Por: Kap Seol
De Israel y Rusia a Alemania y Japón, encontramos nacionalistas que reclaman un estado de victimismo perpetuo para justificar el chovinismo actual. Esta variante de «nacionalismo victimista» se está convirtiendo en una fuerza poderosa y perniciosa en la política global.
Reseña de Victimhood Nationalism: History and Memory in a Global Age [Nacionalismo victimista: historia y memoria en una era global], de Jie-Hyun Lim (Columbia University Press, 2025)
Corea del Sur tiene fuertes tradiciones de lucha de clases y de organización política de izquierda. Lamentablemente, esto en general no se ha reflejado en el desarrollo de la teoría radical coreana, que ha tendido a ser fuertemente derivativa de trabajos publicados en otros países e idiomas.
El libro de Lim Jie-hyun, Victimhood Nationalism, es una bienvenida excepción a esta regla. Lim es historiador en la Universidad Sogang de Seúl y su libro es un aporte genuinamente original proveniente de un país que durante mucho tiempo dependió de importaciones intelectuales. El libro se basa en estudios de caso de Polonia, Alemania, Israel, Corea y Japón para ilustrar un fenómeno que se vuelve cada vez más familiar a medida que sus defensores reclaman un estatus de «victimismo hereditario».
Entre victimario y víctima
Él define el concepto de «nacionalismo victimista» (no el nacionalismo de las víctimas), en torno al cual se estructura el libro, como «una plantilla narrativa para otorgarle superioridad moral y legitimidad política a una nación presente». Para Lim, el nacionalismo victimista implica un doble proceso de deshistorización y sobrehistorización. Los hechos históricos son despojados de su complejidad y reelaborados para servir a las necesidades nacionalistas de un país.
En el proceso, el nacionalismo victimista objetiva y deshumaniza a las víctimas de injusticias pasadas. La memoria colectiva ya no gira en torno a la reflexión colectiva: se ha convertido en un activo histórico que se utiliza en la búsqueda de legitimidad y poder contemporáneos.
Aunque Lim no lo plantea explícitamente, el nacionalismo victimista parece sustentarse en una forma de demanda popular desde abajo para olvidar, sanear o reinterpretar el pasado más oscuro de una nación de modos que le sirvan a las necesidades del presente. La memoria colectiva alemana de las atrocidades de la Segunda Guerra Mundial, por ejemplo, con frecuencia queda relegada detrás de narrativas más amplias sobre las causas universales de la guerra y la violencia humana. En Japón, mientras tanto, la culpa de guerra suele quedar subsumida dentro de un discurso de pacifismo absoluto, que difumina la distinción entre victimario y víctima.
La serie de películas más larga del cine japonés es La condición humana (1959), adaptada de la novela homónima de 1958 y centrada en el protagonista pacifista Kaji. La insistencia de Kaji en su inocencia moral lo acompaña a lo largo de cada experiencia, desde la prostitución en tiempos de guerra hasta los gulags soviéticos.
Cuando leí la novela de adolescente en Seúl, me llamó la atención la disonancia entre el humanismo proclamado por Kaji y su condescendencia racista hacia una «mujer de confort» coreana que está infectada con una enfermedad de transmisión sexual contraída de soldados japoneses. Esto contrasta con su devoción por su esposa de piel pálida, Michiko, que se convierte en el hilo que lo sostiene a lo largo de todo el camino, desde la corrupción del militarismo japonés hasta el ensangrentado frente de Manchuria y, finalmente, hasta el cautiverio soviético.
A partir de la idea del nacionalismo victimista, ahora me resulta fácil ver por qué el libro y la película satisficieron una necesidad de los japoneses de posguerra, tanto liberales como conservadores. Funcionó como un vehículo para reformular la experiencia bélica de modos que enfatizan la inocencia y el pacifismo japoneses. No es que la historia de Kaji no refleje la experiencia más amplia de las masas japonesas durante la guerra. Sin embargo, elide lo que en definitiva está en juego, convirtiendo esos sentimientos en una apología unilateral y oscureciendo las fuerzas estructurales que impulsaron la violencia.
Un préstamo del Holocausto
Según el relato de Lim, este régimen de memoria de posguerra, a menudo teñido en sus márgenes por sentimientos residuales de culpa colectiva y malestar moral, sufrió una transformación significativa al entrelazarse con la memoria del Holocausto. Ya en 1963, activistas japoneses por la paz y sobrevivientes del Holocausto coreaban juntos «No más Hiroshima» y «No más Auschwitz» en la ceremonia anual celebrada en Polonia para conmemorar la liberación del campo de concentración.
