Francia atraviesa una nueva oleada de movilizaciones sociales que, impulsada inicialmente por los estudiantes secundarios, se ha extendido a amplios sectores de la juventud y del movimiento sindical. En esta entrevista realizada por el Comité de Redacción de Jacobin Grecia, el filósofo marxista Stathis Kouvelakis analiza las características de esta nueva rebelión, la respuesta represiva del gobierno de Emmanuel Macron y el papel de La Francia Insumisa. También reflexiona sobre la emergencia de una «Nueva Francia» multirracial y popular y los desafíos estratégicos que enfrenta la izquierda para transformar esta movilización en una alternativa política.

J

Para empezar, hablemos un poco de lo qué está pasando actualmente en Francia. ¿En qué situación se encuentra el movimiento y cuál es la actitud del gobierno?

SK

Quisiera aclarar, ante todo, que el movimiento no comenzó el 17 de octubre, sino al menos un mes antes, con las movilizaciones de los estudiantes secundarios y su progresiva extensión a las universidades, los padres y los docentes, en una primera etapa, y posteriormente a los sectores más combativos del movimiento sindical. Lo que vimos el 17 de octubre fue un cambio en la composición del movimiento y una ampliación de su carácter masivo, con la irrupción de prácticamente todos los sindicatos, la juventud trabajadora y los nuevos «chalecos amarillos». El 17 de octubre marca un punto de inflexión porque ese día la movilización adquirió rasgos de insurrección popular. Vimos ataques contra edificios públicos, saqueos en 3000 comercios y a un sector de los manifestantes, minoritario pero nada desdeñable, decidido a enfrentarse con la policía.

Estos episodios de violencia desde abajo, a los que los medios de comunicación dieron, como de costumbre, una cobertura enorme y desproporcionada, deben entenderse ante todo como una respuesta a la violencia desde arriba. Es decir, como una reacción, por un lado, a una represión policial sin precedentes en más de cincuenta años y, por otro, como una manifestación de la violencia sistémica que una parte de la sociedad padece cotidianamente y con especial intensidad, en particular la juventud marginada de los suburbios populares multirraciales.

Para comprender la magnitud de la represión, veamos algunas cifras. En menos de un mes, incluso antes del 17 de octubre, hubo 8000 detenciones, más que durante los primeros seis meses de las movilizaciones de los chalecos amarillos (2018-2019). El 85% de los detenidos eran menores de edad, 2700 enfrentan procesos judiciales y a 2300 se les impusieron «penas alternativas». El 17 de octubre hubo 2700 detenciones, alrededor de 1000 personas fueron llevadas ante los tribunales y 217 ya recibieron condenas de prisión. Son cifras aterradoras.

A esto hay que añadirle la brutalidad con la que la policía respondió a las acciones de los estud iantes secundarios desde el primer momento. La doctrina adoptada por el gobierno consistió en negar que se tratara de un movimiento social con reivindicaciones concretas y presentarlo, en cambio, como una serie de «disturbios» (violences urbaines), simples episodios de «alteración del orden público» ante los cuales la única respuesta apropiada sería la represión. El resultado fueron esas escenas increíbles de violencia policial que vimos frente a las escuelas, pero también dentro de ellas, y en las calles de ciudades grandes y pequeñas.

El balance es comparable al de la represión contra los chalecos amarillos en 2018-2019, solo que ahora el principal blanco son jóvenes de entre 14 y 18 años. Hasta el momento, al menos tres personas han sufrido amputaciones de manos por las granadas GMD, cinco perdieron un ojo por los proyectiles de goma disparados con armas LBD y decenas, quizás cientos, han sufrido otras lesiones físicas irreversibles. El 3 de octubre, el ministro del Interior, Laurent Nuñez, declaró en un canal de televisión que no había dado «ninguna instrucción de moderación» a la policía y subrayó que las fuerzas de seguridad «utilizarán todo el armamento del que disponen». Ya el 9 de octubre, en un comunicado, la Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos señaló que seguía «con preocupación» los acontecimientos relacionados con el movimiento de protesta y pidió a las autoridades francesas que pusieran fin al «uso desproporcionado de la fuerza por parte de las fuerzas del orden», subrayando que «debe respetarse el derecho de reunión pacífica».

J

¿Cómo reaccionaron Macron y el gobierno ante la explosión del 17 de octubre? ¿Están intensificando la represión, retrocediendo o se mantienen inflexibles porque consideran que el movimiento terminará perdiendo fuerza?

