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Habitar otro cuerpo: hacia una nueva narrativa del envejecimiento femenino

20/09/2026 by Vitalio Deja un comentario

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Por: Paloma Lafuente  

Siempre el cuerpo en disputa. Las mujeres no podemos obviar los comentarios y las referencias constantes a nuestro cuerpo.

La presión es extrema en todas las etapas de la vida, pero más si cabe cuando vamos perdiendo la lozanía y juventud que nos regalaban los veinte, treinta y hasta los cuarenta. Los cincuenta son otra cosa. El cuerpo ha cambiado. Ya no sirve la misma rutina de ejercicios y de alimentación, engordamos al tiempo que respiramos llenándonos de kilos de grasa y líquidos. Los tobillos hinchados como de embarazada, los pechos creciendo se salen del sujetador, más caídos, imposible ocultarlos debajo de una camiseta o un blusón. No me reconozco, no sé quién soy. Paso de largo por los espejos, me escondo detrás del miedo a hacerme mayor. Antes mi piel era tersa, con unos ligeros coloretes sonrosados en las mejillas que endulzaban mi rostro y lo llenaban de frescura. Ahora hay rastros del pasado, de esa herida mal curada en el mentón, de esa cicatriz que apareció, de estos puntos rojos que inevitablemente se expanden sin ningún control.

El deterioro físico no es más que el inicio de una etapa que comienza y que no tiene buena pinta. La sociedad siempre condicionó la imagen que las mujeres debíamos tener influidas por la publicidad, la moda y la estética. Mujeres delgadas y esbeltas, rostro proporcionado y sin arrugas. Nuestro cuerpo siempre estuvo en venta y fue utilizado como reclamo para vender todo tipo de productos. Obviamente la oferta la constituían mujeres jóvenes, un ideal que en la práctica no existía como tal pero que fue construyendo nuestra imagen de lo que era ser una mujer hermosa. Con cincuenta desaparecemos del mapa. Las mujeres de nuestra edad apenas encuentran representación y, cuando aparecen, han sido sometidas a procesos de rejuvenecimiento, deporte extremo, alimentación guiada, tratamientos costosísimos que pocas mujeres de clase trabajadora o una minoría pueden permitirse.

La imagen de la mujer madura que consumimos en revistas y redes sociales nunca es la de mujeres normales y rara vez responde a la experiencia cotidiana de la mayoría. Las mujeres de cincuenta que ocupan portadas son las actrices, cantantes, modelos o influencers mejor conservadas, es decir, mujeres capaces de costearse esos tratamientos rejuvenecedores y que, además, presumen de aspecto físico y de la sabiduría que, supuestamente, otorgan los años. Una ficción. Nunca nuestro cuerpo había estado más definido por la clase social. Ingresos altos se traducen en un mayor acceso a privilegios: tiempo para el autocuidado, entrenadores personales, mejores diagnósticos y tratamientos adaptados. El mensaje implícito resulta aterrador: si no consigues verte bien es por tu falta de disciplina cuando realmente lo que determina cómo envejecemos son las profundas desigualdades económicas que atraviesan esa experiencia.

Envejecer es también dejar de protagonizar el relato. Estamos escasamente representadas como mujeres que aman, que comienzan nuevos proyectos o cambian de profesión. No solo desaparece la imagen de nuestro cuerpo; también desaparece nuestro derecho a ocupar el centro de la narración. Así las cosas, no queda más remedio que aceptar. Como vivimos en la era de la aceptación nos decimos a nosotras mismas que debemos ser pacientes y amar nuestro cuerpo tal y como es. La autoaceptación se convierte en un nuevo imperativo moral. Me pregunto cómo amar algo que no reconoces, que ha cambiado tanto y que irremediablemente no irá a mejor con el paso del tiempo. Parte de cómo nos vemos tiene que ver con cómo se nos ve y eso está moldeado por la sociedad queramos o no. Se sigue pensando que la delgadez es sinónimo de belleza y la juventud el bien más preciado. ¿Es realmente posible decidir amarlo por voluntad propia cuando durante décadas nos enseñaron lo contrario?

