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Poemas de Miguel de Cervantes Saavedra

06/11/2010 by maestro Deja un comentario

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QUIJOTE I Capítulo XI

 

Antonio

 

-Yo sé, Olalla, que me adoras,

puesto que no me lo has dicho

ni aun con los ojos siquiera,

mudas lenguas de amoríos.

Porque sé que eres sabida,

en que me quieres me afirmo;

que nunca fue desdichado

amor que fue conocido.

Bien es verdad que tal vez,

Olalla, me has dado indicio

que tienes de bronce el alma

y el blanco pecho de risco.

Mas allá entre tus reproches

y honestísimos desvíos,

tal vez la esperanza muestra

la orilla de su vestido.

Abalánzase al señuelo

mi fe, que nunca ha podido,

ni menguar por no llamado,

ni crecer por escogido.

Si el amor es cortesía,

de la que tienes colijo

que el fin de mis esperanzas

ha de ser cual imagino.

Y si son servicios parte

de hacer un pecho benigno,

algunos de los que he hecho

fortalecen mi partido.

Porque si has mirado en ello,

más de una vez habrás visto

que me he vestido en los lunes

lo que me honraba el domingo.

Como el amor y la gala

andan un mismo camino,

en todo tiempo a tus ojos

quise mostrarme pulido.

Dejo el bailar por tu causa,

ni las músicas te pinto

que has escuchado a deshoras

y al canto del gallo primo.

No cuento las alabanzas

que de tu belleza he dicho;

que, aunque verdaderas, hacen

ser yo de algunas malquisto.

Teresa del Berrocal,

yo alabándote, me dijo:

»Tal piensa que adora a un ángel,

y viene a adorar a un simio;

merced a los muchos dijes

y a los cabellos postizos,

y a hipócritas hermosuras,

que engañan al Amor mismo».

Desmentíla y enojóse;

volvió por ella su primo:

desafióme, y ya sabes

lo que yo hice y él hizo.

No te quiero yo a montón,

ni te pretendo y te sirvo

por lo de barraganía;

que más bueno es mi designio.

Coyundas tiene la Iglesia

que son lazadas de sirgo;

pon tú el cuello en la gamella;

verás como pongo el mío.

Donde no, desde aquí juro,

por el santo más bendito,

de no salir destas sierras

sino para capuchino.

 

 

 

QUIJOTE I Capítulo XIV

 

Canción de Grisóstomo

 

Ya que quieres, cruel, que se publique,

de lengua en lengua y de una en otra gente,

del áspero rigor tuyo la fuerza,

haré que el mismo infierno comunique

al triste pecho mío un son doliente,

con que el uso común de mi voz tuerza.

Y al par de mi deseo, que se esfuerza

a decir mi dolor y tus hazañas,

de la espantable voz irá el acento,

y en él mezcladas, por mayor tormento,

pedazos de las míseras entrañas.

Escucha, pues, y presta atento oído,

no al concertado son, sino al rüido

que de lo hondo de mi amargo pecho,

llevado de un forzoso desvarío,

por gusto mío sale y tu despecho.

El rugir del león, del lobo fiero

el temeroso aullido, el silbo horrendo

de escamosa serpiente, el espantable

baladro de algún monstruo, el agorero

graznar de la corneja, y el estruendo

del viento contrastado en mar instable;

del ya vencido toro el implacable

bramido, y de la viuda tortolilla

el sentible arrullar; el triste canto

del envidiado búho, con el llanto

de toda la infernal negra cuadrilla,

salgan con la doliente ánima fuera,

mezclados en un son, de tal manera

que se confundan los sentidos todos,

pues la pena cruel que en mí se halla

para contarla pide nuevos modos.

De tanta confusión no las arenas

del padre Tajo oirán los tristes ecos,

ni del famoso Betis las olivas:

que allí se esparcirán mis duras penas

en altos riscos y en profundos huecos,

con muerta lengua y con palabras vivas;

o ya en oscuros valles, o en esquivas

playas, desnudas de contrato humano,

o adonde el sol jamás mostró su lumbre,

o entre la venenosa muchedumbre

de fieras que alimenta el libio llano;

que, puesto que en los páramos desiertos

los ecos roncos de mi mal, inciertos,

suenen con tu rigor tan sin segundo,

por privilegio de mis cortos hados,

serán llevados por el ancho mundo.

Mata un desdén, atierra la paciencia,

o verdadera o falsa, una sospecha;

matan los celos con rigor más fuerte;

desconcierta la vida larga ausencia;

contra un temor de olvido no aprovecha

firme esperanza de dichosa suerte.

