Los críticos de la izquierda sostienen que esta idea revela una comprensión empobrecida de la naturaleza humana. La verdad, afirman, es que desde el comienzo somos seres imperfectos y pecadores, y que resulta utópico imaginar que algún tipo de reforma social pueda corregirlo.

Los conservadores han recurrido con frecuencia a este argumento. En su libro Intelectuales y sociedad, el economista de centroderecha Thomas Sowell sostiene que la diferencia fundamental entre la izquierda y la derecha se reduce a un «conflicto de visiones». Según Sowell, la izquierda considera que el sufrimiento humano es, en gran medida, responsabilidad de la sociedad: «La opresión, la pobreza, la injusticia y la guerra son problemas de las instituciones existentes, problemas cuya solución exige modificar esas instituciones, lo que a su vez requiere cambiar las ideas que las sustentan». Sowell contrapone esta perspectiva a la «visión trágica», predominantemente conservadora, que reconoce que «los defectos inherentes a los seres humanos son el problema fundamental, y que los mecanismos sociales son apenas medios imperfectos para intentar lidiar con esos defectos, cuyas propias imperfecciones son, a su vez, producto de las limitaciones inherentes a los seres humanos».

Sin embargo, comentaristas más centristas también han formulado acusaciones semejantes. En una reciente y popular publicación de Substack titulada «On Becoming Less Left-Wing» («Sobre cómo volverse menos izquierdista»), el filósofo Dan Williams atribuye su giro hacia el centro, en parte, a que se volvió más pesimista respecto de la naturaleza humana. Williams cita con aprobación a Sowell y advierte:

Debemos desconfiar profundamente de las personas y los movimientos que se presentan como si hubieran escapado de los instintos egoístas y competitivos de la naturaleza humana, o que proponen transformaciones sociales basadas en nuestra capacidad colectiva para superarlos. En términos más generales, deberíamos mostrarnos escépticos ante cualquier relato, respaldado por la izquierda o por la derecha, que presente las motivaciones de un movimiento político como si estuvieran arraigadas en una preocupación puramente altruista por la justicia o la virtud.

Tal vez exista cierto tipo de progre naturista que piense que, si nacionalizáramos Tesla y consiguiéramos que Jill Stein llegara a la Casa Blanca, se declararía la paz mundial y Boots Riley podría comenzar a dirigir comedias románticas taquilleras. Pero no existe una conexión necesaria entre sostener una concepción ingenuamente benévola de la naturaleza humana y defender posiciones de izquierda. De hecho, si uno cree, como yo, que somos criaturas imperfectas y sumamente corruptibles, los argumentos a favor del socialismo se vuelven todavía más sólidos.

El perfeccionismo y la izquierda

Una de las críticas más sutiles a la izquierda en este terreno fue formulada por Patrick Deneen en uno de sus primeros libros, Democratic Faith. En la actualidad, Deneen y otros posliberales son conocidos, sobre todo, por lanzar ataques generales contra el liberalismo que a menudo no dan en el blanco. Pero, a diferencia de sus trabajos más recientes y polémicos, Democratic Faith presenta un análisis paciente y cuidadoso de la historia del pensamiento político y de las aspiraciones excesivamente ambiciosas que a veces se atribuyen al impulso hacia una mayor democracia e igualdad. El propio Deneen describe el libro como una crítica «amistosa» de las posiciones progresistas en términos generales.

Deneen acusa a los progresistas modernos de haber abandonado la antigua sabiduría que reconocía la naturaleza caída e imperfectible de los seres humanos. Haciéndose eco de Sowell, observa que, mientras autores clásicos como san Agustín atribuían los males sociales a la naturaleza humana, la esencia de la moderna «fe democrática» consiste en atribuir los defectos de la naturaleza humana a los males sociales. Esto abre la puerta a la afirmación de que, con solo establecer las instituciones y prácticas sociales adecuadas, los seres humanos podrían perfeccionarse.

