Por: Argenis José Delgado Vegas
A 534 años de la Resistencia Indígena Planetaria, en homenaje al maestro Saúl Rivas Rivas: guerra cognitiva, tecno feudalismo y soberanía algorítmica cimarrona frente al cerco electoral, espiritual y epistémico del imperio.
Nuestra Améfrica Ladina despierta. En el marco de una resistencia que lleva más de cinco siglos frente a la colonización y la neocolonización, los pueblos de México, Cuba, Haití, Brasil, Colombia, Nicaragua, Bolivia, Venezuela, Ecuador y Argentina —con mayoría de población indígena y afrodescendiente— han impulsado en las últimas décadas procesos de liberación y descolonización estatal. Unos se han aproximado al zapatismo, panafricanismo, socialismo, comunismo, comunitarismo… No importa la etiqueta: importa que se atreven a caminar fuera del guión que Occidente les tenía reservado. Y cuando los pueblos rebeldes se mueven, el imperio afila sus armas. No solo las militares. Las armas más letales son las ideológicas.
La densidad afroindígena de Colombia, Brasil y Venezuela: el corazón demográfico de la rebelión.
En Nuestra Améfrica Ladina hay tres países donde la matriz colonial muestra su rostro más descarnado porque allí se concentra una de las mayores densidades de población afrodescendiente e indígena del continente. Brasil, con más de la mitad de su población autoidentificada como negra o parda y cerca de 1,7 millones de indígenas; Colombia, con millones de afrocolombianos, raizales y palenqueros y más de un centenar de pueblos originarios; y Venezuela, con una presencia afrodescendiente que atraviesa la región norte costera frente al Caribe, los llanos y los Andes, el Sur y con 2,8 % de población indígena reconocida. No son datos menores: son la prueba viviente de que la colonialidad no terminó. Son también el sujeto histórico que el imperio teme, porque su memoria colectiva guarda el cimarronaje, el Cumbe, el resguardo, el conuco, el territorio y la espiritualidad como formas de libertad. Esa densidad afroindígena explica por qué estos países son blanco prioritario de la Matriz Ideológica de la Dominación Occidental. En Brasil, el bolsonarismo no solo disputa el Estado: disputa el relato sobre la esclavitud, los quilombos y los pueblos indígenas.
La bancada evangélica ultraconservadora, el agronegocio y la minería ilegal avanzan sobre tierras indígenas y quilombolas mientras se boicotea Durban y se criminaliza el racismo estructural. En Colombia, el giro a la derecha de Abelardo de la Espriella se monta sobre el miedo, el extractivismo y la guerra cognitiva contra el Acuerdo de Paz, justo en el país con mayor población afrodescendiente del mundo después de Brasil y con pueblos indígenas que han sido víctimas del conflicto armado. En Venezuela, el cerco financiero, el secuestro del presidente legítimo Nicolás Maduro y su esposa la diputada Cilia Flores, la ofensiva contra los cultos populares apuntan al corazón afroindígena del proyecto bolivariano.
Estos tres países son, además, la demostración de que las Causas Comunes de la Humanidad no son abstracciones: la causa indígena, la causa de la diáspora africana, la causa del planeta, la de la mujer, la del trabajo y la intergeneracional se intersectan en la Amazonía, el Pacífico colombiano, el Cerrado brasileño, Barlovento y la Guayana venezolanaa ( incluye el Esequibo). Allí la colonialidad de los datos se vuelve concreta: los algoritmos de Silicon Valley clasifican, vigilan y expropian los saberes de pueblos que han cuidado la vida durante milenios. Por eso la soberanía algorítmica cimarrona no es un lujo teórico: es la continuación digital del palenque y del resguardo. Sin ella, la gran población afro e indígena de Colombia, Brasil y Venezuela seguirá siendo materia prima de la guerra cognitiva, del tecno feudalismo y del viejo Dios blanco que no tolera la pluriversalidad.