En todo hay cierta, inevitable muerte;

mas yo, ¡milagro nunca visto!, vivo

celoso, ausente, desdeñado y cierto

de las sospechas que me tienen muerto;

y en el olvido en quien mi fuego avivo,

y, entre tantos tormentos, nunca alcanza

mi vista a ver en sombra a la esperanza,

ni yo, desesperado, la procuro;

antes, por extremarme en mi querella,

estar sin ella eternamente juro.

¿Puédese, por ventura, en un instante

esperar y temer, o es bien hacerlo,

siendo las causas del temor más ciertas?

¿Tengo, si el duro celo está delante,

de cerrar estos ojos, si he de vello

por mil heridas en el alma abiertas?

¿Quién no abrirá de par en par las puertas

a la desconfianza, cuando mira

descubierto el desdén, y las sospechas,

¡oh amarga conversión!, verdades hechas,

y la limpia verdad vuelta en mentira?

¡Oh, en el reino de amor fieros tiranos

celos, ponedme un hierro en estas manos!

Dame, desdén, una torcida soga.

Mas, ¡ay de mí!, que, con cruel victoria,

vuestra memoria el sufrimiento ahoga.

Yo muero, en fin; y, porque nunca espere

buen suceso en la muerte ni en la vida,

pertinaz estaré en mi fantasía.

Diré que va acertado el que bien quiere,

y que es más libre el alma más rendida

a la de amor antigua tiranía.

Diré que la enemiga siempre mía

hermosa el alma como el cuerpo tiene,

y que su olvido de mi culpa nace,

y que, en fe de los males que nos hace,

amor su imperio en justa paz mantiene.

Y, con esta opinión y un duro lazo,

acelerando el miserable plazo

a que me han conducido sus desdenes,

ofreceré a los vientos cuerpo y alma,

sin lauro o palma de futuros bienes.

Tú, que con tantas sinrazones muestras

la razón que me fuerza a que la haga

a la cansada vida que aborrezco,

pues ya ves que te da notorias muestras

esta del corazón profunda llaga,

de cómo, alegre, a tu rigor me ofrezco,

si, por dicha, conoces que merezco

que el cielo claro de tus bellos ojos

en mi muerte se turbe, no lo hagas;

que no quiero que en nada satisfagas,

al darte de mi alma los despojos.

Antes, con risa en la ocasión funesta,

descubre que el fin mío fue tu fiesta;

mas gran simpleza es avisarte de esto,

pues sé que está tu gloria conocida

en que mi vida llegue al fin tan presto.

Venga, que es tiempo ya, del hondo abismo

Tántalo con su sed; Sísifo venga

con el peso terrible de su canto;

Ticio traya su buitre, y asimismo

con su rueda Egïón no se detenga,

ni las hermanas que trabajan tanto;

y todos juntos su mortal quebranto

trasladen en mi pecho, y en voz baja

-si ya a un desesperado son debidas-

canten obsequias tristes, doloridas,

al cuerpo a quien se niegue aun la mortaja.

Y el portero infernal de los tres rostros,

con otras mil quimeras y mil monstruos,

lleven el doloroso contrapunto;

que otra pompa mejor no me parece

que la merece un amador difunto.

Canción desesperada, no te quejes

cuando mi triste compañía dejes;

antes, pues que la causa do naciste

con mi desdicha aumenta su ventura,

aun en la sepultura no estés triste.

 

 

 

Del libro de «DON QUIJOTE DE LA MANCHA»

SONETOS

 

El Monicongo, académico de la Argamasilla, a la sepultura de don Quijote

 

Epitafio

 

El calvatrueno que adornó a la Mancha

de más despojos que Jasón decreta;

el jüicio que tuvo la veleta

aguda donde fuera mejor ancha,

 

el brazo que su fuerza tanto ensancha,

que llegó del Catay hasta Gaeta,

la musa más horrenda y más discreta

que grabó versos en la broncínea plancha,

 

el que a cola dejó los Amadises,

y en muy poquito a Galaores tuvo,

estribando en su amor y bizarría,

 

el que hizo callar los Belianises,

aquel que en Rocinante errando anduvo,

yace debajo de esta losa fría.

 

 

Del Paniaguado, académico de la Argamasilla,

In laudem Dulcinæ del Toboso

 

Esta que veis de rostro amondongado,

alta de pechos y ademán brioso,

es Dulcinea, reina del Toboso,

de quien fue el gran Quijote aficionado.

