Por: David Broder
Michael Hardt y Antonio Negri ofrecieron una teoría maestra de la globalización cuando las viejas categorías marxistas parecían agotadas. Pero el internacionalismo capitalista que daban por permanente se estrelló contra la realidad.
Hace unos meses, mi pareja y yo conocimos a un profesor de historia de unos cuarenta y tantos años que nos contó que, para su próximo libro, había estado leyendo sobre los movimientos altermundistas de fines de la década de 1990. Al acercarse el milenio, el capitalismo global parecía no tener rival. Los socialdemócratas y los excomunistas elogiaban el libre mercado, y organismos como la Organización Mundial del Comercio (OMC) incorporaban a los liderazgos ruso y chino. Sin embargo, según había descubierto, esa no era toda la historia. Resultaba que cada una de aquellas cumbres de la élite había sido recibida con protestas masivas que reclamaban una comunidad global alternativa. Esa coalición arcoíris no había precisado exactamente qué quería. Pero tenía, dijo, una ambición de cambiar el mundo difícil de encontrar en la izquierda actual.
Me resultó extraño oírlo hablar de aquel período como de una Atlántida perdida. Cuando me mudé a una casa ocupada en el este de Londres, a fines de la década de 2000, ni siquiera estaba claro que perteneciera al pasado: sus activistas, sus medios y sus espacios de encuentro seguían entre nosotros y daban forma a la oposición masiva a la guerra que continuaba en Irak. Todavía se ridiculizaba la práctica de «saltar de cumbre en cumbre», de una ciudad a otra, para protestar contra las reuniones de los gobernantes, y había activistas que se identificaban con esa expresión en clave irónica. Para muchos, aquellas habían sido movilizaciones inspiradoras. Cuando el G8 se reunió en Génova en 2001, la represión culminó con la muerte a tiros del joven activista Carlo Giuliani a manos de la policía. Cuando protestamos contra el G20 en Londres en 2009, un policía mató a Ian Tomlinson, un vendedor de periódicos que pasaba por la manifestación, y después las autoridades mintieron al respecto.
Al cumplirse veinticinco años de aquellas protestas, muchos relatos han destacado su energía incontrolable y la ausencia de una conducción estratégica única. Aunque hubo sindicatos que se sumaron, el movimiento obrero organizado, los partidos políticos y los gobiernos nacionales apenas ocuparon el centro de la escena. En cambio, en esas protestas y en contracumbres como el Foro Social Mundial convivían fuerzas muy diversas y grupos de afinidad de adscripción voluntaria: agricultores, colectivos indígenas, ONG, campañas por la justicia fiscal y activistas enmascarados con overoles blancos. Si durante décadas una palabra como «socialismo» había significado cosas distintas para personas distintas, incluso una ambición de futuro tan vaga había desaparecido del horizonte.
Para algunos, esto era una forma de dejar atrás categorías obsoletas. Ese mismo deseo explica, al menos en parte, la notoriedad de Imperio, el libro publicado en 2000 por Michael Hardt, profesor de literatura de la Universidad de Duke, y el filósofo político italiano Antonio Negri. Apoyándose en herramientas posmarxistas, Imperio se presentaba como una manera de leer una realidad posmoderna. Hablaba de un planeta gobernado ya no por los proyectos rivales de los Estados capitalistas más fuertes, sino por una combinación de poderes más omnipresente y de múltiples capas. Frente al aparente triunfo del capital y la disolución de los viejos partidos de izquierda, prometía una contranarrativa esperanzadora de resistencia polifónica a la coordinación capitalista.
En todas partes y en ningún lado
Las tiradas de Imperio se agotaron una y otra vez durante los primeros años. Buena parte de quienes seguían este éxito comercial recelaba de su recepción en grandes medios como The New York Times. Desde la izquierda, algunas reseñas señalaron con desdén que el periódico lo había proclamado la «próxima gran idea» y atribuyeron esa atención a la imagen de radical chic de Negri (que en ese momento estaba preso en Roma por acusaciones infladas de haber incitado al terrorismo décadas atrás). Las críticas marxistas al libro solían reconocer el revuelo que generaba dentro del movimiento altermundista y, a continuación, intentaban disuadir con suavidad a quienes lo leían de adoptar el análisis de sus autores.
