Entrevista por Meagan Day

Clementine Morrigan y Jay Lesoleil, co-conductores del podcast F–king Cancelled radicados en Montreal, fueron testigos privilegiados del secreto que la izquierda no se atreve a mencionar: la tendencia al deplatforming [expulsión de una persona de las plataformas o espacios desde donde se expresa públicamente, ya sean redes sociales, medios o eventos] y la cancelación. A través de su podcast y de sus escritos en Substack, Morrigan y Lesoleil reflexionan sobre sus experiencias en el extremo más filoso de esta cultura. Lo que generaciones anteriores de la izquierda habrían reconocido como juego sucio hoy suele celebrarse como virtud política.

En una conversación de amplio alcance con Meagan Day, de Jacobin, Morrigan y Lesoleil discuten el identitarismo, la salud mental, la madurez emocional y la institucionalización de la política de la cancelación. A lo largo de todo el intercambio, se ocupan de explicitar los costos que la política de la pureza y la tolerancia hacia la cancelación imponen sobre la capacidad organizativa de la izquierda y sobre la salud democrática.

MD Hay un contingente considerable dentro de la izquierda que está convencido de que la cultura de la cancelación es un fantasma invocado por la derecha, que no es real y que nunca lo fue. Así que les voy a hacer la pregunta a ustedes: ¿la cultura de la cancelación es real? ¿Ocurrió? ¿Sigue ocurriendo?

CM Sí, la cultura de la cancelación es real. Y es útil definir los términos. La cultura de la cancelación no es simplemente criticar a alguien públicamente o decir que uno está en desacuerdo con sus ideas. Es una campaña de acoso dirigida contra un individuo o una organización, que se extiende a todos los que están asociados con esa persona: amigos, familiares, parejas, conocidos, cualquiera que continúe apoyándola públicamente. Exige el retiro social total del blanco; el objetivo es algo así como la muerte social.

En el punto máximo de esto, especialmente en 2020, alguien podía ser señalado públicamente en línea sin ninguna verificación de los hechos, sin ninguna oportunidad de exponer su versión, y cualquier intento de defenderse era a su vez reencuadrado como una forma de «negarse a asumir sus responsabilidades», lo cual era tomado como prueba de culpabilidad.

Todos los que están asociados con la persona acusada experimentan entonces su propio acoso: mensajes directos, señalamientos públicos que exigen que denuncien a esa persona, la amenaza implícita de que mantener la amistad los vuelve cómplices de cualquier delito que se haya alegado. Y con frecuencia, quienes impulsan todo esto nunca conocieron a la persona a la que están cancelando. Internet es internacional, así que los acusadores a menudo no saben casi nada sobre lo que ocurrió o no ocurrió, porque en realidad nunca formaron parte de la vida de esa persona.

JL Y a causa de internet, esto sucede a una escala que está completamente fuera de todo aquello para lo cual evolucionamos: varios órdenes de magnitud más allá de todo lo que un ser humano encontraría naturalmente.

Todos lo hemos visto suceder. Cuando la gente afirma que no es real, lo que generalmente quiere decir es que está bien, que como nadie desaparece literalmente, eso no cuenta como una cancelación real. Pero, ¿qué requeriría eso, en realidad? ¿Que alguien muera o quede encerrado en una caja? Si seguir teniendo un trabajo o tres amigos significa que uno no fue realmente cancelado, ese es un criterio extraño.

CM Esto realmente revela que el objetivo real es la aniquilación social total. Si la persona todavía existe de algún modo, según esa lógica, no fue realmente cancelada. La gente se delata a sí misma.

JL También hay una confusión persistente entre la cancelación propia de la cultura de las celebridades y lo que les sucede a personas comunes dentro de la izquierda. Son fenómenos emparentados, pero no son lo mismo.

CM Exacto, y esa confusión refleja un fracaso más profundo a la hora de pensar seriamente el poder. La gente confunde boicotear a una corporación adinerada, o señalar a alguien genuinamente poderoso y protegido —un Harvey Weinstein, con abogados y prensa propia—, con señalar al baterista de una banda local o a alguien con un modesto número de seguidores en Instagram que no tiene ninguna protección institucional.

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MD A veces, cuando la gente dice que la cultura de la cancelación «no es real», lo que en realidad quiere decir es que es real pero que está bien, lo cual generalmente termina reduciéndose a la lógica de que «donde hay humo, hay fuego». Es decir, si suficiente cantidad de gente que conoce a alguien cree algo malo sobre esa persona, tiene que ser verdad. ¿Pueden hablar de por qué esa es una manera tan peligrosa de razonar socialmente?

