Por: Matt McManus
Karl Marx se burlaba de los utópicos por escribir recetarios para las cocinas del futuro. Pero, en su mejor versión, los utópicos hacen hincapié en la esperanza sin garantías, una postura que traza un camino intermedio entre el optimismo ciego y la inercia resignada del «realismo».
Reseña de Utopia for Our Century: A Manifesto of Hope [Una utopía para nuestro siglo: Un manifiesto de esperanza], de David Albertson y Jason Blakely (Yale University Press, 2026)
La inquietante imposibilidad de una sociedad que esté a la altura de los ideales que proclamamos puede resultar dolorosa cuando se la compara con las sociedades reales, que se ubican tan lejos de ellos. Por eso el sueño de la utopía, o «ningún lugar», ha perturbado el sueño de muchos pensadores durante tanto tiempo que puede sentirse, más bien, como una pesadilla. Dada la hipocresía de un mundo en el que la crueldad muchas veces parece ser el objetivo mismo, ¿qué derecho tenemos a suponer que las cosas podrían ser mejores? ¿Cómo pueden personas supuestamente sabias e inteligentes soñar con la utopía cuando la sabiduría y la inteligencia apuntan, todas ellas, a su imposibilidad?
El nuevo libro de David Albertson y Jason Blakely, Utopia for Our Century: A Manifesto of Hope, presenta una historia reflexiva de aquellas almas audaces que soñaron con algo mejor. Pero, más que presentar una historia, el libro intenta pensar el valor político e ideológico del pensamiento utópico y rebatir la idea de que se trata de una mera construcción ilusoria. Albertson y Blakely encuentran mucho para admirar en los autores utópicos, a quienes ven como «soñadores virtuosos, que vivieron realidades al menos tan sombrías y temibles como la nuestra, pero lo hicieron con una esperanza indestructible». En su mejor versión, los utópicos hicieron hincapié en una esperanza sin garantías, una postura sabia que traza un camino intermedio entre el optimismo ciego y la inercia resignada de un falso «realismo».
Su arquetipo es Tomás Moro, cuya Utopía, publicada en el siglo XVI, bautizó el concepto. Para Albertson y Blakely, Moro nos permite comprender la personalidad de los utópicos, que no son los optimistas ingenuos de sus caricaturas.
Lejos de ser un pensador especulativo y etéreo, Moro es uno de los pocos grandes filósofos que tuvo una carrera política genuinamente pública, y durante un período singularmente difícil. Se desempeñó como lord canciller de Inglaterra bajo el reinado del amoral y cruel Enrique VIII. Fue una época tumultuosa para el país. Enrique rompió con Roma y se declaró jefe de la Iglesia de Inglaterra para poder anular su matrimonio y casarse con otra mujer. Esto generó un fuerte rechazo, que Enrique enfrentó con una represión violenta. Esa represión terminó por alcanzar a Moro, un católico devoto, quien fue llevado a juicio por negarse a reconocer la supremacía religiosa de Enrique. Moro se mantuvo inquebrantable en sus convicciones, lo que llevó a su ejecución en 1535.
Albertson y Blakely comprenden que la trágica inmersión de Moro en la realpolitik es parte de lo que inspiró su giro hacia el utopismo. Su designación irónica de la «utopía» como «ningún lugar» no busca únicamente demostrar el carácter especulativo de su pensamiento. Moro llama críticamente la atención sobre el hecho de que ningún lugar en la tierra se acerca a encarnar la justicia, aun cuando muchas de las élites gobernantes que tienen el poder de cambiar las cosas afirman preocuparse profundamente por ser justas. En un pasaje memorable, Moro describe un diálogo entre Rafael Hitlodeo —el viajero a Utopía— y un abogado sin nombre. El abogado dice estar preocupado por la ley y el orden, y sostiene que la única manera de preservarlos es mediante el castigo brutal. Hitlodeo señala que Utopía es un lugar mucho más seguro, en buena medida porque se trata de una sociedad mucho menos desigual, donde la propiedad se comparte ampliamente y hay pocos pobres. Además, sus castigos para delitos como el robo son mucho más leves que en Inglaterra, lo que expresa aún más su compromiso humanista. Con «humor mordaz», Hitlodeo observa que los realistas como el abogado atrapan a los pobres en una situación imposible, «convirtiéndolos primero en ladrones y castigándolos después por serlo». En lugar de emprender reformas para lograr la mayor paz y justicia que el abogado dice querer y creer, este se aferra tercamente al «sueño imposible» de que «Inglaterra podría resolver el problema de la pobreza encarcelando y ejecutando (una treta que, por desgracia, todavía funciona a las mil maravillas)».