SK

La masividad de las movilizaciones y los episodios de violencia que siguieron provocaron una conmoción en el gobierno. Era evidente que habían subestimado la magnitud de las manifestaciones (550 000 personas según la policía, 800 000 según los sindicatos), por lo que se había movilizado un dispositivo policial relativamente limitado. Según numerosos testimonios, mientras que esas fuerzas hacían un uso generalizado de la violencia contra los manifestantes, mantenían una actitud pasiva o se mantenían alejadas de los lugares donde se producían saqueos. Esta constatación alimentó distintas especulaciones del tipo «los destrozos le convienen al gobierno porque legitiman la represión y desvirtúan el sentido del movimiento». Esto es cierto en parte, pero no significa que los saqueos hayan sido instigados por provocadores. En cualquier caso, la brutalidad policial terminó volviéndose contra el gobierno. Por un lado, la ferocidad de la represión actuó como un factor de radicalización y extensión de las movilizaciones, desacreditando el relato gubernamental tanto en el seno de las familias como en la sociedad en general.

Por otro lado, sin embargo, la escalada represiva que venimos observando desde hace una década acostumbra a una parte de la sociedad al uso indiscriminado de la violencia estatal y alimenta reflejos favorables al restablecimiento de la «ley y el orden» por cualquier medio, de los que se beneficia políticamente la extrema derecha, especialmente cuando la situación parece escapar al control del Estado.

Sin embargo, este frenesí represivo no consiguió doblegar al movimiento. A pesar de la prohibición de las manifestaciones en cuarenta ciudades y de la imposición cotidiana de restricciones a la circulación en numerosos puntos céntricos, el 24 de octubre la magnitud de las concentraciones y manifestaciones fue comparable a la del sábado anterior (420 000 personas según las cifras oficiales, 800 000 según los sindicatos). En muchas ciudades, especialmente en París, las marchas fueron incluso más grandes que la semana previa. Y todo esto en plena época de vacaciones escolares y universitarias, con el ejército custodiando edificios públicos y las fuerzas especiales antiterroristas patrullando las calles. Para el 31 de octubre, Macron anunció que las manifestaciones solo estarían permitidas en las «periferias» de las ciudades, lejos no solo de sus centros, sino incluso de las propias zonas urbanizadas. Esta actitud provocadora y esta huida hacia adelante en materia represiva son síntomas de la debilidad de un poder tambaleante, que siente cómo se le mueve el piso bajo los pies.

Esta debilidad explica también el cambio parcial del discurso gubernamental, que ahora ensaya gestos de apertura y simulacros de negociación. Después del garrote, y junto con él, ahora ofrecen un poco de zanahoria o, mejor dicho, apenas unas cáscaras de zanahoria. Aunque se niegan obstinadamente a reunirse con los sindicatos estudiantiles universitarios, Macron, y posteriormente algunos ministros, se reunieron con representantes de los estudiantes secundarios, pero sus respuestas a las reivindicaciones fueron vagas. Sobre todo, hicieron promesas para 2028, es decir, para después de las elecciones del año próximo, que no tienen ninguna posibilidad de ganar. Es una burla. De todos modos, esas organizaciones carecen de verdadera representatividad, ya que el movimiento de los estudiantes secundarios es completamente autónomo y horizontal. Las organizaciones universitarias, que son algo más representativas, se reunieron con funcionarios del gobierno, pero el panorama no cambió. Es significativo que incluso sus sectores más moderados llamen a continuar la lucha.

Características y dinámica del movimiento

J

Vemos que la ocupación de escuelas secundarias y la dinámica de sus estudiantes es central y ocupa un lugar en la primera línea. ¿Es un fenómeno nuevo? ¿Cómo lo explicas?

SK

Que la juventud dé el impulso inicial a una movilización más amplia no es ninguna novedad en Francia. Es algo que vimos repetirse muchas veces después de Mayo del 68, por ejemplo, en 2006 con el movimiento contra el CPE [Contrato de Primer Empleo], pero también, por paradójico que parezca, en las grandes movilizaciones contra las reformas jubilatorias de 2010 y 2023. En cierto sentido, el grado de convergencia entre la juventud y los trabajadores es la clave de los grandes movimientos que periódicamente sacuden a la sociedad francesa y de la radicalidad que los caracteriza. Lo novedoso es que, como señalas acertadamente, esta vez están en primera línea las escuelas secundarias y no las universidades. Los universitarios se sumaron después, al igual que los padres, los docentes, los demás sectores de la juventud y los sindicatos obreros.