CM Lo bizarro es que el pico de este comportamiento dentro de la izquierda coincidió exactamente con el pico de gente que se presentaba como abolicionista del sistema carcelario. Eso es absolutamente incoherente. Uno de los principios más básicos de preocuparse por las personas encarceladas es afirmar el derecho a defenderse y el derecho a un juicio. Imaginen un sistema de justicia penal basado puramente en el rumor y la justicia por mano propia: eso es una violación evidente de los derechos humanos.

La cancelación no es la cárcel, pero coloca sobre una persona, de manera simultánea, todos los grandes factores de estrés que un ser humano puede experimentar en la vida —la pérdida del trabajo, la inestabilidad habitacional, la pérdida de vínculos centrales— sin ningún proceso de averiguación de los hechos.

Si hay «humo», está bien: ¿de qué se acusa específicamente a la persona, y de dónde viene la acusación? Muy a menudo, el acusador no es nombrado, o la historia pasó por varias manos, y la fuente original resulta poco clara. E incluso cuando se la puede rastrear, el lenguaje suele ser increíblemente vago —«causar daño», «ser un abusador», «ser racista»— sin ninguna descripción específica de un acto concreto.

Cuando fui cancelada, en el nivel más extremo, la gente literalmente hizo circular la afirmación de que soy miembro de NXIVM, la secta de tráfico sexual. Soy una punk canadiense que vive en Montreal. No existe ningún vínculo. Y sin embargo, la gente le dice esto en serio a mis amigos.

JL Si uno imagina una aldea de cien personas, y una de ellas es acusada una y otra vez de celebrar un aquelarre, tal vez se termine en la quema de una bruja a pequeña escala. Pero en internet, la cantidad de participantes es tan enorme que ningún cuerpo único mantiene las acusaciones atadas a la realidad. Las afirmaciones pasan por tantas rondas del teléfono descompuesto que pierden todo contacto con lo que realmente sucedió. Y como la cancelación se convirtió en una especie de actividad de ocio —algo que la gente hace con el teléfono en el autobús—, simplemente sigue generándose más humo, mucho después de que se haya apagado cualquier fuego.

CM Otra manera de decirlo es que existe algo así como una máquina de humo. La gente suele citar una estadística según la cual algo así como el 3 por ciento de las acusaciones son falsas, para argumentar que siempre deberíamos creerles a las sobrevivientes sin cuestionarlas. Investigué ese número alguna vez: proviene de estudios sobre denuncias policiales formales de violación o agresión. No podemos extrapolar eso a acusaciones vagas publicadas en internet. Presentar una denuncia policial falsa no es ni remotamente lo mismo que publicar un señalamiento anónimo. Y en realidad no tenemos buenos datos sobre con qué frecuencia las acusaciones en internet guardan alguna relación con la realidad.

Por mi propia experiencia, y por haber hablado con una enorme cantidad de personas canceladas a lo largo de los años, las acusaciones falsas en este contexto específico son extremadamente comunes: no solo fabricaciones directas, sino también conflictos interpersonales ordinarios o desacuerdos políticos legítimos reencuadrados como abuso u opresión.

JL Y también hay acusaciones que en realidad no son acusaciones en ningún sentido de primera persona: a cinco grados de distancia, donde ningún individuo identificado afirma que le haya pasado algo a él o ella, nadie sabe quién, nadie sabe cuándo, pero de todos modos circula como un hecho establecido.

CM Es algo completamente carente de una instancia de rendición de cuentas. Las personas que impulsan estas campañas no responden sobre si lo que están diciendo siquiera es verdad, a pesar de la gravedad del daño que están causando.

Envenenar el pozo

MD La gente que dice que la cultura de la cancelación no es real, a menudo también dice, casi en el mismo aliento, que uno debería simplemente soltar el teléfono, salir a tomar aire y curtirse un poco. ¿Qué les parece eso?

