Por: Branko Marcetic
Mucho más allá de la victoria de Abdul El-Sayed en las primarias demócratas de este martes, progresistas y socialistas también ganaron postulaciones importantes. Algo está cambiando en el electorado demócrata.
Algo ha cambiado en el electorado demócrata.
Eso ya había quedado claro con la aplastante victoria de Zohran Mamdani sobre la realeza del establishment, Andrew Cuomo, en la carrera por la alcaldía de Nueva York el año pasado, subrayada por una serie de nuevas victorias socialistas sobre legisladores del establishment siete meses después. Y también había quedado claro en la interna de Maine, donde los votantes demócratas rechazaron a su propia gobernadora en favor de una figura populista de izquierda, perseguida por escándalos, que nunca había ocupado un cargo político.
Pero la victoria de Abdul El-Sayed en Michigan sobre la centrista respaldada por el lobby israelí, Haley Stevens, puede eclipsar incluso a estas, tanto como victoria para la izquierda amplia como para cualquiera que verdaderamente se preocupe por la democracia.
Ningún candidato ha sido superado en gasto de campaña al nivel en que lo fue El-Sayed y, aun así, ganó, aunque por escaso margen, mientras que la ventaja de nueve a uno de Stevens en gasto externo financiaba un torrente interminable de publicidades televisivas que promocionaban un inexistente respaldo del expresidente Barack Obama y atacaban calumniosamente a El-Sayed. El excongresista socialista Jamaal Bowman cayó en 2024 frente a una avalancha de dinero de una escala aproximadamente cuatro veces menor que la que enfrentó El-Sayed.
Además de ser un recordatorio visceral de que es posible que el poder popular triunfe sobre la plutocracia desnuda, los resultados también deberían ayudar, dependiendo de lo que ocurra en noviembre, a enterrar el último argumento que los centristas del partido esgrimían contra sus oponentes progresistas: que los socialistas y otros candidatos de izquierda solo tienen atractivo en las costas o en las áreas urbanas profundamente demócratas.
Esto nunca fue cierto, como sabíamos por innumerables indicios: la victoria de Bernie Sanders en la interna de Michigan en 2016, por ejemplo, o el hecho de que dos de las primeras victorias del «Squad» se dieron en Detroit con Rashida Tlaib y en Minneapolis con Ilhan Omar, junto con la serie de victorias socialistas a nivel local y estatal en el Medio Oeste durante la última década, incluidos los bloques socialistas en los concejos municipales de Chicago y Minneapolis. Pero dado el carácter estatal de la carrera al Senado, y en un estado que Trump ganó dos veces, El-Sayed está ahora en condiciones de enterrar ese argumento ante los ojos del votante promedio de una manera que ninguno de estos otros hitos electorales pudo lograr.
Aun así, la negación es difícil de sacudir. «Los progresistas no tuvieron la gran noche electoral que querían», decía un titulo apresurado de Politico el miércoles por la mañana. Esta mañana se vio un apurado y colectivo corrimiento de los objetivos por parte de comentaristas hostiles a la izquierda, para redefinir absurdamente la victoria no como ganar la elección propiamente dicha —como hizo El-Sayed— sino como ganarla por un margen aplastante, un estándar que sin duda se habría seguido aplicando si hubiera sido Stevens quien lograra la victoria estrecha.
En realidad, es difícil sostener el argumento de que Michigan le dio a la izquierda una mala noche. Cinco de los seis candidatos respaldados por Bernie Sanders ganaron en el estado, incluido el miembro de los Socialistas Democráticos de América (DSA) Donavan McKinney, quien casi con certeza se convertirá en lo que potencialmente será el noveno miembro socialista de la Cámara de Representantes de Estados Unidos desde el seguro escaño demócrata del Distrito 13 de Michigan, y ampliará el «Squad» de izquierda hasta llegar posiblemente a decenas de integrantes. También es destacable el cofundador del Sunrise Movement, William Lawrence, quien ganó su carrera a tres bandas por el Distrito 7, un distrito «púrpura», anteriormente ocupado por la senadora demócrata centrista Elissa Slotkin, cuya candidata respaldada para el escaño quedó tercera.
