Por: Alvaro Garcia Linera
Fue el sociólogo Norbert Elias el que contribuyó a comprender cómo es que las sociedades, a lo largo de siglos, logran autorregular los comportamientos agresivos de sus miembros permitiendo unificarse. Le llamó a eso el proceso de civilización, y es lo que explica por qué los impulsos destructivos que poseen las personas logran ser contenidos, permitiendo la formación de distintas formas de orden social o Estados.
La civilización abarca la economía afectiva con la que las personas modulan sus emociones más básicas e inconscientes frente al resto de los miembros de una sociedad. También los sistemas de auto control “automáticos” con los que los individuos eluden las infracciones al reconocimiento y el pudor hacia los demás miembros de la sociedad. Son mecanismos de “autovigilacia” de los instintos que limitan la posibilidad de que la sociedad se convierta en un escenario de lo que Hobbes denominó una “guerra de todos contra todos”.
¿Pero qué sucede cuando estos mecanismos de cohesión comienzan a correrse o a fracturarse? Esos son los tiempos aciagos y peligrosos para las sociedades. Esos son los tiempos que hoy estamos viviendo en el mundo.
En los últimos años hemos presenciado el surgimiento de autoridades, líderes, políticos y personas con poder, capaces de proferir amenazas y agresiones contra los que considera diferentes, ya sea por creencias políticas, por procedencia territorial, por opinión o religión.
En el caso de Donald Trump son incontables sus insultos a los periodistas que hacen consultas incómodas; a una de ellas llegó a calificarla de “cerdita”. Llamó “hijos de perra” a algunos mandatarios extranjeros; dijo que algunas naciones latinoamericanas, y recientemente Noruega, eran “países de mierda”; informó que cuando subió los aranceles a las importaciones del mundo, había presidentes que le llamaban para “lamerle el trasero”; refiriéndose a sus adversarios políticos internos los calificó de “alimañas”, “basura humana” o representantes de “Satanás”.
Se podría llenar una enciclopedia con la cantidad de injurias que otros presidentes de la región utilizan para referirse a sus adversarios políticos, a periodistas o a sectores de la población considerada indeseable. Y no se trata de exabruptos circunstanciales, forman una estrategia planificada.
De hecho, se puede decir que todas estas enfurecidas ofensas forman parte de una nueva narrativa gubernativa que orgullosamente enarbolan las nuevas extremas derechas globales que están llegando al gobierno. Y, cuando mundialmente se hace lícito bombardear escuelas de niñas o transmitir en vivo cómo se arrasan ciudades enteras, como si se tratara de un video juego de acción, estamos ya ante la lógica del exterminio humano como una forma de Estado.
Pero todo ello es solo el síntoma de un proceso social subyacente más riesgoso.
Los agravios como política pública expresan la disposición, el deseo y la voluntad de un amplio sector social de celebrar la humillación y el encarcelamiento de los opositores, apoyar la descalificación de los que piensan distinto, respaldar el maltrato a los más débiles o indefensos. Por ello es que quienes impulsan esta forma de gubernamentalidad despótica tienen respaldo electoral y han ganado elecciones.
No estamos pues, ante unas minorías atemorizadas por perder privilegios que están dispuestas a violentar las normas de la convivencia social para protegerse. Estamos ante amplios sectores de clases medias y clases populares convencidas de que el abuso a los que están “por debajo” de ellos es la mejor manera de resarcirse de los desprecios que sobre ellos ejercen los que están “más arriba”. Y, por ello, se lanzan con entusiasmo detrás de pasiones oscuras, como el fervor por la desigualdad, el éxtasis por el odio racial o la satisfacción ante el castigo o el exterminio de los insumisos.
Por los efectos prácticos que todo ello provoca sobre los cuerpos de los conciudadanos, hace que no estemos meramente ante una retórica extrema ni tampoco solo ante una molesta fascistización de la contienda política. Estamos ante la violenta instauración de clivajes de sadismo que desgarran el tejido social que mantenía la cohesión primaria entre los habitantes de un territorio estatal. Esto está provocando la degradación de los afectos y de las tolerancias antropológicas que garantizaban la aceptación cívica de los habitantes de un territorio, independientemente de sus creencias divergentes. La degradación del lenguaje y de la acción gubernativa demuele los controles de la civilidad conquistada en siglos y es una amenaza existencial a la continuidad de la vida social.
Que amplios sectores sociales gocen con la persecución y el resentimiento destructivo hacia los que piensan distinto, habla de un auténtico colapso moral de la sociedad entera que ha extraviado su capacidad de contención de la “pulsión de muerte” freudiana y, ahora, se siente compelida a ahogarse en los impulsos primarios de la guerra de todos contra todos.
Este colapso moral que conlleva la expansión de la ideología de las extremas derechas no expresa el surgimiento de una “nueva” moral, diferente a la que se irradió en los tiempos del globalismo neoliberal. No hay moralidad en el deleite del odio y el exterminio de los diferentes. No hay nuevos valores en el placer por la humillación de los indefensos. Es solo la putrefacción de cualquier principio moral posible en el altar del primitivismo de un Tánatos vandalizador de la convivencia con el resto de la especie humana.
¿Cómo es que el mundo ha llegado a semejante situación de envilecimiento colectivo? Lo más probable es que este extravio de la razón tenga que ver con el miedo social que implica el crepúsculo de una manera duradera de organizar la economía global y los sistemas de creencias legitimadoras que lo acompañaron y, esto es lo intimidante, sin que surjan aún sustitutos plausibles capaces de reconstruir los esquemas de cohesión social.
¿Como recomponer el tejido social triturado de nuestras sociedades y remontar esta degradación moral de la experiencia inherentemente humana?
Por lo general estos procesos históricos desembocan en grandes conmociones sociales como guerras mundiales, recesiones económicas que destruyen ingente riqueza social o dictaduras cívico-militares que inauguran capítulos oscurantistas y ferozmente regresivos en la vida social.
Pero también es posible pensar en otro tipo de conmoción social positiva. Una que regenere los lazos de convivencia, que reconstruyan los afectos mutuos y las esperanzas sociales.
La política de la venganza y el odio no se la supera con una contrapolítica de nuevos odios y renovadas venganzas de los anteriormente agraviados. Eso sería descuartizar el propio tejido social hoy fracturado. Pero tampoco se supera administrando el desastre, remendando por aquí y por allá unos vínculos sociales triturados y podridos.
Hay que reconstruir el entramado social que reunifique a los habitantes de los países. Y, en las actuales circunstancias, eso es un rápido crecimiento económico expansivo que eleve súbitamente el bienestar material de la gran mayoría de la población; es, también, un shock de creencias apasionadas que repongan las lealtades antropológicas y entierren con planchas de acero el lodo putrefacto del sadismo que hoy amenaza con ahogar a la sociedad.
Esas son tareas para audacias históricas, para compromisos heroicos generacionales. Y eso es mil veces preferible a las devastadoras carnicerías humanas que acechan en el horizonte.
*Publicado en la revista Ant/agón, de Red, España.
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