La segunda novedad de este movimiento es que surge de las periferias más desfavorecidas y no, como suele ocurrir, de las escuelas secundarias del centro de las ciudades. Esto significa que en primera línea están los estudiantes de los sectores populares y de los suburbios, donde una parte importante de la población desciende de inmigrantes procedentes de las antiguas colonias. No es casualidad que las primeras ocupaciones se produjeran en las escuelas secundarias de los territorios franceses de ultramar (Mayotte, las Antillas y Guayana), donde persiste una situación profundamente colonial. Tenemos, por tanto, una doble dimensión, de clase y racial, que afecta directamente a una juventud que experimenta en carne propia las consecuencias de la aplanadora neoliberal y del racismo estructural que impregna las instituciones estatales, el mercado de trabajo y las relaciones sociales en general. Podemos decir que este movimiento es, desde sus comienzos, profundamente antirracista y plenamente consciente del vínculo inseparable entre racismo y desigualdad de clase.

Creo que aquí se encuentra también la clave para comprender la tercera novedad de este movimiento estudiantil: su nivel de politización y radicalidad. Al respecto, voy a compartir un testimonio personal. Desde comienzos de la década de 1980, cuando empecé mis estudios en Francia, participé o seguí de cerca prácticamente todas las movilizaciones juveniles. Lo que presencié el 6 de octubre, en la primera gran marcha, con una participación más amplia, no tiene precedentes. Lo que me conmovió fue la capacidad de los estudiantes secundarios que habían inundado las calles para vincular sus reivindicaciones inmediatas por mejores condiciones de estudio con los grandes problemas de la coyuntura. Había banderas y pañuelos palestinos por todas partes, consignas contra la extrema derecha y la violencia policial, rechazo al militarismo que avanza en las escuelas, todo ello en un clima de enorme combatividad. Escuché a miles de estudiantes, que evidentemente no pertenecen a ninguna organización de izquierda, corear rítmicamente «jeunesse déter’ et révolutionnaire» [juventud decidida y revolucionaria]. Algo así habría sido impensable no solo para mi generación, la de la deprimente década de 1980 —especialmente en Francia—, sino también para las generaciones posteriores.

La explicación reside en el carácter global de la politización de la juventud a escala internacional y en el peso particular que han adquirido en estas generaciones los sectores con orígenes recientes en países del Sur Global, principalmente en las antiguas colonias. Por eso Palestina ocupa un lugar tan central. No se trata simplemente de solidaridad con una causa lejana, por importante que sea. En la opresión que sufren los palestinos, esta juventud reconoce el racismo al que ella misma se enfrenta. Y la resistencia inquebrantable del pueblo palestino constituye una fuente de inspiración para su propia resistencia y su manera de afrontar la vida. Quiero subrayar que es la primera vez que, entre los representantes reconocidos de un movimiento social —en este caso, el de los estudiantes secundarios—, vemos, incluso en los grandes medios de comunicación, a jóvenes mujeres que llevan hiyab y reivindican de ese modo su identidad musulmana. La causa palestina y la oposición radical al racismo, la islamofobia, el sexismo, la extrema derecha y la injusticia social son factores que unifican a esta generación y le permiten conectar con sectores más amplios y con distintas corrientes radicales de la sociedad.

J

¿Qué otras fuerzas se sumaron al movimiento de los estudiantes secundarios?

SK

Aunque la dinámica de expansión, como dije antes, estuvo presente desde el comienzo, el salto cualitativo se produjo el 17 de octubre. Dos factores desempeñaron aquí un papel decisivo. El primero fue la convocatoria de los nuevos chalecos amarillos, que comenzó a circular por las redes sociales a principios de septiembre, incluso antes de que estallaran las ocupaciones de las escuelas secundarias. El año pasado se había realizado un intento similar, con el llamado al «Bloquons tout!» [bloqueo total] del 10 de septiembre, que tuvo cierta repercusión, pero no consiguió continuidad. Esta vez la preparación fue mejor y, sobre todo, estuvo más arraigada socialmente. Sabemos, por distintas publicaciones, que la iniciativa surgió de jóvenes, principalmente hombres no blancos de los suburbios populares de las grandes ciudades, un universo muy distinto al de los chalecos amarillos «históricos». Tampoco es casual la elección de la fecha. Cae un sábado, como las jornadas de acción del movimiento de 2018-2019, pero además coincide con el 17 de octubre de 1961, cuando, durante la guerra de Argelia, la policía disparó contra una manifestación de argelinos en el centro de París, mató a decenas de personas y arrojó sus cuerpos al Sena.