Irónicamente, Emily Eakin, escribiendo para el New York Times, adoptó una mirada más materialista sobre Imperio que la mayoría de quienes mencionaron su nota. Su artículo se centraba en el éxito editorial de Harvard University Press, que respondía a «la necesidad, en campos como la literatura inglesa, la historia y la filosofía, de una nueva gran teoría». Hardt y Negri estaban «de moda» porque ofrecían una explicación novedosa de por qué disciplinas como la teoría literaria eran útiles para interpretar la globalización. Con un recorrido que iba del Imperio romano a Karl Marx, Baruch Spinoza y Nicolás Maquiavelo, explicaba Eakin, se trataba de un tomo con «los atributos formales de una teoría maestra en la vieja tradición europea».
Este no era el único motivo del interés. Ante el giro histórico hacia el mercado en el bloque del Este y en China, incluso buena parte del marxismo antiestalinista volvió la mirada hacia ideas más antiguas, anteriores a la Comintern. Lo que a algunos les resultaba atractivo del sistema de Hardt y Negri era su promesa de novedad y de compromiso con un mundo nuevo, posterior a 1989. Aspiraba a trascender «la primera gran oleada de análisis teóricos marxistas del imperialismo», la de Vladímir Lenin y Rosa Luxemburgo, «agrupada en torno al período de la Primera Guerra Mundial». Hardt y Negri sostenían que el antimperialismo marxista-leninista había buscado la liberación nacional —es decir, la inclusión en la soberanía y en la modernidad—, pero que ese modelo ya estaba agotado por sus derrotas.
Pero ¿qué era el Imperio? Era un nuevo poder soberano global que reemplazaba las viejas rivalidades imperialistas entre Estados-nación. Había surgido como respuesta disciplinadora a la crisis capitalista de la década de 1970 y al «internacionalismo proletario» espontáneo de la insurgencia obrera, tanto en el Este como en el Oeste. Lejos de limitarse a extender el alcance geográfico del imperialismo estadounidense, esto había producido un «orden disciplinario internacional» en el que el Primer, el Segundo y el Tercer Mundo quedaban entrelazados. Su «constitución híbrida» combinaba organismos internacionales, Estados, multinacionales, ONG y medios de comunicación. Si bien instituciones como el G8 y la OMC ayudaban a coordinar esa economía globalizada, esta forma de poder era desterritorializada y omnipresente: ya no había ningún «afuera» al que escapar.
Si Estados Unidos ocupaba un lugar cercano a la cima de la «pirámide imperial», también había señales de colaboración entre Estados antes hostiles. En particular, la década de 1990 fue un punto álgido de la actuación de Washington en nombre de la comunidad internacional. Las Naciones Unidas —incluida la dirigencia soviética— respaldaron la guerra del Golfo de George H. W. Bush en 1991, que repelió la invasión de Kuwait por parte de Saddam Hussein. Los genocidios de Ruanda y Srebrenica dejaron al descubierto los límites de la ONU como fuerza de mantenimiento de la paz. Aun así, hubo otras señales de convergencia política. En 1997, Rusia fue recibida como el octavo miembro del Grupo de los Siete (con lo que nació el G8) y, a comienzos del gobierno de Vladímir Putin, la dirigencia occidental lo veía como un aliado en la guerra contra el terrorismo.
Colorear mapas
Sin embargo, Imperio era más una obra que exponía un sistema filosófico contra los marxismos del pasado que un análisis material de la evolución del capitalismo. Como señaló Samir Amin, al restarle importancia al papel central del Estado estadounidense, el libro mostraba escaso interés en lo que decían tanto las administraciones demócratas como las republicanas sobre, por ejemplo, el acaparamiento del acceso a los recursos globales. Ante la caída del comunismo de tipo soviético y de los proyectos nacionalistas del Tercer Mundo, Hardt y Negri tampoco examinaron realmente los nuevos Estados surgidos en esas regiones. Es cierto que afirmaron que la «modernización socialista» en China y la URSS terminó preparando una fuerza de trabajo calificada para el capital. Pero ¿qué papel desempeñaban esos antiguos Estados socialistas en el Imperio? El libro apenas aludía de pasada a sus historias posteriores a 1991.