 

Pisó por ella el uno y otro lado

de la gran Sierra Negra, y el famoso

campo de Montïel, hasta el herboso

llano de Aranjüez, a pie y cansado.

 

Culpa de Rocinante, ¡oh dura estrella!,

que esta manchega dama, y este invito

andante caballero, en tiernos años,

 

ella dejó, muriendo, de ser bella;

y él, aunque queda en mármoles escrito,

no pudo huir de amor, iras y engaños.

 

 

Del caprichoso, discretísimo académico de la Argamasilla, en loor de Rocinante, caballo de don Quijote de la Mancha

 

(Soneto con estrambote)

 

En el soberbio trono diamantino

que con sangrientas plantas huella Marte,

frenético, el Manchego su estandarte

tremola con esfuerzo peregrino.

 

Cuelga las armas y el acero fino

con que destroza, asuela, raja y parte:

¡nuevas proezas!, pero inventa el arte

un nuevo estilo al nuevo paladino.

 

Y si de su Amadís se precia Gaula,

por cuyos bravos descendientes Grecia

triunfó mil veces y su fama ensancha,

 

hoy a Quijote le corona el aula

do Belona preside, y de él se precia,

más que Grecia ni Gaula, la alta Mancha.

 

Nunca sus glorias el olvido mancha,

pues hasta Rocinante, en ser gallardo,

excede a Brilladoro y a Bayardo.

 

 

Del burlador, académico argamasillesco, a Sancho Panza

 

Sancho Panza es aquéste, en cuerpo chico,

pero grande en valor, ¡milagro extraño!

Escudero el más simple y sin engaño

que tuvo el mundo, os juro y certifico.

 

De ser conde no estuvo en un tantico,

si no se conjuraran en su daño

insolencias y agravios del tacaño

siglo, que aun no perdonan a un borrico.

 

Sobre él anduvo -con perdón se miente-

este manso escudero, tras el manso

caballo Rocinante y tras su dueño.

 

¡Oh vanas esperanzas de la gente;

cómo pasáis con prometer descanso,

y al fin paráis en sombra, en humo, en sueño!

 

 

Amadís de Gaula a don Quijote de la Mancha

 

Tú, que imitaste la llorosa vida

Que tuve ausente y desdeñado sobre

El gran ribazo de la Peña Pobre,

De alegre a penitencia reducida,

 

Tú, a quien los ojos dieron la bebida

De abundante licor, aunque salobre,

Y alzándote la plata, estaño y cobre,

Te dio la tierra en tierra la comida,

 

Vive seguro de que eternamente,

En tanto, al menos, que en la cuarta esfera,

Sus caballos aguije el rubio Apolo,

 

Tendrás claro renombre de valiente;

Tu patria será en todas la primera;

Tu sabi autor, al mundo único y solo.

 

 

Don Bellanís de Grecia a don Quijote de la Mancha

 

Rompí, corté, abollé, y dije y hice

Más que en el orbe caballero andante;

Fui diestro, fui valiente, fui arrogante;

Mil agravios vengué, cien mil deshice.

 

Hazañas di a la Fama que eternice;

Fui comedido y regalado amante;

Fue enano para mí todo gigante

Y al duelo en cualquier punto satisfice.

 

Tuve a mis pies postrada la Fortuna,

Y trajo del copeta mi cordura

A la calva Ocasión al estricote.

 

Mas, aunque sobre el cuerno de la luna

Siempre se vio encumbrada mi ventura,

Tus proezas envidio, ¡oh gran Quijote!

 

 

La señora Oriana a Dulcinea del Toboso

 

¡Oh, quién tuviera, hermosa Dulcinea,

por más comodidad y más reposo,

a Miraflores puesto en el Toboso,

y trocara sus Londres con tu aldea!

 

¡Oh, quién de tus deseos y librea

alma y cuerpo adornara, y del famoso

caballero que hiciste venturoso

mirara alguna desigual pelea!

 

¡Oh, quién tan castamente se escapara

del señor Amadís como tú hiciste

del comedido hidalgo don Quijote!

 

Que así envidiada fuera, y no envidiara,

Y fuera alegre el tiempo que fue triste,

Y gozara los gustos sin escotes.

 

 

Gandalín, escudero de Amadís de Gaula, a Sancho Panza, escudero de don Quijote

 

Salve, varón famoso, a quien Fortuna,

Cuando en el trato escuderil te puso,

Tan blanda y cuerdamente lo dispuso,

Que lo pasaste sin desgracia alguna.

