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Poemas de Garsilaso de al Vega

07/11/2010 by maestro Deja un comentario

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Égloga I

 

 

El dulce lamentar de dos pastores,

Salicio juntamente y Nemoroso,

he de contar, sus quejas imitando;

cuyas ovejas al cantar sabroso

estaban muy atentas, los amores,

(de pacer olvidadas) escuchando.

Tú, que ganaste obrando

un nombre en todo el mundo

y un grado sin segundo,

agora estés atento sólo y dado

el ínclito gobierno del estado

Albano; agora vuelto a la otra parte,

resplandeciente, armado,

representando en tierra el fiero Marte;

 

agora de cuidados enojosos

y de negocios libre, por ventura

andes a caza, el monte fatigando

en ardiente jinete, que apresura

el curso tras los ciervos temerosos,

que en vano su morir van dilatando;

espera, que en tornando

a ser restituido

al ocio ya perdido,

luego verás ejercitar mi pluma

por la infinita innumerable suma

de tus virtudes y famosas obras,

antes que me consuma,

faltando a ti, que a todo el mondo sobras.

 

En tanto que este tiempo que adivino

viene a sacarme de la deuda un día,

que se debe a tu fama y a tu gloria

(que es deuda general, no sólo mía,

mas de cualquier ingenio peregrino

que celebra lo digno de memoria),

el árbol de victoria,

que ciñe estrechamente

tu gloriosa frente,

dé lugar a la hiedra que se planta

debajo de tu sombra, y se levanta

poco a poco, arrimada a tus loores;

y en cuanto esto se canta,

escucha tú el cantar de mis pastores.

 

Saliendo de las ondas encendido,

rayaba de los montes al altura

el sol, cuando Salicio, recostado

al pie de un alta haya en la verdura,

por donde un agua clara con sonido

atravesaba el fresco y verde prado,

él, con canto acordado

al rumor que sonaba,

del agua que pasaba,

se quejaba tan dulce y blandamente

como si no estuviera de allí ausente

la que de su dolor culpa tenía;

y así, como presente,

razonando con ella, le decía:

 


Salicio:

¡Oh más dura que mármol a mis quejas,

y al encendido fuego en que me quemo

más helada que nieve, Galatea!,

estoy muriendo, y aún la vida temo;

témola con razón, pues tú me dejas,

que no hay, sin ti, el vivir para qué sea.

Vergüenza he que me vea

ninguno en tal estado,

de ti desamparado,

y de mí mismo yo me corro agora.

¿De un alma te desdeñas ser señora,

donde siempre moraste, no pudiendo

de ella salir un hora?

Salid sin duelo, lágrimas, corriendo.

 

El sol tiende los rayos de su lumbre

por montes y por valles, despertando

las aves y animales y la gente:

cuál por el aire claro va volando,

cuál por el verde valle o alta cumbre

paciendo va segura y libremente,

cuál con el sol presente

va de nuevo al oficio,

y al usado ejercicio

do su natura o menester le inclina,

siempre está en llanto esta ánima mezquina,

cuando la sombra el mondo va cubriendo,

o la luz se avecina.

Salid sin duelo, lágrimas, corriendo.

 

¿Y tú, de esta mi vida ya olvidada,

sin mostrar un pequeño sentimiento

de que por ti Salicio triste muera,

dejas llevar (¡desconocida!) al viento

el amor y la fe que ser guardada

eternamente sólo a mí debiera?

¡Oh Dios!, ¿por qué siquiera,

(pues ves desde tu altura

esta falsa perjura

causar la muerte de un estrecho amigo)

no recibe del cielo algún castigo?

Si en pago del amor yo estoy muriendo,

¿qué hará el enemigo?

Salid sin duelo, lágrimas, corriendo.

 

Por ti el silencio de la selva umbrosa,

por ti la esquividad y apartamiento

del solitario monte me agradaba;

por ti la verde hierba, el fresco viento,

el blanco lirio y colorada rosa

y dulce primavera deseaba.

¡Ay, cuánto me engañaba!

¡Ay, cuán diferente era

y cuán de otra manera

lo que en tu falso pecho se escondía!

Bien claro con su voz me lo decía

la siniestra corneja, repitiendo

la desventura mía.

Salid sin duelo, lágrimas, corriendo.

