Por: Demian Paredes
En “Una belleza terrible”, Edurne Portela y José Ovejero abordaron a cuatro manos la vida de Raymond Molinier, uno de los principales secretarios de León Trotsky, y también la de su entorno militante en el que sobresale un grupo de mujeres generalmente relegadas en el relato de la historia como Vera Lanis y Jeanne Martin. Un mosaico de voces y formas narrativas que abrevó en cartas y archivos para reconstruir una delicada y fascinante trama clandestina.

Las vidas políticas derrotadas poseen una tensión constitutiva, tienen un brillo propio -destacan por su persistencia, sus acciones y obras-, mientras el trasfondo histórico indica el corte o la clausura de aquellos proyectos emancipadores que animaron una época ya pasada. El siglo pasado, en particular, fue marcado tanto por las catástrofes capitalistas, las guerras y los campos de concentración, como por períodos de rebeldías y utopías revolucionarias; su posterior derrotero estuvo signado por la decepción, el fracaso y el abandono. Las memorias, autobiografías y biografías políticas, de diferentes modos y en variados registros, buscaron -y aún buscan- dar cuenta de cierta trayectoria, revisitando épocas y experiencias, acontecimientos y procesos. En tal sentido, existen obras que aúnan memoria personal, historia y política, como las del español Jorge Semprún, muchas acompañando en su conflictiva unidad su periplo político: del PCE al PS, y, luego, como escritor e intelectual “independiente”, como lo narró en Autobiografía de Federico Sánchez y en Federico Sánchez se despide de ustedes.
Otra familia política, la del trotskismo, también tiene sus libros, mitos y leyendas. Y en ella se adentraron Edurne Portela y José Ovejero, escribiendo a cuatro manos Una belleza terrible, libro publicado por Galaxia Gutenberg. Aparecido primeramente en España, recibió premios y reconocimientos -como el que le otorgó en 2025 el Gremio de Librerías de Madrid como Libro del Año-, y se encuentra ahora en las librerías argentinas. La obra sigue la vida de Raymond Molinier (1904-1994), quien fuera uno de los principales secretarios de León Trotsky, y la de su entorno militante, en el que sobresale un grupo de mujeres, generalmente relegadas, que quedaron en las sombras de los relatos y las narraciones oficiales.
Raymond Molinier comenzó su actividad política en Francia, al calor de la primera guerra mundial, y fue una pieza fundamental del trotskismo -en oposición y lucha acérrima contra el estalinismo- en Europa y durante el exilio del líder ruso. Tras el asesinato de Trotsky, cruzó el Atlántico y pasó algo más de treinta y cinco años en Argentina, manteniendo hasta su fallecimiento, en Barcelona, el activismo y el impulso revolucionario. Sus múltiples iniciativas para financiar y sostener la actividad política, sus innúmeras identidades falsas, la cantidad de países por los que pasó y en los que vivió -tanto legal como clandestinamente- conforman, sin lugar a dudas, lo que se suele llamar una vida de película, repleta de “acción y aventuras”. Una suerte de “leyenda viviente” durante décadas, Molinier dejó un libro, Trotsky vive, 50 años después. Memorias de un militante trotskista (1994), y un falso apellido legal a su familia: ingresó a la Argentina como “Leon Droeven” y nunca pudo volver a su nombre y apellido originales. De ahí que su hija, Juana Droeven, autora de La nieta de Trotsky (2020), un libro que concentra y combina secretos familiares, vidas políticas y acontecimientos históricos, y que subtituló “biograficción”, lo firmara como Jeanne Molinier. De estos dos volúmenes, entre muchas otras fuentes escritas y orales, abrevaron Ovejero y Portela para hacer su libro, que incluyó también un año de investigación en sitios, cartas y archivos prácticamente inexplorados.