La semejanza con el movimiento de 2018-2019 reside en la forma completamente horizontal de difusión de la convocatoria, en el repertorio de acción (con concentraciones y marchas dispersas no notificadas a las autoridades), pero también en las reivindicaciones, centradas en el costo de vida. La gasolina ya cuesta 2,5 euros, lo que supone una carga enorme para los sectores populares, que por lo general viven lejos de sus lugares de trabajo. Naturalmente, el encarecimiento de la vida es un fenómeno más amplio, dado que los salarios reales están estancados y la calidad y accesibilidad de los servicios públicos se han deteriorado drásticamente.

En los días previos al 17 de octubre, en medio del clima de confrontación generado por el movimiento estudiantil y la brutal represión que enfrentó, la convocatoria encontró una respuesta considerable entre la juventud trabajadora, sobre todo entre quienes tienen empleos precarios y viven en los suburbios multirraciales, pero también entre sectores de trabajadores que están fuera del ámbito de acción de los sindicatos. A pesar de las reservas iniciales, consiguió finalmente movilizar a una parte minoritaria pero significativa de los chalecos amarillos «históricos». Podemos decir que la experiencia de 2018-2019 forma ya parte del patrimonio común de los movimientos sociales franceses. Incluso vimos a estudiantes secundarios llevando esos chalecos en los bloqueos de las escuelas ocupadas y, en menor medida, en las manifestaciones.

El segundo factor es la participación del movimiento sindical. Los sectores más combativos, principalmente las uniones locales de la CGT y Solidaires y, en algunos lugares, de Force ouvrière, ya se habían incorporado a la lucha a comienzos de octubre, protegiendo y acompañando las ocupaciones y manifestaciones estudiantiles. En Toulouse y otras ciudades vimos también a estudiantes secundarios y universitarios acercarse a los lugares de trabajo para convocar a los trabajadores a salir a las calles. El 17 de octubre la participación sindical se generalizó, arrastrando incluso a la extremadamente moderada CFDT.

Podemos decir que ahora hay en las calles un poderoso bloque popular que se enfrenta a «Macron y su mundo», es decir, a la aplanadora neoliberal y a la deriva autoritaria. Es el momento de cristalización y convergencia de todos los movimientos parciales de la última década. Su fuerza motriz es la juventud, portadora de una conciencia política cualitativamente nueva, que junto con las reivindicaciones materiales relacionadas con las condiciones de estudio (falta de docentes, deterioro de la infraestructura escolar, sistema competitivo de ingreso a la educación superior), coloca en primer plano la oposición al racismo, la guerra, el genocidio, la violencia policial y la lógica del lucro. Es la primera vez, en los 43 años que llevo viviendo en Francia, que veo surgir masivamente una reivindicación de transformación social más general, y precisamente entre las nuevas generaciones.

El papel de La Francia Insumisa

J

Vemos que La Francia Insumisa (LFI) apoya las movilizaciones y vuelve a estar en la mira del gobierno, la extrema derecha y los medios de comunicación, que la acusan de instigarlas. ¿Cómo evaluás el papel de LFI en esta etapa? ¿Cuál es, en términos generales, la posición de los demás partidos de izquierda?

SK

En efecto, el primer ministro Sébastien Lecornu declaró el 1 de octubre que detrás de las ocupaciones de las escuelas secundarias estaban «LFI y sus agentes (proxies) de la ultraizquierda (ultragauche)». Las palabras tienen un significado importante: proxies es el término que utilizan los medios de comunicación y el discurso dominante para referirse a Hamás y Hezbolá, a los que consideran instrumentos de Irán. Por su parte, ultragauche no designa tanto a las organizaciones de la izquierda extraparlamentaria como a lo que en griego llamaríamos «anarquistas autónomos», es decir, grupos o individuos que actúan fuera de los marcos institucionales y, en ocasiones, también de los legales. Este vocabulario revela el imaginario que domina a los gobernantes. Una sociedad en movimiento es tratada en términos puramente bélicos. Es significativo que, para preparar el aparato represivo ante las movilizaciones de este sábado 31 de octubre, Macron convocara un «Consejo de Defensa Nacional», como hace cuando toma decisiones sobre intervenciones militares o participación en conflictos armados.

LFI lleva años en la mira del bloque del sistema, es decir, del extremo centro y la extrema derecha, pero a menudo también con la complicidad de la antigua izquierda de gobierno (socialistas, Verdes y Partido Comunista Francés, al menos en sus direcciones). La razón es que LFI es la única fuerza política de peso que rompe el consenso en cuestiones decisivas, como el apoyo al Estado genocida sionista, la violencia policial, la islamofobia y el racismo estructural, así como el alineamiento con el imperialismo estadounidense y occidental. Es, en esencia, la única oposición real al orden establecido y a la creciente opresión que sufren los sectores populares. Para LFI, apoyar las movilizaciones es algo evidente, y ese apoyo se traduce en formas concretas y prácticas, tales como la participación masiva en las marchas, aunque sin columnas propias, y protección de las ocupaciones y manifestaciones por parte de sus militantes de base, diputados y alcaldes. La escena emblemática es la de Bally Bagayoko, el carismático alcalde recién elegido de Saint-Denis, que acompañó a los estudiantes en las escuelas secundarias ocupadas de su ciudad y recibió repetidos golpes de las porras policiales cuando, durante la manifestación posterior, intentó proteger a las columnas estudiantiles de los ataques de policías fuertemente armados.

