Por: Claudio Zeiger
Indiscutido bestseller desde su aparición en 1960, “Matar a un ruiseñor” de Harper Lee marcó la rotunda consagración de la autora pero también el preludio de un largo silencio. Lumen la reedita en castellano.

“Los ruiseñores solo se dedican a cantar para alegrarnos. No estropean los frutos de los huertos, no anidan en los arcones de maíz, no hacen nada más que derramar su corazón, cantando para nuestro deleite. Por eso es pecado matar a un ruiseñor”. La frase no carente de lirismo se puede leer en boca de una vecina del pequeño pueblo de Maycomb en Alabama; es, sin embargo, algo más que un comentario al pasar o una metáfora narrativa que luego pasaría al cruel y bello título de esta gran novela, tan sonora y perfecta como un verso en inglés o en castellano: To Kill a Mockingbird, Matar a un ruiseñor. La frase resume, condensa quizás, una cosmovisión que Harper Lee pudo ir desenvolviendo (mientras la iba descubriendo a medida que escribía, por qué no) a lo largo de la novela que la volvió célebre por siempre jamás, pero que también la condenaría a un repliegue táctico muy parecido a un retiro voluntario. Publicada en 1960, Matar a un ruiseñor tuvo un éxito de público colosal e instantáneo, lo que la catapultó al Premio Pulitzer en 1961. Y un año después la consagración vino de la mano de la película dirigida por Robert Mulligan y protagonizada por Gregory Peck, quien además se llevaría un Óscar a mejor actor. Ahora bien, volviendo a las sabias palabras de la vecina (tan razonable y estrafalaria a la vez como todos los habitantes adultos de este pueblo macondiano), lo que se intuye pronto en la lectura es que el punto de vista de Harper Lee busca superar cualquier forma de humanismo perdonavidas, cualquier gesto de elitismo intelectual y de superioridad moral disfrazada de compasión. Matar a un ruiseñor está mal, pero otra clase de pájaros dañinos para los cultivos y las plantas pueden ser perfectamente liquidados. Y cuando el libro llegue a su corazón delator, su núcleo duro, que es el racismo tan profundo como el sur, tan inamovible, cruel y paralizante, terco e irracional, no será objeto de un tratamiento sin matices. Scout, la narradora, hija del abogado Atticus Finch (respetable vecino que cuando decide defender a un hombre negro acusado de violar a una mujer blanca, perderá casi todo el apoyo comunitario) tardará un buen tiempo hasta acceder a una toma de conciencia respecto de lo que está sucediendo, y mientras es una chica despreocupada que solo se interesa por unas travesuras bastante subidas de tono, le parecerá espantoso que su padre defienda a un negro porque sí. A su hermano mayor, Jem, le sucederá algo parecido, aunque se trate de un proceso más intelectualizado. Y, desde ya, esta mirada compleja sobre un tema de raíces tan profundas, será más que aprovechada para trazar el perfil del gran personaje que le tocó en suerte interpretar a Gregory Peck: un abogado que no es un idealista de cartón pintado, pero que en su búsqueda de la igualdad como principio de la sociedad, trata de lidiar con sus propios fantasmas, imperfecciones y zonas grises en un pueblo chico infierno grande que se arroga el Bien de la gente de bien. No es que le gusten los negros, como se murmura por ahí, pero en su legalismo extremo encontrará una manera de conciliar el horror de ser blanco, el horror de creerse un hombre superior, el horror de entender que el mundo es el horror y pronto va a empeorar. Estamos en 1935.
ENTRE SALINGER Y CAPOTE
Pasados los primeros trepidantes años desde la publicación del libro, Harper Lee fue dejando de dar entrevistas, poco a poco se fue recluyendo en su departamento de Nueva York o volviendo por temporadas prolongadas a Monroeville, su pueblo natal de Alabama, y se fue disolviendo en la esfera comunicacional, aunque Matar a un ruiseñor no paraba de vender y conquistar a nuevos lectores año tras año, década tras década.