Marco Teórico: «Saúl Rivas Rivas lo advirtió con claridad: existe una Matriz Ideológica de la Dominación Occidental, un entramado histórico, cultural, social y espiritual cuyo fin es ‘dar continuidad a toda una opresión capitalista occidental’. Esa matriz no es un invento reciente. Es la misma que construyó un ‘Dios blanco y europeo’ frente a un ‘Diablo negro, indio o árabe’, justificando la dominación como un acto de perfeccionamiento racial.» Ramón Grosfoguel desmonta el mecanismo con precisión quirúrgica. El «universalismo abstracto» es aquel que, «desde un particularismo hegemónico, pretende erigirse en diseño global imperial para todo el mundo». Se presenta como «descarnado», como si no tuviera cuerpo, como si no hablara desde ningún lugar. Pero sí habla: habla desde la geopolítica y la corpo- política del conocimiento eurocéntrico, desde el «punto cero» que se arroga el derecho de nombrar la verdad universal. Ese universalismo no es universal: es el particularismo de Occidente disfrazado de destino de la humanidad.
Enrique Dussel completa el cuadro al señalar que el eurocentrismo consiste exactamente en «haber confundido la universalidad abstracta con la mundialidad concreta hegemonizada por Europa». Europa no fue el centro del mundo hasta que la conquista y la colonización la pusieron allí. Pero una vez instalada, su particularidad se transfiguró en universalidad. Lo que era un momento regional se convirtió en la medida de toda civilización. El mito de la Modernidad convirtió al victimario en inocente y a la víctima en culpable.
Frente a esa matriz, Rivas Rivas no solo denuncia: propone. Sus tesis sobre las Causas Comunes de la Humanidad parten de una premisa fundamental: «La humanidad toda se encuentra afligida por razones de género, luchas de pueblos por su liberación, ambiente y explotación de clases. Lejos de entender estas causas por separado, describimos la intersección de las mismas como una lucha común de la humanidad toda por alcanzar su emancipación». No son causas aisladas, sino «pies distintos del mismo cuerpo que caminan en torno a la descolonización, la anticonquista, el antiimperialismo y la liberación definitiva».
Entre esas causas, Rivas Rivas enumera la del planeta —porque «el Planeta puede vivir sin
nosotros, nosotros no podemos vivir sin Él», como dicen las filosofías indias del Buen Vivir—; la
de la mujer y la familia, señalando que el patriarcalismo no ha existido siempre, sino que
aparece con el Estado y la sociedad patriarcal hace 7.000 a 10.000 años; la del trabajo y los
trabajadores; la causa indígena de América en conexión con los pueblos originarios de todos los
continentes; la causa de la diáspora africana; y la causa intergeneracional en el diálogo de
civilizaciones. El autor insiste en que «cada una de estas causas es específica e irreductible unas
a otras», pero todas confluyen en un mismo horizonte emancipatorio.
Esa matriz sigue operando. Y su expresión más reciente y descarnada es el boicot a la
conmemoración del 25.º aniversario de la Declaración de Durban. La administración
estadounidense, a través de su embajador ante la ONU, Mike Waltz, calificó el evento como una
reunión «vergonzosa», «antioccidental y antisemita», y agradeció explícitamente a los Estados
que se unieron al rechazo del «legado pernicioso de Durban» (Insurgente, 2026). Ese boicot —al
que se sumaron 48 Estados, incluyendo a Venezuela (por omisión) y Argentina— es una
expresión concreta de la Matriz Ideológica de la Dominación Occidental. Condenar como
«antioccidental» todo esfuerzo por visibilizar el racismo estructural, la colonialidad y la
reparación histórica es precisamente el gesto que la matriz prescribe. Y es, sobre todo, un golpe
directo contra los pueblos afrodescendientes e indígenas de Colombia, Brasil y Venezuela, que
son los que más han exigido reparación histórica y los que más han visto cómo sus territorios,
sus saberes y sus vidas siguen siendo expropiados.
El laboratorio cubano: fundamentalismo evangélico y cerco espiritual
Pero la contraofensiva no se limita a los foros internacionales. Se expresa con crudeza en los
procesos electorales, los cambios políticos de la región y, de manera cada vez más alarmante, en
la esfera religiosa. Cuba, que ha sido faro de resistencia anticolonial durante más de seis
décadas, enfrenta hoy una ofensiva silenciosa pero profunda: el crecimiento acelerado del
fundamentalismo evangélico ultraconservador, un fenómeno que no es casual ni espontáneo,
sino que responde a la misma lógica de la Matriz Ideológica de la Dominación Occidental.
