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Diez elementos para entender la genealogía, las trampas y la forma de combatirla La posverdad, una conspiración desde las sombras

13/09/2026 by Vitalio Deja un comentario

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Por: Jose Justo Calderon Dongo

Hay momentos en los que uno siente que la verdad ya no alcanza por sí sola para convencer, orientar o reunirnos en torno a una conversación común. Los hechos siguen presentes allí, en la realidad por supuesto: pueden comprobarse, contrastarse, discutirse. Sin embargo, en la vida pública actual muchas veces los hechos terminan teniendo menos peso que una emoción intensa, una creencia arraigada o una historia que confirma aquello que ya queríamos escuchar. A eso llamamos posverdad: una manera de relacionarnos con la realidad en la que la pregunta por lo verdadero o lo falso queda desplazada por otra, más peligrosa y cómoda a la vez: si aquello que se dice encaja con lo que queremos creer.

El término se volvió especialmente visible en 2016, cuando el Diccionario de Oxford lo eligió como palabra del año, en medio de acontecimientos que sacudieron la política internacional, como el referéndum del Brexit y las elecciones presidenciales de Estados Unidos. Desde entonces, la posverdad dejó de ser solo una palabra de moda para convertirse en una preocupación central de nuestras democracias: ¿cómo deliberar, decidir o convivir cuando la emoción se impone sobre la evidencia y la desinformación circula con más rapidez que los argumentos?

En ese escenario, los relatos sustituyen a los datos, el miedo y la indignación se usan como herramientas de movilización, y las instituciones encargadas de producir conocimiento —la prensa seria, la academia, la ciencia o las estadísticas públicas— son desacreditadas con facilidad. Por eso, hablar de posverdad no es simplemente describir una tendencia comunicativa; es preguntarnos por la fragilidad de nuestra vida pública y por la responsabilidad que tenemos, como ciudadanos, frente a lo que creemos, compartimos y defendemos.

1. La presencia omnipresente: La erupción de la posverdad en el tejido social

La posverdad ha dejado de ser una simple categoría de análisis reservada a los debates académicos de la filosofía o la sociología; hoy es, de manera cotidiana y aplastante, la atmósfera misma en la que habitamos. No se trata únicamente de la vieja mentira política ni de la propaganda tradicional que engañaba sobre un hecho puntual. Estamos ante un fenómeno cualitativamente distinto, polimórfico y omnipresente, que ha logrado penetrar cada una de las capas de la experiencia humana contemporánea.

Su erupción es visible, en primer lugar, en el ecosistema de las redes sociales, donde opera como la materia prima y el combustible principal de algoritmos diseñados minuciosamente para monetizar la indignación. En estas plataformas, la verificación de un dato es un obstáculo para la circulación, mientras que la reacción visceral, el sesgo de confirmación y la polarización garantizan que un contenido se vuelva viral en cuestión de segundos. La posverdad ha transformado la comunicación digital en un teatro de ecos donde cada comunidad consume la versión de la realidad que más reconforta sus prejuicios.

Pero su alcance va mucho más allá de las pantallas de nuestros teléfonos.

En la literatura y el cine, la posverdad ataca el corazón mismo de la representación artística.

En la literatura, el peligro no radica en la invención de mundos ficticios, sino en la perversión del «pacto de ficción». La literatura siempre ha sido un ejercicio de libertad donde el lector, plenamente consciente del carácter imaginario del texto, suspende la incredulidad para explorar la condición humana. La posverdad rompe ese pacto ético e instala el imperio de la narrativa pura: sustituye la creación literaria emancipada por la fabricación deliberada de discursos que tuercen, niegan y reescriben la realidad objetiva con fines de alienación, control ideológico y manipulación política.

En el cine, el punto central es el gigantesco poder de manipulación que se ejerce desde las pantallas para fabricar memorias históricas falsas. La industria audiovisual —con Hollywood a la cabeza— opera como una fábrica de posverdad al borrar la densidad de los hechos reales e inventar «verdades oficiales». Lo vemos de forma escandalosa en las producciones sobre la Segunda Guerra Mundial, donde se agiganta o inventa el rol de Estados Unidos como «salvador único» del mundo mientras se invisibiliza el costo humano y decisivo de otros pueblos, o en la indiferencia ética con la que cineastas de renombre —como Christopher Nolan en Oppenheimer— omiten y deshumanizan el horror atómico vivido por las víctimas de Hiroshima y Nagasaki. Aquí el cine deja de ser arte para convertirse en tecnología de borrado histórico.

