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La violenta revolución de la propiedad privada

30/11/2025 by Vitalio Deja un comentario

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Por: Jorge Majfud

 

La práctica de la privatización de tierras como reconversión del sistema feudal y, luego, el dogma de la propiedad privada, probablemente sea la invención más dramática del mundo en el último milenio. Este proceso de despojo se inició con el robo legalizado de tierras comunales en Inglaterra (enclosure) y continuó con una larga serie de robos y matanzas en otros continentes que el sermón y la prensa lavarán y presentarán como modelo de moral y de prosperidad, de la misma forma que antes el terrorismo de las Cruzadas se presentó como una lucha contra el mal.

La idea del derecho a la propiedad especulativa, desarrollada por John Locke a finales del siglo XVII, se convirtió luego en el dogma simplificado de La libertad―de empresa. Libertad que se refería a la sagrada libertad de los nobles, luego de los nuevos ricos (burgueses) y, más tarde, de los poderosos e influyentes esclavistas. Hoy, este dogma del capitalismo moribundo se ha convertido en un viejo rosario repetido por incels. (El 29 de octubre de 2025, un libertario argentino, Marco Palazzo, afirmó que un embrión tiene “derecho a la vida, la propiedad y la libertad”).

Estos despojos legalizados a finales del siglo XVI fueron globalizados por las nuevas compañías privadas (primas de los piratas, privateers), financiadas por las bolsas de valores de la nueva Europa―el epicentro de este invento bursátil estuvo en Ámsterdam, aunque no fue Holanda la que creó el capitalismo y, mucho menos, el libre mercado. Los prósperos mercaderes holandeses le aportaron un componente básico: la aniquilación del libre mercado, imponiendo a los productores de otras regiones qué producir, en lugar de la más milenaria práctica del comercio libre. Inglaterra iría más allá estableciendo leyes proteccionistas en la isla y la libertad de los cañones para abrir los mercados en Asia, poco antes de venderle a las colonias la fantasía de su “libre mercado” como motor de la prosperidad.

Como esta prosperidad sólo era visible en Europa, en el siglo XIX se promovió una rareza histórica: somos prósperos porque pertenecemos a una “raza superior”―llegada sin contaminación de India, junto con la cruz esvástica y la estrella de los dos triángulos. Por milenios, diferentes imperios tuvieron esclavos por razones de conflictos bélicos o de deudas (como hoy), pero no en base a una raza. Se podían tener odios étnicos, pero no los movía la convicción del supremacismo racial. Es muy difícil encontrar en los imperios persa, griego, romano o islámico (menos entre los nativos americanos) esta obsesión.

En Asia, compañías como la West India (holandesa) y la East India Company (inglesa, inspiración de la bandera de Estados Unidos) destruirán y esclavizarán a las sociedades más prósperas del siglo XVII, comenzando por India y Bengala y continuando con China, África y Medio Oriente. En América del Norte, otras, como la Virginia Company o la Bay Company de Boston, privatizarán las tierras indígenas y ya no pararán. Un proceso interminable, impulsado por el fanatismo racial-religioso de los colonos, por sus pestes, sus cañones y su desesperada búsqueda de beneficios derivados del negocio de bienes raíces.

En África, se comercializó (privatizó) a sus habitantes, secuestrando, mutilando y desarraigándolos de sus tierras al otro lado del océano―lo cual hizo cualquier rebelión más difícil y su desmoralización como mercancía más fácil. Las naciones indígenas resistieron mejor debido a su conexión con su tierra y su cultura, hasta que en el siglo XIX Andrew Jackson aplicó la misma fórmula del desplazamiento y desarraigo de pueblos enteros, confinándolos a reservas lejanas.

