Por: Silvina M. Romano
En cada uno de los ciclos de protesta, recuérdese el 15M, por ejemplo, lo que aflora es otra cosa que está latente siempre en lo cotidiano, pero que tiende a permanecer oculta tras un silencio pactado: la memoria de lo que fue y de lo que no pudo ser luego del golpe de Estado contra el gobierno de la Segunda República, en 1936. Baste atender a las consignas antifascistas que inmediatamente se instalaron con las tiendas de campaña en las acampadas. También cobra evidencia en las voces de grupos y sectores de la sociedad civil y política que se posicionaron inmediatamente rechazando la protesta social y reclamando “orden” y repitiendo consignas que evocan a esa “España una, grande y libre” que promovía el franquismo.
Es curioso porque cuando se habla de memoria sobre la guerra y los crímenes del franquismo, uno de los argumentos esgrimidos es que no tiene sentido revolver el pasado, “molestar” a los muertos, porque ya sucedió hace demasiado tiempo. No obstante, la misma cantidad de tiempo pasó desde la primera entonación del Cara al sol y ya vemos que sigue vigente. De modo que el tiempo no parece ser una justificación válida. Al contrario, podríamos decir que la memoria de lo sucedido es como una herida mal curada que cada vez que regresamos a ella duele más y vuelve a abrirse, una y otra vez. Lo que duele más es la memoria de lo que no pudo ser. Porque sí se impuso una memoria que se fue hilando en cada decreto, en cada prisión, en cada escuela depurada, en cada iglesia.
Un relato impuesto a sangre y fuego para acabar con la historia y la memoria de la República. Quitarla de la idea/recuerdo de “españolidad” bien entendida, del “ser español”: sus símbolos, sus avances, sus representantes, quedaron fuera de la historia oficial por décadas. No se nombran o se nombran en voz baja y en determinados grupos. Porque el trofeo de los vencedores no son únicamente las fosas comunes. Había que ir más allá, los vencedores sabían que las ideas no mueren con la carne.
La autorrepresión y la autovigilancia fueron inoculadas a fuerza de represión, terror y expolio de los cuerpos y el intento de silenciar el recuerdo de los/las vencidos/as, transmitido de generación en generación, en ese callar o “hablar bajito”. Detrás del silencio, de lo no dicho, están los estigmas y la vergüenza que ese tejido de relatos logró generar en el entorno de los/las vencidos/as. El disciplinamiento se reprodujo en los símbolos y mitos que reivindican lo “verdaderamente español” frente al “otro/a” extranjero/a que amenaza el orden instituido (inmigrante, invasor/a, delincuente), el mito de la España grande y una que nunca existió salvo para una minoría privilegiada que se mantuvo en el poder también gracias a la persistencia de ese relato. Esa minoría que insiste en la necesidad de “depurar” y purificar la españolidad, incluso quitar la suciedad que trae “la política” entendida como diálogo e inclusión, que debe ser extirpada para que las cosas funcionen correctamente –noción abrazada por sectores evidentemente no incluidos o incluso rechazados por esa minoría, pero que mantienen la fantasía de pertenecer, algún día, a ese reino–.
Todo contribuye a darle entidad y realidad a ese pasado, para recuperar más voces, para desenmarañar la trama de lemas y refranes ultraconservadores y anclados en el miedo, que obstaculizan el camino hacia una democracia sustantiva, inclusiva, humana
La autorrepresión y la vigilancia afloran a cada minuto, en cada acto de violencia machista invisibilizado y silenciado, en un contexto de altos índices de violencia doméstica, porque a las mujeres no se les perdona la insumisión. Esa violencia que fue en su momento materializada en los cuerpos de tantas mujeres implicadas en la causa republicana, violadas, vejadas, humilladas, fusiladas y arrojadas a fosas comunes sin nombre para que dejaran de existir. No solo ellas sino lo que representaban en la sociedad: mujeres jóvenes, libres, capaces, rebeldes y poderosas. El mismo odio, o peor, se desató contra homosexuales y personas transgénero. Lo cierto es que se combinó con el odio por haberse involucrado en política. Hasta el día de hoy persiste la noción de que las mujeres y las personas lgtbq+ que cuestionan el orden impuesto por una minoría privilegiada, son intrusas en la política. Este rechazo se materializa en la violencia sistemática, en particular en el ámbito digital.
Es verdad que se trata sin duda de una pesada herencia, cuantos más años, más pesada. Pero hay otras verdades, que son verdades épicas. La de las asociaciones memorialistas que, con pocos recursos, con compromiso, corazón y esfuerzo, vienen trabajando hace décadas en todo el territorio del Estado español para mantener viva la memoria para todos y todas. La de la cantidad de jóvenes implicados/as en la tarea de recuperar los hilos de esta historia, muchos/as de ellas con visibilidad en medios y redes sociales. La de la Ley 20/2022 de Memoria Democrática que instituye el 31 de octubre como “Día de recuerdo y homenaje a todas las víctimas del golpe militar, la Guerra Civil y la dictadura franquista”. Todo contribuye a darle entidad y realidad a ese pasado, para contarlo de nuevo, para recuperar más voces, para desenmarañar la trama de lemas y refranes ultraconservadores y anclados en el miedo, que obstaculizan el camino hacia una democracia sustantiva, inclusiva, humana.
A estos esfuerzos, a esta épica que se viene construyendo hace décadas, se suma la Comisión sobre violaciones de los derechos humanos durante la guerra y la dictadura, la llamada “Comisión de la verdad”. Un grupo de expertos/as académicos/as y juristas convocados por el actual gobierno para recuperar y reunir el material publicado y de archivo más relevante, así como testimonios sobre la guerra y el franquismo, para plasmarlo en un informe que contribuya a darle vigencia a la memoria, que sea accesible a todos y todas, para una y otra vez decir entre todas/os y en voz alta, sin miedo, NUNCA MÁS.
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Silvina M. Romano es miembro del Consejo Político de Ideas en Guerra.
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