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BRICS y África: ¿nueva alianza win-win o colonialismo newlook?

01/12/2024 by Vitalio Deja un comentario

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Por: Laurent Delcourt  

Para amplios segmentos del mundo político y de la sociedad civil en África, los BRICS+ constituyen una saludable alternativa a la dominación occidental, al proponer nuevas alianzas más equitativas, más respetuosas con las soberanías nacionales y más centradas en las prioridades de desarrollo nacional.

El hecho es que la relación entre África y este heterogéneo club de potencias emergentes sigue siendo muy desigual, tendente a reproducir incluso la antigua dicotomía Norte-Sur. El crecimiento de África no se basará en las BRICS. Dependerá de su capacidad para implicarse en un proyecto de desarrollo.

Explicación

En un contexto de agravación de las tensiones geopolíticas, de recomposición de las alianzas internacionales y de creciente pérdida de influencia de los países occidentales sobre sus tradicionales patios traseros y más en general sobre la marcha del mundo, los BRICS+ –coalición formada por Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica, a los que se han sumado desde el 1 de enero de 2024 Arabia saudita, los Emiratos Árabes Unidos, Irán, Egipto y Etiopía–ejercen hoy día un innegable poder de atracción sobre los países del Sur. Cada vez son más los que quieren integrarse en este heterogéneo club de potencias emergentes, o al menos aproximarse. Los BRICS suscitan también el entusiasmo de buena parte del mundo político y amplios sectores de la sociedad civil en el Sur. En particular en África, donde es muy celebrado el ascenso potencial de esta coalición que contesta la hegemonía occidental y dice actuar por la construcción de un mundo multipolar: para muchos, los BRICS es una oportunidad real de desembarazarse de los viejos restos de dependencia neocolonial, impregnada de dominación, asistencialismo y paternalismo, de entablar relaciones de cooperación más equitativas e iniciar un desarrollo verdaderamente soberano, más acorde con las prioridades del continente.

Agnès Adélaïde Metougou, activista camerunesa anti-deuda, explica: «Antes del ascenso potencial de estos países emergentes, el mundo era extremadamente asimétrico. Los países de Europa Occidental, los Estados Unidos y Japón representaban apenas el 20% de la población, pero controlaban las tres cuartas partes de la riqueza del mundo. Los BRICS han venido a relativizar esta hegemonía creando nuevos polos […] que aseguran una representación más equilibrada de todos los segmentos de la humanidad. [Su] cosmopolitismo […] permite salir del mundo unipolar en el que una única civilización imponía su estribillo cultural e ideológico sin la menor posibilidad de negociar o de decidir. Hoy los BRICS contestan precisamente hegemonía […]. Y pueden proponer un contramodelo a las estructuras económicas y políticas liberales dominantes promovidas por las potencias occidentales. En el plano económico, esta situación permite una diversificación de las alianzas y una ampliación de los mercados, etc. Pero en el plano político, los africanos pueden aprovechar esta oportunidad para rechazar, al menos en parte, los dictados impuestos por los occidentales […]»[1]

«Se trata de un formidable reto para todos los que buscan las vías de un verdadero desarrollo del continente africano, abunda en el mismo sentido el político y diplomático costamarfileño Ahoua Don Mello, […] ahí tenemos socios muy importantes porque reúnen […] a casi la mitad de la población mundial. Pueden apoyarnos en proyectos alternativos de desarrollo que nos saquen de la sumisión y de los expolios orquestados en el continente por el neocolonialismo y las multinacionales occidentales […]. La ambición es salir de las terribles relaciones de dependencia que impiden un desarrollo soberano de los africanos»[2].

Tentadoras perspectivas

Teniendo como eje de su última cumbre el reforzamiendo de su cooperación con África «en el marco de una alianza [con el continente] para un crecimiento mutuamente acelerado, un desarrollo duradero y un multilateralismo inclusivo», a los BRICS no les faltan argumentos para convencer. Ponen a disposición de África enormes recursos, en forma de préstamos, inversiones, ayudas y ofertas de servicios. Además su retórica, centrada en el respeto de la soberanía de los Estados, la denuncia de los dobles estándares y su voluntad común de poner fin a la hegemonía occidental y a la dominación del dólar, seduce, mucho más allá de los círculos gubernamentales, a poblaciones escaldadas por décadas de ingerencia, ajustes económicos y endeudamiento con desastrosas consecuencias sociales.