En el ejercicio del poder y la política institucional, los gobernantes ya no buscan legitimarse mediante la gestión rigurosa de indicadores económicos, ambientales o sociales, sino a través de la producción fabril de relatos persuadores que apelan de forma directa al miedo, al orgullo patriótico o a la paranoia colectiva.

Finalmente, en el terreno de la guerra y la geopolítica global, la posverdad se ha consolidado como el eje de las operaciones híbridas. Antes de que el primer proyectil impacte en el suelo, la batalla decisiva ya se ha librado mediante la desinformación masiva, los ataques de falsa bandera y la construcción de relatos alternativos que buscan desmoralizar a las poblaciones y paralizar la respuesta de la comunidad internacional. La posverdad, en suma, ya no es un accidente o un exceso de la comunicación moderna, sino la forma dominante en que el mundo actual procesa la experiencia y construye el sentido.

2. La arquitectura del capitalismo tardío: Posmodernidad, tecnología y gobierno

Lejos de ser un fallo fortuito de las democracias liberales o un efecto no deseado del libre debate de ideas, la posverdad es un acontecimiento intrínseco al capitalismo tardío en su fase cognoscitiva, financiera y de plataformas. Existe una necesidad estructural, profunda y urgente en el modelo de acumulación actual para neutralizar la autoridad de los hechos objetivos, porque la realidad material se ha convertido en el principal enemigo de la continuidad de este sistema.

Para que el capitalismo contemporáneo pueda seguir ejerciendo su poder de forma irrestricta —a través del extractivismo de datos, la financiarización especulativa y la precarización del trabajo bajo la narrativa del emprendedurismo—, necesita operar sin el estorbo de las evidencias empíricas. Si el cambio climático, la destrucción de la biodiversidad, la concentración escandalosa de la riqueza o la pérdida de derechos laborales fueran reconocidos universalmente como realidades incontrovertibles, la legitimidad social de las grandes corporaciones y de los Estados que las amparan colapsaría de inmediato. La posverdad funciona así como un mecanismo de inmunidad: al convertir cada dato duro en «una opinión más» o en «un relato politizado», el poder económico se libra de la obligación de rendir cuentas ante la realidad.

La tecnología digital de nuestro tiempo no es una herramienta neutral que por azar cayó en malas manos; es la infraestructura material construida a la medida de esta necesidad de gobierno. Las arquitecturas algorítmicas de Silicon Valley, el procesamiento masivo de datos y la inteligencia artificial generativa están orientados a modelar la conducta humana, fragmentar la percepción pública y capturar la atención a través del estímulo emocional ininterrumpido.

Es en este horizonte donde la posmodernidad revela su verdadera naturaleza. No fue simplemente un movimiento artístico de vanguardia ni una moda filosófica de finales del siglo XX; es la esencia cultural e ideológica del tiempo presente. La posmodernidad proporcionó el clima de época perfecto para naturalizar la idea de que la verdad es una ilusión obsoleta, dejando el campo libre para que el capital organice el mundo no según las leyes de la realidad física y social, sino según las conveniencias de la rentabilidad y la dominación.

3. La genealogía intelectual: Del quiebre de la modernidad a la deconstrucción posestructuralista

Para comprender cómo llegamos a este estado de cosas, es necesario rastrear la historia de las ideas y examinar cómo ciertas corrientes filosóficas que nacieron con un afán crítico y emancipador terminaron, por los azares de la historia, suministrando los Insumos teóricos de los que hoy se nutre la posverdad. El quiebre de la confianza en el proyecto de la Modernidad Ilustrada —aquella promesa de que la razón, la ciencia y el progreso técnico nos conducirían inevitablemente a la libertad— dejó un vacío epistémico que fue ocupado por la deconstrucción posestructuralista.