 

¡Cuántas veces, durmiendo en la floresta,

(reputándolo yo por desvarío)

vi mi mal entre sueños, desdichado!

Soñaba que en el tiempo del estío

llevaba, por pasar allí la sienta,

a beber en el Tajo mi ganado;

y después de llegado,

sin saber de cuál arte,

por desusada parte

y por nuevo camino el agua se iba;

ardiendo yo con la calor estiva,

el curso enajenado iba siguiendo

del agua fugitiva.

Salid sin duelo, lágrimas, corriendo.

 

Tu dulce habla ¿en cúya oreja suena?

Tus claros ojos ¿a quién los volviste?

¿Por quién tan sin respeto me trocaste?

Tu quebrantada fe ¿dó la pusiste?

¿Cuál es el cuello que, como en cadena,

de tus hermosos brazos anudaste?

No hay corazón que baste,

aunque fuese de piedra,

viendo mi amada hiedra,

de mí arrancada, en otro muro asida,

y mi parra en otro olmo entretejida,

que no se esté con llanto deshaciendo

hasta acabar la vida.

Salid sin duelo, lágrimas, corriendo.

 

¿Qué no se esperará de aquí adelante,

por difícil que sea y por incierto?

O ¿qué discordia no será juntada?,

y juntamente ¿qué tendrá por cierto,

o qué de hoy más no temerá el amante,

siendo a todo materia por ti dada?

Cuando tú enajenada

de mi cuidado fuiste,

notable causa diste,

y ejemplo a todos cuantos cubre el cielo,

que el más seguro tema con recelo

perder lo que estuviere poseyendo.

Salid fuera sin duelo,

salid sin duelo, lágrimas, corriendo.

 

Materia diste al mundo de esperanza

de alcanzar lo imposible y no pensado,

y de hacer juntar lo diferente,

dando a quien diste el corazón malvado,

quitándolo de mí con tal mudanza

que siempre sonará de gente en gente.

La cordera paciente

con el lobo hambriento

hará su ayuntamiento,

y con las simples aves sin ruido

harán las bravas sierpes ya su nido;

que mayor diferencia comprendo

de ti al que has escogido.

Salid sin duelo, lágrimas, corriendo.

 

Siempre de nueva leche en el verano

y en el invierno abundo; en mi majada

la manteca y el queso está sobrado;

de mi cantar, pues, yo te vi agradada

tanto que no pudiera el mantuano

Títiro ser de ti más alabado.

No soy, pues, bien mirado,

tan disforme ni feo;

que aún agora me veo

en esta agua que corre clara y pura,

y cierto no trocara mi figura

con ese que de mí se está riendo;

¡trocara mi ventura!

Salid sin duelo, lágrimas, corriendo.

 

¿Cómo te vine en tanto menosprecio?

¿Cómo te fui tan presto aborrecible?

¿Cómo te faltó en mí el conocimiento?

Si no tuvieras condición terrible,

siempre fuera tenido de ti en precio,

y no viera de ti este apartamiento.

¿No sabes que sin cuento

buscan en el estío

mis ovejas el frío

de la sierra de Cuenca, y el gobierno

del abrigado Estremo en el invierno?

Mas ¡qué vale el tener, si derritiendo

me estoy en llanto eterno!

Salid sin duelo, lágrimas, corriendo.

 

Con mi llorar las piedras enternecen

su natural dureza y la quebrantan;

los árboles parece que se inclinan:

las aves que me escuchan, cuando cantan,

con diferente voz se condolecen,

y mi morir cantando me adivinan.

Las fieras, que reclinan

su cuerpo fatigado,

dejan el sosegado

sueño por escuchar mi llanto triste.

Tú sola contra mí te endureciste,

los ojos aún siquiera no volviendo

a lo que tú hiciste.

Salid sin duelo, lágrimas, corriendo.

 

Mas ya que a socorrerme aquí no vienes,

no dejes el lugar que tanto amaste,

que bien podrás venir de mí segura;

yo dejaré el lugar do me dejaste;

ven, si por sólo esto te detienes;

ves aquí un prado lleno de verdura,

ves aquí una espesura,

ves aquí una agua clara,

en otro tiempo cara,

a quien de ti con lágrimas me quejo.