El cuerpo como construcción social

El cuerpo femenino siempre fue aprendido. Desde la adolescencia se constituye como material expuesto a las miradas y al juicio ajeno, a la aplicación de unas normas no escritas que lo reducen al plano de la interpretación externa, del ideal femenino que convierte a las mujeres en objetos de contemplación antes que en sujetos. El pensamiento de Simone de Beauvoir lo dejó muy claro: «No se nace mujer, se llega a serlo». Ser mujer en el sentido social y cultural no viene determinado únicamente por el sexo con el que nacemos, sino que la misma sociedad nos va construyendo como mujeres mediante normas, expectativas y estereotipos: qué se espera de nuestro aspecto físico, cómo comportarnos, cómo actuar, etc. No nacemos con estas ideas, sino que la sociedad nos las va transmitiendo a través de la educación, la familia o la publicidad. Por lo tanto, la percepción que tenemos de nosotras mismas está moldeada por ese conjunto de normas sociales que, queramos o no, nos condicionan a la hora de vernos delante de un espejo. Ese espejo no está vacío, sino que en él aparecen reflejadas las opiniones ajenas, la publicidad, la estética, la educación recibida, las redes sociales; todo un modelo de feminidad que hemos interiorizado desde la infancia. El camino al reconocimiento de nuestra imagen como válida, pese al deterioro, pasa por la aceptación social real y un cambio en las percepciones y en el imaginario colectivo.

No nacemos odiando nuestras arrugas ni sintiendo vergüenza del cuerpo que tenemos; aprendemos a mirarnos con una determinada mirada porque durante siglos la sociedad nos ha enseñado que el cuerpo femenino valioso es joven, firme y bello. Nuestro desasosiego no es únicamente una reacción al paso del tiempo sino más bien el resultado de décadas de mensajes sobre cómo debería ser el cuerpo de la mujer. Tendemos a pensar que nuestra relación con el cuerpo es íntima, pero está constituida por voces ajenas, juicios externos y un espacio en definitiva colonizado por los demás. Sobre él opinan la familia, la pareja, los medios de comunicación, la medicina, la publicidad, las redes sociales convirtiéndose en un territorio en constante evaluación. Imposible no escuchar, no recibir la guerra de mensajes que nos recuerdan lo imperfectas que somos. El espejo no refleja únicamente un rostro sino la educación recibida, los anuncios vistos, los comentarios escuchados y los modelos de belleza que hemos interiorizado durante décadas, siglos de normas sobre cómo debería ser nuestro aspecto físico.

La construcción nunca termina y el mandato va cambiando según la etapa en la que nos encontremos. Ya lo explicaba Naomi Wolf, el mercado necesita mujeres permanentemente insatisfechas con su cuerpo porque una mujer satisfecha deja de ser consumidora: cosmética, tratamientos estéticos, cirugías, suplementos, dietas, moda o terapias hormonales son solo algunos de los recursos que prosperan cuando las mujeres se sienten insatisfechas con su cuerpo y creen que necesitan una corrección. Así las cosas, cabe preguntarse si el cuerpo no fue antes una experiencia social y después pasó a ser íntima.

Una de las consecuencias de esta construcción social es que el cuerpo nunca descansa. Desde adolescentes empezamos a vigilarlo, compararlo, corregirlo. Después pensamos si hemos engordado, cómo mejorar nuestro aspecto, qué tratamientos realizar, qué cremas utilizar o si la ropa nos favorece; siempre el cuerpo necesita un cambio y me pregunto si la libertad consiste simplemente en dejarlo tranquilo, en no forzarlo, en dejar que exista tal y como es. ¿Cuánto espacio mental ocupa el cuerpo en una mujer? Quizás las mujeres necesitamos dejar de invertir tanto tiempo en autoevaluarnos exteriormente y empezar a reclamar un cuerpo propio y no ajeno, como esa habitación propia que necesitamos para descansar de las exigencias y demandas del mercado, recuperar el espacio mental para liberarnos de tantas ataduras y prejuicios y así poder habitarlo con naturalidad y desde la libertad.