En este sentido, el utopismo no es una fantasía sobre mundos que jamás podrían existir, sino un espejo condenatorio que refleja cuán poco estamos a la altura de los principios que afirmamos creer. Más aún, al no comprometerse con la justicia en nombre del «realismo», las élites gobernantes son responsables de producir la misma corrupción que afirman que constituye el mayor obstáculo para mejorar las cosas. Moro quería exponer la forma en que ese apego ideológico al modo en que son las cosas, con todos sus defectos, era uno de los principales obstáculos para mejorarlas. «La Utopía de Moro somete gradualmente a sus contemporáneos europeos al escrutinio del ¿y si? y a su fuerza desenmascaradora», como lo plantean Albertson y Blakely. «Las actitudes habituales de su época hacia el encarcelamiento, la propiedad privada, la educación y la atención médica quedan expuestas, una por una, como inviables, insostenibles y, en efecto, poco realistas a la luz de los logros de los utópicos».
Y sin embargo, en apenas un puñado de siglos, todo eso cambió: «¿Cuántas políticas que se daban por evidentes en el Londres de Moro han perdurado hasta nuestro siglo, ya sea la pena capital por robo o el derecho divino de los reyes? La respuesta es clara: han desaparecido».
La posmodernidad; o, la lógica cultural de las utopías monstruosas
En contra de nuestra reputación de idealistas, muchos de los pensadores de izquierda más lúcidos han expresado un profundo escepticismo respecto del utopismo. Esto, por supuesto, comenzó con Karl Marx, quien reprendió célebremente a los socialistas con los que no coincidía tildándolos, despectivamente, de «utópicos». En sus momentos más duros, Marx se burlaba del utopismo calificándolo de escribir recetarios para las cocinas del futuro. Semejantes esquemas no eran más que un capricho especulativo y ahistórico (aunque uno en el que el propio Marx incurría con frecuencia). Siguiendo sus pasos, muchos marxistas ortodoxos insisten en que el socialismo debe ser «científico», o de lo contrario no es socialismo en absoluto.
Los marxistas más reflexivos adoptan un enfoque distinto. En su influyente Arqueologías del futuro, el gran Fredric Jameson, ya fallecido, señala cómo la ciencia ficción utópica ha sido a menudo un género constructivo para que los progresistas imaginen cómo podrían ser futuros mejores, con miras a hacerlos realidad. El género, por supuesto, comenzó con el propio Moro, a quien Jameson describe como un satírico del poder ampliamente progresista que ofrece un demoledor «comentario punto por punto sobre los asuntos ingleses y la situación de Inglaterra». La literatura utópica continuó bajo diversas formas, en la medida en que autores que van de Edward Bellamy a Ursula K. Le Guin utilizaron la ciencia ficción tanto para criticar al statu quo como para especular sobre cómo podría ser un futuro mejor.
Pero, en definitiva, Jameson expresa recelo respecto del poder transformador del género utópico y sugiere que bien podría haberse agotado hacia el siglo XXI posmoderno. Señala cómo, en la actualidad, el género utópico prácticamente se ha evaporado, dando lugar a representaciones sombrías del futuro en las que resulta más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo. Como señal reveladora, incluso las obras que comienzan presentando utopías suelen terminar revelando que no son tan buenas como parecían. El mundo aparentemente idílico y rosado de Barbie (2023) termina revelándose como uno atravesado por una angustia existencial reprimida y por animosidades de género. Series más recientes del universo Star Trek, como Picard y Discovery, toman el futuro cosmopolita y luminoso que prometía la Federación Unida de Planetas de Gene Roddenberry para mostrar que este dependió en secreto de la manipulación encubierta, de la explotación de los marginados y mucho más.