Mucho tiempo después, ya cerca de su muerte en 2016 (el próximo 19 de febrero se cumplen diez años), esta mujer que había nacido en 1926, diría públicamente que si no publicaba era porque pensaba que ya no tenía mucho más que agregar y que frente a eso, lo mejor era el silencio. Una reflexión digna de Atticus Finch. Quizás, a esa altura también ya estaba cansada de que le preguntaran por su relación con Truman Capote y trataran de sonsacarle información, data, chismes. Habían sido vecinos, compinches de andanzas y lecturas, habían hecho muchas travesuras juntos. Ella lo retrató maravillosamente en Dill, un amiguito de los hermanos Finch que viene de afuera durante los veranos para estar con su tía, un chico nómade y fantasioso, insoportable y querible: Truman Capote. En las páginas de Matar a un ruiseñor, Harper Lee recrea lo que solían hacer de muy chicos: asistir a las audiencias públicas de los juicios, un espectáculo indudablemente morboso y apasionante para niños de mentes febriles.
Harper lo había asistido en la investigación de A sangre fría, quedaron un poco distanciados al parecer porque él no habría destacado y puesto en valor lo suficiente el trabajo de ella, exhaustivo por no decir fundamental para la eficacia del non fiction. Pero primaba el paraíso de la infancia, las largas conversaciones y el afecto. Y eran, si se quiere, la contracara del otro: él tan extrovertido y locuaz; ella de cabeza al silencio. Ella paradójicamente más cerca del ostracismo de J. D. Salinger que del exhibicionismo paroxístico que alcanzaría Capote en sus Plegarias atendidas.
Después de la muerte de Truman Capote, Harper Lee diría: “Cuando nos contaba algún viejo cuento sus ojos azules se iluminaban y a la vez parecían más oscuros. Su risa era franca y feliz. Lo considerábamos como Un Merlín de bolsillo cuya cabeza bullía de excéntricos planes, extraños anhelos y pintorescas fantasías”.
El máximo punto de contacto entre ambos, sin embargo, es literario. Hay hermosos rastros de melancolía y sabor de vivir la dulzura del dolor, la comprensión profunda de los personajes pueblerinos, la fascinación por el verano y la niñez, de uno en otro, hasta confundirse. Estelas de Otras voces, otros ámbitos en Matar a un ruiseñor, de Matar a un ruiseñor en El arpa de hierba. Hay un diálogo indudable entre textos y también con otros autores y autoras, como Erskine Caldwell o Katherine Anne Porter.
A la manera (insuperable, sí) de Carson McCullers en El corazón es un cazador solitario, Harper Lee va desviando el centro de atención hasta que el duro núcleo del racismo te estalla en la cara. Una relectura de El corazón sorprendería a cualquiera que lo haya leído hace ya tiempo por la centralidad del tema racial en sus páginas. El médico Copeland y el abogado Finch son variantes de un mismo punto de vista, figuras de autoridad en encrucijadas del destino. Los dos personajes son seres trágicos en medio de una aparente comedia de la vida.
Es claro que la convergencia de las tramas en el caso judicial no debe dejar de lado que se trata además de un fascinante relato iniciático en doble dirección: el del hermano mayor que se hace hombrecito en un mundo al que después de rechazar desde su más rabiosa rebeldía adolescente, buscará aferrarse con desesperación; el de la hermanita menor, la pequeña Harper, inolvidable Scout, tan varonera como la Mick Kelly de Carson McCullers, que tantea el horrible porvenir de convertirse en una dama sureña y encontrará, en la figura del padre, el hilo del que tirar para poder complementar su imaginación con la dura narrativa de la ley.
Matar a un ruiseñor es un ejemplar único, una rara avis: un perfecto best seller que sin embargo revela una condición literaria artesanal de extremo refinamiento, una capacidad para el detalle y la construcción de escenas esenciales, que tantos años después y misterios mediante, hace pensar que el silencio de Harper Lee fue, sobre todo, una manera de honrar su propio camino de iniciación, su propio anhelo, sus sueños. Apenas rozar de vez en cuando con la punta de los dedos ese tiempo tan desdichado y feliz de su infancia, el dolor de los descubrimientos y la redención mediante la escritura. Ley de la literatura, ley de vida.
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