Quizá aquí hallarás (pues yo me alejo)

al que todo mi bien quitarme puede;

que pues el bien le dejo,

no es mucho que el lugar también le quede.

 

Aquí dio fin a su cantar Salicio,

y suspirando en el postrero acento,

soltó de llanto una profunda vena.

Queriendo el monte al grave sentimiento

de aquel dolor en algo ser propicio,

con la pesada voz retumba y suena.

La blanca Filomena,

casi como dolida

y a compasión movida,

dulcemente responde al son lloroso.

Lo que cantó tras esto Nemoroso

decidlo vos Piérides, que tanto

no puedo yo, ni oso,

que siento enflaquecer mi débil canto.

 


Nemoroso:

Corrientes aguas, puras, cristalinas,

árboles que os estáis mirando en ellas,

verde prado, de fresca sombra lleno,

aves que aquí sembráis vuestras querellas,

hiedra que por los árboles caminas,

torciendo el paso por su verde seno:

yo me vi tan ajeno

que de puro contento

con vuestra soledad me recreaba,

donde con dulce sueño reposaba,

o con el pensamiento discurría

por donde no hallaba

sino memorias llenas de alegría.

 

Y en este mismo valle, donde agora

me entristezco y me canso, en el reposo

estuve ya contento y descansado.

¡Oh bien caduco, vano y presuroso!

Acuérdome, durmiendo aquí alguna hora,

que despertando, a Elisa vi a mi lado.

¡Oh miserable hado!

¡Oh tela delicada,

antes de tiempo dada

a los agudos filos de la muerte!

Más convenible fuera aquesta suerte

a los cansados años de mi vida,

que es más que el hierro fuerte,

pues no la ha quebrantado tu partida.

 

¿Dó están agora aquellos claros ojos

que llevaban tras sí, como colgada,

mi ánima doquier que ellos se volvían?

¿Dó está la blanca mano delicada,

llena de vencimientos y despojos

que de mí mis sentidos le ofrecían?

Los cabellos que vían

con gran desprecio al oro,

como a menor tesoro,

¿adónde están? ¿Adónde el blando pecho?

¿Dó la columna que el dorado techo

con presunción graciosa sostenía?

Aquesto todo agora ya se encierra,

por desventura mía,

en la fría, desierta y dura tierra.

 

¿Quién me dijera, Elisa, vida mía,

cuando en aqueste valle al fresco viento

andábamos cogiendo tiernas flores,

que había de ver con largo apartamiento

venir el triste y solitario día

que diese amargo fin a mis amores?

El cielo en mis dolores

cargó la mano tanto,

que a sempiterno llanto

y a triste soledad me ha condenado;

y lo que siento más es verme atado

a la pesada vida y enojosa,

solo, desamparado,

ciego, sin lumbre, en cárcel tenebrosa.

 

Después que nos dejaste, nunca pace

en hartura el ganado ya, ni acude

el campo al labrador con mano llena.

No hay bien que en mal no se convierta y mude:

la mala hierba al trigo ahoga, y nace

en lugar suyo la infelice avena;

la tierra, que de buena

gana nos producía

flores con que solía

quitar en sólo vellas mil enojos,

produce agora en cambio estos abrojos,

ya de rigor de espinas intratable;

yo hago con mis ojos

crecer, llorando, el fruto miserable.

 

Como al partir del sol la sombra crece,

y en cayendo su rayo se levanta

la negra escuridad que el mundo cubre,

de do viene el temor que nos espanta,

y la medrosa forma en que se ofrece

aquello que la noche nos encubre,

hasta que el sol descubre

su luz pura y hermosa:

tal es la tenebrosa

noche de tu partir, en que he quedado

de sombra y de temor atormentado,

hasta que muerte el tiempo determine

que a ver el deseado

sol de tu clara vista me encamine.

 

Cual suele el ruiseñor con triste canto

quejarse, entre las hojas escondido,

del duro labrador, que cautamente

le despojó su caro y dulce nido

de los tiernos hijuelos, entre tanto

que del amado ramo estaba ausente,

y aquel dolor que siente

con diferencia tanta

por la dulce garganta

despide, y a su canto el aire suena,

y la callada noche no refrena

su lamentable oficio y sus querellas,

trayendo de su pena

al cielo por testigo y las estrellas;

 

desta manera suelto yo la rienda

a mi dolor, y así me quejo en vano

de la dureza de la muerte airada.