En un continente históricamente católico, con diversidad de espiritualidades ancestrales, se
expande con fuerza un evangelismo de corte ultraconservador, de cuya mano también han crecido las fuerzas políticas de ultraderecha. Cuba no es en absoluto una excepción a este
fenómeno. Desde los años 90, coincidiendo con la crisis económica derivada del derrumbe del
campo socialista, las iglesias evangélicas de corte ultraconservador crecieron en la isla y se
convirtieron en un actor político contrario al proyecto revolucionario. Lo que comenzó como un
florecimiento religioso legítimo en un contexto de vacíos existenciales, fue progresivamente
capturado por redes neoconservadoras con financiamiento y respaldo desde Estados Unidos.
El analista cubano Iramis Rosique Cárdenas, en un artículo publicado por el diario español
Diario Red, sostiene que ese fenómeno «parece ser el mayor adversario interno que haya tenido
el proyecto social cubano». No es una exageración. Las iglesias evangélicas ultraconservadoras
fueron el frente más relevante de oposición al proyecto de Constitución de 2018 —que incluía el
matrimonio igualitario— y articularon un bloque de al menos 16 denominaciones contra el
Código de las Familias. Su presión logró que el programa de educación sexual del Ministerio de
Educación, aprobado en 2021, nunca se aplicara. Estamos ante una ofensiva que no solo disputa
el alma, sino que legisla sobre el cuerpo y la subjetividad de todo un pueblo.
La pregunta clave es: ¿cómo se financian? La mayoría de las iglesias evangélicas en Cuba tienen
una «iglesia hermana» en Estados Unidos, de la cual reciben apoyo financiero. El Evangelismo
Cristiano Humanitario para Cuba, por ejemplo, recibió aproximadamente USD 2,3 millones del
Gobierno de Estados Unidos entre 2009 y 2017, y ocupó uno de los primeros puestos entre los
proyectos relacionados con Cuba que han recibido mayor cantidad de fondos desde que Trump
asumió el cargo. La mano del «Tío Sam» existe, actúa e influye, intentando desmovilizar a los
sectores populares y/o producir cambios en los Gobiernos.
El patrón es conocido: donde el Estado revolucionario no puede ser derrotado por la vía militar
ni por el bloqueo económico, se activa la guerra cognitiva y espiritual. El fundamentalismo
evangélico opera como una tecnología de modelación de subjetividad que, bajo la apariencia de
salvación espiritual, instala un imaginario anticomunista, individualista y pro-mercado. En
diciembre de 2023, 15 líderes evangélicos cubanos divulgaron una carta en apoyo a Israel
durante el conflicto con Hamas, contrariando la posición oficial del gobierno cubano. No es
teología: es geopolítica disfrazada de fe.
Y hay un elemento adicional que conecta directamente con la guerra cognitiva: estos grupos no
operan solo desde el púlpito. Utilizan tecnologías digitales modernas —altavoces, TVs modernas,
redes sociales— para transmitir su mensaje. Son influencers evangélicos que ya no se limitan a
combatir la llamada «ideología de género», sino que tienen un discurso abiertamente
anticomunista, cercano al libertarismo argentino o al movimiento MAGA, y que piden derrocar
el orden constitucional o una intervención militar de Estados Unidos. Es la misma matriz: el
Dios blanco y europeo que no tolera la pluriversalidad, ahora armado con algoritmos y
plataformas digitales. Y es la misma arremetida que en Brasil ataca los terreiros de candomblé y
umbanda, en Colombia estigmatiza las espiritualidades indígenas y afro, y en Venezuela
pretende silenciar el Culto a María Lionza.