En contra de Jameson, Albertson y Blakely consideran que el género utópico está muy vivo, aunque no goza de buena salud. Se trata de un problema grave, dado que la necesidad de utopías «constructivas» es urgente. Albertson y Blakely son muy críticos del populismo de derecha y de los estragos que está causando, pero sostienen que buena parte de ello se desprende de las propias aspiraciones utópicas de la derecha (con frecuencia negadas). Entre ellas se cuenta el sueño nacionalista de un ethnos unificado, que Albertson y Blakely describen como una «especie peculiar de utopía fallida». Los nacionalistas invocan un «espíritu imaginado de la nación que crea una ilusión de unidad cultural» —uno que pretende basarse en la historia real, aun cuando minimizan constantemente, o resisten de manera militante, los hechos históricos que no encajan con los mitos patrióticos que quieren difundir. Albertson y Blakely observan, con ironía, que los nacionalistas deben sostener constantemente «la evidente falsedad de que el geist [espíritu nacional] imaginario permanece puro, libre de superposiciones con culturas constitutivas o vecinas, y de que nunca cambia con el tiempo».
También ven que operan muchas de las mismas fantasías en la «esperanza utópica más febril» de la derecha: que algún día podamos alcanzar la «visión más pura, geométrica y sin fricciones del “mercado libre”. Generaciones enteras de estadounidenses han vivido como si el mercado fuera la única utopía tolerable». Albertson y Blakely critican mordazmente esta visión, con razón, calificándola de «utopía monstruosa» por exigirle poco a la gente y darle menos a cambio, todo mientras el sistema monetario es tratado como una «deidad menor».
Yo iría todavía más lejos que Albertson y Blakely y sugeriría que la concepción meritocrática del capitalismo —según la cual cada uno será recompensado de acuerdo con lo que merece— no es simplemente una mala visión utópica, sino la visión utópica más disparatada jamás concebida. Los filósofos antiguos tuvieron la sabiduría de aceptar que solo la mano bien visible y omnisciente de Dios podía recompensar a las personas según lo que merecían, y solo en un reino perfecto más allá de este. Únicamente los conservadores estadounidenses llegaron a imaginar un mundo tan fantástico en el que la mano invisible y carente de mente del mercado recompensaría a las personas según lo que merecen, y en esta vida. Comparado con el capitalismo meritocrático, incluso el comunista más iluso resulta un realista de mirada clara, ya que solo imaginaba que era posible darle a la gente lo que necesitaba, dejando abierta la cuestión de lo que merecía.
¿Es posible la utopía hoy?
En cambio, Albertson y Blakely se muestran más comprensivos con las utopías de la izquierda, aunque consideran que siguen estando limitadas por ciertas restricciones fundamentales. Expresan cierta simpatía por el liberalismo, al tiempo que destacan cómo «el liberalismo de posguerra se estancó» debido a una regresión hacia el «libertarianismo de derecha, a veces llamado neoliberalismo». Esta regresión hacia el neoliberalismo «traicionó los ideales originales de la tradición [liberal]» de alcanzar la libertad, la igualdad y la solidaridad para todos. Albertson y Blakely también critican a la tradición marxista por no reconocer que las verdaderas revoluciones nunca comienzan en la esfera económica. En cambio, sostienen que necesitamos una transición de valores, orientada hacia estándares éticos más elevados. No detallan en profundidad qué implicaría esto, pero sus referencias elogiosas a cristianos humanistas y de izquierda como el propio Moro, Martin Luther King Jr. y el fallecido Alasdair MacIntyre ofrecen muchas pistas.
Lo que vuelve interesante la postura de Albertson y Blakely es la medida en que reclaman una visión utópica que sea, a la vez, liberal, anticapitalista y profundamente espiritual. Ni hace falta decir que se trata de una combinación difícil de lograr, aunque bien podría preguntarse de qué sirve una visión utópica poco ambiciosa. Lamentablemente, los autores no hacen mayor esfuerzo por detallar esto con precisión, aunque sí ofrecen una serie de ejemplos conmovedores en las vidas de Moro y de King. Aquí es donde entran en juego mis propios instintos marxistas, que me llevan a sospechar que los actos individuales de gracia sencillamente no bastarán. La falta de una teoría clara del poder —algo que complemente las ardientes condenas de la injusticia y la crítica de las camisas de fuerza ideológicas— constituye una limitación real de su visión.
Pero, a pesar de todo, hay que reconocerles a Albertson y Blakely la fuerza y la audacia de su visión, incluso su osadía. Sin duda tienen razón al sostener que cierto utopismo bien podría ser más realista que una adhesión irreflexiva a un statu quo que no funciona. Al fin y al cabo, hacer lo mismo una y otra vez y esperar resultados distintos no es sabiduría. Es locura.
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