EUROPA Y AMÉRICA
El libro comienza recorriendo el barrio Le Marais, ocupándose de un jovencísimo Raymond junto a su hermana Léonie y su hermano Henri, hacia 1910. Y a partir del relato biográfico, fotos y visitas, Portela y Ovejero pueden -aunque digan que sienten que no se puede “penetrar del todo en el pasado”- recrear algunos sentimientos, pensamientos y acciones. Hay así un precoz y preadolescente Raymond, tras observar y describir el día a día del padre, explotado, cabizbajo y asiduo concurrente a los juegos de cartas y las bebidas, dice: “Desprecio la vida de mi padre. La sumisión. La derrota. Lo desprecio por el ejemplo que me da”. Y continúa: “No se lo he contado a Henri. Sé lo que me diría y sé que tendría razón. Nuestro padre hace lo que puede para mantenernos. Ellos ya no son capaces de hacer otra cosa, son demasiado mayores para cambiar nada. Eran ancianos cuando me tuvieron”; “estoy tan enfadado con ellos. Yo soy un hombre y ellos son unos niños que no saben lo que hacen”.

El joven Raymond realiza actividades junto a Henri: “Le acompaño por las tardes a repartir panfletos, también a reuniones que tiene con hombres mucho mayores que él, y a veces nos escondemos juntos de la policía, en una zanja o en un callejón. A su lado escucho, aprendo, me lleno de la rabia que todos ellos transmiten. Y cuando reparto los panfletos digo que hay que acabar con los burgueses y que la revolución está cerca”. Conoce a Jeanne Martin, con quien formará parte del pequeño círculo de incondicionales que resguardan a León Trotsky y a su compañera, Natalia Sedova, tras el destierro, de la persecución de Stalin. Es el capítulo “Los días de Prinkipo”, donde diálogos y escenas buscan reconstruir la vida cotidiana de ese pequeño círculo. Luego de la ruptura con Trotsky, Raymond sigue activo: visita la España revolucionaria, la Francia con ocupaciones de fábrica como la Renault, y, más allá de los resultados circunstanciales -los desacuerdos, la represión, las derrotas-, se mantiene y persiste.
Munido de una experiencia singular -experto en montar empresas y conseguir toda clase de recursos, organizar medidas de seguridad, resguardar y trasladar documentos, coordinar y reunir organizaciones a nivel internacional-, Molinier atraviesa el torbellino de fines de la década de 1930 y la llegada de una nueva guerra. Perseguido por los servicios de Scotland Yard, se ofrece como voluntario al ejército belga, bajo mando británico, que sorprendentemente lo acepta y le encarga ir a Francia y Portugal. Luego será América: pasará varias décadas en Argentina, junto a nuevas compañeras políticas y sentimentales como Vera Lanis y la socióloga alemana Elisabeth Käsemann, y realizará algunos viajes y visitas finales. Aparecen recuerdos y testimonios como los de Daniel Bensaïd -que verifican y confirman anécdotas y “leyendas”- y Sergio Bufano -quien aporta sus recuerdos sobre Käsemann, asesinada por la dictadura argentina-, además de apartados dedicados a Jeanne y a Vera.
A propósito de estas dos últimas, Portela y Ovejero ensayan formas distintas del retrato y la recreación, generalmente con efectividad. En “Consideraciones sobre Jeanne”, más allá de su imagen en las (pocas) fotografías en las que se la ve -y se la describe-, las evidencias sobre su actividad en el movimiento de lo que será la IV Internacional son otras: existen una buena cantidad de cartas, documentos y referencias dispersas. “En realidad, Jeanne fue una parte importantísima del aparato trotskista francés e internacional”, se afirma, y se menciona el asombro de Ovejero ante la cantidad de tareas que llevaba adelante, desde los envíos de libros hasta la identificación de posibles candidatos para puestos en la organización, pasando por la búsqueda de fondos para actividades y publicaciones y la participación en acciones. En “Me llamo Vera Lanis”, en cambio, la forma es otra: se brinda un relato en primera persona, con voz propia, sobre la vida política y familiar, siguiendo, entre otros materiales, la entrevista que le hiciera Tununa Mercado a Lanis, publicada como anexo a Trotsky vive.