La Revolución Cubana, que en los años 90 rectificó su política de ateísmo estatal y abrió un
diálogo con las denominaciones religiosas —reformando la Constitución para transformar el
Estado de ateo a laico—, se encuentra hoy ante un dilema: cómo garantizar la libertad religiosa
sin permitir que esa libertad sea instrumentalizada como caballo de Troya del imperio. La
respuesta no puede ser la represión indiscriminada, que solo alimentaría la narrativa de
persecución religiosa. La respuesta es la soberanía epistémica y espiritual: desenmascarar las
redes de financiamiento, visibilizar la agenda política oculta tras el discurso de la fe, y fortalecer
las tradiciones religiosas autóctonas —la santería, el espiritismo, las iglesias comprometidas con
la justicia social— que forman parte del tejido cultural cubano y que no responden a los
designios de Washington.
Cuba no es un caso aislado. Es el laboratorio donde la Matriz Ideológica de la Dominación
Occidental ensaya su nueva modalidad: la conquista espiritual por vía evangélica. Lo que ocurre
en la isla es una advertencia para toda Nuestra Améfrica Ladina, y muy especialmente para
Colombia, Brasil y Venezuela, donde la población afro e indígena es el principal blanco de esa
ofensiva.
Brasil, el epicentro del cerco electoral
El mismo patrón se repite en el resto del continente. En Brasil, la primera vuelta del 4 de
octubre dejó un resultado que estremece: Flávio Bolsonaro obtuvo el 47,03 % de los votos
válidos frente al 45,16 % de Lula da Silva. El ultraderechista, que promete amnistiar a su padre
condenado a 27 años por intento de golpe de Estado, llega a la segunda vuelta del 25 de octubre
con el impulso de una «ola» reaccionaria que Trump celebró como una «gran victoria». El Partido
Liberal casi duplicó sus escaños en el Senado y avanzó en la Cámara de Diputados. La campaña
de Flávio exhibe banderas estadounidenses e imágenes de Trump, mientras Lula denuncia que
del otro lado están «aquellos que aman la bandera estadounidense» y quieren que «los
estadounidenses vengan a explotar nuestras riquezas». Brasil, el último reducto progresista de la
región, está en juego. Y no es cualquier país: es el país con la mayor población afrodescendiente
fuera de África y con la mayor diversidad indígena del continente. Allí, el cerco electoral es
también un cerco racial y territorial: la avanzada del agronegocio, la minería y la bancada
evangélica ultraconservadora busca desmantelar las políticas de cuotas, los derechos
quilombolas y la demarcación de tierras indígenas. Derrotar a Lula es, para la matriz, derrotar al
sujeto afroindígena que ha osado disputar el poder.
El mismo patrón se repite en el resto del continente. En 2025 y 2026, el llamado «giro a la
derecha» ha recorrido la región: José Antonio Kast en Chile, Daniel Noboa en Ecuador, Rodrigo
Paz en Bolivia, Abelardo de la Espriella en Colombia, Keiko Fujimori en Perú, Laura Fernández
en Costa Rica. En Argentina, el gobierno de Javier Milei fue sostenido por una condicionalidad
explícita de Washington: Trump advirtió que el rescate financiero dependía del triunfo electoral
de ¡Viva La Libertad Carajo!. La consigna #PatriaOColonia se volvió tendencia: el viejo dilema
colonial actualizado en pleno siglo XXI. La matriz opera aquí como disciplinamiento: los pueblos que osan salirse del guión son castigados con la asfixia financiera o la intervención
directa, como ocurrió con la captura del presidente Nicolás Maduro en Caracas. Y en Colombia,
con su enorme población afrodescendiente e indígena, el giro a la derecha amenaza con sepultar
el capítulo de paz y reparación que esas comunidades arrancaron a duras penas.