Hoy, la novedad que el libro proclamaba resulta irónica. Donald Trump, Marco Rubio y otros presumen abiertamente de sus planes de usar el ejército estadounidense para controlar los recursos de Venezuela e Irán, y se quejan de que Europa no colabora más. La dirigencia estadounidense no lo justifica en nombre de la paz internacional; a lo sumo, señala que China también quiere controlar el petróleo y las vías navegables. En campos como la inteligencia artificial, los Estados-nación rivales cumplen un papel clave en la defensa de sus propias empresas tecnológicas y en la regulación de las ajenas. Por supuesto, el sistema de Hardt y Negri tiene sus vías de escape: el texto es tan vago y poético, y cambia de tema con tanta frecuencia, que puede refugiarse con facilidad en abstracciones inescrutables sobre la contradicción y las estructuras híbridas. Pero eso no lo vuelve demasiado útil para explicar lo que ocurre en el siglo XXI realmente existente.
El problema no es que el comportamiento aberrante de Trump haya trastocado las predicciones. Quizás el reciente escándalo por Groenlandia se deba realmente a su deseo infantil de repintar un buen pedazo del mapa del Atlántico Norte. Pero, más allá de eso, conviene entender que la globalización de la que hablaban Hardt y Negri giraba específicamente en torno al Estado estadounidense; que los autores acertaban al ver la globalización como una respuesta a las crisis de rentabilidad de la década de 1970; y que era utópico imaginar que el temor al internacionalismo proletario estuviera produciendo un orden imperial unitario. Para comprenderlo, podemos recurrir a un excelente libro reciente de Benjamin Bürbaumer que, aunque no pretende tener el mismo alcance que Imperio, ilustra muchos de sus límites.
Chine / États-Unis, le capitalisme contre la mondialisation, de Bürbaumer, desarrolla una interpretación materialista del papel que cumplieron tanto Washington como Pekín en la era de la globalización capitalista. Otra vez, el punto de partida es que tanto la dirigencia estadounidense como la china recurrieron a la globalización como respuesta a la crisis y como estrategia para contener las demandas económicas de la clase trabajadora. A diferencia de Hardt y Negri, Bürbaumer reconoce que esas estrategias reflejan los intereses de determinadas fracciones del capital (en el caso de Estados Unidos, las empresas de orientación transnacional) y de los propios Estados. Así aborda una de las preguntas más fundamentales del análisis marxista: ¿cómo actúan las clases dominantes para proteger y promover la acumulación de capital?
Desde la década de 1970, explica Bürbaumer, los sectores dirigentes estadounidenses que defendían el capital transnacional tenían interés en que China y el bloque del Este se integraran a la globalización en un papel subordinado: como una enorme reserva de mano de obra más barata, que además ayudaba a disciplinar a la clase trabajadora estadounidense. Para una facción proclive al mercado en ascenso dentro del Partido Comunista de China, esto ofrecía una vía para acelerar el desarrollo nacional, permitir la transferencia de tecnología, contar con una válvula de escape para los conflictos internos y generar nuevos sectores de clase media que apoyaran una mayor liberalización. Pero esto también produjo nuevas tensiones, a medida que un capitalismo chino en ascenso chocaba con los límites de su posición subordinada. Desde la crisis de 2008, ese conflicto se ha intensificado en todos los frentes, desde las patentes tecnológicas hasta el predominio del dólar. Ahora la protección de rutas comerciales rivales va de la mano de una acumulación de material bélico.
El acierto del enfoque de Bürbaumer es que, en lugar de conformarse con decirnos que el sistema tiene innumerables partes distintas, se anima a decirnos cuáles son. Más allá de reconocer que todo está de algún modo interrelacionado, nos permite ver cómo se presenta el poder hoy y nos ayuda a imaginar qué se podría hacer para evitar sus peores desenlaces.