El envejecimiento, una cuestión de género

En todas las etapas de la vida las mujeres hemos estado expuestas a un mayor juicio sobre nuestro cuerpo que los hombres. El ideal de belleza femenino es inalcanzable para la mayoría de las mujeres estando estereotipado y socialmente asignado. Esta exigencia ha supuesto consecuencias nefastas para la vida de las mujeres con mayor riesgo de sufrir enfermedades vinculadas a los desórdenes alimenticios y al reconocimiento de su propia imagen. Esta presión no ha existido para los hombres. A estos se les permite hacerse mayores ya que su prestigio depende de su poder, experiencia o inteligencia. Sin embargo, las mujeres somos valoradas principalmente por nuestra juventud y atractivo físico. Ya lo decía Susan Sontag en su ensayo El doble estándar de la edad, donde analizaba cómo el envejecimiento está sujeto a un doble rasero cultural. Mientras que la edad puede reforzar el reconocimiento social masculino, en las mujeres se convierte en motivo de desvalorización. Es decir, nuestro rechazo al propio cuerpo no nace únicamente de mirarnos al espejo y no reconocernos, sino que nace de una cultura que lleva décadas diciéndonos a las mujeres que el valor femenino disminuye con la edad.

La sociedad reconoce y valora más el aspecto físico en los hombres relegándonos a las mujeres a una situación de invisibilidad. El cuerpo menopaúsico ya no se expone, se arrincona, se excluye, se margina de la sociedad. Como plantea Simone de Beauvoir en La vejez, tendemos a vivir el envejecimiento como algo que siempre les ocurre a los demás. Y es que la vejez no comienza con los cambios físicos, sino cuando la sociedad empieza a tratarte como vieja. El cuerpo de la mujer siempre necesita reparación. Según el informe Human Rights of Older Women: The Intersection between Ageing and Gender, elaborado para Naciones Unidas por la Experta Independiente Claudia Mahler, «Las mujeres no experimentan el envejecimiento de la misma manera que los hombres y su situación también está considerablemente influenciada por otros factores interseccionales. Sus posibilidades para aprovechar al máximo la creciente longevidad son limitadas debido a las desventajas por razones de género que se fueron acumulando durante el transcurso de su vida y agravando por los estereotipos y el edadismo». El deterioro físico es penalizado traduciéndose en estigma social sobre las mujeres. Igual que la gordofobia, como forma de rechazo y discriminación sobre los cuerpos no normativos, la edad sigue siendo un problema.

Para Anna Freixas, pionera en la investigación sobre envejecimiento y género con su artículo Envejecimiento y género: otras perspectivas necesarias, durante décadas los estudios sobre envejecimiento trataban la vejez como una experiencia universal cuando la realidad es que las trayectorias vitales de hombres y mujeres son distintas, nuestros cuerpos son distintos y deberían ser tratados con esa particularidad. Freixas sostiene que las mujeres llegan a la vejez después de haber vivido toda una vida marcada por desigualdades de género y que esas desigualdades se acumulan con la edad. En realidad, las mujeres afrontamos esta etapa con muchas más exigencias estéticas que los hombres, sufrimos una mayor pérdida de reconocimiento social y arrastramos desigualdades acumuladas a lo largo de toda la vida, lo que hace que el proceso no sea igual para mujeres y hombres.

Pero no solo el feminismo o la sociología empiezan a reclamar una mirada de género, también la medicina. Cada vez más investigadoras reclaman el tratamiento diferencial de mujeres y hombres en este campo denunciando el modelo universal masculino sobre el que se construyeron los estudios clínicos, y especialmente los diagnósticos y tratamientos. Autoras como Caroline Criado Pérez han denunciado que la medicina ha tomado históricamente el cuerpo masculino como modelo universal. Durante décadas numerosos ensayos clínicos excluyeron a las mujeres, muchos fármacos se probaron exclusivamente con hombres y enfermedades tan graves como el infarto, se diagnosticaron a partir de síntomas que correspondían al patrón masculino. Como consecuencia los síntomas femeninos fueron infradiagnosticados. Este sesgo androcéntrico no ha sido una mera cuestión metodológica sino un problema con consecuencias reales para la calidad de vida de millones de mujeres.