Ella en mi corazón metió la mano,

y de allí me llevó mi dulce prenda,

que aquél era su nido y su morada.

¡Ay muerte arrebatada!

Por ti me estoy quejando

al cielo y enojando

con importuno llanto al mundo todo:

tan desigual dolor no sufre modo.

No me podrán quitar el dolorido

sentir, si ya del todo

primero no me quitan el sentido.

 

Una parte guardé de tus cabellos,

Elisa, envueltos en un blanco paño,

que nunca de mi seno se me apartan;

descójolos, y de un dolor tamaño

enternecerme siento, que sobre ellos

nunca mis ojos de llorar se hartan.

Sin que de allí se partan,

con sospiros calientes,

más que la llama ardientes,

los enjugo del llanto, y de consuno

casi los paso y cuento uno a uno;

juntándolos, con un cordón los ato.

Tras esto el importuno

dolor me deja descansar un rato.

 

Mas luego a la memoria se me ofrece

aquella noche tenebrosa, escura,

que siempre aflige esta ánima mezquina

con la memoria de mi desventura

Verte presente agora me parece

en aquel duro trance de Lucina,

y aquella voz divina,

con cuyo son y acentos

a los airados vientos

pudieras amansar, que agora es muda.

Me parece que oigo que a la cruda,

inexorable diosa demandabas

en aquel paso ayuda;

y tú, rústica diosa, ¿dónde estabas?

 

¿Ibate tanto en perseguir las fieras?

¿Ibate tanto en un pastor dormido?

¿Cosa pudo bastar a tal crüeza,

que, conmovida a compasión, oído

a los votos y lágrimas no dieras,

por no ver hecha tierra tal belleza,

o no ver la tristeza

en que tu Nemoroso

queda, que su reposo

era seguir tu oficio, persiguiendo

las fieras por los monte, y ofreciendo

a tus sagradas aras los despojos?

¿Y tú, ingrata, riendo

dejas morir mi bien ante los ojos?

 

Divina Elisa, pues agora el cielo

con inmortales pies pisas y mides,

y su mudanza ves, estando queda,

¿por qué de mí te olvidas y no pides

que se apresure el tiempo en que este velo

rompa del cuerpo, y verme libre pueda,

y en la tercera rueda,

contigo mano a mano,

busquemos otro llano,

busquemos otros montes y otros ríos,

otros valles floridos y sombríos,

do descansar y siempre pueda verte

ante los ojos míos,

sin miedo y sobresalto de perderte?

 

* * *

 

Nunca pusieran fin al triste lloro

los pastores, ni fueran acabadas

las canciones que sólo el monte oía,

si mirando las nubes coloradas,

al tramontar del sol bordadas de oro,

no vieran que era ya pasado el día,

la sombra se veía

venir corriendo apriesa

ya por la falda espesa

del altísimo monte, y recordando

ambos como de sueño, y acabando

el fugitivo sol, de luz escaso,

su ganado llevando,

se fueran recogiendo paso a paso.

 

 


Oda ad Florem Gnido

 

 

 

Si de mi baja lira

tanto pudiese el son que en un momento

aplacase la ira

del animoso viento

y la furia del mar y el movimiento;

 

y en ásperas montañas

con el süave canto enterneciese

las fieras alimañas,

los árboles moviese

y al son confusamente los trujiese,

 

no pienses que cantado

sería de mí, hermosa flor de Gnido,

el fiero Marte airado,

a muerte convertido,

de polvo y sangre y de sudor teñido;

 

ni aquellos capitanes

en las sublimes ruedas colocados,

por quien los alemanes,

el fiero cuello atados,

y los franceses van domesticados;

 

mas solamente aquella

fuerza de tu beldad sería cantada,

y alguna vez con ella

también sería notada

el aspereza de que estás armada:

 

y cómo por ti sola,

y por tu gran valor y hermosura

convertido en vïola,

llora su desventura

el miserable amante en tu figura.

 

Hablo de aquel cativo,

de quien tener se debe más cuidado,

que está muriendo vivo,

al remo condenado,

en la concha de Venus amarrado.