El discurso seduce tanto más porque los BRICS están inmunizados contra el resentimiento que alimenta en África el rechazo de las antiguas metrópolis. Los BRICS –y es un aspecto esencial– no arrastran un duro pasado colonial. Tratándose de antiguas colonias o protectorados–al menos la mayor parte de ellos–han apoyado en cambio en buena medida (financiera, militar o diplomáticamente) las luchas africanas de independencia y contra el apartheid, lo que les confiere un enorme capital simbólico de simpatía en el continente. Como países en desarrollo, que comparten con África una historia común de sometimiento (ante antiguas metrópolis, y después ante instituciones financieras internacionales), o como aliados históricos (como Rusia), su trayectoria, su éxito y su modelo inspiran tanto como fascinan. Contribuyen también a «descartarlos» de cualquier intención malsana, lo que hace decir a Ahoua Don Mello que Rusia «no busca en Africa ni materias primas ni dominarla».[3]

Una relación desigual

El caso es que la densificación de las relaciones observadas estos últimos años entre los BRICS y África dejan ver una realidad diferente. Aunque el acercamiento entre los dos bloques contribuye a reintegrar al continente en los circuitos comerciales internacionales, amplifica el margen de maniobra de los Estados africanos y ofrece nuevas posibilidades de financiación y de inversión, hay que constatar también que se sitúa en una relación desigual. Lo demuestra la estructura de sus intercambios, África exporta a los BRICS casi exclusivamente bienes primarios, mientras que importa de esos países sobre todo productos transformados, y tiene con ellos un déficit comercial cada vez mayor. Por no hablar de las nuevas deudas que contrae con estas potencias.

A pesar de las buenas disposiciones aparentes de los BRICS respecto a África, esta «cooperación» tiende así a reproducir la tradicional dicotomía Norte-Sur, entre centros y periferias. Esto amenaza a largo plazo con consolidar la posición subalterna del continente en la division internacional del trabajo e impedir cualquier proceso de industrialización autocentrado o soberano que los africanos decidan.

No hay que engañarse. En el contexto global de acumulación capitalista, lo que motiva la presencia de los BRICS+ en África y guía la evolución de sus relaciones con el continente es la conquista de nuevos mercados y, más aún, el acceso a las materias primas indispensables para su propio desarrollo. Detrás de su retórica de solidaridad Sur-Sur, su modus operandi apenas difiere del las antiguas potencias coloniales. Pese a su sacrosanto principio de respeto de las soberanías nacionales, su presencia en África indica una lógica de explotación bastante similar. Aunque se presentan en los fórums internacionales como un bloque coherente, en lucha contra un Occidente dominador, cada uno de sus miembros desarrolla a su nivel estrategias para apoderarse de los recursos locales, favorecer la expansión de sus gigantes económicos nacionales, asegurar nuevos mercados para sus propias exportaciones, estimular su propio crecimiento o ganar en influencia diplomática.[4]

Similares lógicas de dominación y de explotación

Sobre el terreno, los proyectos financiados por los BRICS, en las áreas de agro-industria, minería y energía e infraestructuras, tienen impactos igualmente destructores en el plano social o ambiental: acaparamiento de recursos, expoliación de las comunidades locales, expansión y reforzamiento del modelo extractivista, competencia social a la baja, destrucción de medios naturales, multiplicación de conflictos socio-ambientales, extracción de plusvalía e incluso militarización de regiones enteras, como la región fronteriza entre Sudán y la República Centroafricana, en manos de mercenarios del grupo Wagner, recientemente rebautizado Africa Corps. Aunque no desagrade a Ahoya Don Mello, las acciones que llevan a cabo por cuenta de Rusia no son especialmente filantrópicas[5]. En esta lógica de acumulación por desposesión, tampoco los nuevos miembros de los BRICS, desde enero de 2024, se quedan atrás. Así, un reciente informe de SuissAid[6] revela que entre 2012 y 2022, 2.596 toneladas de oro provenientes de las minas artesanales africanas han sido exportadas ilegalmente hacia los Emiratos Árabes Unidos (casi el 50% de todo el oro no declarado producido en África) para ser refinadas, lo que supone una pérdida de ganancia de varios miles de millones de dólares para el continente. La monarquía, muy activa en el mercado de carbono, a través de su empresa Blue Carbon, se ha convertido también en uno de los principales acaparadores de tierras forestales en África. En Liberia sobre todo, la sociedad se ha apoderado de casi el 10% del territorio nacional, privando a muchas comunidades de los recursos necesarios para su supervivencia, une forma de colonialismo verde denunciada por activistas locales[7].

Recordemos además que aunque pretenden reformar la arquitectura económica internacional, los BRICS+, con China y Brasil en cabeza, son ardientes defensores del libre cambio y de la mundialización frente a las tentaciones proteccionistas. Están también entre los principales usuarios de los paraísos fiscales, que constituyen uno de los más eficaces instrumentos de captación de la riqueza proveniente del Sur. Cerca de 7,8 trillones de dólares, o sea el 8% de la riqueza producida mundialmente y el 40% de los beneficios de las multinacionales se disimulan hoy en estos bancos offshore.[8]

Un modelo económico «neolibéral con características del Sur»

De hecho, lejos de su imagen idealizada, los BRICS+ son engranajes esenciales de un sistema que ha marginalizado a muchos países pobres, pero que también ha asegurado –y asegura siempre–su propio desarrollo económico. Lo que explica que, aunque contesten ruidosamente la jerarquía del orden internacional, no tengan disposición alguna en reformarlo en profundidad, en el sentido de un mejor reparto de las riquezas y de los beneficios del desarrollo en favor de los países más pobres, en particular africanos. Los BRICS+ en realidad sólo consideran a estos países como vastas reservas de materias primas y de mano de obra barata, o como mercados cautivos para la circulación de su producción industrial. Lejos de cuestionar las injusticias estructurales heredadas de la colonización y más tarde de la mundialización, el modelo económico que promueven–calificado por un economista indio como «neoliberal con características del Sur»–, amenaza por el contrario con ampliarlas.