Michel Foucault, en su monumental obra Las palabras y las cosas publicada en 1966, asestó un golpe demoledor a la fe positivista en una verdad neutra, objetiva y desinteresada. Mediante su método arqueológico, Foucault demostró que lo que cada época histórica considera «verdadero» o «científico» no es un reflejo transparente de la realidad, sino el resultado de una episteme: un conjunto subterráneo de reglas discursivas que determinan qué se puede pensar y qué no. Más adelante, al articular la noción de los «regímenes de verdad» y mostrar la imbricación indisoluble entre el saber y el poder, Foucault expuso que las instituciones utilizan los discursos de verdad para normar y disciplinar los cuerpos. El problema surgió cuando esta brillante lección crítica fue despojada de su rigor histórico y traducida, en la cultura de masas, como la idea simplista de que los hechos no existen y que cualquier afirmación de verdad es solo una maniobra de dominación.

Por su parte, Jean-François Lyotard, en su célebre informe de 1979 titulado La condición posmoderna, decretó la muerte de los «meta-relatos» o grandes narrativas unificadoras de la historia, tales como el Progreso ilustrado, la emancipación del proletariado o la realización del Espíritu. Lyotard argumentó que el mundo posmoderno se caracteriza por la pérdida de fe en estas grandes explicaciones y por la fragmentación del saber en una multitud de «juegos de lenguaje» heterogéneos, inconmensurables entre sí, donde ninguno puede reclamar una superioridad legítima sobre los demás. En el entorno de la posverdad, esta tesis sufrió una vulgarización trágica: si ya no hay criterios universales para validar el conocimiento y todos los discursos son simples juegos de lenguaje, entonces la evidencia científica producida por décadas de investigación pasa a ser tratada como un «relato» equivalente a cualquier especulación de red social.

A esta genealogía debe sumarse la agudísima mirada de Marshall Berman en Todo lo sólido se desvanece en el aire (1982). Berman, recuperando la célebre intuición de Marx sobre la naturaleza del capitalismo, cartografió la vivencia psicológica y social de la modernidad tardía. Mostró cómo el torbellino del desarrollo económico y la aceleración constante destruyen todas las tradiciones, valores e instituciones estables, sumergiendo a las personas en un estado de fluidez permanente. La contribución de Berman a la comprensión de la posverdad no es de orden epistemológico, sino existencial: describió el terreno desgarrado, inestable y convulso en el que los individuos, despojados de cualquier suelo firme debajo de sus pies, se vuelven presas fáciles de historias emocionales que les ofrezcan una ilusión momentánea de certeza.

4. Insumos sociológicos y epistemológicos: Bauman y Morin

Para profundizar en la arquitectura de la posverdad, es imprescindible incorporar los diagnósticos de la sociología de la cultura y de la teoría del conocimiento contemporáneas, donde destacan las figuras de Zygmunt Bauman y Edgar Morin.

Zygmunt Bauman, a través de su célebre concepto de «Modernidad Líquida», ofrece el marco sociológico más preciso para entender la demanda social de posverdad. Bauman explicó cómo las estructuras que antes daban solidez y continuidad a la vida humana —el Estado-nación, los partidos políticos de masas, las grandes instituciones educativas, los empleos duraderos y las comunidades locales— se han derretido. En este entorno líquido, caracterizado por la precariedad y la inestabilidad de los vínculos, la noción misma de una «verdad sólida» resulta incómoda e inoperante. Una verdad sólida exige tiempo de verificación, paciencia reflexiva, debate riguroso y compromiso con las evidencias. La posverdad, en cambio, es la «verdad líquida» por excelencia: es maleable, instantánea, desechable y se adapta como un guante a las necesidades emocionales del momento. Bauman nos ayuda a comprender que la gente no consume posverdad porque sea ingenua, sino porque en un mundo inestable y aterrador, las certezas emocionales fabricadas a la medida funcionan como un refugio psicológico frente a la angustia de la incertidumbre.

Por otro lado, la vasta obra de Edgar Morin sobre el «Pensamiento Complejo» aporta una contribución fascinante y paradójica. Morin ha dedicado su vida a combatir la «ceguera del conocimiento» y el reduccionismo de la ciencia cartesiana tradicional, demostrando que la realidad es multidimensional, contradictoria y está cruzada por la incertidumbre. En obras fundamentales como El Método, Morin invita a la ciencia a ser autocrítica, a reconocer el error e ilusión inherentes a todo proceso de traducción mental de la realidad y a aprender a «navegar en un océano de incertidumbres».