 

Por ti, como solía,

del áspero caballero no corrige

la furia y gallardía,

ni con freno la rige,

ni con vivas espuelas ya le aflige.

 

Por ti, con diestra mano

no revuelve la espada presurosa,

y en el dudoso llano

huye la polvorosa

palestra como sierpe ponzoñosa.

 

Por ti, su blanda musa,

en lugar de la cítara sonante,

tristes querellas usa,

que con llanto abundante

hacen bañar el rostro del amante.

 

Por ti, el mayor amigo

le es importuno, grave y enojoso;

yo puedo ser testigo,

que ya del peligroso

naufragio fui su puerto y su reposo.

 

Y agora en tal manera

vence el dolor a la razón perdida,

que pozoñosa fiera

nunca fue aborrecida

tanto como yo dél, ni tan temida.

 

 


Soneto I- Cuando me paro a contemplar mi estado…

 

Cuando me paro a contemplar mi estado,

y a ver los pasos por do me ha traído,

hallo, según por do anduve perdido,

que a mayor mal pudiera haber llegado;

 

mas cuando del camino estó olvidado,

a tanto mal no sé por dó he venido;

sé que me acabo, y más he yo sentido

ver acabar conmigo mi cuidado.

 

Yo acabaré, que me entregué sin arte

a quien sabrá perderme y acabarme,

si ella quisiere, y aun sabrá quererlo;

 

que pues mi voluntad puede matarme,

la suya, que no es tanto de mi parte,

pudiendo, ¿qué hará sino hacerlo?

 

 


Soneto II- En fin a vuestras manos he venido…

En fin a vuestras manos he venido,

do sé que he de morir tan apretado

que aun aliviar con quejas mi cuidado

como remedio me es ya defendido;

 

mi vida no sé en qué se ha sostenido

si no es es en haber sido yo guardado

para que solo en mí fuese probado

cuánto corta una espada en un rendido.

 

Mis lágrimas han sido derramadas

donde la sequedad y el aspereza

dieron mal fruto deltas, y mi suerte:

 

¡basten las que por vos tengo lloradas;

no os venguéis más de mí con mi flaqueza;

allá os vengad, señora, con mi muerte!

 

 


Soneto III- La mar en medio y tierras he dejado…

 

La mar en medio y tierras he dejado

de cuanto bien, cuitado, yo tenía;

y yéndome alejando cada día,

gentes, costumbres, lenguas he pasado.

 

Ya de volver estoy desconfiado;

pienso remedios en mi fantasía,

y el que más cierto espero es aquel día

que acabará la vida y el cuidado.

 

De cualquier mal pudiera socorrerme

con veros yo, señora, o esperallo,

si esperallo pudiera sin perdello;

 

mas de no veros ya para valerme,

si no es morir, ningún remedio hallo,

y si éste lo es, tampoco podré habello.

 

 


Soneto IV- Un rato se levanta mi esperanza…

 

Un rato se levanta mi esperanza;

mas, cansada de haberse levantado,

toma a caer, y deja, mal mi grado,

libre el lugar a la desconfianza.

 

¿Quién sufrirá tan áspera mudanza

del bien al mal? iOh corazón cansado!

Esfuerza en la miseria de tu estado;

que tras fortuna suele haber bonanza.

 

Yo mismo emprenderé a fuerza de brazos

romper un monte, que otro no rompiera,

de mil inconvenientes muy espeso.

 

Muerte, prisión no pueden, ni embarazos,

quitarme de ir a veros, como quiera,

desnudo espíritu o hombre en carne y hueso.

 

 


Soneto V- Escrito está en mi alma vuestro gesto…

 

Escrito está en mi alma vuestro gesto

y cuanto yo escribir de vos deseo;

vos sola lo escribistes, yo lo leo

tan solo, que aun de vos me guardo en esto.

 

En esto estoy y estaré siempre puesto;

que aunque no cabe en mí cuanto en vos veo,

de tanto bien lo que no entiendo creo,

tomando ya la fe por presupuesto.

 

Yo no nací sino para quereros;

mi alma os ha cortado a su medida;

por hábito del alma misma os quiero;

 

cuanto tengo confieso yo deberos;

por vos nací, por vos tengo la vida,

por vos he de morir y por vos muero.

