Por: Salar Mohandesi
El entusiasmo por la globalización que predominó a comienzos de la década de 2000 ha dado paso a una intensa preocupación por las fronteras nacionales y la competencia entre Estados. Pero la izquierda no puede permitirse abandonar su propia forma de internacionalismo, basada en la idea de la emancipación universal de la humanidad.
Ahora que entramos en una nueva era de guerras imperiales, el internacionalismo vuelve a ocupar un lugar central en la agenda de la izquierda. Pero ¿qué es el internacionalismo? ¿Y por qué importa?
La preocupación de la izquierda por el «internacionalismo» se deriva de que su proyecto político siempre ha estado vinculado, de una u otra forma, a lo que podría llamarse «emancipación universal». Emancipar significa liberar a alguien o algo de una relación de poder, y la emancipación universal designa la liberación de todas las personas de toda forma de dominación.
En otras palabras, el objetivo de la izquierda no es simplemente redistribuir la riqueza, ampliar los servicios públicos o acabar con la discriminación racial en el propio país, sino abolir toda forma de opresión y dominación en cualquier lugar. Por definición, la emancipación universal debe ser global o no será.
Un mundo de Estados
Pero el mundo no es un espacio único, homogéneo y uniforme. Los pueblos del planeta no están sometidos a una única autoridad administrativa, un único sistema jurídico ni una única fuerza policial. Tampoco están gobernados por una clase indiferenciada de dirigentes.
El planeta está dividido en múltiples unidades políticas distintas que, en su mayor parte, adoptan la forma de Estados-nación. Son precisamente esos Estados-nación independientes los que hoy asumen la principal responsabilidad de sostener las relaciones de dominación. Esto no significa que el Estado sea la única fuente de dominación, sino que los Estados constituyen el principal instrumento para preservar ese orden desigual.
Ya se luche contra el racismo, el patriarcado o el capitalismo, tarde o temprano será necesario enfrentarse a las leyes, la policía, los tribunales y las prisiones del Estado. Como el poder estatal está distribuido entre numerosos Estados-nación, la lucha por la emancipación adopta necesariamente la forma de una multiplicidad de combates librados dentro y contra cada uno de ellos.
Esta es una de las razones por las que la izquierda ha preferido históricamente hablar de «internacionalismo» antes que, por ejemplo, de «cosmopolitismo». El término recuerda que la aspiración de transformar el mundo debe partir de una realidad ineludible: las principales unidades políticas del orden existente siguen siendo los Estados-nación. Incluso en el mundo supuestamente globalizado de hoy, poblado de ONG, alianzas militares, empresas transnacionales e instituciones internacionales, el camino hacia lo planetario pasa necesariamente por una confrontación con el Estado-nación.
El internacionalismo no es un imperativo moral de ayudar a quienes lo necesitan, ni una estrategia prefabricada para liberar al mundo. Designa, más bien, el amplio conjunto de problemas políticos que surgen de la tensión entre la necesidad de transformar el mundo a escala global y la obligación estratégica de asumir a los Estados-nación como los principales escenarios de esa lucha.
Cruce de fronteras
Ningún Estado-nación ha gobernado jamás una población homogénea. En gran medida, esto se debe a que los Estados se impusieron históricamente sobre poblaciones que ya eran heterogéneas. No fueron esas personas las que cruzaron hacia los nuevos Estados-nación; fueron las fronteras recién trazadas de esos Estados las que las «atravesaron».
Por eso los Estados-nación nunca pueden quedar herméticamente sellados. Millones de personas cruzan regularmente sus fronteras y muchos países albergan inmigrantes procedentes de otros Estados. Esto refuerza la heterogeneidad que se encuentra en el corazón de todo Estado-nación. De hecho, no son pocos los países cuya población está compuesta en gran medida por personas cuyos antepasados nacieron en otras partes del mundo.
Dado que cada Estado alberga una población diversa, cualquier avance emancipador significativo depende de encontrar formas de unir en una lucha común a personas nacidas en distintos Estados-nación, que hablan lenguas diferentes, viven en lugares distintos, forman parte de comunidades diversas y se preocupan por problemas diferentes.
Sin embargo, el bloque gobernante de cada país procura impedir que esa unidad llegue a forjarse. La división es uno de los principales mecanismos mediante los cuales las clases dominantes preservan su poder, y la forma más eficaz de producirla consiste en movilizar categorías políticas construidas —como la raza, la nacionalidad o, especialmente, la ciudadanía— para convertir diferencias reales en divisiones aparentemente insalvables.