Sin embargo, en el clima de época de la posverdad se ha producido una cooptación perversa del pensamiento de Morin. Los mercaderes de la desinformación, desde los negacionistas del cambio climático hasta las corporaciones que ocultan los efectos nocivos de sus productos, han extraído la noción de «incertidumbre» y la crítica a los dogmas científicos para convertirlas en un arma de parálisis. Mimetizan el lenguaje de la complejidad para argumentar que «como la ciencia no es absoluta y el mundo es complejo, ninguna evidencia es definitiva», utilizando la duda no para investigar más y mejor, como quería Morin, sino para sembrar la confusión masiva y bloquear cualquier decisión política basada en hechos probados.

5. La trampa de la teoría decolonial frente a la posverdad

Llegados a este punto del análisis, es necesario abordar una de las zonas más equívocas del debate intelectual contemporáneo. Existe la tendencia a asumir que el pensamiento decolonial —desarrollado por figuras imprescindibles como Aníbal Quijano, Walter Mignolo, Enrique Dussel o Catherine Walsh— constituye, por definición, la trinchera más radical y el enemigo natural de la posverdad. Sin embargo, un examen riguroso de su matriz epistemológica revela que la teoría decolonial plantea severas confusiones y puede convertirse, si no se la somete a una crítica severa, en un aliado involuntario del mismo fenómeno que pretende combatir.

El pensamiento decolonial realizó una aportación histórica al denunciar que el proyecto de la Modernidad Ilustrada estuvo indisolublemente ligado a la empresa colonial. Mostró cómo el Eurocentrismo erigió una noción de «Verdad Universal, Científica y Neutra» que sirvió para descalificar, invisibilizar y destruir los conocimientos, medicinas y formas de vida de los pueblos colonizados, cometiendo lo que Boaventura de Sousa Santos denomina un verdadero epistemicidio.

El problema grave surge cuando esta crítica justa se desborda y se absolutiza, derivando en un rechazo esquemático del método científico, de la demostración empírica, de la estadística y del pensamiento lógico, etiquetándolos en bloque como «simples dogmas eurocéntricos» o «herramientas de dominación imperial». Al hacer esto, la teoría decolonial cae en la trampa de la falsa equivalencia epistémica. Si cualquier dato duro sobre epidemiología, física atmosférica o economía política es descartado de antemano por tener su origen en la ciencia moderna de matriz occidental, la realidad queda desarmada.

Esta trampa es aprovechada de inmediato por los poderes que sostienen la posverdad. Grupos reaccionarios, Gobiernos autoritarios y elites locales en diversas partes del mundo han aprendido a cooptar la jerga decolonial para desembarazarse de las auditorías científicas y de la exigencia de transparencia. Desacreditan las investigaciones sobre violaciones a los derechos humanos o el consenso sobre el colapso ecológico argumentando que se trata de «imposiciones del Norte Global», para imponer en su lugar dogmas locales, fanatismos o intereses económicos particulares sin el estorbo de las evidencias. Sin un anclaje firme en la realidad material y en la verificación de los hechos, la deconstrucción decolonial corre el peligro de confluir con el mismo subjetivismo irresponsable del que se nutre la manipulación contemporánea.

6. El reverso del espejo: El progresismo liberal, la agenda woke y la posverdad de la identidad

Es un grave error conceptual asumir que la posverdad es un patrimonio exclusivo del populismo de extrema derecha o del fascismo digital. La «izquierda global no marxista», el progresismo liberal y la denominada agenda woke constituyen el reverso complementario de esta misma condición de época, funcionando como otra de las grandes puertas de entrada a la manipulación discursiva en el capitalismo tardío.

Aunque este progresismo se autopromocione como el bastión de la tolerancia y la iluminación moral frente al oscurantismo reaccionario, en la práctica opera bajo la misma matriz idealista: la sustitución de las relaciones materiales de existencia por el rendimiento puramente discursivo y la hiper-fragmentación identitaria.