 


Soneto VI- Por ásperos caminos he llegado…

 

Por ásperos caminos he llegado

a parte que de miedo no me muevo;

y si a mudarme a dar un paso pruebo,

y allí por los cabellos soy tornado.

 

Mas tal estoy, que con la muerte al lado

busco de mi vivir consejo nuevo;

y conozco el mejor y el peor apruebo,

o por costumbre mala o por mi hado.

 

Por otra parte, el breve tiempo mío,

y el errado proceso de mis años,

en su primer principio y en su medio,

 

mi inclinación, con quien ya no porfío,

la cierta muerte, fin de tantos daños,

me hacen descuidar de mi remedio.

 


Soneto VII- No pierda más quien ha tanto perdido…

 

No pierda más quien ha tanto perdido,

bástate, amor, lo que ha por mí pasado;

válgame agora jamás haber probado

a defenderme de lo que has querido.

 

Tu templo y sus paredes he vestido

de mis mojadas ropas y adornado,

como acontece a quien ha ya escapado

libre de la tormenta en que se vido.

 

Yo había jurado nunca más meterme,

a poder mío y mi consentimiento,

en otro tal peligro, como vano.

 

Mas del que viene no podré valerme;

y en esto no voy contra el juramento;

que ni es como los otros ni en mi mano.

 

 


Soneto VIII- De aquella vista buena y excelente…

 

De aquella vista buena y excelente

salen espirtus vivos y encendidos,

y siendo por mis ojos recibidos,

me pasan hasta donde el mal se siente.

 

Entránse en el camino fácilmente,

con los míos, de tal calor movidos,

salen fuera de mí como perdidos,

llamados de aquel bien que está presente.

 

Ausente, en la memoria la imagino;

mis espirtus, pensando que la vían,

se mueven y se encienden sin medida;

 

mas no hallando fácil el camino,

que los suyos entrando derretían,

revientan por salir do no hay salida.

 


Soneto IX- Señora mía, si yo de vos ausente…

 

Señora mía, si yo de vos ausente

en esta vida turo y no me muero,

paréceme que ofendo a lo que os quiero,

y al bien de que gozaba en ser presente;

 

tras éste luego siento otro accidente,

que es ver que si de vida desespero,

yo pierdo cuanto bien bien de vos espero;

y ansí ando en lo que siento diferente.

 

En esta diferencia mis sentidos

están, en vuestra ausencia y en porfía,

no sé ya que hacerme en tal tamaño.

 

Nunca entre sí los veo sino reñidos;

de tal arte pelean noche y día,

que sólo se conciertan en mi daño.

 


Soneto X- OOh dulces prendas por mí mal halladas…

 

¡Oh dulces prendas por mí mal halladas,

dulces y alegres cuando Dios quería!

Juntas estáis en la memoria mía,

y con ella en mi muerte conjuradas.

 

¿Quién me dijera, cuando las pasadas

horas en tanto bien por vos me vía,

que me habíais de ser en algún día

con tan grave dolor representadas?

 

Pues en un hora junto me llevastes

todo el bien que por término me distes,

llevadme junto al mal que me dejastes.

 

Si no, sospecharé que me pusistes

en tantos bienes, porque deseastes

verme morir entre memorias tristes.

 


Soneto XI- Hermosas ninfas, que, en el río metidas…

 

Hermosas ninfas, que, en el río metidas,

contentas habitáis en las moradas

de relucientes piedras fabricadas

y en columnas de vidrio sostenidas;

 

agora estéis labrando embebecidas,

o tejiendo las telas delicadas;

agora unas con otras apartadas,

contándoos los amores y las vidas;

 

dejad un rato la labor, alzando

vuestras rubias cabezas a mirarme,

y no os detendréis mucho según ando;

 

que o no podréis de lástima escucharme,

o convertido en agua aquí llorando,

podréis allá de espacio consolarme.

 


Soneto XII- Si para refrenar este deseo…

 

Si para refrenar este deseo

loco, imposible, vano, temeroso,

y guarecer de un mal tan peligroso,

que es darme a entender yo lo que no creo.

 

No me aprovecha verme cual me veo,

o muy aventurado o muy medroso,

en tanta confusión que nunca oso

fiar el mal de mí que lo poseo,

 

¿qué me ha de aprovechar ver la pintura

de aquél que con las alas derretidas

cayendo, fama y nombre al mar ha dado,

 

y la del que su fuego y su locura

llora entre aquellas plantas conocidas

apenas en el agua resfrïado?