La contradicción feminista: duelo por el cuerpo perdido

Sí, soy una mujer construida, lo reconozco. Me construyeron siglos atrás y no dejan de moldearme a su antojo los otros. Y sí, reconozco que me condiciona esa otra mirada sobre mi cuerpo, sobre lo que fui y ya no soy. El duelo. No nos enseñan a pasarlo, a no castigarnos por lo que ya no somos, esas ideas que nos colgaron, esa etiqueta de por vida. Sé que la valía de una mujer no depende de su belleza y juventud, de su peso y lozanía. Llevo décadas criticando la irreal imagen de las mujeres en la publicidad, luchando contra los estereotipos de género, contra la cosificación del cuerpo femenino, sin embargo, me miro al espejo y algo ocurre.

Nuestra memoria emocional está llena de felicitaciones si adelgazábamos, fuimos advertidas al engordar, elogiadas cuando parecíamos más jóvenes. El patriarcado ha habitado en nuestra forma de mirarnos, queramos o no, inclusive en la nueva teoría de la autoaceptación obligatoria, en la obligación de envejecer bien sin quejarse. Hemos pasado del viejo mandato de la eterna juventud a una imposición que nos reconduce a envejecer con serenidad y alegría, haciendo ejercicio, comiendo sano, dejándonos las canas y mostrando nuestra satisfacción y ejemplaridad cuando en el fondo estamos agotadas. Estamos cansadas de corregir nuestro cuerpo. La distancia entre lo que sabemos y lo que sentimos nos golpea hoy más que nunca. Me pregunto si con el paso de los años no perdemos un poco la identidad, la de nuestro cuerpo. Durante años aprendemos a reconocernos en un rostro, en un cabello, en una silueta determinada y de repente cambiamos rápidamente y esa identidad que habíamos construido se corta de raíz. El cambio va mucho más allá del aspecto físico. Duele saber que una parte de nosotras ha dejado de existir. El conflicto no es solo estético, sino profundamente identitario. Con la piel también envejece la idea que teníamos de nosotras mismas, toca dejar paso a la despedida de la mujer que fuimos sin dejar de habitar el mismo cuerpo. No es tanto añorar la juventud porque fuera mejor, sino la posibilidad de reconocerme en un cuerpo marcado por los años. No es nostalgia, es desconcierto. Cuesta entender que la identidad y el cuerpo han dejado de caminar al mismo ritmo; dentro seguimos sintiéndonos muy parecidas, conservamos el mismo humor, los mismos gestos, tenemos los mismos recuerdos, pero por fuera somos otras.

Ahí reside el verdadero conflicto: nuestro cuerpo cambia más rápidamente que nuestra conciencia de nosotras mismas y esa nueva identidad necesita tiempo para reorganizarse, para acoger el nuevo cuerpo desde el que tendremos que seguir viviendo. Aprender a habitar un cuerpo que desconocemos es el gran reto que tenemos las mujeres ya que el espejo dice una cosa y la memoria otra, aprender a reconocerse en una nueva imagen más real y presente sin tener que mirar hacia el cuerpo pasado, nos obliga a reconstruir la identidad sobre otros pilares.