CM A mí me pasó de una manera espectacular, exagerada. Me cortaron las cubiertas del auto. Me echaron mierda líquida en las rejillas de ventilación del auto. Pegaron afiches con mi cara tachada y acusaciones falsas impresas debajo. Una vez, alguien se acercó a mí en un evento de venta de fanzines y deliberadamente derramó café sobre 500 dólares de mis fanzines. Decirme que salga a tomar aire es absurdo; lo que está sucediendo en casos como este es acoso. Es interesante que esta negación venga de la misma gente que dice que deberíamos «creerles a las sobrevivientes». ¿Mi propio testimonio sobre lo que me pasó es simplemente falso?

Conozco el caso de una persona cancelada a la que apuñalaron en el cuello y asesinaron. Después, la gente en internet acosaba a su viuda, diciéndole que él finalmente había sido responsabilizado. Ese es el extremo más grave, pero la amenaza de violencia física es lo bastante común como para que la gente sienta un miedo genuino, incluso cuando todavía no les pasó nada físico a ellos personalmente.

Más allá de eso, que se mienta sobre uno, que se lo tergiverse, que se dé vuelta por completo el sentido de quién es uno y se lo transmita al mundo entero, es profundamente doloroso en sí mismo. Clínicamente, sabemos que ciertos factores de estrés desencadenan de manera previsible crisis de salud mental: perder un vínculo importante, perder el trabajo, verse obligado a mudarse, es decir, un conflicto mayor. La cancelación produce habitualmente varios de estos factores de manera simultánea, y como todo queda registrado y es buscable, persigue a las personas indefinidamente: un nuevo empleador busca tu nombre en Google y encuentra «supremacista blanco» o «violador» asociado a él, sin importar si eso es verdad. Esto genera un riesgo real de suicidio. Y el desprecio con el que la gente responde —«vamos, no es para tanto»— es en sí mismo un síntoma del problema. La cancelación funciona deshumanizando al blanco y revocando el permiso de sentir cualquier empatía por esa persona.

MD Se me ocurre que, en estadios anteriores de la humanidad, ni siquiera habríamos esperado encontrarnos con las opiniones de tanta gente sobre nosotros, y mucho menos con este grado de ostracismo. Nuestros cerebros no están hechos para eso. En los grupos pequeños en los que transcurrió la mayor parte de nuestra historia evolutiva, ser condenado al ostracismo implicaba un riesgo real: uno podía quedar abandonado en la siguiente migración. Ser ampliamente odiado provoca un pánico real, incluso si está sucediendo en internet. Y no se puede simplemente apagar esa respuesta del sistema nervioso solo porque ahora vivimos en un mundo diferente.

JL Exactamente: somos criaturas profundamente sociales hasta un punto que es difícil exagerar. Que una historia falsa sobre uno circule públicamente y sea retomada por una cantidad enorme de gente se registra como algo existencialmente peligroso, y el cuerpo responde en consecuencia. Hablando por mí, y en nombre de mucha gente que nos escribió a raíz del podcast: esto es traumatizante en un sentido clínico. Tengo estrés postraumático a raíz de esto. Tengo disparadores, cosas que me llevan a una semana entera de respuesta desregulada del sistema nervioso.

Puedo estar construyendo una nueva amistad y, a las tres semanas, alguien me escribe para decirme que ya no puede juntarse conmigo, o me exige una explicación sobre algo que leyó en internet, y no logro mantener la calma. Ese es un costo real para los vínculos reales, para mi salud mental real, no algo confinado a las redes sociales.

Además, vuelve difícil hacer un trabajo político real. Soy miembro de una organización, hago trabajo de comisión, hago afiches, pero nunca puedo ser vocero de cara al público, porque ese riesgo es demasiado alto. Notamos que mucha gente termina cancelada precisamente a causa de sus cualidades de liderazgo: hablar bien, tomar la iniciativa o poner en marcha proyectos. Alguien objeta que el proyecto no se llevó adelante exactamente como esa persona lo habría hecho, y quien efectivamente hizo algo termina arrastrado por el barro.

La mayoría de esta gente no abandona la izquierda; simplemente se retira de manera permanente de todo lo que implique exposición pública, porque el trauma es demasiado extremo. La cultura de la cancelación tiene este efecto de descabezar el liderazgo, y la izquierda necesita líderes. No puede ser simplemente un movimiento de Instagram ultradescentralizado.

Silenciar la herejía

MD ¿Por qué esto parece concentrarse con tanta fuerza, específicamente, en los espacios de izquierda y vinculados a la lucha por la justicia social?