DESEO E IMPOTENCIA
En su estructura, Una belleza terrible se configura a partir de la multiplicidad de registros y voces, un mosaico de prosas y formas narrativas. Lo heterogéneo y discontinuo, lo ajeno y lo propio funcionan como motores de unos capítulos en los que el libro avanza por los episodios de las vidas militantes, a la par que narra los problemas y la propia creación del libro, entre diarios y anotaciones autobiográficas de Portela y Ovejero. Así, con autoconciencia, dicen que es una “tontería” creer sin más en el “espacio de libertad” que daría la literatura. “La libertad siempre tiene límites: los que impone el mercado, los que fija tu deseo de agradar o tu miedo a ofender y, por supuesto, los de tu propio talento”. ¿Cómo se conjugan las dimensiones del pasado y del presente? “Narrar una vida es, por fuerza, una falsificación, incluso cuando narramos la nuestra”, dicen. “Para contarla debemos volverla inteligible y para ello tenemos que interpretar. En toda persona hay una opacidad, algo que no se deja mostrar. No sabemos quiénes somos y mucho menos sabemos quiénes son los demás. Ahora que estamos embarcados en el proyecto de escribir sobre Raymond Molinier y quienes lo rodearon nos volvemos conscientes de nuevo de la dificultad de volver presente el pasado mediante la ficción”. Plantean: “La paradoja, penosa, de la literatura es que nos permite vislumbrar pero no ver. Intuir pero no comprender. Quizá por eso nos hemos decidido por una escritura no solo fragmentaria, sino también caleidoscópica”.
Esa posibilidad de visión múltiple y cambiante de los hechos y las personas pareciera haber sido el mejor formato para regresar a las vivencias pasadas y recrearlas: “Somos conscientes de que nunca podremos reproducir con precisión lo sucedido. No se trata de narrar de forma coherente el pasado, sino de rescatar mediante fogonazos su carácter contradictorio y conflictivo. De ahí el caleidoscopio. De ahí que lo único que podemos hacer es dejar constancia de la relación dialéctica entre nuestro deseo y nuestra impotencia”. Y así como aparecen encrucijadas y dilemas en lo que fuera la realización e investigación del libro, también sus avances y definiciones. Ante un “límite último”, infranqueable, se insiste e imagina lo que no existe o apenas se insinúa.
Por otra parte, se reproducen “Fragmentos de un diario”, como esta entrada del mes de julio de 2024: “Empezamos a entrever lo que será Una belleza terrible. Aún quedan meses de escritura, pero tenemos ya una visión de conjunto y la seguridad de que hemos creado un tono y una manera de acercarnos a la historia que pueden sostener la novela. Una novela no es para nosotros un argumento ni un personaje, sino una voz y una mirada. El personaje, como decía de la trama Susan Sontag, es el cebo que capta nuestra atención”. Y queda planteado el interrogante sobre el cebo-Molinier: ¿“por qué nos ha atraído esta historia, ¿qué ha hecho que nos pongamos a escribir sobre ella y le dediquemos un año de nuestras vidas”?
Hacia el final de la historia se encuentra el capítulo titulado “Los huesos. El corazón”, donde Ovejero y Portela siguen de cerca al viejo Molinier, ya atravesado prácticamente por todo el siglo XX, en declive vital pero insistente, persistente, en desarrollar las perspectivas revolucionarias allí donde las haya. No es un “cebo”, en definitiva. Es un deslumbramiento y un asombro genuinos ante un pensamiento y una ética, ante una decisión y una voluntad, ante un compromiso político consigo mismo y con quienes ya no están. “Cuando todos callan, él tiene que hablar, aunque sea consigo mismo. Pero ¿cómo no van a callar si están muertos? Los vivos deberían seguir pronunciando las palabras necesarias. Y si no lo hacen, lo hace él”, escriben Portela y Ovejero, entre lo bello y lo triste.