El 12 de octubre: la disputa por los espíritus
Y mientras el imperio aprieta el cerco electoral, se aproxima el 12 de octubre, Día de la
Resistencia Indígena en Venezuela y Día de la Celebración del Culto a la Reina María Lionza en
la Montaña de Sorte, Yaracuy. Cada año, miles de devotos peregrinan a Quibayo para el «Baile
en Candela», rindiendo culto a las cortes indígenas, africanas y libertadoras. Pero este año las
tendencias religiosas ya se muestran polarizadas. Las autoridades católicas denuncian un
«aumento de ritos esotéricos» y la «Marcha para Jesús» —que desde 2004 se realizaba cada 12 de
octubre «para hacer frente al ocultismo»— ha cambiado de fecha. Grupos evangelistas han
destruido altares marialionceros en el pasado, y la tensión entre espiritualidad popular y
ofensiva confesional se exacerba. Es la misma matriz: el Dios blanco y europeo que no tolera la
pluriversalidad de los espíritus. Lo que en Cuba se expresa como cerco evangélico al proyecto
revolucionario, en Venezuela se manifiesta como ataque a las espiritualidades populares y
afroindígenas. Y en Brasil y Colombia, esa misma ofensiva se disfraza de «guerra espiritual»
contra terreiros, pagamentos y rituales ancestrales.
Guerra relatora, tecno feudalismo y guerra cognitiva
Todo este entramado adquiere hoy una dimensión que trasciende los foros y las urnas: la guerra
relatora, el tecno feudalismo y la guerra cognitiva. La guerra relatora es la disputa por el relato,
por la narrativa que define qué es verdad y qué es desinformación. Los centros de poder
occidentales —y sus plataformas digitales— imponen un sentido común que criminaliza la
rebeldía y naturaliza la sumisión. El tecno feudalismo, como lo describe Yanis Varoufakis, es la
mutación del capitalismo hacia un orden donde unos pocos señores de la nube —Google,
Amazon, Meta, Microsoft— extraen renta de la vida entera, convirtiendo a los usuarios en
siervos digitales. En Nuestra América, esa lógica se traduce en la colonialidad de los datos:
nuestras vidas, nuestros territorios y nuestros saberes son expropiados por algoritmos
diseñados en Silicon Valley. La guerra cognitiva busca que la gente «piense muy simple o deje de
pensar y deje de recordar». Es la modelación coercitiva de la subjetividad periférica: «el triunfo
más invisible y letal de la nueva imperialidad cognitiva». Y la diplomacia coercitiva —sanciones,
bloqueos, injerencia electoral, persecución judicial y acciones militares— es el brazo visible de
esa guerra total.
Soberanía algorítmica cimarrona
Frente a ese cerco, sostengo una salida: la soberanía algorítmica cimarrona. No se trata de una
consigna tecnológica más, sino de una categoría que hunde sus raíces en el cimarronaje: la fuga
del orden impuesto, la construcción de un territorio propio donde las reglas las ponemos
nosotros. La pedagogía cimarrona —»el conjunto de técnicas y métodos que la diáspora africana
utilizó para transmitir códigos culturales, éticos y espirituales bajo el oprobioso sistema
esclavista»— es la garantía de una soberanía duradera. Aplicada al algoritmo, significa
apropiarnos de la infraestructura digital, producir nuestros propios datos, gestionar nuestros
propios nodos, disputar el sentido en las redes. La producción y gerenciamiento de datos
propios sobre la microfísica territorial «son los únicos insumos capaces de restar centralidad al
comando corporativo». Soberanía algorítmica cimarrona es que ningún señor de la nube decida
qué pensamos, qué consumimos o qué recordamos. Es la fuga hacia el monte digital, la
construcción de CUMBES de datos libres.
Y esa soberanía algorítmica cimarrona debe aplicarse también a la disputa espiritual. Si el
fundamentalismo evangélico ultraconservador utiliza plataformas digitales para modelar
subjetividades y expandir su agenda geopolítica, la respuesta no puede ser solo la denuncia. Es
necesario construir redes de comunicación propias, producir contenidos que visibilicen las
tradiciones religiosas emancipadoras —la teología de la liberación, el ecumenismo
comprometido con la justicia social, las espiritualidades afroindígenas— y disputar el espacio
digital con narrativas de dignidad y pluriversalidad. La guerra cognitiva se libra en los
algoritmos, y allí también debemos plantar nuestras tiendas. Especialmente en Colombia, Brasil
y Venezuela, donde la población afro e indígena es mayoría o fuerza decisiva, la soberanía
algorítmica cimarrona es la condición para que su voz no sea filtrada, clasificada y vendida por
el tecno feudalismo.