Deneen reconoce que filósofos como Jean-Jacques Rousseau y John Dewey no contemplaban el futuro con un optimismo ingenuo e irreflexivo. Se empeñaban a menudo en señalar las numerosas formas en que los seres humanos quedaban muy por debajo del ideal en sus relaciones mutuas, y podían incluso demostrar una notable perspicacia psicológica sobre la naturaleza del deseo, el resentimiento y la envidia. Pero, mientras los conservadores tendían a aceptar estos rasgos como constantes inmutables con las que cada generación debía lidiar nuevamente, los progresistas creían que el progreso era posible. Para los izquierdistas más reflexivos, este progreso no sería solamente material o institucional, sino también una transformación moral. La educación, unas instituciones más justas y el aprendizaje proporcionado por la vida democrática harían que los seres humanos mejoraran gradualmente. Para Deneen, esto constituía un artículo de fe, porque la aspiración a una mayor perfección humana debía proyectarse siempre hacia un futuro imposible de conocer.

Deneen contrapone el optimismo de esta fe perfeccionista a la posición de quienes «consideran que nuestra condición es la de criaturas parciales, frágiles, incompletas e insuficientes» y, por ello, desconfían de la creencia en el progreso. Sugiere a los defensores de la igualdad que la aceptación de nuestra naturaleza permanentemente caída todavía podría sustentar una «ética democrática, en la medida en que deriva del reconocimiento de la parcialidad y la fragilidad humanas». Incluso podría constituir una «ética profundamente igualitaria, particularmente por su énfasis en nuestra insuficiencia común», aunque se resistiría a las pretensiones de quienes imaginan una futura igualdad fraternal liberada de la vulgaridad humana y de la tentación de hacer el mal.

Deneen tiene indudablemente razón al afirmar que algunas personas han depositado esperanzas poco realistas en lo que el cambio socialista podría conseguir. En ocasiones, pensadores de izquierda anticiparon mejoras extraordinarias de nuestra condición intelectual y moral que ningún sistema social podría producir por sí solo. Un ejemplo emblemático son las reflexiones de León Trotsky, escritas en 1924, sobre el ser humano comunista del futuro. En respuesta al temor nietzscheano de que el comunismo condujera a una nivelación generalizada hacia el tipo gregario, Trotsky proyectó enormes esperanzas sobre el potencial humano que el comunismo liberaría:

El marco en el cual se desarrollarán la construcción cultural y la autoeducación del hombre comunista llevará hasta su máximo nivel todos los elementos vitales del arte contemporáneo. El hombre se volverá incomparablemente más fuerte, más sabio y más sutil; su cuerpo será más armonioso, sus movimientos más rítmicos, su voz más musical… El tipo humano medio se elevará a las alturas de un Aristóteles, un Goethe o un Marx. Y por encima de estas cumbres se alzarán otras nuevas.

Trotsky planteaba que el ser humano socialista alcanzaría una suerte de perfección estética e intelectual. Pero muchos también han especulado con la posibilidad de perfeccionar moralmente a las personas. Un buen ejemplo de esta última tendencia aparece en el reciente libro de Vanessa Christina Wills, Marx’s Ethical Vision. Wills interpreta que Karl Marx predijo, o al menos pudo haber predicho, que la propia moralidad sería abolida en una «sociedad comunista plenamente desarrollada». Esto se debería a que los seres humanos habrían interiorizado de manera tan completa las actitudes prosociales que cualquier conducta perjudicial quedaría sencillamente descartada. En una sociedad comunista plenamente desarrollada, los seres humanos «no estarían más obligados moralmente a comportarse de manera prosocial de lo que están “obligados moralmente” a ser primates», escribe Wills.

