Por: Nuno Teles
En el corto plazo, la IA puede crear más empleos de los que destruye. Pero los patrones la usarán para descalificar el trabajo y deprimir los salarios, a menos que los trabajadores hagan de ella un terreno de lucha de clases y peleen por ponerla bajo control público.
En la década de 1990 tuvimos el susto de la computadora, impulsado por autores de gran éxito de ventas como Jeremy Rifkin y Viviane Forrester. Más recientemente, en 2013, tuvimos la amenaza de los robots, cuando un estudio de Oxford estimó que el 47 por ciento de los empleos en Estados Unidos corría riesgo de ser informatizado. En ambos momentos, tales profecías coincidieron con un desempleo masivo, causado no por la tecnología sino por recesiones económicas provocadas por la inestabilidad financiera y las políticas de austeridad. Sin embargo, esas historias ayudaron a naturalizar y despolitizar el desempleo.
Viejas historias sobre máquinas nuevas
Como señala The Economist, el escenario actual es diferente. La destrucción masiva de empleos que se predice coincide, de hecho, con un nivel históricamente alto de empleo. Dado el actual boom de inversión no solo en infraestructura de centros de datos sino también en servicios públicos de aguas arriba, como el suministro de agua y electricidad, se puede decir que la fiebre de la IA está creando ahora más empleos de los que destruye. Otra peculiaridad es que la narrativa actual del apocalipsis laboral es impulsada por los gigantes de la IA como estrategia de marketing para vender sus modelos de lenguaje de gran escala (LLM) a los inversores financieros y, de ese modo, alimentar la euforia financiera en curso. No obstante, la izquierda no debería descartar los posibles efectos sistémicos de la IA en el proceso de trabajo, en particular su papel en la descalificación y la desvalorización del trabajo. La IA debe ser entendida históricamente y situada como un avance nacido de la concentración y la centralización, y de la lucha del capital con el trabajo.
La visión de la tecnología como fuente de desempleo masivo forma parte integral de la historia del capitalismo industrial. A raíz del movimiento ludita de comienzos del siglo XIX, los economistas políticos John McCulloch y David Ricardo debatieron los efectos de la introducción de nueva maquinaria, un argumento que Karl Marx describiría más tarde como teoría de la compensación del trabajo. En una economía de equilibrio en la que la oferta crea su propia demanda, la introducción de una nueva tecnología ahorradora de trabajo en un sector conduce a ahorros y a precios más bajos, que a su vez estimulan nueva inversión. Se espera entonces que la demanda resultante de maquinaria y de productos cree empleos en otros sectores: se necesitan trabajadores para producir la nueva maquinaria, mientras que la caída de los precios libera ingresos para gastar en otros bienes. Y, quizás más significativo, salarios más bajos conducirían a una mayor demanda de trabajo.
En el Libro I de El capital, Marx reconstruye y critica la teoría de la compensación. Descarta el argumento simple de que los empleos creados en la producción de maquinaria compensan necesariamente el trabajo desplazado por la introducción de las máquinas. Dado que la maquinaria solo se introduce cuando el trabajo requerido para producirla es menor que el trabajo que reemplaza, su producción no puede, por sí sola, reabsorber a todos los trabajadores desplazados. Es decir, los nuevos bienes de capital no pueden, en teoría, añadir tiempo de trabajo al trabajo social total involucrado en la producción de una mercancía.
Marx admite que la introducción de nueva maquinaria podría ir acompañada de la creación de trabajo social en distintos sectores, según la duración de la jornada laboral y las proporciones de capital variable y constante. Aguas abajo, la disponibilidad de trabajadores desplazados podría crear mercados para formas refinadas de consumo y para servicios no productivos como el trabajo doméstico y, de manera significativa, para nuevas obras públicas e infraestructura. Rechazando el supuesto de equilibrio en una economía capitalista, Marx señala en cambio la necesidad de una reproducción «ampliada» del capital, ya que la competencia entre los capitalistas impulsa nueva inversión y la concentración y centralización del capital. En medio de la actual fiebre de inversión en centros de datos, transporte e infraestructura energética, este parece ser el caso ahora con la IA.