 

 


 

Soneto XIII- A Dafne ya los brazos le crecían… (y otros sonetos)

 

 

 

 

A Dafne ya los brazos le crecían

y en luengos ramos vueltos se mostraban;

en verdes hojas vi que se tornaban

los cabellos qu’el oro escurecían;

 

de áspera corteza se cubrían

los tiernos miembros que aun bullendo ‘staban;

los blancos pies en tierra se hincaban

y en torcidas raíces se volvían.

 

Aquel que fue la causa de tal daño,

a fuerza de llorar, crecer hacía

este árbol, que con lágrimas regaba.

 

¡Oh miserable estado, oh mal tamaño,

que con llorarla crezca cada día

la causa y la razón por que lloraba!

 

 

 

 

 

 

 

Soneto XIV- Como la tierna madre, que el doliente…

 

Como la tierna madre, que el doliente

hijo le está con lágrimas pidiendo

alguna cosa, de la cual comiendo

sabe que ha de doblarse el mal que siente,

 

y aquel piadoso amor no le consiente

que considere el daño que haciendo

lo que le pide hace, va corriendo,

aplaca el llanto y dobla el accidente,

 

así a mi enfermo y loco pensamiento

que en su daño os me pide, yo querría

quitalle este mortal mantenimiento.

 

Mas pídemelo y llora cada día

tanto, que cuanto quiere le consiento,

olvidando su suerte y aun la mía.

 

 

 

 

 

 

 

Soneto XV- Si quejas y lamentos pueden tanto…

 

Si quejas y lamentos pueden tanto,

que enfrenaron el curso de los ríos,

y en los diversos montes y sombríos

los árboles movieron con su canto;

 

si convertieron a escuchar su llanto

los fieros tigres, y peñascos fríos;

si, en fin, con menos casos que los míos

bajaron a los reinos del espanto,

 

¿por qué no ablandará mi trabajosa

vida, en miseria y lágrimas pasada,

un corazón conmigo endurecido?

 

Con más piedad debría ser escuchada

la voz del que se llora por perdido

que la del que perdió y llora otra cosa.

 

 

 

 

 

 

 

Soneto XXIII- En tanto que de rosa y azucena…

 

En tanto que de rosa y azucena

se muestra la color en vuestro gesto,

y que vuestro mirar ardiente, honesto,

con clara luz la tempestad serena;

 

y en tanto que el cabello, que en la vena

del oro se escogió, con vuelo presto

por el hermoso cuello blanco enhiesto

el viento mueve, esparce y desordena;

 

coged de vuestra alegre Primavera

el dulce fruto, antes que el tiempo airado

cubra de nieve la hermosa cumbre.

 

Marchitará la rosa el viento helado;

todo lo mudará la edad ligera,

por no hacer mudanza en su costumbre.

 

 

 

 

 

 

 

Soneto XXV- OOh hado secutivo en mis dolores…

 

¡Oh hado secutivo en mis dolores,

cómo sentí tus leyes rigurosas!

Cortaste’l árbol con manos dañosas

y esparciste por tierra fruta y flores.

 

En poco espacio yacen los amores,

y toda la esperanza de mis cosas,

tornados en cenizas desdeñosas

y sordas a mis quejas y clamores.

 

Las lágrimas que en esta sepultura

se vierten hoy en día y se vertieron

recibe, aunque sin fruto allá te sean,

 

hasta que aquella eterna noche escura

me cierre aquestos ojos que te vieron,

dejándome con otros que te vean.

 

 

 

 

 

 

 

Soneto XXVII- Amor, amor, un hábito vestí…

 

Amor, amor, un hábito vestí

el cual de vuestro paño fue cortado;

al vestir ancho fue, más apretado

y estrecho cuando estuvo sobre mí.

 

Después acá de lo que consentí,

tal arrepentimiento me ha tomado,

que pruebo alguna vez, de congojado,

a romper esto en que yo me metí.

 

Mas ¿quién podrá de este hábito librarse,

teniendo tan contraria su natura,

que con él ha venido a conformarse?