Uno de los puntos fuertes del argumento de Lim sobre el nacionalismo victimista radica en su observación de cómo la memoria del Holocausto, entendida a menudo principalmente como una catástrofe histórica singular infligida a un único grupo étnico, se ha convertido en una plantilla a través de la cual las naciones moldean su propia historia de sufrimiento. Esto implica reformular sufrimientos tan diversos como el bombardeo nuclear, el colonialismo y el estalinismo de modos que invitan a la comparación con el Holocausto, transformando las memorias nacionales en narrativas colectivas de victimismo.
Sin embargo, este proyecto muchas veces se ha llevado a cabo a costa de minimizar —o directamente ignorar— las agonías de las víctimas reales de estas naciones, desde las esclavas sexuales militares de Japón hasta los presos políticos y detenidos de otras minorías étnicas perseguidos bajo el régimen de Adolf Hitler.
Lim analiza la interacción dialéctica entre la globalización y la nacionalización de este régimen de memoria transnacional. La incorporación de la narrativa victimista de una nación particular a la formación de la memoria global del Holocausto le ayuda a ganar capital moral y dignidad, lo cual a su vez refuerza la narrativa global, como se observa en la adaptación de ese «Nunca más» por parte de los activistas japoneses por la paz.
Para Lim, el Holocausto se ha convertido en un marco de referencia fundacional a través del cual las víctimas de tragedias históricas son reinterpretadas como mártires, tomando como modelo el modo en que Israel conmemora el Holocausto. En la memoria victimista nacional israelí dominante, el Estado israelí fue fundado sobre las cenizas del Holocausto. La lógica subyacente es que, si un Estado judío hubiera existido antes del ascenso de Hitler, el Holocausto no habría ocurrido. En consecuencia, quienes perecieron en las cámaras de gas de Hitler no fueron meras víctimas, sino mártires.
Alemania y Japón
En Alemania hubo un esfuerzo por forjar una autoimagen de posguerra que purificara los pecados de la humanidad, reemplazando las realidades concretas de las atrocidades alemanas en tiempos de guerra por interrogantes vagos y abstractos como «¿Por qué los seres humanos deben hacer la guerra?». En la memoria colectiva, sostiene Lim, el Holocausto y otras atrocidades nazis fueron vistos como crímenes cometidos por Hitler y sus secuaces, para quienes la justicia ya se había hecho efectiva a través de los juicios de Núremberg. Los alemanes comunes, mientras tanto, tendían a considerarse a sí mismos como las primeras y las últimas víctimas de Hitler y, en última instancia, como víctimas de una memoria injusta.
Para muchos alemanes, los recuerdos más horrorosos provenían de la experiencia de los alemanes que fueron internados en campos de detención antes de su expulsión de Polonia y Checoslovaquia. Ya en 1949, dirigentes políticos de Alemania Occidental habían comenzado a descontextualizar los crímenes de guerra alemanes: Hans-Christoph Seebohm, ministro de Transporte en el gobierno de Konrad Adenauer, llegó a equiparar el sufrimiento de los expulsados alemanes con el de las víctimas del Holocausto.
Según Lim, el victimismo pasó a ocupar un lugar central en la narrativa nacionalista de Alemania tras el fin de la Guerra Fría. Cita una encuesta de 1995 encargada por Der Spiegel, en la que cerca del 40 por ciento de los encuestados de sesenta y cuatro años o más afirmó que la expulsión de posguerra de los alemanes de Europa Central y Oriental fue un crimen contra la humanidad equiparable al Holocausto. Esta forma de nacionalismo victimista, basada en la dicotomía entre «unos pocos criminales nazis» y «la mayoría de los alemanes inocentes», fue central para reforzar la identidad nacional de la Alemania unificada bajo Helmut Kohl.
La memoria cultural de posguerra de Japón, sugiere Lim, fue poco diferente. Presenta su memoria cultural como una forma de victimología nacional que definió los quince años de dominio militar entre 1931 y 1945 como una aberración histórica que se apartaba de un proceso de modernización por lo demás exitoso. Este marco presentaba al militarismo japonés como una desviación de —y no como un producto de— el desarrollo imperial más amplio de Japón.