El nexo entre acumulación de capital, mecanización y desempleo parece surgir principalmente del impulso de sustituir capital variable en períodos en que el ejército industrial de reserva es pequeño y hay una necesidad apremiante de pauperización general de los trabajadores.
El espectro de Harry Braverman
Más que el efecto destructor de empleos, el interés de Marx radica en los efectos de la mecanización y la automatización sobre el proceso de trabajo, incluido cómo prolongan la jornada laboral y descalifican a los trabajadores. Las nuevas máquinas industriales reemplazaron la fuerza humana por un motor primario natural —en la forma del capital fósil, como ha mostrado Andreas Malm— y reemplazaron «la regla empírica por la aplicación consciente de la ciencia natural». Sin embargo, estas tendencias no aliviaron la carga del trabajo ni lo volvieron más gratificante socialmente. El progreso tecnológico es impulsado, en cambio, por la búsqueda de plusvalía: «Con la herramienta de trabajo, se transfiere también del obrero a la máquina el virtuosismo en el manejo de aquélla. (…) y aparece en la fábrica automática la tendencia a la equiparación o nivelación de los trabajos que debcn ejecutar los auxiliares de la maquinaria». Así se crea la posibilidad de jornadas más largas, de la intensificación del trabajo y del empleo de mujeres y niños.
Las ideas de Marx fueron retomadas y elaboradas por Harry Braverman en su famoso libro Trabajo y capital monopolista. Braverman identifica una progresiva descalificación en el proceso de trabajo en el contexto de la aplicación generalizada de las técnicas de gestión tayloristas en Estados Unidos. Las tecnologías de la información, que entonces daban sus primeros pasos, eran entendidas como herramientas que permitían la fragmentación progresiva del trabajo intelectual, facilitando la pérdida del control de los trabajadores sobre el proceso de trabajo y su descalificación.
Para Braverman, existía una estrecha relación entre el capitalismo de posguerra, caracterizado por la aparición de grandes monopolios que concentraban capital y trabajo, la gestión taylorista del trabajo y las innovaciones tecnológicas asociadas a ella. El creciente poder monopólico en un mercado de demanda estancada, la compresión de la autonomía de los trabajadores y la supresión de las dimensiones creativas del trabajo convergieron en la búsqueda de ganancia a costa de la desvalorización del trabajo asalariado.
El trabajo de Braverman fue objeto de diversas críticas. Particularmente justificada fue la crítica a su marco teórico del «capital monopolista», según el cual el capital monopolista se orientaría más a la descalificación que a la reestructuración continua forzada por la competencia. El énfasis de Braverman en la descalificación no anticipó las nuevas formas de trabajo calificado y complejo creadas por las tecnologías de la información, las técnicas de gestión y los nuevos segmentos laborales, en particular en los sectores financiero y de telecomunicaciones. No obstante, si consideramos cómo la implacable competencia del capital ha conducido a la centralización y concentración del capital —que, a su vez, posibilitó una reestructuración general del capital a partir de la década de 1970—, los argumentos de Braverman adquieren una nueva relevancia. Él no concebía las transformaciones en el proceso de trabajo como mecánicas u homogéneas, sino como insertas en contextos históricos específicos.
La máquina descalificadora por excelencia
La introducción de las tecnologías de la información y de las innovaciones logísticas transformó la manera en que las grandes multinacionales organizan la producción, permitiéndoles relocalizarla en nuevos destinos donde podían explotar mano de obra barata y descalificada, disciplinada por técnicas de gestión tayloristas aún vigentes. La internacionalización y la reestructuración del capital se centraron cada vez más en nuevas tecnologías intangibles bajo la forma de conocimiento y propiedad intelectual, sujetas a valuaciones financieras desmesuradas. Mientras tanto, el resurgimiento del trabajo asalariado y de la explotación no se limitó al Sur Global. Finalmente, la ofensiva neoliberal —la creciente individualización de las relaciones laborales y la introducción, a través de las tecnologías de la información, de nuevas formas de competencia entre los trabajadores— generó nuevas formas de descalificación, control y desvalorización del trabajo, como en el caso del llamado trabajo de plataformas.