 

Si alguna parte queda por ventura

de mi razón, por mí no osa mostrarse;

que en tal contradicción no está segura.

 

 

 

 

 

 

 

Soneto XXIX- Pasando el mar Leandro el animoso…

 

Pasando el mar Leandro el animoso,

en amoroso fuego todo ardiendo,

esforzó el viento, y fuese embraveciendo

el agua con um ímpetu furioso.

 

Vencido del trabajo presuroso,

contrastar a las ondas no pudiendo,

y más del bien que allí perdía muriendo

que de su propia vida congojoso,

 

como pudo esforzó su voz cansada

ya las ondas habló desta manera,

mas nunca fue su voz dellas oída:

 

«Ondas, pues no se excusa que yo muera,

dejad me allá llegar, ya la tornada

vuestro furor esecutá en mi vida».

 

 

 

 

 

 

 

Soneto XXXI- Dentro de mi alma fue de mí engendrado…

 

Dentro de mi alma fue de mí engendrado

un dulce amor, y de mi sentimiento

tan aprobado fue su nacimiento

como de un solo hijo deseado;

 

mas luego de él nació quien ha estragado

del todo el amoroso pensamiento:

que en áspero rigor y en gran tormento

los primeros deleites ha tornado.

 

¡Oh crudo nieto, que das vida al padre,

y matas al abuelo! ¿por qué creces

tan disconforme a aquel de que has nacido?

 

¡Oh, celoso temor! ¿a quién pareces?

¡que la envidia, tu propia y fiera madre,

se espanta en ver el monstruo que ha parido!

 

 

 

 

 

 

 

Soneto XXXII- Estoy contigo en lágrimas bañado…

 

Estoy contigo en lágrimas bañado,

rompiendo siempre el aire con sospiros;

y más me duele el no osar deciros

que he llegado por vos a tal estado,

 

que viéndome do estoy, y lo que he andado

por el camino estrecho de seguiros,

si me quiero tornar para huiros,

desmayo viendo atrás lo que he dejado:

 

y si quiero subir a la alta cumbre,

a cada paso espántame en la vía

ejemplos tristes de los que han caído.

 

Sobre todo, me falta ya la lumbre

de la esperanza, con que andar solía

por la oscura región de vuestro olvido.

 

 

 

 

Soneto XXXIII- Mario, el ingrato amor, como testigo…

 

Mario, el ingrato amor, como testigo

de mi fe pura y de mi gran firmeza,

usando en mí su vil naturaleza,

que es hacer más ofensa al más amigo;

 

teniendo miedo que si escribo o digo

su condición, abato su grandeza;

no bastando su fuerza a mi crüeza

ha esforzado la mano a mi enemigo.

 

Y ansí, en la parte que la diestra mano

gobierna. y en aquella que declara

los conceptos del alma, fui herido.

 

Mas yo haré que aquesta ofensa cara

le cueste al ofensor, ya que estoy sano,

libre, desesperado y ofendido.

 

 

Soneto XXXV- Boscán, las armas y el furor de Marte…

 

Boscán, las armas y el furor de Marte,

que con su propia fuerza el africano

suelo regando, hacen que el romano

imperio reverdezca en esta parte,

 

han reducido a la memoria el arte

y el antiguo valor italiano,

por cuya fuerza y valerosa mano

África se aterró de parte a parte.

 

Aquí donde el romano encendimiento,

donde el fuego y la llama lícenciosa

solo el nombre dejaron a Cartago,

 

vuelve y revuelve amor mi pensamiento,

hiere y enciende el alma temerosa,

y en llanto y en ceniza me deshago.

 

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Don Juan
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Este podcast tiene la intención de reproducir interpretaciones personales de algunos clásicos de la poesía universal. Entiendo, al igual que Octavio Paz, que la poesía es una actividad emocional revolucionaria, un ejercicio espiritual, un medio de liberación interior y una búsqueda de transfiguración. Adonis, Ali Ahmad Said y Octavio paz son mis favoritos. Dos clásicos modernos.

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Este poema, como tantos otros, tiene que ver con los límites de la vida. Es un poema profundo y desconcertante, pero como todos en los poemas de Adonis nunca sabemos a dónde nos lleva sus impresionantes versos, es como no saber en qué puerto este barco llegará anclar.

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