CM Creo que hay dos componentes que todavía no nombramos del todo. Uno es el identitarismo: la idea de que la identidad es la lente más importante para entender el poder. Combinado con un achatamiento esencialista que le permite a ciertas personas reclamar que hablan en nombre de todo un grupo identitario, lo que borra el hecho de que cada grupo identitario contiene desacuerdos políticos reales. La cancelación se despliega entonces para imponer coactivamente cualquier posición que sea declarada como la postura «oficial» de ese grupo; si uno disiente, es un intolerante.

El segundo es el del chivo expiatorio. Estamos enfrentando fuerzas estructurales enormes, genuinamente aterradoras, y la mayoría de la gente tiene muy poca experiencia vivida de que la izquierda organizada realmente gane algo. Eso produce una impotencia real. Es mucho más fácil apuntar contra alguien de la propia comunidad, convertirlo en símbolo del sistema más amplio, y obtener la catarsis emocional de castigarlo y expulsarlo. Eso produce una sensación real, aunque ilusoria, de haber logrado algo, y básicamente somos adictos a ese alivio, a expensas directas de la efectividad política real.

JL Yo pienso a la cancelación como la actividad, a las redes sociales como el medio y al identitarismo como el contenido, la sustancia real de lo que está sucediendo. Prácticamente no hay ninguna cancelación en la izquierda que no esté enmarcada en términos identitarios. Nunca se ve «esta persona fue grosera con su vecino, entonces no nos cae bien». Siempre es «esta persona fue opresiva con una racializada» o algo por el estilo, porque ese encuadre es el que carga el peso emocional en espacios que toman en serio ese lenguaje.

Fuera de esos espacios, ese mismo lenguaje cae en el vacío. Pero uno encuentra dinámicas estructuralmente similares en otras comunidades de creencias de alto riesgo: cuando las comunidades religiosas llevan adelante su propia versión de la expulsión, recurren a un lenguaje religioso en cambio, porque ese es el contenido propio de su actividad.

CM Hice mucha asesoría gratuita para organizaciones políticas que enfrentaban campañas de cancelación, y hay un patrón que aparece constantemente: la gente se suma a la izquierda por una convicción profundamente arraigada, por un compromiso ético real. Muchos de ellos son genuinamente valientes, dispuestos a enfrentar a la policía, dispuestos a arriesgarse a ser detenidos por la acción climática. Se preparan emocionalmente para esos riesgos. Para lo que no se preparan es para que sus propios pares los tergiversen totalmente, presentándolos como lo opuesto a sus valores reales.

Los y las izquierdistas necesitan construir la resiliencia para ser tergiversados y poder decir, con claridad, «escucho la acusación, y esta es la razón por la que no estoy de acuerdo», lo cual generalmente requiere cierta comprensión funcional del identitarismo mismo. La gente me dice: «Alguien de esta identidad me dijo que mi acción fue racista, ¿no tengo que someterme a eso, quedarme en mi carril y honrar la teoría del punto de vista situado?». Y yo les digo: hacer eso en realidad reproduce el esencialismo, porque uno está dejando que una sola persona se erija en vocera de un grupo enorme y políticamente diverso.

La política y el giro terapéutico

MD Tocaron el tema de la personalidad de la gente que termina siendo blanco de estas campañas. ¿Cuál es el perfil típico de quien lidera una campaña de cancelación?

JL Esto es medio en broma, pero existe un tipo narcisista que la instrumentaliza, que en realidad no cree demasiado en la sustancia de lo que dice y que la trata como una herramienta conveniente para sacarse de encima a gente que considera como un estorbo. También hay un tipo más organizado en torno a un funcionamiento límite (borderline): caótico, que no lo piensa demasiado, que simplemente vuelca en internet un sentimiento crudo y enorme, y lo prende fuego.

Y después están los seguidores, a menudo gente traumatizada que intenta seguir las reglas cuidadosamente por miedo a ser el próximo blanco, que se pliega a lo que sea que el consenso del momento exija para evitar convertirse ellos mismos en el próximo blanco.

CM Yo agregaría dos cosas. Hace años escribí un ensayo titulado «Llamé abusiva a mi ex sin que lo fuera», una historia real. Lo dije, se lo dije a varias personas, dejé que circulara, y desde entonces reparé el daño. No estaba difundiendo maliciosamente una mentira. Tengo estrés postraumático complejo por abuso en la infancia, y el trauma literalmente significa tener reacciones del sistema nervioso en el presente calibradas para algo que sucedió en el pasado.

