paulo y Río de Janeiro, mientras que el «extravagante» Cleitinho, también de extrema derecha, se impuso en Minas Gerais. De este modo, la derecha pasó a dominar el triángulo estratégico formado por los tres estados más importantes del Sudeste.
La extrema derecha también venció en primera vuelta en los tres estados del Sur: Sergio Moro en Paraná, Jorginho Mello en Santa Catarina y Luciano Zucco en Rio Grande do Sul. De los 27 estados brasileños, 20 eligieron gobernador en primera vuelta y solo tres de los vencedores pertenecen al Partido de los Trabajadores (PT): los de Bahía, Piauí y Ceará. El PT todavía disputa la segunda vuelta en Rio Grande do Norte.
El bloque liderado por el Partido Liberal (PL) bolsonarista arrastra a Republicanos, União Brasil, Podemos y Progressistas, además del MDB de Ronaldo Caiado en Goiás y el PSDB en Alagoas. Tiene presencia dominante en todas las regiones del país con excepción del Nordeste. Quedó confirmado que la hegemonía político-social en el Brasil actual pertenece, irremediablemente, al bloque liderado por los neofascistas.
Ya se esperaba un resultado adverso en las elecciones legislativas, pero el desenlace en el Senado fue dramáticamente malo. El PL conquistó 19 de las 54 bancas en disputa que, sumadas a las nueve que ya poseía y cuyos mandatos se extienden hasta 2031, elevan su bancada a 28 senadores.
No es exagerado calificar de aterradora la presencia de por lo menos 50 senadores alineados con la agenda del indulto a Jair Bolsonaro y a los demás responsables del intento de golpe de Estado, así como con el juicio político a ministros del Supremo Tribunal Federal. Para destituir a un ministro del STF se necesitan 54 votos, es decir, una mayoría de dos tercios del Senado. Si Flávio Bolsonaro vence en la segunda vuelta, parece muy probable que consiga sumar los cinco votos que todavía le faltan a ese bloque.
Al día siguiente de las elecciones, el ministro del STF Nunes Marques anunció, con el mayor descaro, su intención de dictar una medida cautelar de forma individual para liberar a Jair Bolsonaro, incluso antes del indulto que Flávio había prometido conceder a su padre. El PT, por su parte, eligió seis senadores y mantuvo una bancada de nueve.
Una mayoría de extrema derecha muy próxima a los dos tercios necesarios para reformar la Constitución anuncia también la posibilidad de aprobar enmiendas constitucionales destinadas a eliminar derechos sociales, entre ellas la reducción de la edad de responsabilidad penal de 18 a 16 años, y mucho más.
La elección de la Cámara de Diputados fue otro circo de horrores. Nikolas Ferreira, de Minas Gerais, y Lucas Pavanato, de São Paulo, dos jóvenes fascistas que se destacaron en las redes sociales defendiendo las posiciones más odiosas, fueron los candidatos más votados del país, con más de tres millones de votos cada uno.
Se estima que el bloque liderado por la extrema derecha podría superar ampliamente la mayoría absoluta, con entre 276 y 287 diputados. El PL eligió 122, a los que podrían sumarse los 87 de União Progressista, los 41 de Republicanos, partido vinculado a la poderosa Iglesia Universal del Reino de Dios, los 27 de Podemos, una mayoría de los 43 del PSD, los 10 de Novo, el único diputado de Missão e incluso una parte de los 36 del MDB. Todos los partidos de izquierda sumados tienen apenas 24 bancas.
El avance electoral del PSOL
En este escenario, el PSOL obtuvo una victoria electoral, aunque está amenazado con perder su personería legal debido a la cláusula de barrera. En realidad, sufrió lo que puede definirse como un accidente «jurídico-electoral»: le faltaron apenas 185 votos, o 0,01 %, en Espírito Santo para alcanzar el mínimo del 1,5 % de los votos válidos en nueve estados diferentes, uno de los requisitos establecidos por la legislación electoral.
La injusticia del proceso es grotesca, sobre todo si se consideran las ilegalidades absurdas y atroces cometidas por los partidos de derecha. Por eso, la impugnación de una de las candidaturas podría permitirle al PSOL superar el obstáculo legal. Pero la respuesta tendrá que ser rápida.