También resultó victorioso entre los candidatos respaldados por Sanders Abbas Alawieh, cofundador del Uncommitted Movement y delegado «no comprometido» en la Convención Nacional Demócrata del año pasado, quien lideró allí una sentada en protesta por la posición de la campaña de Kamala Harris respecto al genocidio en Gaza, y que ganó su interna para el Senado estatal con un cómodo margen de 18 puntos. Esa lista incluye también a otros dos miembros del DSA: el comisionado del condado Yousef Rabhi, quien derrotó con holgura al alcalde en ejercicio, de cuatro mandatos, de Ann Arbor, y Chris Gilmer-Hill, respaldado tanto por El-Sayed como por la sede de Metro Detroit de la organización, y quien ganó su interna para representar al Distrito 8 de Michigan en la cámara baja estatal.
Si esta no es la noche que los progresistas querían, entonces solo podemos suponer que lo que querían era perder.
Dos pájaros de un tiro
Pero es la victoria de El-Sayed la que merecidamente está siendo tratada como la historia más importante de la noche. El resultado marca otro rechazo, de alto perfil, a la élite demócrata por parte de votantes que hasta ahora le eran leales, posiblemente la historia del partido durante la era Trump 2.0. Los demócratas del establishment se jugaron todo para intentar inclinar la carrera a favor de Stevens: el líder de la minoría en el Senado, Chuck Schumer, le aseguró el apoyo de donantes, y la presidenta del Comité de Campaña Senatorial Demócrata, la senadora Kristen Gillibrand —quien el año pasado acusó falsamente a Mamdani de hablar de «yihad global»—, según se informó, le mintió a los donantes diciendo que el otro centrista de la carrera era miembro del DSA.
Una ola de respaldos de último momento por parte de grandes nombres demócratas, incluida la todavía popular gobernadora de Michigan, Gretchen Whitmer, y el desconcertantemente prominente representante Jim Clyburn, no lograron llevar a Stevens a la victoria. Su colega centrista, la representante Hillary Scholten, denostó a El-Sayed calificándolo de misógino y «antiamericano», y hasta sugirió que podría no respaldarlo en la elección general. (Scholten, quien este año se presentó sin oposición, se encuentra ahora en una posición potencialmente vulnerable, dado que El-Sayed obtuvo el 58 por ciento de los votos en tres condados del oeste de Michigan cuyas porciones forman parte de su distrito).
Pero, podría decirse que lo más significativo de la carrera es la magnitud absoluta del dinero de derecha que El-Sayed tuvo que superar para ganar, y la enorme derrota que ello representa para el lobby proisraelí.
Hace apenas unos años, las fuerzas proisraelíes prácticamente dictaban los resultados de las internas demócratas mediante niveles inéditos de gasto externo contra progresistas que, por lo demás, gozaban de buena reputación. La propia Stevens fue una de las beneficiarias de esa estrategia. En 2022, se impuso con comodidad sobre el hijo progresista de una de las familias políticas más famosas de Michigan, el excongresista Andy Levin, apoyada por una inversión de más de 3 millones de dólares del United Democracy Project (UDP), el súper PAC del American Israel Political Affairs Committee (AIPAC).
Mientras el UDP financiaba una ofensiva publicitaria contra Levin que en ningún momento mencionaba a Israel, el entonces presidente de AIPAC atacaba abiertamente a Levin —un orgulloso sionista y expresidente de sinagoga, cuya transgresión fue impulsar que se condicionara la ayuda estadounidense a Israel como manera de impedir que este destruyera la solución de dos Estados— calificándolo como «el miembro del Congreso más corrosivo para la relación entre Estados Unidos e Israel». Stevens terminó ganando el distrito, que abarca gran parte de su condado natal, Oakland, por casi 20 puntos.
Considerada en su momento como una señal ominosa sobre el dinero en la política, aquella suma fue apenas una fracción de los casi 32 millones de dólares que el proisraelí UDP invirtió esta vez en Stevens, la mayor suma que jamás haya destinado a una carrera al Congreso. Junto con otros 30 millones de dólares provenientes de grupos financiados por diversos intereses corporativos, todo hizo que esta carrera en la interna no presidencial fuera la más costosa registrada en el estado y la tercera interna al Senado más costosa de la historia. Y esta vez, el tema de Israel estuvo en el centro de la escena, no tanto en las publicidades que emitió el UDP, sino en la división política de fondo entre los dos candidatos y en el metacomentario que la rodeó.