En esa relación en particular, mi pareja tenía un estilo evitativo, yo tenía un estilo ansioso-preocupado, y había una sensación crónica de necesidades no satisfechas y una infelicidad real. Pero no había ninguno de los rasgos reales del abuso. Mi reacción del sistema nervioso frente a eso fue desproporcionada, por mi historia, y la comunidad en la que yo estaba en ese momento me dijo directamente que mi reacción emocional era en sí misma evidencia de abuso. Ese encuadre fue profundamente regulador para mí en el momento: me sacó del colapso indefenso y me llevó a una respuesta de lucha, que se sentía como más estable y me proporcionaba a alguien a quien culpar. Pero no era preciso.

Una parte enorme de mi trabajo, fuera de la cuestión específica de la cultura de la cancelación, tiene que ver con sobrevivientes de trauma y de abuso, y creo que el marco de «creerles a las sobrevivientes, sin hacer preguntas» en realidad es antisobreviviente, porque desconoce cómo funciona el trauma. Quien realmente me ayudó fue una terapeuta —hace nueve años que estoy con ella— profundamente informada sobre el trauma, que me dijo con claridad: eso fue una relación infeliz, no una relación abusiva, y es importante aprender a distinguir las diferencias.

Los propios terapeutas están ahora bajo una presión real por esta dinámica. Me convocaron para formar a terapeutas a quienes sus colegas les decían que tenían que estar «señalando la supremacía blanca» dentro del consultorio. Si yo hubiera salido a decir en internet que mi propia terapeuta era una apologista del abuso por haberme cuestionado suavemente mi encuadre, podría haber terminado con su carrera. Hoy hace falta un coraje real para que una terapeuta diga eso con claridad.

También llegué a pensar que la ortodoxia de la justicia social funciona como un significante de clase: un conjunto de reglas lingüísticas confusas, en constante cambio, concentradas entre gente académica, de ONG, de la clase profesional-gerencial en descenso social. Conocer las reglas funciona bastante como saber qué tenedor usar en una cena formal: usarlas correctamente señala la pertenencia al grupo. Se convierte en un ejercicio de señalización de clase bastante desligado de cualquier deseo real de hacer el bien en el mundo. Pasé tanto tiempo dentro de ese mundo que, incluso ahora que ya no intento representarlo y puedo detectar al instante cuándo alguien más lo está intentando y lo hace un poco mal.

Pureza vs. solidaridad

MD Individualmente, mucha gente de izquierda es inteligente, capaz de matices, capaz de solidaridad y cooperación reales. Colectivamente, la izquierda suele ser incapaz de todo eso. Dado que se supone que la solidaridad debería volvernos colectivamente más fuertes de lo que somos individualmente, resulta llamativo que el colectivo a menudo se comporte peor que cualquiera de sus miembros individuales. ¿Están de acuerdo con eso?

CM Mucho de esto se reduce, honestamente, a la cobardía. Entiendo por qué la gente tiene miedo, pero llegado cierto punto se me acabó la paciencia para eso. Estamos en 2026; muchos izquierdistas trabajaron duro para desplazar esa cultura y hoy es genuinamente más fácil hacerle frente a esto de lo que era hace seis años. Si uno tiene posiciones matizadas, o está dispuesto a asociarse con gente que fue cancelada, van a ir por uno. Necesitamos poder nombrar eso como algo disfuncional con claridad y negarnos a seguir con ese juego. Si no podemos hacerlo, no vamos a salir de esto.

JL Hay una desconexión entre los principios que decimos sostener en la izquierda y los principios que realmente rigen la forma en que nos tratamos entre nosotros. Sospecho que mucho de esto viene del vaciamiento que sufrió la izquierda bajo el neoliberalismo. Durante mucho tiempo hubo izquierdistas, pero apenas una izquierda organizada real donde encarnar esos principios en la práctica. Entonces mucha gente experimentó a «la izquierda» sobre todo como ideas flotando en internet, desligadas de cualquier organización que efectivamente intentara poner esos principios en práctica.

CM. Jay y yo tomamos mucho de nuestra experiencia en Alcohólicos Anónimos (AA) en este punto. AA es una organización internacional enorme, llena —seamos honestos— de un montón de gente caótica y difícil, y existe desde la década de 1930 sin liderazgo centralizado, manteniéndose unida. Una de sus tradiciones centrales es la de «principios antes que personalidades», la idea de que los principios compartidos guían la conducta por encima del conflicto interpersonal y de que la unidad se prioriza por sobre el desacuerdo. Narcóticos Anónimos tiene un dicho similar: «Mientras los lazos que nos unen sean más fuertes que los que intentarían separarnos, todo va a estar bien».