En la América tropical y subtropical, la esclavitud, la corrupción moral y material estuvo en parte a cargo de los católicos, los hermanos mayores de los protestantes, pero sirvieron de combustible a un modelo económico que les era difícil de comprender: la plata, el oro, los fertilizantes, el algodón y todo tipo de materias primas hicieron posible que los despojados de las tierras comunales en Inglaterra pudieran sobrevivir hacinados en las grandes ciudades (Londres, Manchester…) donde hicieron posible su Revolución industrial como mano de obra barata, alimentada por una producción que las exhaustas tierras de Europa nunca hubiesen podido satisfacer. Robo, saqueo, secuestro, persecución, masacres, genocidios, esclavitud y sermoneo fundaron y desarrollaron el capitalismo para orgullo de los fanáticos de la propiedad privada.

Poco después de la llegada de los puritanos a las costas de Nueva Inglaterra, apenas el diez por ciento de los nativos sobrevivió a las enfermedades y a las matanzas de quienes sobrevivieron por la hospitalidad de sus víctimas. No sin ironía, hoy son recordados cada año en Acción de Gracias, la festividad más familiar de Estados Unidos, momento en que se matan decenas de millones de pavos negros y, en la Casa Blanca, el presidente de turno perdona a un pavo blanco en una ceremonia llena de compasión.

Entre los siglos XVI y XVII, un millón de nativos fueron esclavizados en la costa del Atlántico Norte, cifra que excedía el tráfico de africanos. Nueve de cada diez murieron en las primeras décadas de la colonización. La catástrofe en América fue aún mayor que la sufrida por Europa durante las oleadas de peste negra, con la diferencia de que, en la empobrecida, antihigiénica, fanática Europa, acosada por los índices más alto de homicidios del mundo, no se las esclavizó ni se les impuso el olvido de sus raíces.

Entre las sobrevivencias, está la influencia de los nativos americanos que se cruzaron con el imperialismo naciente de Europa. Esta influencia fue deliberadamente negada, desde Rousseau y Benjamín Franklin hasta los académicos de hoy, con la excepción de una minoría que no deja de revindicar el factor indígena en la creación de la democracia moderna―muy inferior a la nativa original.

Aquí es importante entender un elemento central: entre los practicantes de la democracia real nativa no existía la propiedad privada más allá del uso directo, como fue el caso de la especulación anglosajona de la propiedad como valor de cambio. No existe democracia real basada en este principio económico. Sólo una farsa, esa que se llamaría “democracia liberal” (democracia feudal). No hago referencia a ninguna utopía, sino a la experiencia de siglos y alianzas pacíficas entre diferentes pueblos nativos y la comprobación capitalista de que toda libertad económica lleva en sí el germen de su propia destrucción.

Aunque como ciudadanos de segunda, los indígenas colonizados por los ibéricos fueron integrados a la sociedad criolla más que los indígenas del norte a la sociedad anglosajona. La sociedad hispanoamericana estaba plagada de clasismo, racismo y explotación, pero su racismo básicamente fue cultural y económico―no ideológico, como será el racismo anglosajón. Este racismo militante y fanático, consciente, reivindicativo, más tarde derivaría en las teorías supremacistas del siglo XIX y luego en el nazismo del siglo xx.

La paradoja consiste en que las ideas nativas reprimidas en el mundo hispanoamericano nunca alcanzaron la preminencia de dogma civilizatorio. Aunque con un sincretismo imposible de disimular (como el catolicismo de la Virgen María), las ideas de comunidad y democracia de los “pueblos salvajes” nunca alcanzó la península en Europa, ni por el Atlántico ni desde los Pirineos luego de que Francia adoptara el concepto de democracia de los nativos del norte, porque España se sentía un imperio ganador que no necesitaba las “nuevas ideas de Europa”.

El nuevo concepto de propiedad (el valor de cambio de la existencia natural y humana) cruza toda esta historia. Aunque ahora vivimos en una forma de poscapitalismoneofeudal, la nueva civilización no llegará hasta que esa forma de propiedad no sea abolida o, al menos reducida a los márgenes del planeta.

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Publicado en: Cultural, Economía, Global

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