 

Ya la azada o la hoz poco repugna

Al andante ejercicio; ya está en uso

La llaneza escudera, con que acuso

Al soberbio que intenta hollar la luna.

 

Envidio a tu jumento y a tu nombre,

Y a tus alforjas igualmente envidio,

Que mostraron tu cuerda providencia.

 

Salve otra vez, ¡oh Sancho!, tan buen hombre,

Que a solo tú nuestro español Ovidio,

Con buzcorona te hace reverencia.

 

 

Orlando Furioso a don Quijote de la Mancha

 

Si no eres par, tampoco le has tenido:

que par pudieras ser entre mil pares;

ni puede haberle donde tú te hallares,

invicto vencedor, jamás vencido.

 

Orlando soy, Quijote, que, perdido

por Angélica, vi remotos mares,

ofreciendo a la Fama en sus altares

aquel valor que respetó el olvido.

 

No puedo ser tu igual; que este decoro

se debe a tus proezas y a tu fama,

puesto que, como yo, perdiste el seso.

 

Mas serlo has mío, si al soberbio moro

y cita fiero domas, que hoy nos llama,

iguales en amor con mal suceso.

 

 

El caballero del Febo a don Quijote de la Mancha

 

A vuestra espada no igualó la mía,

Febo español, curioso cortesano,

ni a la alta gloria de valor mi mano,

que rayo fue do nace y muere el día.

 

Imperios desprecié; la monarquía

que me ofreció el Oriente rojo en vano

dejé, por ver el rostro soberano

de Claridiana, aurora hermosa mía.

 

Améla por milagro único y raro,

y, ausente en su desgracia, el propio infierno

temió mi brazo, que domó su rabia.

 

Mas vos, godo Quijote, ilustre y claro,

por Dulcinea sois al mundo eterno,

y ella, por vos, famosa, honesta y sabia.

 

 

De Solisdán a don Quijote de la Mancha

 

Maguer,(1) señor Quijote, que sandeces

vos(2) tengan el cerbelo(3) derrumbado,

nunca seréis de alguno reprochado

por home(4) de obras viles y soeces.

 

Serán vuesas(5) fazañas(6) los joeces(7),

pues tuertos(8) desfaciendo(9) habéis andado,

siendo vegadas(10) mil apaleado

por follones(11) cautivos y raheces(12).

 

Y si la vuesa linda Dulcinea

desaguisado contra vos comete,

ni a vuesas cuitas muestra buen talante,

 

en tal desmán, vueso conorte(13) sea

que Sancho Panza fue mal alcagüete(14),

necio él, dura ella, y vos no amante.

 

Este soneto está escrito en lenguaje arcaizante, a imitación del de los libros de caballerías de la época: (1) aunque (2) os (3) cerebro (4) hombre (5) vuestras (6) hazañas (7) jueces (8) injusticias (9) deshaciendo (10) veces (11) maleantes (12) viles (13) consuelo (14) alcahuete.

 

 

Diálogo entre Babieca y Rocinante

 

B. ¿Cómo estáis, Rocinante, tan delgado?

R. Porque nunca se come, y se trabaja.

B. Pues, ¿qué es de la cebada y de la paja?

R. No me deja mi amo ni un bocado.

 

B. Andá, señor, que estáis muy mal criado,

pues vuestra lengua de asno al amo ultraja.

R. Asno se es de la cuna a la mortaja.

¿Queréislo ver? Miraldo enamorado.

 

B. ¿Es necedad amar? R. No es gran prudencia.

B. Metafísico estáis. R. Es que no como.

B. Quejaos del escudero. R. No es bastante.

 

¿Cómo me he de quejar en mi dolencia,

si el amo y escudero o mayordomo

son tan rocines como Rocinante?

 

 

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Sonetos extraídos de la novela «La Galatea» (I)

 

Blanca

 

Cual si estuviera en la arenosa Libia,

o en la apartada Citia siempre helada,

tal vez del frío temor me vi asaltada,

y tal del fuego que jamás se entibia.

 

Mas la esperanza, que el dolor alivia,

en uno y otro extremo, disfrazada

tuvo la vida en su poder guardada,

cuándo con fuerzas, cuándo flaca y tibia.

 

Pasó la furia del invierno helado,

y, aunque el fuego de amor quedó en su punto,

llegó la deseada primavera,

 

donde, en un solo venturoso punto,

gozo del dulce fruto deseado,

con largas pruebas de una fe sincera.