Creo que la izquierda podría aprender algo de eso. ¿Qué pasó con la solidaridad, con la idea de que a pesar de un desacuerdo real compartimos un objetivo más grande y nos necesitamos genuinamente unos a otros? Si no podemos organizarnos entre nosotros, cuando ya estamos de acuerdo en la vasta mayoría de las cosas, no tenemos ninguna posibilidad de construir una solidaridad amplia con gente que ni siquiera comparte nuestro vocabulario interno específico. Necesitamos una tolerancia real por la diferencia, una humildad real respecto de no tener todo resuelto, con curiosidad, empatía y solidaridad como principios operativos básicos, o de lo contrario simplemente estamos funcionando con personalidades antes que con principios, de maneras caóticas e interesadas.

MD Creo que la gente subestima desde cuánto tiempo atrás vienen estas dinámicas. Yo fui a una universidad progresista, de artes liberales y pequeña, a partir de 2007, y esto ya estaba en pleno desarrollo. Tengo historias que tienen casi veinte años. La gente trata a 2020 como «el Gran Despertar», o señala un poco más atrás, al «pico de Tumblr», pero esto ya estaba sucediendo desde mucho antes de eso.

CM Va incluso más atrás que eso. Dejé la secundaria en 2002 cuando salí del clóset como lesbiana, y para 2003 ya estaba en una escuela alternativa en Toronto haciendo literalmente ejercicios de «un paso adelante si sos X, un paso atrás si sos Y». Los adultos que dirigían ese programa nos enseñaban esto. Fue un fenómeno de nicho durante mucho tiempo, después empezó a moverse hacia el mainstream alrededor de 2013–14 y alcanzó su cenit en 2020.

La política de masas necesita masas

MD Desde nuestro punto de vista, lo que cambió hacia 2020 no fue que esta forma de pensar empezara a existir; fue que algo que había sido síntoma de una izquierda pequeña, marginal, relativamente carente de poder, de golpe engulló a toda la cultura. Quienes venimos observando esto desde hace veinte años probablemente tenemos alguna responsabilidad en cuanto a advertirle a la gente que no funciona y que destroza a los movimientos cada una de las veces.

JL Lo que en realidad era una locura en 2020 no era que algo de esto apareciera de repente. Era que un lenguaje que habíamos usado en casas colectivas anarquistas empezara a ser repetido, palabra por palabra, por los departamentos de recursos humanos de las grandes corporaciones multinacionales. Para ese momento, yo ya llevaba años sin usarlo y ver cómo se volvía culturalmente hegemónico dentro del mundo corporativo estadounidense fue surrealista, y honestamente la prueba más clara posible de que nada de eso amenaza realmente en absoluto a la estructura de poder.

MD Esa ola llegó a su pico, y ahora estamos lidiando con una derecha reaccionaria y psicótica. Y «nosotros no somos woke» es uno de sus discursos de reclutamiento más efectivos para jóvenes que probaron algo de esta disfunción. No creo que eso sea toda la historia del ascenso de la derecha —hay una historia económica mucho más grande de fondo—, pero es parte de ella. ¿Qué le dicen a la gente que sostiene que este no es el momento para hablar de nada de esto, dado todo lo demás que está pasando?

CM Es genuinamente insultante decirle a la gente que algo que puede ver claramente frente a ella no es real. Si la izquierda se niega a tener esta conversación y a ofrecer respuestas, la gente va a ir a buscar respuestas a la derecha, y las va a encontrar ahí. Tenemos la responsabilidad de dar respuestas reales —no solo sobre este fenómeno, sino sobre la vida material real de la gente—, y si no hacemos ese trabajo, la derecha va a proveer su propio relato de chivo expiatorio en nuestro lugar.

JL Cuando arrancamos con el podcast, en realidad solo había dos lugares en la izquierda a los que uno podía recurrir para conseguir algún análisis de esto desde una perspectiva de izquierda: el canal de YouTube de Jacobin y nosotros. Si no hay lugar en la izquierda para decir «esto es completamente una locura», la gente o bien se calla, o va derivando hacia la derecha o directamente se retira de la vida política. Nos propusimos abrir un pequeño espacio donde la gente pudiera pararse, y creo que lo logramos y que otra gente nos siguió a través de la grieta que abrimos. Ahora, buena parte de la izquierda o bien terminó con eso en silencio —lo cual llamaría cobarde, pero de todos modos es mejor que nada—, o está dispuesta a decir abiertamente: «Sí, yo formé parte de eso, y era una locura», lo cual es todavía mejor.