No coincido con la interpretación que Wills hace de Marx en este punto, pero su lectura constituye una versión sofisticada del optimismo trotskista. Desde esta perspectiva, en la era del comunismo la moral se extinguiría del mismo modo que el Estado. Los seres humanos se volverían tan prosociales que ya no sería necesaria una moral explícita: haríamos lo correcto no porque fuera lo correcto, sino porque jamás nos sentiríamos inclinados a actuar de otra manera.

Socialismo para realistas

Los críticos conservadores tienen razón al señalar que algunos sectores de la izquierda han albergado esperanzas excesivas sobre las mejoras intelectuales y, sobre todo, morales que el socialismo produciría en la gente común. Pero exageran cuando sugieren que todos los socialistas, o siquiera la mayoría, son excesivamente ingenuos respecto de la naturaleza humana. De hecho, uno de los mejores argumentos a favor del socialismo es precisamente que, al desmantelar las concentraciones de poder y proteger a los sectores vulnerables frente a la dominación y la explotación, podría resguardarnos mejor de los defectos persistentes de la humanidad. Al mismo tiempo, impondría mayores exigencias éticas a las instituciones sociales, aun reconociendo que los individuos a menudo no estarán a la altura de ellas.

El pensamiento del teólogo Reinhold Niebuhr ofrece algunas ideas esclarecedoras al respecto. Niebuhr comenzó como un marxista radical, más tarde se inclinó hacia un liberalismo más convencional y posteriormente se volvió cada vez más crítico de la política exterior estadounidense. Durante su etapa socialista publicó un libro clásico, Los hijos de la luz y los hijos de las tinieblas, en el que desarrolló una profunda defensa del optimismo de la voluntad y el pesimismo de la inteligencia desde una perspectiva de izquierda. Lo escribió en el punto culminante de la Segunda Guerra Mundial, después de que Niebuhr y sus camaradas hubieran presenciado algunas de las más oscuras barbaridades de las que son capaces los seres humanos.

Niebuhr comprendió que, para contrarrestar semejante barbarie, un realista respecto de la naturaleza humana debía ser, en cierta medida, un radical en política. Después de todo, los liberales y conservadores procapitalistas habían gobernado durante la Gran Depresión y el ascenso del fascismo. Entre otras reformas, protegerse de los males que los seres humanos eran capaces de cometer exigiría cuestionar la propiedad privada y la titularidad privada de los medios de producción.

Niebuhr criticó duramente la «presuposición predominante del pensamiento liberal según la cual la propiedad representa, ante todo, un poder legítimo y defensivo que puede utilizarse contra la inclinación de los demás a aprovecharse de uno». La realidad era que «la propiedad, como cualquier otra forma de poder, no puede limitarse a un propósito defensivo. Si se vuelve suficientemente poderosa, se transforma en un instrumento de agresión y usurpación». En este sentido, «el marxismo está más cerca de la verdad que el liberalismo en la cuestión de la propiedad», porque comprende con mayor claridad los peligros que la propiedad privada de los medios de producción supone para todos, aunque los marxistas hayan sido a veces demasiado optimistas al suponer que la socialización de la propiedad podría eliminar para siempre las conductas depredadoras.

En una época que ha coronado al primer billonario del mundo, el análisis de Niebuhr resulta más vigente que nunca. Uno de los méritos de la teoría liberal ha sido reconocer que el poder corrompe y que el poder absoluto corrompe absolutamente. Por esta razón, los liberales siempre comprendieron que las concentraciones de poder son peligrosas y que, por lo tanto, el poder debe distribuirse de la manera más amplia posible. Pero, con la excepción de los liberales socialistas, la mayoría de los liberales se han mostrado, en el mejor de los casos, cautelosos a la hora de aplicar este razonamiento a la economía.

Se trata de un error muy grave, pues es en la esfera económica donde vemos con mayor claridad cómo las concentraciones de riqueza conducen a concentraciones de poder y, a partir de allí, a las conductas más corruptas y dominadoras de las que son capaces los seres humanos. En Los hijos de la luz y los hijos de las tinieblas, Niebuhr sostuvo que «la capacidad del hombre para la justicia hace posible la democracia, pero su inclinación a la injusticia la hace necesaria». Hace ya mucho tiempo que los liberales deberían haber reconocido la idea socialista de que la inclinación humana hacia la injusticia vuelve a la democracia económica tan necesaria como la democracia política.