Este fenómeno se articula a través de tres operaciones críticas:

  • El abandono del materialismo por el idealismo lingüístico: La izquierda no marxista ha sustituido el análisis de la estructura económica (la propiedad de los medios de producción, la precarización del trabajo, el extractivismo) por una fe supersticiosa en el lenguaje. Bajo la premisa de que «el discurso construye la realidad», se asume que modificar los eufemismos institucionales o los pronombres equivale a transformar el mundo. Al igual que la posverdad de derecha, este idealismo cree que los hechos materiales pueden abolirse mediante la modificación del relato.
  • De la lucha de clases al mercado de las subjetividades: La agenda woke fragmenta la solidaridad de la clase trabajadora en un abanico de identidades atomizadas que compiten entre sí por el estatus de victimización. En este marco, la validez epistémica de una afirmación deja de depender del contraste empírico o del rigor lógico para pasar a depender del «lugar de enunciación» del sujeto («mi experiencia subjetiva invalida tus datos duros»). La verdad se privatiza en «sensibilidades individuales», dinamitando la posibilidad de consensos científicos universales o de proyectos políticos colectivos.
  • El Pinkwashing y la cooptación por el Capitalismo Rosa: Este progresismo idealista resulta ser la ideología perfecta para las grandes corporaciones de Silicon Valley y Wall Street. Al adoptar la retórica de la inclusión verbal, el capital financiero lava su imagen (pinkwashing) mientras continúa profundizando la explotación laboral, la evasión fiscal y la privatización de la vida. La posverdad progresista crea la ilusión de un capitalismo «ético y diverso», velando la realidad de la acumulación por desposesión.

En última instancia, si la posverdad reaccionaria destruye la verdad mediante la mentira escandalosa, la posverdad progresista la clausura mediante la censura moral, el dogma identitario y la cancelación. Ambas vertientes renuncian a la transformación material de la sociedad, demostrando que el único camino para desarmar esta doble trampa es el retorno a la crítica radical de la economía política.

7. El mapa epistémico de Marx: La Introducción de 1857 a los Grundrisse

Frente a la dispersión de los discursos, la privatización de las sensibilidades y el pantano del constructivismo vulgar, es necesario retornar al pensamiento fundador de la crítica social. El célebre capítulo titulado «El método de la economía política», contenido en la Introducción de 1857 a los Grundrisse (Elementos fundamentales para la crítica de la economía política) de Karl Marx, constituye uno de los mapas epistémicos más potentes, rigurosos e idóneos para confrontar y desmontar la posverdad.

En estas pocas páginas de extraordinaria densidad teórica, Marx se plantea la pregunta esencial: ¿Cómo debe proceder la inteligencia humana para conocer verdaderamente la realidad? El idealismo de su época (y la posverdad de la nuestra) asumía que el pensamiento genera la realidad o que las palabras flotan libremente inventando el mundo. Marx demuestra que el proceso de conocimiento sigue una trayectoria dialéctica fascinante que va del «concreto real» al «concreto pensado».

El punto de partida es siempre la realidad objetiva: la totalidad social con sus contradicciones materiales, sus estructuras económicas y su base física. Esa realidad existe con independencia de lo que pensemos de ella. Sin embargo, si nos limitamos a contemplarla de golpe, solo obtenemos una representación confusa y caótica. El pensamiento debe realizar entonces un esfuerzo de abstracción, dividiendo la realidad para extraer categorías analíticas (como trabajo, mercancía, valor o dinero).

Pero el viaje no termina ahí. La verdadera ciencia ocurre en el segundo movimiento: cuando el pensamiento se eleva de esas abstracciones simples para reconstruir la realidad en la mente, no como una mera opinión, sino como una totalidad rica en múltiples determinaciones y relaciones. A esto llama Marx el «concreto pensado». El pensamiento no crea el objeto real; se apropia de él mentalmente respetando sus leyes y sus dinámicas materiales.

Este texto de 1857 destruye las premisas de la posverdad en dos puntos neurálgicos:

En primer lugar, nos enseña que las palabras, los conceptos y las categorías teóricas tienen un anclaje material incontestable. No son construcciones lingüísticas arbitrarias que un gabinete de comunicación o un algoritmo puedan moldear a voluntad; son la expresión abstracta de relaciones sociales y económicas reales. Pretender abolir la pobreza, la contaminación o la crisis de un sistema cambiando las palabras es una ilusión idealista que la realidad se encarga de aplastar tarde o temprano.