Lo más importante es que el PSOL conquistó casi el 5 % de los votos (4,91 %): unos impresionantes 5.426.592 sufragios para la Cámara de Diputados en todo el país, que le permitieron elegir a 14 diputados. El PT obtuvo una votación ligeramente inferior al 15 %. La votación del PSOL equivalió, por lo tanto, a aproximadamente un tercio de la del PT, lo que ofrece una medida de la relación de fuerzas dentro de la izquierda.
Más significativo aún es el resultado en São Paulo, donde la Federación PSOL-Rede recibió casi 3 millones de votos y superó por primera vez la votación del PT. En Río de Janeiro, el PSOL obtuvo 636.148 votos y eligió cuatro diputados federales. Quedó demostrado, más allá de cualquier margen de duda, que el partido tenía fuerza electoral suficiente para superar la cláusula de barrera, que exige alcanzar el 2,5 % de los votos válidos a escala nacional.
Lo que está en juego
De cara a la segunda vuelta, lo más importante será denunciar implacablemente que el programa de gobierno bolsonarista constituye una contrarrevolución en toda la línea. Todas las valiosas, aunque parciales, conquistas económicas, sociales y democráticas alcanzadas desde el fin de la dictadura, están en peligro. Todas las libertades están en peligro. El argumento ya fue explicitado: la democracia se volvió demasiado cara. El Sistema Único de Salud (SUS), la seguridad social, la asistencia social, Bolsa Família, el Beneficio de Prestación Continuada (BPC), la educación pública y las universidades: todas estas conquistas sociales serían demasiado costosas.
La extrema derecha sostiene, sin pudor, que la ventaja relativa del capitalismo periférico brasileño no reside en las dimensiones de su mercado interno, sino en la superexplotación de sus trabajadores. Ya anunció un paquete de choque de capitalismo salvaje «a la Milei», con el objetivo de alcanzar un superávit fiscal de entre el 2 % y el 3 % del PIB. Con el pretexto de reducir la inflación y tranquilizar a los acreedores de la deuda pública, defiende la necesidad de provocar una recesión que arroje a millones al desempleo para reducir los salarios.
El plan incluye terminar con los pisos constitucionales que obligan al Estado a destinar determinados porcentajes de sus ingresos a la educación y la salud públicas: 18 % y 15 % de los ingresos federales, 25 % de los estaduales y, respectivamente, 12 % y 15 % de los municipales. Quieren que el salario mínimo, que durante los cuatro años del gobierno de Jair Bolsonaro solo se actualizó de acuerdo con la inflación, sin aumentos reales, deje de funcionar como piso para los beneficios de la seguridad social. Quieren congelar por tiempo indefinido los salarios de los empleados públicos, desnacionalizar la economía brasileña con el pretexto de atraer capital estadounidense y privatizar Petrobras y los bancos públicos.
Pero hay algo todavía más grave. Los fascistas quieren destruir las normas de protección ambiental, niegan el calentamiento global, son enemigos de los movimientos de mujeres, promueven un racismo repulsivo e incitan la LGBTfobia más despreciable. Como si eso no fuera suficiente, sus dirigentes son corruptos profesionales y están asociados al crimen organizado. Será una lucha en defensa de la civilización contra la barbarie.
Cerrar filas y luchar hasta el final
Mirada en perspectiva, la elección presidencial se encaminaba hacia una derrota de Lula ya en la primera vuelta, con la maniobra del juez del Supremo Tribunal Federal André Mendonça para intentar conseguir la suspensión de su colega Alexandre de Moraes. La operación funcionó como un «silbato para perros», una señal dirigida a quienes podían reconocerla, para desencadenar la campaña «Fuera Xandão, fuera Lula» —«Xandão» es el apodo con el que se conoce a Alexandre de Moraes— y envenenar la elección con el «mar de lodo» de las acusaciones de corrupción. Afortunadamente, la maniobra fue interrumpida por la intervención del también juez del STF Flávio Dino.
A continuación, el giro a la izquierda de la campaña de Lula, acompañado por un paquete de medidas de emergencia, permitió ganar tiempo y llegar a la segunda vuelta. La victoria en la segunda vuelta será mucho más difícil y depende de conquistar votos entre quienes se abstuvieron. Una diferencia de dos millones de votos puede remontarse. Una parte de los votantes de los otros candidatos de derecha ya se inclinó por el voto útil en la primera vuelta, por lo que las reservas de votos disponibles son menores.
Pero será inevitable decir las cosas como son. La clave de la victoria es conquistar una mayoría político-social que comprenda el peligro apocalíptico que nos amenaza. La mano no puede temblar. Es imprescindible cerrar filas y luchar hasta el final.
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