Dentro del movimiento, en las marchas y en los bloqueos de las escuelas ocupadas, LFI se mueve como pez en el agua. Los grandes medios de comunicación quedan paralizados cada vez que ven al Mélenchon de 75 años recibir los aplausos entusiastas de los jóvenes y, en general, de los participantes del movimiento. Y no se debe simplemente a su posición ante estas movilizaciones. LFI es la fuerza que, además de ser la única, ha conseguido sintetizar políticamente las cuestiones que hoy movilizan a quienes salen a las calles. Dicho de otro modo, lo que estamos viendo es una relación dialéctica entre los movimientos y LFI. Mi amiga y compañera Houria Bouteldja considera que LFI es nuestro «botín de guerra», el fruto de las luchas y los procesos de elaboración política de la última década.

En cuanto a los demás partidos de la izquierda, entendida en el sentido francés, que incluye a la socialdemocracia, diría que apenas ocupan un lugar en las preocupaciones de la sociedad. La única excepción, en cierto sentido, es el candidato de los socialistas y sus aliados, Raphaël Glucksmann, que representa lo más derechista, belicista y subordinado a Estados Unidos que existe en ese espacio. Es abucheado en cada aparición pública, especialmente por los jóvenes, y se cuida de mantenerse ostensiblemente alejado de todas las movilizaciones. En sus últimas declaraciones elogió las supuestas concesiones del gobierno. En realidad, no es más que una variante de Macron. Recordemos también que Macron ni siquiera cuenta con una mayoría relativa en la Asamblea Nacional y que los sucesivos gobiernos que designa sobreviven exclusivamente gracias a los socialistas, que se niegan a apoyar las mociones de censura presentadas por LFI, los Verdes y los comunistas.

La Nueva Francia y la Marsellesa de los jóvenes

J

¿Qué es esa Nueva Francia de la que habla LFI? ¿Ha surgido un nuevo sujeto multirracial de lucha y reivindicación?

SK

La Nueva Francia es al mismo tiempo una constatación y un proyecto o, mejor dicho, un llamamiento. Se refiere, en primer lugar, a los profundos cambios que ha experimentado la sociedad francesa en las últimas décadas. A menudo, el primer cambio que se destaca es el de la posición de las mujeres y las relaciones entre los géneros. Es una especie de revolución, acompañada de otras dos transformaciones radicales: el fin del mundo rural tradicional y, con él, de los agricultores como categoría social de peso, y la migración interna que siguió a ese proceso y que continúa hasta nuestros días, aunque de manera diferente. Actualmente, uno de cada dos habitantes vive en un departamento (département) francés distinto de aquel en el que nació. Pero, naturalmente, el aspecto central de la Nueva Francia se refiere al peso de la población procedente de la inmigración extranjera, que en su abrumadora mayoría está compuesta hoy por ciudadanos franceses. Si retrocedemos tres generaciones, un tercio de la población tiene al menos un antepasado no francés. Francia es un país con una larga tradición de recepción de inmigrantes, que se remonta a los comienzos de la Revolución Industrial y se intensifica desde finales del siglo XIX. Sin embargo, a partir de la década de 1960 se produjo un cambio en el origen de esa población, que pasó de proceder principalmente del sur y el este de Europa a provenir de los países del Sur Global, especialmente de las antiguas colonias del norte de África y del África subsahariana. Hoy, el 20% de los menores de 18 años son descendientes de inmigrantes y, entre ellos, el 84% tiene orígenes extraeuropeos.