La era del Imperio
No se trata solo de que los Estados estén dirigiendo inversiones, construyendo infraestructura e incluso preparándose para la guerra. También siguen siendo escenarios clave de lucha, sin que los haya reemplazado ningún movimiento genuinamente global. Ya en la etapa de auge de las protestas altermundistas, buena parte de las fuerzas participantes comprendía que la expansión del capitalismo hacia nuevos espacios contribuía a socavar las legislaciones nacionales (en materia laboral y de estándares ambientales) y el control democrático sobre ellas. Lejos de ser un retroceso reaccionario, esos ámbitos siguen siendo conquistas fundamentales del movimiento obrero y el eje de muchas luchas actuales. Si bien los partidos obreros históricos se han marchitado, sus logros del pasado no han desaparecido del todo.
Mientras se escribía Imperio, en 1994, el historiador Eric Hobsbawm publicó Historia del siglo XX. La obra concebía el período que va de la Primera Guerra Mundial al derrumbe de la Unión Soviética como un «corto» siglo XX: una época de desastres y de luchas, tanto esperanzadoras como terribles, por construir un mundo nuevo. Su final no produjo un nuevo orden pacífico, sino que liquidó a un antagonista que durante mucho tiempo había obligado al capitalismo liberal a reformarse. De las obras principales de Hobsbawm, esta fue la más marcada por el fracaso del movimiento comunista con el que su vida estuvo entrelazada. Aun así, concluyó planteando preguntas acertadas sobre cómo el vaciamiento de la democracia y el desmantelamiento de las protecciones sociales nacionales seguían amenazando al capitalismo liberal. Imperio, en cambio, se mostró esquivo respecto del legado institucional del reformismo del siglo XX y, al mismo tiempo, se negó a evaluar con franqueza los resultados de la izquierda autonomista de la década de 1970, en la que Negri había militado.
Para ofrecer un marco que lograra superar las luchas del pasado, Imperio confiaba en una fuerza de voluntad que brotaría de la vida y el trabajo mismos. Los autores mencionaban guerras anticoloniales y movimientos antifascistas del pasado para ilustrar el curso incesante de la revuelta popular, aunque descartaran sus decisiones y sus resultados. Quienes militaban en los partidos comunistas históricos aparecían en el libro como «agentes tristes y ascéticos», sujetos únicamente al «deber y la disciplina», a diferencia de la «ligereza y alegría irreprimibles» que Negri se atribuía a sí mismo. Igualmente condenados quedaban quienes depositaban sus deseos en la liberación nacional: «El día en que los palestinos se institucionalicen, ya no estaré a su lado», declaraba Jean Genet, citado en lugar de un análisis. Con «la construcción del Estado-nación», explicaban Hardt y Negri, «todas las funciones opresivas de la soberanía moderna florecen inevitablemente con toda su fuerza».
Aunque celebraba la movilización dentro del Imperio y contra él, el tratado de Hardt y Negri nunca se ocupó de las demandas ni de las expectativas de los sectores subalternos. La clase obrera industrial aparece apenas como un actor moribundo; toda defensa de la identidad y de lo local —y, al parecer, también de los derechos conquistados dentro del Estado— se presenta como algo anclado en el pasado. Cualquier estrategia que busque un «afuera» de la globalización capitalista en vez de luchar dentro de ella, leemos, «oculta e incluso niega las alternativas reales y las potencialidades de liberación que existen dentro del Imperio». ¿Qué significa esto en la práctica? A los autores les cuesta explicarlo. En obras posteriores como Multitud y Commonwealth, Hardt y Negri se conforman con sugerir que el propio Imperio suscita innumerables formas de resistencia y rechazo que —quizás sin saberlo todavía— podrían terminar avanzando por caminos paralelos.
Publicado después de Historia del siglo XX de Hobsbawm, Imperio interpretó la derrota de las ilusiones del «corto siglo XX» como la remoción de proyectos estatistas que solo habían estorbado. Dados los numerosos fracasos de los partidos socialistas y comunistas y su reciente derrota histórica, Imperio contó con un público cautivo al que no hacía falta convencer demasiado de que el proyecto de reformar el Estado había llegado a un callejón sin salida. Sin embargo, el siglo XXI que el libro anunciaba —el de la superación del imperialismo en favor de un imperio capitalista unificado— encallaría casi de inmediato, tambaleándose de crisis en crisis y de conflicto internacional en conflicto internacional. La «próxima gran idea» que encandiló a tantos en los campus universitarios del año 2000 fue un producto de las derrotas de la izquierda y de una globalización prometida que no estaría a la altura de lo anunciado.
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