Algunos podrán objetar que los BRICS participan de una reorganización económica de África al invertir prioritariamente en proyectos de infrastructura que cruelmente faltan. Y que la financiación no condicionada concedida por los BRICS+ a los gobiernos africanos les dan más libertad en la elección de los proyectos a financiar. Ahora bien, se puede constatar que la mayoría de las inversiones realizadas por los BRICS, incluso en infraestructuras (carreteras, ferrocarriles, terminales portuarias, etc.) están estrechamente conectadas con su negocio de extracción de recursos. En cuanto a la ausencia de condicionantes, que muchos ven como un medio de escapar a los dictados occidentales, tiene un doble filo. Aunque da un margen de maniobra mucho mayor a los gobiernos, también permite a estos últimos sustraerse de su obligación en materia de respeto a los derechos humaos, protección del entorno o transparencia en la gestión de los fondos públicos. Lo mismo que permite a los inversores de los BRICS+ sustraerse de cualquier responsabilidad en la materia. En el fondo, el «esquema sigue siendo más o menos el mismo, previene el escritor y sociólogo senegalés, Souleymane Gassama, […] se sigue viendo al continente [africano] como una oportunidad, con una mezcla de predación capitalista brutal asociada a un soft power, donde los nuevos llegados juegan con los afectos y su ausencia de pasivo colonial».[9]

En cualquier caso, la prosperidad de África no dependerá de los BRICS+. Dependerá de la capacidad de sus gobiernos para formular un proyecto de desarrollo autónomo y autocentrado, que responda ante todo a las prioridades, aspiraciones y necesidades de su población. Y no a los intereses de una pequeña élite. Y de su habilidad para sacar provecho de múltiples alianzas, sin dejarse encerrar en una lógica «campista», bajo pena de ver las viejas dominaciones imperialistas reemplazadas por otras. Dependerá en fin de la capacidad de las sociedades civiles africanas de movilizarse, hacer presión sobre las autoridades y hacer oir la voz de los sin-voz.

CITA:

[…] Cualquier medio de limitar la influencia de la OTAN y de la oligarquía occidental es beneficioso para el resto de la población mundial. Hoy día estamos dirigidos por una minoría que desea imponer sus leyes al resto del mundo. Con los BRICS aparece una primera manifestación de oposición a esta dominación. (Kémi Seba, bloguero y activista panafricanista)

Artículo publicado el 8/10/2024 en la web de Europe Solidaire Sans Frontières

Notas:

[1] CETRI, «Les BRICS et l’Afrique: Une opportunité pour rejeter les diktats imposés par les Occidentaux», entrevista con Agnès Adélaïde Metougou, por Laurent Delcourt, 6/6/2024, www.cetri.be.

[2] «Portrait: Ahoua Don Mello, le visage de l’autre Afrique», L’Humanité, 20/3/2024.

[3] «Côte d’Ivoire: Pour Ahoua Don Mello, vice-président des BRICS: La Russie ne recherche ni les matières premières de l’Afrique, ni à la dominer», Koaci, 21/5/2024.

[4] CETRI, BRICS+ Une alternative pour le Sud global?, Collection Alternatives Sud, Paris, Syllepse, 2024.

[5] El grupo Wagner no sólo lleva a cabo en África operaciones de influencia, campañas de desinformación o acciones de seguridad. Con el apoyo de varios gobiernos, ha tomado también el control de varias minas de diamantes, cobre y oro, permitiéndole, entre otras, financiar sus operaciones militares en Ucrania. Desde el inicio de la invasión rusa, la explotación sólo de las minas de oro (en Mali, Sudan y República Centroafricana) le habría reportado unos 2.500 millones de dólares, según un reciente informe, que arroja luz también sobre los numerosos abusos cometidos por los mercenarios y sus prolongaciones locales en lugares mineros o en sus cercanías. Ver: The Blood Gold Report, How the Kremlin is using Wagner to launder billions in African gold, diciembre 2023.

[6] SwissAid , On the Trail of African Gold. Quantifying Production and Trade to Combat Illicit Flows, mayo 2024.

[7] «The new scramble for Africa : how a UAE sheikh quietly made carbon deals for forest bigger than UK», The Guardian, 30/11/2023.

[8] CETRI, BRICS+ Une alternative pour le Sud global, op.cit.

[9] «Il est essentiel de désaliéner l’Afrique d’elle même et de ce qu’elle est censée être, mais plus encore l’Occident de lui même», gran entrevista con El Hadj Souleymane Gassama (Elgas), RIS –Revue internationale et stratégique, n° 130, verano 2023.

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