Habitar otro cuerpo: hacia una nueva narrativa del envejecimiento

Mi cuerpo tiene historia, una biografía única e irrepetible: la de mis días, mis años, mis experiencias, mis satisfacciones, mis retos, mis éxitos y fracasos, mis viajes y vivencias. Es un archivo, el de mi memoria, plagado de alegría, risas y vida, pero también de lágrimas, penas y duelos. Las arrugas y cicatrices son las marcas de todo lo vivido: las risas, los llantos, las noches sin dormir, las preocupaciones y los problemas. Cuenta una historia, la mía. Lejos de las apariencias y de los juicios externos, de una sociedad mediocre que impone un único modelo de belleza, premia la juventud y convierte determinados estándares en norma, soy algo más. Sin embargo, el relato que durante años nos han contado de las arrugas y el envejecimiento ha sido de una única manera, la negativa, narrado con los ojos del fracaso y la imperfección, en vez de la sabiduría y la experiencia. La sociedad aún no ha aprendido a hablar el lenguaje del reconocimiento y del respeto hacia los cuerpos que envejecen. Precisamente esa es la dirección a la que apuntan algunas corrientes recientes de la psicología feminista centradas en el concepto de embodiment, que proponen una relación basada en la experiencia vivida y no tanto en la apariencia física. Investigaciones como las de Niva Piran defienden una relación basada en la conexión corporal, la agencia personal y el autocuidado consciente. Se trata, en definitiva, de dejar de someter el cuerpo al juicio externo y aprender a vivirlo de una manera más amable y tranquila.

Para ello se hace imprescindible una nueva narrativa del envejecimiento: alentar a la sociedad a construir un relato colectivo más real y equilibrado, capaz de ofrecer una mirada más justa y honesta. Ya no basta que las mujeres hagamos las paces con nosotras mismas y nuestro cuerpo si la cultura continúa presentando una imagen del envejecimiento femenino como una derrota o algo que pierde valor sin la juventud. Son necesarios otros relatos, que hablen otras voces, que se escuchen otras experiencias.

¿Qué pasaría si una niña creciera observando cuerpos envejecidos con naturalidad? ¿Y si dejáramos de hablar del envejecimiento únicamente como deterioro? La literatura, el cine, la televisión, la publicidad, las revistas o las redes sociales no solo reflejan nuestro mundo, sino que construyen el imaginario desde el que aprendemos desde muy pronto a mirarnos. La cultura pone palabras a aquello que aprendemos a mirar, por eso se hace fundamental construir un nuevo relato colectivo donde las mujeres nos reconozcamos, donde seamos protagonistas de vidas plenas y satisfechas, donde nuestros cuerpos menopáusicos sean celebrados y reconocidos como victorias y no derrotas, donde la arruga y la gordura se consideren símbolos de belleza y de admiración, donde el cuerpo no sea un territorio inacabado e imperfecto sino el lugar desde el que podemos continuar creando, trabajando y viviendo.

Necesitamos como sociedad ofrecer otro espejo en el que se puedan reflejar las nuevas generaciones, que las niñas descubran desde pequeñas que el valor de una mujer nunca depende de su aspecto físico. En definitiva, transformar el significado que la sociedad atribuye al cuerpo femenino cuando envejece. Aprender a habitar otro cuerpo.

Bibliografía:

Beauvoir, Simone de. (1949). El segundo sexo. Madrid: Cátedra, 2015.

Beauvoir, Simone de. (1970). La vejez. Barcelona: Debolsillo, 2019.
Criado Pérez, Caroline. (2020). La mujer invisible. Barcelona: Seix Barral.

Freixas Farré, Anna. (1997). Envejecimiento y género: otras perspectivas necesarias. Anuario de Psicología, 73, 31-42.
https://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=2948137

Mahler, Claudia. (2021). Human Rights of Older Women: The Intersection between Ageing and Gender. Informe de la Experta Independiente sobre el disfrute de todos los derechos humanos por las personas de edad. Naciones Unidas. Documento A/76/157.
https://digitallibrary.un.org/record/3936721

Piran, Niva. (2017). Journeys of Embodiment at the Intersection of Body and Culture: The Developmental Theory of Embodiment. Academic Press (Elsevier).

Sontag, Susan. (1972). The Double Standard of Aging. Saturday Review.

Wolf, Naomi. (1991). El mito de la belleza. Barcelona: Emecé

Paloma Lafuente Gómez. Periodista y consultora especialista en género y evaluación de programas de cooperación al desarrollo

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