Como sabemos, sin embargo, esta parte de la población, aunque está integrada por ciudadanos franceses, padece un régimen permanente de discriminación racista, que se ha intensificado en los últimos años con el avance desenfrenado de la islamofobia. Además, hasta hace poco, la izquierda francesa, con la excepción parcial de los sindicatos, se había negado obstinadamente a reconocer a esta población como parte orgánica de su base social, a pesar de que constituye el «núcleo duro» de la clase trabajadora. Por eso, cuando LFI reconoce el racismo no como una falta moral individual, sino como un mecanismo de dominación y explotación que atraviesa todas las relaciones sociales, o cuando habla abiertamente del carácter racista de la violencia policial, del mercado laboral y de todo un entramado legislativo que tiene como blanco a los musulmanes, abre una nueva página en la historia de la izquierda francesa, y quizás también de la europea, y en su relación con las clases populares. Un primer resultado son los abrumadores porcentajes electorales que obtiene en los distritos obreros multirraciales de las grandes ciudades, del orden del 60 al 70%. Según las estimaciones, el 70% de los musulmanes votó por Mélenchon en la primera vuelta de las elecciones presidenciales de 2022, y lo más probable es que ese porcentaje sea aún mayor en las próximas elecciones.

Desde comienzos del año pasado, la Nueva Francia ocupa un lugar central en el discurso de Mélenchon y LFI. La constatación se combina ahora con un llamamiento: quienes son objeto del racismo no son (solo) víctimas, sino ante todo sujetos políticos llamados a participar en primera línea en la lucha por una transformación radical de la sociedad. En el impresionante acto del 7 de junio en Saint-Denis (26 000 personas), que inauguró la campaña electoral de LFI, la multitud diversa y en gran medida juvenil coreaba espontáneamente «Nueva Francia» mientras agitaba banderas francesas. El acto terminó, como de costumbre, primero con La Marsellesa y luego, por iniciativa del público, con La Internacional.

Sin embargo, el «bautismo de fuego» de la Nueva Francia en la práctica de masas ha sido, sin duda, el movimiento actual. En las calles, y especialmente en las columnas de estudiantes secundarios y frente a las escuelas ocupadas, la bandera francesa estuvo muy presente, a menudo junto a la palestina o a las de otros países donde la generación Z se está levantando. Entre las consignas se escuchaban «Nueva Francia» e incluso «Somos franceses y venceremos». Esta presencia de la bandera tricolor va acompañada de numerosas referencias a la Revolución francesa y sus símbolos. Ya habíamos visto algo parecido, es decir, la apropiación de las referencias nacionales y de su contenido revolucionario por parte de los sectores plebeyos, con los chalecos amarillos. Cuando esto ocurre entre los estudiantes secundarios, y especialmente en las escuelas de los suburbios multirraciales, adquiere una dimensión nueva y todavía más radical. Vemos las combinaciones más inesperadas, como la bandera francesa junto a la palestina, pero también junto a la A encerrada en un círculo (símbolo del anarquismo) y las referencias a Mayo del 68.

Frente al racismo y el chovinismo de la extrema derecha, la juventud contrapone otra Francia, la que corresponde a su pueblo, a sus tradiciones revolucionarias, al pueblo tal como es y como se transforma constantemente a través de sus luchas. La coyuntura actual marca el encuentro entre la fuerza política de la Nueva Francia y un movimiento de masas que reúne a un bloque popular emergente, con potencial mayoritario y una orientación de izquierda radical. Estamos ante un momento histórico: aquel en que surge una nueva idea de nación a través de la propia acción de las clases subalternas.

J

¿Cómo es recibida la propuesta de la Nueva Francia por la izquierda radical más allá de LFI?

SK

Esta evolución ha desconcertado a una parte de la izquierda radical, especialmente a las organizaciones extraparlamentarias tradicionales y al espacio libertario. Por ejemplo, Philippe Poutou, representante del pequeño y declinante Nuevo Partido Anticapitalista, de orientación trotskista, declaró que se trata de un «resurgimiento del nacionalismo» y de «colaboración de clases». Estas corrientes son incapaces de comprender lo que está ocurriendo ante sus propios ojos. Repiten un vocabulario estereotipado y rechazan cualquier referencia positiva a la nación, que consideran reaccionaria e incompatible con cualquier perspectiva de clase. Pasan por alto la lección fundamental de Gramsci: que la nación constituye el terreno central de disputa en la lucha por la hegemonía y que cualquier proyecto hegemónico debe tener un carácter nacional-popular, que naturalmente varía según la coyuntura y el lugar. No es lo mismo un país del centro capitalista histórico, con un largo pasado colonial y un carácter imperialista, como Francia, que un país de la periferia europea, como Grecia, o un país del Sur Global con pasado colonial. Es una cuestión que desarrollé en mi entrevista para el primer número impreso de Jacobin Grecia.