En este sentido, las personas estarían más seguras en una sociedad socialista liberal y democrática que bajo el capitalismo, y las vulgaridades de la naturaleza humana se verían mejor contrarrestadas. Pero también creo que el socialismo sería una sociedad más ética que sus alternativas, aunque no de una manera poco realista o perfeccionista.

En su reciente libro Cosmic Connections, el filósofo católico Charles Taylor defiende el igualitarismo subrayando que es más exigente desde el punto de vista ético que las concepciones conservadoras y jerárquicas. Estas últimas reducen el alcance de nuestras obligaciones éticas al insinuar que ciertos grupos privilegiados merecen una consideración especial que no corresponde a los demás. Muchos de los pensadores antiguos que Sowell y Deneen citan con entusiasmo no habrían tenido reparos en afirmar que el pueblo ateniense podía anteponer los intereses de Atenas, incluso si eso implicaba esclavizar al pueblo de Melos.

La ética moderna, por el contrario, exige que tratemos a todos los seres humanos como iguales desde el punto de vista moral. Se trata de un principio tan exigente que todavía no hemos conseguido establecer sociedades que lo realicen plenamente. Pero Taylor no es tan ingenuo como para pensar que, por el solo hecho de que el igualitarismo constituya una ética más exigente, nosotros seamos mejores personas o lleguemos necesariamente a serlo. Lo que sostiene es que nuestros criterios éticos, por ejemplo los expresados en la Declaración Universal de los Derechos Humanos, son superiores a los de la Antigüedad y a los de los populistas de «Estados Unidos primero». Taylor atribuye a las instituciones igualitarias el mérito de intentar, aunque sea de manera imperfecta, estar a la altura de estos ambiciosos principios universales e igualitarios.

El socialismo intentaría garantizar de manera más eficaz el respeto de estos principios mediante la extensión de la democracia a la esfera económica, eliminando así algunas de las tentaciones que conducen a la dominación. Esto no hará necesariamente que la mayoría de las personas se conviertan en mejores versiones de sí mismas. El socialismo democrático no puede impedir que tu pareja te engañe con tu mejor amigo. Pero sí puede garantizar que, cuando llegue el divorcio, no quedes en la ruina total y que las oportunidades vitales de tus hijos no se vean perjudicadas por las dificultades económicas resultantes. El socialismo democrático tampoco convertirá a tu vecina egoísta en una buena samaritana. Pero crearía un sistema en el que sus impuestos contribuirían a financiar una atención sanitaria de calidad cuando te enfermaras.

Uno de los méritos del socialismo democrático sería hacer realidad altos estándares de justicia sin exigirles a los ciudadanos comunes perfección moral, ni siquiera una virtud excepcional. Sospecho que, con el tiempo, surgiría un espíritu más solidario y que la mayoría de los ciudadanos encontraría enriquecedor ese mayor sentido de comunidad. Pero el sistema funcionaría de todos modos. En este sentido, un socialismo viable respondería al llamado de Deneen en favor de una ética igualitaria que reconozca nuestra naturaleza imperfecta.

Hoy no es la izquierda la que contempla el mundo con ingenuidad. Cada vez existen más pruebas de que las instituciones actuales atraviesan una crisis de legitimidad y de que la gente común siente un desprecio creciente por las concentraciones oligárquicas de riqueza y poder que caracterizan al statu quo. Sin embargo, los comentaristas conservadores y de centroderecha continúan insistiendo en que es ingenuo reclamar mejores salarios y una mejor atención sanitaria para todos. La verdadera ingenuidad consiste en creer que las cosas pueden seguir como están.