Hoy los bloques gobernantes intentan neutralizar el descontento popular canalizando la ira política hacia un nativismo xenófobo. Esta estrategia puede incluso enfrentar entre sí a los propios inmigrantes, incluidos aquellos procedentes del mismo país. Estados Unidos es probablemente el ejemplo más evidente, aunque de ningún modo el único.
En este sentido, puede decirse que el internacionalismo comienza dentro del propio Estado-nación. Cada Estado gobierna una población heterogénea y recodifica jurídicamente esas diferencias como diferencias de nacionalidad. Como esas divisiones «nacionales» se utilizan para enfrentar entre sí a personas que conviven en un Estado esencialmente «multinacional», toda práctica política eficaz dentro del Estado-nación posee ya una dimensión internacional.
Soluciones globales
Además de dificultar la construcción de unidad dentro de cada Estado-nación, la división del mundo en fronteras nacionales, identidades nacionales y Estados-nación hace mucho más difícil organizar un movimiento unificado a través de las fronteras. Aunque esas divisiones no convierten a todo el mundo en xenófobo, sí tienden a estrechar el horizonte político y a fomentar que las personas prioricen los problemas nacionales por encima de los internacionales.
Esto resulta especialmente evidente en el corazón de las potencias imperialistas relativamente aisladas, como Estados Unidos, donde el sistema político está diseñado para fomentar una cultura de individualismo extremo. Cuando las personas de esos países se politizan, suele ser —aunque desde luego no siempre— porque acontecimientos ocurridos dentro de su propio Estado han afectado directamente sus vidas: sube el precio de la gasolina, los alimentos se encarecen, los empleadores controlan sus redes sociales, inundaciones sin precedentes dañan sus viviendas o la policía migratoria realiza redadas en sus barrios.
Todas esas son razones perfectamente legítimas para acercarse a la política de izquierda y están profundamente entrelazadas con procesos globales. Sin embargo, esa dimensión internacional suele quedar deliberadamente oculta. El desafío consiste en establecer esas conexiones.
Quienes luchan por la emancipación deben mostrar que los problemas locales tienen raíces globales y que, por lo tanto, solo pueden resolverse a esa misma escala. Deben convencer a las personas de que lo que ocurre en otros países también afecta sus vidas y de que su destino está ligado al de millones de personas a las que nunca conocerán.
Rivalidades entre Estados
Aunque hoy prácticamente todos los bloques gobernantes están comprometidos con impedir un futuro sin dominación, y aunque a menudo coordinan sus esfuerzos para mantener a raya a los movimientos emancipadores, eso no significa que mantengan relaciones armoniosas entre sí. Una de las funciones de la alianza imperial encabezada por Estados Unidos tras la Segunda Guerra Mundial fue precisamente disciplinar a esos bloques gobernantes, permanentemente enfrentados entre sí, para que pudieran contener con mayor eficacia la amenaza común de los movimientos emancipadores. Hoy esa alianza se está resquebrajando y las guerras entre bloques gobernantes rivales son cada vez más frecuentes.
Al mismo tiempo, existen Estados que, aun siendo capitalistas, patriarcales, desiguales y, en algunos casos, autoritarios, se oponen a Estados Unidos y a la alianza imperial que este encabeza. Esto plantea un dilema para quienes aspiran a la emancipación universal. Por un lado, acabar con toda forma de dominación exige derrocar también a esos Estados desiguales, aunque rechacen la hegemonía imperial estadounidense. Por otro, Estados Unidos continúa siendo la principal amenaza para los movimientos emancipadores en todo el mundo.
Aunque la izquierda es hoy demasiado débil para intervenir de manera decisiva en estas rivalidades interestatales, sus compromisos internacionalistas plantean una serie de interrogantes difíciles. ¿Apoyar levantamientos populares contra Estados enfrentados con Estados Unidos termina proporcionando, involuntariamente, un pretexto para una intervención de Washington? ¿La necesidad de enfrentar al enemigo común que representa el imperialismo estadounidense acaba fortaleciendo a esos regímenes antiestadounidenses profundamente desiguales? ¿Existe una salida diferente?
El problema del internacionalismo
El Estado-nación es incompatible con la emancipación. Su función principal consiste en preservar un orden social desigual mediante el sostenimiento del bloque gobernante, la absorción de los desafíos internos, la represión de las luchas de liberación, la división de la población y el cierre de los espacios para la experimentación política. Quien aspire a la emancipación deberá, por lo tanto, encontrar una forma de superar el Estado-nación.
El internacionalismo remite, en última instancia, al problema estratégico fundamental de toda política emancipadora contemporánea. Como resume Richard Seymour, la emancipación universal exige superar el Estado, pero la división del mundo en Estados-nación soberanos obliga, desde un punto de vista estratégico, a asumir esos mismos Estados como el principal terreno de la lucha.
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