La Nueva Francia no solo no contradice una política de clase, sino que, por el contrario, abre el camino para su reconstrucción en términos hegemónicos, por una razón muy sencilla: es la única propuesta capaz de romper la división racial dentro de las clases trabajadoras y populares y unirlas en un nuevo «bloque histórico», en un sujeto capaz de dirigir a la sociedad y darle una orientación radicalmente nueva. También es evidente que se trata de lo contrario del nacionalismo y de la nostalgia colonial. Lo que vemos hoy en las calles francesas es la bandera tricolor junto a las banderas de Palestina y de otros países (Argelia, Marruecos, Albania) que simbolizan luchas de liberación nacional o recientes levantamientos de la generación Z. Por lo demás, el fenómeno no es inédito ni constituye una particularidad francesa. Lo hemos visto recientemente tanto con los chalecos amarillos como en otros estallidos de la generación Z, sin olvidar, por supuesto, las plazas griegas y españolas de 2011.

En cuanto a LFI, una de sus posiciones fundamentales es que la Nueva Francia significa una Francia «desoccidentalizada» (désoccidentalisée), con una política exterior independiente, en ruptura con el marco imperialista de la OTAN y en alianza con las fuerzas progresistas del Sur Global. Significa también ajustar cuentas con el pasado colonial francés y reconocer inmediatamente el derecho a la plena autodeterminación del pueblo de Kanaky/Nueva Caledonia. El proyecto de la Nueva Francia expresa el «patriotismo internacionalista» que defiende Houria Bouteldja, la figura más importante del espacio radical «decolonial» y antiimperialista en Francia.

Movimiento y perspectiva política

J

¿Cómo influye la insurrección en el panorama político más amplio?

SK

Todavía es pronto para tener una imagen clara, pero una estimación razonable es que esta evolución intensificará la polarización social y política ya existente. LFI aparece como la representación política natural del bloque popular movilizado, pero, por otro lado, vemos también cómo se consolida un bloque de la «ley y el orden», cuya principal expresión es la extrema derecha de Le Pen. Dos Francias se enfrentan frontalmente. La extrema derecha y sus apoyos, que objetivamente se extienden a sectores del extremo centro, arremeten contra los «disturbios», que consideran producto de la acción de los «árabes», los «negros» y los «islamoizquierdistas», es decir, de la supuesta alianza contra natura entre los islamistas y LFI.

Los incidentes del 17 de octubre, especialmente los saqueos, dieron pie al discurso de extrema derecha para denunciar la acción de los «bárbaros», es decir, de la juventud no blanca de los suburbios populares. La consecuencia trágica de esta lógica fue el ataque mortal del 23 de octubre en Trappes, un suburbio popular de la periferia parisina, donde un fascista de 39 años, que circulaba en su automóvil, comenzó a disparar contra los transeúntes no blancos que tuvieron la desgracia de cruzarse en su camino, matando a un joven e hiriendo gravemente a otras siete personas, entre ellas una niña de once años. El agresor, lector del panfleto hitleriano Mi lucha, del que se encontró un ejemplar en su domicilio, declaró que había apuntado contra «negros, árabes y musulmanes» para «vengar a los comerciantes que perdieron sus propiedades el 17 de octubre». El alcalde de Trappes, Ali Rabeh, miembro de Génération.s, el partido fundado por el excandidato presidencial socialista Benoît Hamon, denunció el clima de «guerra civil» que fomenta la extrema derecha, que constantemente llama a su ciudad «Trappistán» y la compara con una «república islámica en miniatura».

Otra muestra de la creciente polarización se produjo el 24 de octubre, cuando grupos de matones de extrema derecha atacaron a manifestantes en varias ciudades con la complicidad abierta de la policía. Los videos de los incidentes circularon ampliamente por internet y una serie de investigaciones periodísticas reunió pruebas contundentes de la colaboración entre esos grupos y las fuerzas policiales.

Una primera respuesta a la escalada de la extrema derecha fue la serie de concentraciones y marchas que se realizaron en los últimos días en los suburbios populares, por iniciativa de alcaldes y organizaciones locales. Pero la respuesta más eficaz es la presencia masiva en las calles durante los próximos días y, en el plano político, el potencial hegemónico que encierra el llamamiento de la Nueva Francia.

J

¿Cuál creés que es ahora el principal desafío para La Francia Insumisa?

SK

Hasta ahora, LFI ha conseguido establecer una relación orgánica con el movimiento en el plano de sus reivindicaciones, su discurso político general y la contribución difusa pero sustancial de sus bases. El desafío ahora es ofrecer una perspectiva política que no se limite a la movilización electoral de masas para lograr la victoria de Mélenchon en las elecciones presidenciales del próximo año. Esto es absolutamente crucial porque el movimiento ya ha desmentido lo que hasta ahora se consideraba una ley inquebrantable: que los períodos preelectorales son momentos de calma en los frentes sociales. Esto significa que la sociedad está tomando conciencia de que el problema al que se enfrenta no puede resolverse exclusivamente por la vía electoral. Hace falta articular un movimiento de masas, una alternativa política y una posibilidad realista de victoria electoral.