 

 

Galatea

 

Tanto cuanto el amor convida y llama

al alma con sus gustos de apariencia,

tanto más huye su mortal dolencia

quien sabe el nombre que le da la fama.

 

Y el pecho opuesto a su amorosa llama,

armado de una honesta resistencia,

poco puede empecerle su inclemencia,

poco su fuego y su rigor le inflama.

 

Segura está, quien nunca fue querida

ni supo querer bien, de aquella lengua

que en su deshonra se adelgaza y lima;

 

mas si el querer y el no querer da mengua,

¿en qué ejercicios pasará la vida

la que más que al vivir la honra estima?

========================================

 

de «La Ilustre fregona»

 

Raro, humilde sujeto, que levantas

a tan excelsa cumbre la belleza,

que en ella se excedió naturaleza

a sí misma, y al cielo la adelantas;

 

si hablas, o si ríes, o si cantas,

si muestras mansedumbre o aspereza

(efecto sólo de tu gentileza),

las potencias del alma nos encantas.

 

Para que pueda ser más conocida

la sin par hermosura que contienes

y la alta honestidad de que blasonas,

 

deja el servir, pues debes ser servida

de cuantos ven sus manos y sus sienes

resplandecer por cetros y coronas.

 

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S O N E T O S  S U E L T O S

 

Al túmulo del rey que se hizo en Sevilla

 

(Soneto con estrambote)

 

«¡Voto a Dios que me espanta esta grandeza

y que diera un doblón por describidla!;

porque, ¿a quién no suspende y maravilla

esta máquina insigne, esta braveza?

 

¡Por Jesucristo vivo, cada pieza

vale más que un millón, y que es mancilla

que esto no dure un siglo, ¡oh gran Sevilla,

Roma triunfante en ánimo y riqueza!

 

¡Apostaré que la ánima del muerto,

por gozar este sitio, hoy ha dejado

el cielo, de que goza eternamente!»

 

Esto oyó un valentón y dijo: «¡Es cierto

lo que dice voacé, seor soldado,

y quien dijere lo contrario miente!»

 

Y luego incontinente

caló el chapeo, requirió la espada,

miró al soslayo, fuese, y no hubo nada.

 

 

soneto [1]

 

Tú, que con nuevo y sin igual decoro

tantos remedios para un mal ordenas,

bien puedes esperar de estas arenas,

del sacro Tajo, las que son de oro,

 

y el lauro que se debe al que un tesoro

halla de ciencia, con tan ricas venas

de raro advertimiento y salud llenas,

contento y risa del enfermo lloro;

 

que por tu industria una deshecha piedra

mil mármoles, mil bronces a tu fama

dará sin envidiosas competencias;

 

daráte el cielo palma, el suelo hiedra,

pues que el uno y el otro ya te llama

espíritu de Apolo en ambas ciencias.

 

 

Soneto [2]

 

¡Oh cuán claras señales habéis dado,

alto Bartholomeo de Ruffino,

que de Parnaso y Ménalo el camino

habéis dichosamente paseado!

 

Del siempre verde lauro coronado

seréis, si yo no soy mal adivino,

si ya vuestra fortuna y cruel destino

os saca de tan triste y bajo estado,

 

pues, libre de cadenas vuestra mano,

reposando el ingenio, al alta cumbre

os podéis levantar seguramente,

 

oscureciendo al gran Livio romano,

dando de vuestras obras tanta lumbre

que bien merezca el lauro vuestra frente.

 

 

Soneto [3]

 

Ya que del ciego dios habéis cantado

el bien y el mal, la dulce fuerza y arte,

en la primera y la segunda parte,

donde está de amor el todo señalado,

 

ahora, con aliento descansado

y con nueva virtud que en vos reparte

el cielo, nos cantáis del duro Marte

las fieras armas y el valor sobrado.

 

Nuevos ricos mineros se descubren

de vuestro ingenio en la famosa mina

que al más alto deseo satisfacen;

 

y, con dar menos de lo más que encubren,

a este menos lo que es más se inclina

del bien que Apolo y que Minerva hacen.

 

 

Soneto [4]

 

Yace en la parte que es mejor de España

una apacible y siempre verde Vega

a quien Apolo su favor no niega,

pues con las aguas de Helicón la baña;

 

Júpiter, labrador por grande hazaña,

su ciencia toda en cultivarla entrega;

Cilenio, alegre, en ella se sosiega,

Minerva eternamente la acompaña;

 

las Musas su Parnaso en ella han hecho;

Venus, honesta, en ella aumenta y cría

la santa multitud de los amores.