Buena parte del imaginario público japonés atribuyó la responsabilidad de las atrocidades bélicas únicamente a entidades amorfas como el «militarismo» o «el sistema», mientras retrataba a los japoneses comunes como víctimas inocentes de la guerra. Esta narrativa reformuló a los pueblos de Japón y de las naciones asiáticas que este conquistó como víctimas comunes del militarismo japonés.
Para muchos japoneses, el recuerdo de los bombardeos atómicos ofrece el lente dominante a través del cual se recuerda la guerra. La identidad global de Japón como la única nación que ha sido víctima de bombardeos nucleares ha funcionado, en palabras de Lim, como una «memoria pantalla que oculta los crímenes de guerra de Japón contra sus vecinos asiáticos». Los muertos y mutilados de Hiroshima y Nagasaki son presentados como víctimas de un «mal absoluto».
A su vez, esta narrativa del mal absoluto dio origen a una forma de pacifismo absoluto que condena todas las guerras como un mal, desprendido de su contexto histórico. La cuestión de la rendición de cuentas está en gran medida ausente del pacifismo japonés, porque este no identifica un sujeto claro de responsabilidad. Deshistorizada y descontextualizada, la versión dominante del pacifismo japonés se utiliza para condenar la guerra y las bombas nucleares, mientras rara vez responsabiliza a Japón por las guerras imperialistas que devastaron a sus vecinos.
En 1994, Kurihara Sadako, una poeta crítica de la narrativa victimista de su país, escribió las siguientes palabras en un poema:
Si el bombardeo atómico fue misericordia
también lo fue la masacre de 20 mil personas en Nankín por parte del ejército imperial
también lo fue la cámara de gas nazi que masacró a 6 millones
misericordia.
Victimismo y violencia
El nacionalismo victimista consagra al victimismo convirtiéndolo en una forma colectiva de martirio. Las experiencias históricas son vaciadas de contexto, a medida que ciertos elementos son enfatizados y otros son marginados. Lim se refiere a esto como una combinación de «historización» y «deshistorización».
Una de las observaciones más lúcidas de Lim es que la deshistorización y la globalización pueden funcionar como instrumentos de cohesión nacional y como obstáculos para la solidaridad transnacional. Al elevar las experiencias nacionales de sufrimiento hacia un marco moral globalmente reconocido, asociado con la memoria del Holocausto, estas fortalecen la identidad colectiva puertas adentro. Al mismo tiempo, oscurecen el sufrimiento de los sujetos coloniales y de otras víctimas de persecuciones históricas, limitando evidentemente la posibilidad de una política de la memoria genuinamente universal.
La cronología del libro de Lim se detiene a comienzos del siglo XXI. Ya estamos viviendo un período en el que el nacionalismo victimista parece estar atravesando otra transformación, tras una fase anterior marcada por narrativas victimistas de tono apologético y autocompasivo.
Recientemente hemos sido testigos de casos en los que las narrativas nacionalistas de victimismo tomaron un giro violento en Rusia, Israel y otros lugares, con reclamos de sufrimiento histórico invocados para justificar la imposición de violencia sobre otros en nombre del «Nunca más». El vínculo explícito que Benjamin Netanyahu establece entre sus atrocidades en Palestina y el temido recuerdo del Holocausto ha sido ampliamente documentado. La retórica de Vladímir Putin, que retrata a la Madre Rusia como una víctima histórica de Occidente, también es bien conocida.
Es probable que, más temprano que tarde, veamos a Japón y Alemania utilizar sus propias narrativas victimistas para rearmarse frente a China y Rusia. Las narrativas ahistóricas del nacionalismo son particularmente corrosivas.
La trampa de la universalidad
En principio, la izquierda es internacionalista y se opone en última instancia a todas las formas de nacionalismo, aun mientras defiende críticamente el derecho de los oprimidos a la autodeterminación. Para la izquierda, el nacionalismo victimista constituye un desafío particular. Aunque suele articularse en lenguajes morales universales —derechos humanos, paz y memoria del Holocausto—, difumina, o incluso pasa por alto, las memorias de la devastación provocada por el imperialismo, el colonialismo y el dominio autoritario.
El argumento de Lim es una advertencia contra el uso político de la conmemoración, y ese alcance probablemente se extienda más allá de su propuesta sobre el nacionalismo victimista. Para que el «Nunca más» conserve su significado universal, la izquierda debe permanecer vigilante frente a todas las narrativas encubiertas bajo el lenguaje del victimismo universal.
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