En una primera aproximación, podemos decir que la estrategia de LFI reúne hasta cierto punto estos elementos. Combina una concepción confrontativa de la política y una comprensión del papel protagónico de las masas, con referencias a las experiencias latinoamericanas, con el reconocimiento de la importancia decisiva del terreno electoral como única posibilidad realista de plantear la cuestión del poder gubernamental.

Sin embargo, aquí aparece una dificultad. LFI no es un partido clásico, sino un «movimiento». En la práctica, esto significa que no existen afiliados formales: basta con inscribirse por internet para que cualquier persona pueda participar en un «grupo de acción» local, que goza de una gran autonomía en las cuestiones prácticas. La estructura organizativa sigue siendo muy flexible, aunque desde hace tres años existen órganos a escala departamental. Esta estructura porosa facilita la comunicación con los movimientos y el respeto de su autonomía. Sin embargo, no permite una intervención coordinada en su interior. Todo queda librado al compromiso de las bases, que naturalmente varía de un lugar a otro. Es, por supuesto, perfectamente comprensible y acertado evitar la conocida práctica de que las autoproclamadas «vanguardias» y los aparatos burocráticos intenten controlar los movimientos. Pero, por otro lado, esto tampoco ayuda a superar el límite con el que tropiezan los movimientos a lo largo de toda la historia reciente, y no solo en Francia: la construcción de una organización que les dé continuidad, cohesión y capacidad de autonomía estratégica.

Terminamos así con una concepción de la política que recuerda a la de la Segunda Internacional, con la separación entre partido y terreno electoral, por un lado, y sindicato y organización social, por otro. La diferencia es que, en lugar del sindicato, tenemos algo a la vez más amplio y más amorfo: la multiplicidad de los movimientos. ¿Cómo combinar la autonomía de los movimientos con la necesaria intervención diferenciada de los sujetos políticos? El problema dista mucho de ser nuevo, pero sigue siendo uno de los nudos más importantes que deben resolver no solo LFI, sino la izquierda radical a escala internacional, teniendo presente que todas las fórmulas ensayadas hasta ahora han fracasado.

J

¿Cuáles son las perspectivas de la insurrección de aquí en adelante? ¿Cuáles serán las próximas fechas decisivas y cuáles son los objetivos políticos inmediatos?

SK

Es fundamental que el movimiento tenga un desenlace distinto al de 2023, cuando millones de personas salieron a las calles contra la reforma jubilatoria, que finalmente fue aprobada, aunque sigue siendo una piedra en el zapato para todos los gobiernos posteriores. Es necesario romper de manera decisiva con la sensación de impotencia, y eso solo ocurrirá si el gobierno se ve obligado a retroceder ante reivindicaciones fundamentales. Por ejemplo, si acepta destinar los 10 000 millones de euros adicionales a las escuelas que exigen los estudiantes secundarios movilizados, así como eliminar el actual sistema de ingreso a la educación superior, que ha provocado la exclusión de cientos de miles de jóvenes, ha convertido a las escuelas secundarias en centros de exámenes permanentes y ha profundizado la desigualdad de clase. También es necesario satisfacer al menos algunas de las reivindicaciones relacionadas con el costo de vida, los salarios y los ingresos populares.

Ese es el mínimo. Si la próxima semana el movimiento se extiende todavía más entre los trabajadores asalariados, nadie sabe hasta dónde puede llegar. El próximo lunes, 2 de noviembre, reabren las escuelas y universidades, y con ello se abre también la posibilidad de reanudar las ocupaciones. La fecha clave es el 5 de noviembre. Todos los sindicatos han convocado una huelga de 24 horas y manifestaciones en todo el país. Y las confederaciones más combativas (CGT, Solidaires y Force ouvrière) han llamado a la «generalización de la huelga» y a la realización de asambleas en los lugares de trabajo, es decir, a su transformación de facto en una huelga por tiempo indeterminado. Mélenchon declaró, con toda razón, que «la opción para el gobierno es ceder o irse». Pero ¿qué significa ceder? Si el movimiento pasa a un nivel superior, entraremos en territorio desconocido.

En cualquier caso, el «otoño caliente» de Francia ha abierto una nueva página y su repercusión ya ha traspasado las fronteras del país. Su desenlace tendrá consecuencias decisivas para la correlación de fuerzas no solo en Francia, sino también a escala europea e internacional.

(La entrevista concluyó en la mañana del 31 de octubre).