Como no podía ser de otra manera -y aunque no se sepa si lo dice o sólo lo piensa-, Molinier asegura: “Si pudiera levantarme, volvería a empezar”.
Consideraciones sobre Raymond Molinier
La historia de Raymond Molinier parece obra de un mitómano. La gran cantidad de giros y acontecimientos sorprendentes que jalonan su vida hacen muy difícil relatarla y apenas pueden caber en un solo libro. Por un lado, sería material para una saga (o una serie), por otro, faltan demasiados detalles para ser fieles a los hechos, como es nuestro deseo. Hechos que no solo giran alrededor del propio Molinier.
La dificultad de encontrar información es uno de los problemas más frustrantes a la hora de contar la historia de Molinier y las mujeres de su entorno, a quienes nos referimos así porque él es la figura histórica que tienen todas en común, no porque consideremos que aquellas mujeres activas en los movimientos revolucionarios de los años treinta a setenta no tengan su vida independiente, sus opiniones, sus actos, que merecerían atención y una historia propia. A pesar de su importancia, la historiografía apenas las tiene en cuenta y ellas casi nunca dejan testimonio escrito sobre sus acciones.
Por ejemplo, Vera Lanis no escribe sobre sí misma, como hace Raymond; apenas la mencionan el mismo Raymond, Trotsky, Van Heijenoort ni los demás cronistas del trotskismo. Por suerte contamos con la entrevista que le hizo Tununa Mercado para añadirla a las memorias de Molinier; también las referencias a Vera, a menudo negativas, que hace en su libro La nieta de Trotsky Juana Droeven, la hija que Molinier tuvo con Suzanne Demanet; contamos con unas pocas cartas, en su mayor parte de contenido administrativo, que Vera intercambió con Trotsky y con Natalia, y con el precioso testimonio que compartió con nosotros Vera Fogwill, nieta de Raymond.
Así que nos vemos obligados a imaginar y deducir, lo que no equivale a saber con certeza, y tomamos decisiones narrativas de las que no podemos estar seguros. Cuando Vera Lanis recuerda el momento en el que se enteró de la muerte de Trotsky, dice: “Compré el diario y me senté en una piedra cualquiera, en la calle. Estaba Hitler. Había que huir de Hitler. Estallaban bombas de muerte en todas partes. Empecé a leer. Estaba muy, muy emocionada, desesperada, no sabía qué hacer, con quién hablar, a quién avisar”. Nos llama la atención su soledad, así que suponemos que en esos momentos no está con Raymond en Londres, que es donde a él le sorprende el asesinato de Trotsky. Pero Vera no da más detalles. En su relato, solo importa el impacto emocional de la noticia, no qué actividades políticas está llevando a cabo ni dónde.
Si ya es difícil detallar los movimientos de Raymond, que en ocasiones aporta informaciones contradictorias o, tal vez, deliberadamente confusas, más complicado aún es reconstruir los desplazamientos de ellas.
Estas anécdotas sobre Vera Lanis ejemplifican las dificultades que estamos encontrando para narrar la vida de mujeres que estuvieron en el centro de acontecimientos históricos, y no es que se mantuviesen en la sombra o solo desempeñasen papeles subordinados -cosa que quizá podría decirse de Vera pero no de Jeanne o de Elisabeth Käsemann, quien pronto aparecerá en estas páginas-: sabemos que participan en la agitación e influyen en las decisiones que se toman en esos años, en la dinámica de las luchas entre fracciones comunistas, y están físicamente presentes en acciones y enfrentamientos, pero apenas asistimos a sus gestos, apenas oímos su voz. No dejaron testimonio ni memoria; si conocemos algo mejor la voz de Jeanne es porque envió numerosas cartas.
Fragmento de Una belleza terrible (Galaxia Gutenberg), de Edurne Portela y José Ovejero.
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