En segundo lugar, Marx establece una separación tajante entre el objeto de pensamiento y el objeto real. Que una masa de millones de personas crea fervientemente en una mentira fabricada por un algoritmo —que crea en un «hecho alternativo»— altera la psicología de esa masa, pero no cambia en lo más mínimo la naturaleza física o biológica del hecho real. La realidad objetiva mantiene su solidez y sus límites frente a las ficciones del discurso. El escrito de Marx nos devuelve así la confianza en que el conocimiento riguroso, la investigación empírica y la teoría crítica son capaces de penetrar las brumas de la ideología para mostrarnos el mundo tal como es, condición indispensable para poder transformarlo.

8. De la «Diversidad» liberal a la «Pluriversidad» u «Ontología Relacional»

Una vez que hemos desmontado tanto el cinismo de la posverdad como la trampa de la corrección discursiva, se vuelve urgente responder a la pregunta: ¿Desde qué cosmovisión podemos construir una alternativa real? La respuesta habitual del pensamiento hegemónico consiste en apelar a la «diversidad» o al «multiculturalismo liberal». Sin embargo, este concepto se ha revelado profundamente insuficiente y fácil de cooptar por el mismo sistema que genera la posverdad.

En el marco de la ideología neoliberal, la «diversidad» es entendida de forma superficial como un escaparate de opciones individuales. Se trata de un catálogo donde sujetos aislados consumen identidades, opiniones o estilos de vida dentro de las reglas del mismo mercado. Esta visión encaja perfectamente con la posverdad, porque reduce la cultura a un asunto de «preferencias personales» y tolera la disparidad de relatos siempre que nadie cuestione la estructura económica de fondo.

Frente a esta diversidad desintegrada y funcional al capital, es necesario dar un salto hacia los conceptos de Pluriversidad y Ontología Relacional, desarrollados por las filosofías más profundas del Sur Global y el pensamiento crítico contemporáneo.

La Pluriversidad, sintetizada en la hermosa máxima zapatista de «un mundo donde quepan muchos mundos», no significa que «cualquier opinión valga lo mismo» ni nos arroja al abismo del relativismo donde la verdad se pierde. Significa el reconocimiento de que existen múltiples matrices civilizatorias, diversas formas de habitar el planeta y distintos horizontes de sentido que han demostrado su capacidad para sostener la vida humana y comunitaria a lo largo de los siglos. Mientras la posverdad utiliza la fragmentación de la realidad para imponer una monocultura cognitiva homogénea donde solo importa el consumo y el algoritmo, la pluriversidad defiende la riqueza de las tradiciones históricas y territoriales.

Por su parte, la Ontología Relacional pone en cuestión la figura misma del «individuo aislado» que sirve de base a la posverdad. En la cosmovisión de los pueblos originarios —como se refleja en la filosofía andina del Sumak Kawsay o en el Ayllu— el ser humano no es un átomo solitario encerrado en su ego, en su pantalla o en sus derechos de propiedad. El ser humano es un tejido de relaciones: no existe antes ni al margen de su comunidad, de sus antepasados y de la naturaleza que lo sostiene.

Desde una ontología relacional, la verdad no es un trofeo individual ni un prejuicio personal que se defiende con terquedad en redes sociales. La verdad es un hecho comunitario que se cuida, se verifica y se comparte porque de ella depende la reproducción de la vida colectiva. A la falsedad volátil e individualista de la posverdad no se le opone una Verdad dictada por una élite tecnocrática, sino el diálogo de saberes, la responsabilidad compartida con el territorio y el reconocimiento de que la realidad material es la casa común que debemos preservar.

9. Ni apocalípticos ni integrados: La tecnología como terreno de lucha y la reapropiación del internet

En la discusión contemporánea sobre la posverdad suele reinstalarse un falso dilema que paraliza la capacidad de acción crítica: por un lado, la nostalgia por un pasado pre-digital e idealizado; por el otro, la capitulación fascinada ante las fuerzas de la innovación algorítmica. Para desarticular esta trampa en el contexto de la economía de plataformas, resulta indispensable acudir a la intuición seminal de Umberto Eco y a la crítica del «ciber-marxismo» desarrollada por Nick Dyer-Witheford.