Conclusión: la pluriversalidad como horizonte
La avanzada hegemónica no es solo militar o económica. Es, fundamentalmente, epistémica y
espiritual. Los pueblos que se acercan al socialismo, al panafricanismo o al progresismo se
convierten en blanco de una guerra ideológica que busca deslegitimar sus proyectos mediante la
imposición de un «universalismo» que niega la pluriversalidad. Grosfoguel lo dice sin rodeos:
frente al universalismo abstracto, la alternativa es el «pluri-versalismo transmoderno
decolonial», un diálogo horizontal entre mundos donde ninguna particularidad se arroga la
representación de toda la humanidad. El boicot a Durban, el cerco electoral —con Brasil como
epicentro—, la ofensiva contra los cultos populares, el cerco evangélico en Cuba y la guerra
cognitiva son caras de una misma contraofensiva que apunta a sepultar el legado anticolonial de
Nuestra América.
Pero la matriz no es inexpugnable. Las Causas Comunes de la Humanidad nos recuerdan que las
luchas por el planeta, por el agua, por la mujer, por los pueblos indígenas, por la diáspora
africana y por la clase trabajadora no son compartimentos estancos: son un solo cuerpo que
camina hacia la liberación definitiva. Los pueblos rebeldes de Abya Yala llevan quinientos años resistiendo, y su memoria es más larga que la arrogancia imperial. Colombia, Brasil y Venezuela,
con su enorme densidad afroindígena, son la prueba de que la descolonización no se detiene con
un boicot. La pluriversalidad no se apaga con un twitters. Y la soberanía algorítmica cimarrona
es la garantía de que la dignidad de los pueblos no se mide en ninguna reunión de alto nivel.
-Referentes consultados
Fuentes teóricas y conceptuales:
· Dussel, Enrique. 1492: El encubrimiento del Otro. Hacia el origen del mito de la Modernidad. Madrid:
Nueva Utopía, 1992.
· Grosfoguel, Ramón. Colonialidad del poder, eurocentrismo y América Latina. Buenos Aires: CLACSO,
- Textos sobre universalismo abstracto y pluri-versalismo transmoderno decolonial.
· Rivas Rivas, Saúl. La matriz ideológica de la dominación occidental y Causas Comunes de la Humanidad.
Ensayos y conferencias.
· Varoufakis, Yanis. Tecno feudalismo: ¿qué mató al capitalismo? Barcelona: Deusto, 2024.
Fuentes periodísticas y digitales:
· Insurgente. (2026). Boicot a los 25 años de la Declaración de Durban. Nota periodística citada en el
texto.
· Rosique Cárdenas, Iramis. (2026, 2 de octubre). “Cuba: Cristo y el fundamentalismo evangélico también
crece en Cuba”. Diario Red. https://www.diario-red.com/articulo/america-latina/cuba-cristo-
fundamentalismo-evangelico-tambien-crece-cuba/20261002213819077559.html
· Instagram. (2026). Reel audiovisual consultado para el análisis del cerco espiritual y la guerra cognitiva.
Documentos y declaraciones:
· Naciones Unidas. (2001). Declaración y Programa de Acción de Durban. Conferencia Mundial contra el
Racismo, la Discriminación Racial, la Xenofobia y las Formas Conexas de Intolerancia.
· República de Cuba. (2019). Constitución de la República de Cuba.
Datos demográficos y estadísticos de contexto:
· IBGE. (2022). Censo Demográfico 2022: cor ou raça e povos indígenas. Río de Janeiro: Instituto
Brasileiro de Geografia e Estatística.
· DANE. (2018). Censo Nacional de Población y Vivienda 2018: población afrocolombiana, raizal y
palenquera; pueblos indígenas. Bogotá: Departamento Administrativo Nacional de Estadística.
· INE. (2011). Censo de Población y Vivienda 2011: población indígena. Caracas: Instituto Nacional de
Estadística.
· CEPAL. (2023). Pueblos indígenas y afrodescendientes en América Latina. Santiago: Comisión
Económica para América Latina y el Caribe.
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