CM Al mismo tiempo, aunque ya no sea hegemónico, sigue socavando la organización, y tenemos que seguir aplastándolo dondequiera que lo encontremos. Quienes organizan ya están sin plata, agotados, haciendo esto además de sus trabajos diarios, enfrentando un poder estructural enorme, y esto sigue destrozando reuniones. Todavía me escribe gente diciéndome: «estamos tratando de organizarnos, y está pasando esto, y no sabemos qué hacer». Mientras eso siga siendo cierto, estamos permitiendo que sabotee nuestros propios esfuerzos.

JL Es peligroso simplemente seguir adelante sin reconocer lo que pasó, porque sin el vocabulario ni el análisis, uno no tiene ninguna defensa la próxima vez que esto aparezca. Y a esta altura está prácticamente garantizado que cualquier organización de izquierda o institución cultural va a terminar siendo arrastrada por estas dinámicas tarde o temprano. Hay que saber cómo responder cuando eso pase, y no simplemente asumir que todas las acusaciones tienen que ser verdaderas, porque las organizaciones solían asumir eso.

Desarmar el pelotón de fusilamiento circular

MD Esto no terminó, y no hay ninguna garantía de que no vuelva a resurgir. Todavía hay cohortes que operan exactamente de esta manera, todavía hay nuevos reclutas absorbiendo este marco, porque es un modo de pensar más simple que un análisis de izquierda genuinamente sistémico. Es más fácil de captar, especialmente para gente joven criada en una cultura atomizada, neoliberal e identitaria. Esto podría volver a convertirse en un tema dominante dentro de cinco años, si no estamos alerta, incluso en medio de la actual reacción antiwoke, que es en sí misma profundamente reaccionaria.

CM Mucho de esto se reduce a la madurez emocional, y creo que mucha gente es genuinamente inmadura desde el punto de vista emocional, porque no nos criaron con buenos modelos de regulación emocional. Escribí un texto titulado «La organización política no es terapia», donde argumento que los espacios de organización no están preparados para satisfacer las necesidades emocionales crudas y no procesadas de la gente. La gente a menudo se presenta esperando que el colectivo haga ese trabajo, en lugar de hacerlo primero con un terapeuta, una pareja o un amigo cercano, y recién después traer a la mesa la cuestión específica y concreta que efectivamente hay que resolver.

MD En mis días de organización en la Bahía de San Francisco, un grupo de nosotros solíamos ir a sentarnos a un centro zen con un miembro mayor que practicaba ahí. Sé cómo suena eso desde afuera, pero la autorregulación emocional debería ser un valor explícito en la izquierda. No hablamos de esto, pero toda tradición de sabiduría seria, ya sea estoica, budista, cristiana contemplativa o de Doce Pasos, termina llegando a la misma intuición: tus sentimientos son reales y válidos, pero transitorios, y el objetivo es actuar a partir de ellos de la manera menos destructiva posible, en lugar de estar gobernado por ellos.

CM Hay un momento y un lugar para sentir algo plenamente y procesarlo, y hay un momento y un lugar donde eso simplemente no corresponde. Necesitamos la madurez para nombrar eso con claridad cuando alguien secuestra una reunión con un proceso emocional que no tiene relación con el orden del día real, y para decirlo directamente en lugar de dejar que eso descarrile todo.

JL Voy a tirar acá mi teoría del trauma sobre el estalinismo, porque siempre me parece pertinente: creo que muchos de los peores fracasos del comunismo del siglo XX se remontan al hecho de que la gente que terminó en la cima de esas revoluciones y de las guerras civiles subsiguientes estaba tan traumatizada por la experiencia que quien terminaba en la cima —la última persona en pie— a menudo era simplemente la persona más desensibilizada respecto de matar. Eso podría explicar parte de lo que pasó bajo Iósif Stalin, Mao Zedong y los Jemeres Rojos.

Pero la izquierda norteamericana de hoy no está compuesta por veteranos de guerra. Sufre de una manera más silenciosa, más atomizada, más alienada.