En Apocalípticos e integrados (1964), Umberto Eco examinó las reacciones contrapuestas de la intelectualidad ante la irrupción de los medios de comunicación de masas. Al trasladar su matriz de análisis al ecosistema de las redes sociales, la Inteligencia Artificial y la desinformación masiva, el diagnóstico retiene toda su agudeza:

  • La postura apocalíptica (Tecnofobia / Retirada moralista): Concibe a la tecnología digital como una degradación irreversible de la cultura y la verdad objetiva. Su respuesta suele ser la nostalgia, el repliegue individual o la exigencia ingenua de «desconectarse». Esta postura cae en la parálisis porque trata a la infraestructura tecnológica como un mero «aparato externo» que puede ser evitado, ignorando que la técnica digital constituye el tejido material y la mediación cotidiana de la vida social en el capitalismo tardío. No es posible transformar un modo de producción ni una arquitectura comunicacional simplemente dándoles la espalda.
  • La postura integrada (Tecno-utopismo / Docilidad algorítmica): Asume cada innovación tecnológica con sumisión acrítica, celebrando la conectividad sin examinar las relaciones de propiedad que la gobiernan. Los «integrados» operan como consumidores dóciles que entregan su atención, sus datos personales y sus dinámicas afectivas a las grandes corporaciones de Silicon Valley a cambio de entretenimiento o inmediatez. Esta actitud encubre el hecho de que las plataformas no son espacios neutros, sino arquitecturas orientadas a extraer rentabilidad a través de la mercantilización del sesgo, la polarización y el engagement emocional.

La salida planteada por Eco —releída a la luz de la posverdad— no consiste en lamentar la existencia de las nuevas tecnologías ni en someterse a sus mandatos corporativos, sino en asumir una posición crítica que desmonte el funcionamiento del medio para intervenir sobre sus dinámicas.

Es en este horizonte donde el análisis de Nick Dyer-Witheford (Cyber-Marx: Cybernetics and Class Struggle in High-Technology Capitalism de 1999) aporta el instrumental político decisivo. Dyer-Witheford demuestra que el internet y las redes cibernéticas poseen un carácter profundamente dialéctico: nacieron como instrumentos de control militar y de acumulación corporativa, pero al mismo tiempo constituyen fuerzas productivas highly socializadas que albergan la posibilidad de su propia subversión.

Desde la perspectiva de un marxismo de la tecnología, la lucha contra la posverdad no pasa por exigir un retorno al consumo mediático del pasado ni por confiar en que las corporaciones moderen sus propios algoritmos. Exige entender el espacio digital como un terreno disputado por la lucha de clases:

  1. De la pasividad del usuario a la huelga de datos y la desobediencia algorítmica: La rentabilidad del capitalismo de plataformas y la viralización de la posverdad dependen directamente del trabajo no remunerado de los usuarios (su interacción, sus clics, su indignación). Dyer-Witheford plantea que la dependencia del capital hacia esta actividad colectiva abre la posibilidad de formas organizadas de resistencia digital, interrupción del extractivismo de datos y sabotaje al flujo de desinformación.
  2. La reapropiación de los Medios de Procesamiento Digital: Así como el pensamiento crítico clásico planteó la necesidad de socializar los medios de producción industrial, el ciber-marxismo postula la urgencia de reapropiarse colectivamente de las infraestructuras comunicacionales:
    • Socialización de las redes e infraestructura pública: Promover y construir plataformas no comerciales, protocolos abiertos y servidores comunitarios o federados cuyo criterio de diseño no sea la maximización de ganancias mediante el escándalo, sino la utilidad social, la verificación rigurosa y el debate transparente.
    • Soberanía tecnológica y de datos: Tratar los flujos de información, los grandes volúmenes de datos (big data) y los modelos de Inteligencia Artificial como bienes comunes digitales (digital commons) gestionados democráticamente, impidiendo que una oligarquía tecnológica concentre el monopolio sobre la circulación del conocimiento y la percepción de la realidad.