Al igual que en el caso de Cuomo en Nueva York, Stevens apostó fuerte a abrazar a Israel en un momento en que el país nunca tuvo peor imagen ante la opinión pública estadounidense, e intentó hacer de la crítica de El-Sayed al trato que Israel da a los habitantes de Gaza, y de su vínculo con otros críticos de Israel como Hasan Piker, un tema de campaña llegando incluso, en un momento, a prácticamente tildarlo de antisemita). Y, al igual que Cuomo en Nueva York, la estrategia expresó una absolutamente mala interpretación respecto de la situación del electorado demócrata después de 2024. Esta vez, «la congresista del condado de Oakland» ganó el condado de Oakland —donde nació, se crió, actualmente vive y al que representa en el Congreso— por apenas 6 puntos, muy por debajo de su margen de victoria en 2022.
Junto con las victorias de Alawieh y McKinney —quien se impuso a un legislador en ejercicio que se convirtió en un «Israel Firster» [partidario incondiconal de Israel] de último momento, que arrastró los pies a la hora de respaldar un alto el fuego y que renegó del DSA después del 7 de octubre—, esta campaña constituye la confirmación más dramática que hemos visto hasta ahora de que la política en torno a la relación entre Estados Unidos e Israel ha cambiado de manera fundamental, particularmente del lado demócrata.
Incluso con un electorado demócrata transformado, es poco probable que El-Sayed y las fuerzas que lo respaldaron hubieran podido lograr este resultado sin cierto pragmatismo estratégico. El-Sayed obtuvo el respaldo crucial de muchos miembros de DSA sobre el terreno, aun cuando dejó explícitamente en claro que él no era socialista. Los socialistas democráticos de Michigan parecen haber calculado que las áreas de coincidencia —incluido el apoyo sin reservas de El-Sayed al Medicare for All, a gravar a los ricos y a la propiedad pública de las empresas de inteligencia artificial— hacían de su campaña una causa que valía la pena apoyar, un enfoque de «gran paraguas» facilitado por el hecho de que El-Sayed asumió públicamente el respaldo de DSA como parte de su propia coalición amplia.
El-Sayed, por su parte, cambió sabiamente de tono en algunos puntos, aun mientras se mantenía firme en las posiciones políticas centrales que lo pusieron en la mira de los grandes financistas de derecha. Retrocedió en su apoyo, de años atrás, a la consigna «Defund the Police» [Definanciar a la policía], y obtuvo el respaldo de la Asociación de Alguaciles Adjuntos del Condado de Wayne, de manera similar a como Bernie Sanders lo había hecho en su momento para construir su propio ascenso político. E hizo campaña con un estilo positivo y patriótico, enmarcando su crítica a Israel en una versión de izquierda del planteo «Primero Estados Unidos», socavando los inevitables intentos de presentarlo como un extremista «extranjero» violento o peligroso.
En ese sentido, merece una breve mención el carácter histórico de la candidatura de El-Sayed, como orgulloso musulmán y árabe-estadounidense que asumió abiertamente esas partes de su identidad. No sería poca cosa tener al primer senador musulmán de la historia de Estados Unidos, en un momento de islamofobia y racismo antiárabe virulentos y en ascenso. Ese fanatismo últimamente adquiere forma física no solo en comentarios cotidianos, actitudes y estallidos aleatorios de violencia, sino también en políticas y retórica política concretas: la prohibición migratoria contra musulmanes impulsada por Trump, sus diversas guerras contra el mundo musulmán, la retórica cada vez más abiertamente racista de los responsables de política del establishment. Y esto no ocurre solo en la derecha. El-Sayed soportó una de las campañas de insinuaciones más ruines que hemos visto en bastante tiempo, una versión demócrata de la campaña sutilmente racista que John McCain llevó adelante contra el en verdad no musulmán Barack Obama hace dieciocho años, una campaña en la que también el oponente de El-Sayed se vio ocasionalmente frente a frente con los elementos de campaña sucia que había contribuido a generar.
Es probable que este tipo de cosas no desaparezca pronto, ni siquiera con este resultado. Pero la victoria de El-Sayed, así como su oportunidad de superar la versión más abiertamente racista que los republicanos parecen decididos a desplegar en la elección general, será un hito importante para la decencia básica y para unos Estados Unidos más tolerantes.
A medida que avanzamos hacia la elección general, podemos afirmar dos cosas con certeza: seguiremos escuchando que la izquierda se dirige hacia una derrota casi segura, y que el AIPAC y otros vehículos de los millonarios gastarán sumas cada vez más desquiciadas para intentar que eso se haga realidad. Pero el triunfo de El-Sayed en la interna es un recordatorio de que, a veces, con suficiente trabajo duro, es posible atravesar un tsunami de dinero y salir con vida del otro lado.
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