La atención de Braverman al papel de la tecnología en la supervisión y regulación del proceso de trabajo refuerza la idea de Marx de que uno de los principales impulsores de la innovación tecnológica en una economía capitalista es el esfuerzo por expropiar a los trabajadores de sus capacidades y conocimientos específicos para transformarlos en meros portadores de una fuerza de trabajo homogénea en la producción de mercancías. No sorprende, entonces, que la IA pretenda venderse a sí misma como una máquina ahorradora de trabajo y descalificadora del trabajo.
Hoy la descalificación y la desvalorización del trabajo son objetivos explícitos de las grandes multinacionales llamadas tecnológicas dedicadas a desarrollar modelos de lenguaje de gran escala. La descalificación del trabajo está, de hecho, incrustada en la génesis de la tecnología de la IA. Como muestra Matteo Pasquinelli en su historia social de la IA, contrariamente a la sabiduría convencional, la IA no es la «imitación de la inteligencia biológica» sino la imitación de la división capitalista del proceso de trabajo.
El avance de la inteligencia artificial se centra en su capacidad de organizar información mediante bucles de retroalimentación que «aprenden» de cantidades formidables de datos de internet, buscando patrones sociales expresados en el lenguaje. El modelo espontáneo y adaptativo de los LLM toma su metáfora no tanto de la resolución del enigma del cerebro humano como de un mecanismo eficiente, descentralizado y acorde al mercado de procesamiento de información.
La inteligencia se convierte en la reproducción de patrones adecuados para realizar capas de tareas simples a través de una única tecnología, aparentemente consciente y dialógica. Aparte de las fallas asociadas a cualquier tecnología nueva, como las alucinaciones, la IA sufre del problema epistémico más fundamental de entender el conocimiento como una reorganización de información dada. Es eficaz como una poderosa máquina de procesamiento para muchas tareas intelectuales «simples», pero se limita a reproducir el conocimiento convencional con el que fue entrenada.
Todo el poder a los soviets de la IA
La IA no viene por todos nuestros empleos. Creará nuevos, como sugiere la teoría de la compensación. Lo que es más seguro es que se trata de una poderosa herramienta para descalificar y desvalorizar el trabajo intelectual, volviéndolo cada vez más homogéneo y mediocre y privando de autonomía en el proceso de trabajo a amplios segmentos de trabajadores, tanto intelectuales como manuales. Como señaló Marx: «La producción capitalista, por lo tanto, solo desarrolla la técnica y el grado de combinación del proceso social de producción socavando simultáneamente las fuentes originales de toda riqueza: la tierra y los trabajadores».
Pero la capacidad de la IA de depredar el trabajo y la naturaleza no significa que la izquierda deba adoptar una posición ludita. La IA sin control vendrá por nuestros salarios a través de su uso como herramienta de descalificación. Pero esta tecnología debería ser tratada como un nuevo terreno de lucha de clases en el lugar de trabajo, donde esta máquina intangible podría utilizarse como sustituto de tareas intelectuales aburridas, crear nuevos empleos y brindar a los trabajadores mayor autonomía sobre su tiempo y mayor autorrealización a través del trabajo. Como tecnología de propósito general que atraviesa distintas industrias, la IA presenta una oportunidad para una movilización transversal del trabajo contra el capital.
La urgente necesidad de organizar al trabajo en torno al trabajo con IA debería ir acompañada de la lucha política por tratar a la IA como un servicio público, como han argumentado en estas páginas Mathew Huber y Holly Buck. Dados sus usos de propósito general y sus grandes necesidades de infraestructura, hay un sólido argumento para regular sus usos y planificar la inversión en ella, tal como hicieron los gobiernos con servicios esenciales, como el agua y la energía (ambos consumidos intensamente por la IA).
Los avances tecnológicos de la infraestructura de agua corriente y electrificación en el siglo XIX, inicialmente en gran medida dominio del capital privado, dieron lugar a la planificación, la inversión y la propiedad públicas de estos nuevos medios de producción, que se convirtieron en la base de las extraordinarias ganancias de productividad del siglo XX. La provisión pública de estos servicios a tal escala habría sido imposible sin la lucha de los movimientos obreros socialistas y comunistas por los salarios, el empleo y el acceso a los servicios esenciales. Quizás la fórmula hoy debería ser: poder soviético más electrificación (e Inteligencia Artificial).
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