Frente a la posverdad, la tarea analítica y política requiere superar tanto la parálisis del «apocalíptico» como la ceguera del «integrado». Se trata de asumir un rol pedagógico y combativo que no niegue la profunda transformación en las interacciones humanas ni la mutación de los procesos comunicativos, sino que entable una batalla consciente por la reapropiación pública y comunitaria de las tecnologías, transformando las herramientas del control digital en medios para la emancipación cognitiva y la reconstrucción de los hechos materiales.

10. La urgencia de un marxismo mariateguista

Al finalizar este recorrido por las entrañas de la posverdad —habiendo examinado sus raíces filosóficas, sus trampas ideológicas y la necesidad de disputar la infraestructura tecnológica— se vuelve imperativo definir la brújula política y teórica capaz de articular esta resistencia. Es en este punto donde la figura y el pensamiento del gran intelectual peruano José Carlos Mariátegui emergen con una frescura y una urgencia deslumbrantes para el siglo XXI.

En su célebre formulación de que el socialismo en América Latina no debía ser «ni calco ni copia, sino creación heroica», Mariátegui nos legó mucho más que una consigna política: nos entregó una metodología viva para la producción de conocimiento emancipador. El marxismo de Mariátegui —un marxismo cálido, hondo, indigenista y profundamente arraigado en la realidad concreta— es el antídoto definitivo contra la posverdad por tres razones fundamentales.

En primer lugar, Mariátegui encarna la negativa absoluta a aceptar dogmas congelados o recetas abstractas. Mientras que la posverdad actual impone relatos prefabricados en Silicon Valley que se consumen masivamente sin relación con la realidad local, Mariátegui exigió siempre volver la mirada a las condiciones materiales de existencia del propio territorio: a la estructura de la propiedad de la tierra, a la situación de las masas campesinas e indígenas, a las relaciones económicas reales. Un marxismo mariateguista destruye la posverdad porque obliga a que cada teoría, cada concepto y cada discurso pasen primero por el tamiz de la realidad empírica y de la vida de nuestros pueblos.

En segundo lugar, Mariátegui tuvo la enorme valentía teórica de comprender el papel central de la pasión, la emoción y el «mito» en la historia humana. En una época en que la izquierda ortodoxa caía en un positivismo frío y cuantitativo, Mariátegui (dialogando con Georges Sorel) entendió que los seres humanos no se movilizan únicamente por esquemas racionales abstractos, sino por una fe creadora, por un horizonte ético y por una pasión de justicia. Y aquí radica la diferencia esencial con la posverdad: la posverdad manipula las emociones más bajas —el miedo, el rencor, la xenofobia— para alienar a las personas y mantener el estado de cosas; el mito mariateguista, en cambio, convoca la pasión colectiva para despertar la dignidad, organizar la solidaridad y emprender la transformación heroica de la sociedad.

En tercer lugar, Mariátegui no buscó la verdad en la soledad del gabinete académico, sino en la praxis comunitaria y en la creación de instituciones culturales. La experiencia de la revista Amauta demuestra que para combatir el monopolio discursivo de las élites no basta con señalar la mentira; hay que construir herramientas de prensa, literatura, arte y educación propia. Y en su revalorización del Ayllu y del comunitarismo andino, Mariátegui nos mostró que la respuesta al individuo atomizado y egoísta —a ese sujeto solitario que hoy consume posverdad frente a una pantalla— es la restitución del lazo comunitario, del trabajo recíproco y de la responsabilidad colectiva con la vida.

La urgencia de un marxismo mariateguista hoy radica en su capacidad para devolvernos la fe en la verdad histórica. Nos recuerda que frente a un capitalismo tardío que pretende disolver el mundo en una marejada de ilusiones digitales y desencanto, los pueblos del Sur Global poseen las reservas morales, teóricas y comunitarias para interpretar su propia realidad objetiva, desmontar las sombras de la posverdad y emprender, con cabeza propia y corazón firme, la creación heroica de su propia liberación.

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Este poema, como tantos otros, tiene que ver con los límites de la vida. Es un poema profundo y desconcertante, pero como todos en los poemas de Adonis nunca sabemos a dónde nos lleva sus impresionantes versos, es como no saber en qué puerto este barco llegará anclar.

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Amparo Ochoa – La Maldición de Malinche

https://youtu.be/C63TcNWvtRY?si=hqOvIdOJbRCce7GB
https://youtu.be/Ps5S1oL5kfc

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