 

Y así, con gusto y general provecho,

nuevos frutos ofrece cada día

de ángeles, de armas, santos y pastores.

 

 

Epitafio

 

Aquí el valor de la española tierra,

aquí la flor de la francesa gente,

aquí quien concordó lo diferente,

de oliva coronando aquella guerra;

 

aquí en pequeño espacio veis se encierra

nuestro claro lucero de occidente;

aquí yace enterrada la excelente

causa que nuestro bien todo destierra.

 

Mirad quién es el mundo y su pujanza,

y cómo, de la más alegre vida,

la muerte lleva siempre la victoria;

 

también mirad la bienaventuranza

que goza nuestra reina esclarecida

en el eterno reino de la gloria.

 

 

Soneto [5]

«Este soneto hice a la muerte de Fernando de Herrera; y, para entender el primer cuarteto, advierto que él celebraba en sus versos a una señora debajo deste nombre de Luz. Creo que es de los buenos que he hecho en mi vida»

 

El que subió por sendas nunca usadas

del sacro monte a la más alta cumbre;

el que a una Luz se hizo todo lumbre

y lágrimas, en dulce voz cantadas;

 

el que con culta vena las sagradas

de Helicón y Pirene en muchedumbre

(libre de toda humana pesadumbre)

bebió y dejó en divinas transformadas;

 

aquél a quien envidia tuvo Apolo

porque, a par de su Luz, tiene su fama

de donde nace a donde muere el día:

 

el agradable al cielo, al suelo solo,

vuelto en ceniza de su ardiente llama,

yace debajo de esta losa fría.

 

 

A la señora doña Alfonsa González, monja profesa

en el monasterio de Nuestra Señora de Constantinopla,

en la dirección deste libro de la Sacra Minerva

 

En vuestra sin igual, dulce armonía,

hermosísima Alfonsa, nos reserva

la nueva, la sin par sacra Minerva

cuanto de bueno y santo el cielo cría.

 

Llega el felice punto, llega el día

en que, si os oye la infernal caterva,

huye gimiendo al centro y, de la acerva

región, suspiros a la tierra envía.

 

En fin, vos convertís el suelo en cielo

con la voz celestial, con la hermosura

que os hacen parecer ángel divino;

 

y así, conviene que tal vez el velo

alcéis, y descubráis esa luz pura

que nos pone del cielo en el camino.

 

 

 

Epitafios

 

Del Cachidiablo, académico de la Argamasilla, en la sepultura de don Quijote

 

Epitafio

 

Aquí yace el caballero,

bien molido y mal andante,

a quien llevó Rocinante

por uno y otro sendero.

Sancho Panza el majadero

yace también junto a él,

escudero el más fïel

que vio el trato de escudero.

 

Del Tiquitoc, académico de la Argamasilla, en la sepultura de Dulcinea del Toboso

 

Epitafio

 

Reposa aquí Dulcinea;

y, aunque de carnes rolliza,

la volvió en polvo y ceniza

la muerte espantable y fea.

Fue de castiza ralea,

y tuvo asomos de dama;

del gran Quijote fue llama,

y fue gloria de su aldea.

 

 

 

Poemas de novelas

 

POESÍAS EXTRAÍDAS DE VARIAS DE SUS NOVELAS

 

de «La ilustre fregona»

 

¿Quién de amor venturas halla?

El que calla.

¿Quién triunfa de su aspereza?

La firmeza.

¿Quién da alcance a su alegría?

La porfía.

De ese modo, bien podría

esperar dichosa palma

si en esta empresa mi alma

calla, está firme y porfía.

 

¿Con quién se sustenta amor?

Con favor.

¿Y con qué mengua su furia?

Con la injuria.

¿Antes con desdenes crece?

Desfallece.

Claro en esto se parece

que mi amor será inmortal,

pues la causa de mi mal

ni injuria ni favorece.

 

Quien desespera, ¿qué espera?

Muerte entera.

Pues, ¿qué muerte el mal remedia?

La que es media.

Luego, ¿bien será morir?

Mejor sufrir.

Porque se suele decir,

y esta verdad se reciba,

que tras la tormenta esquiva

suele la calma venir.

 

¿Descubriré mi pasión?

En ocasión.

¿Y si jamás se me da?

Sí hará.

Llegará la muerte en tanto.

Llegue a tanto

tu limpia fe y esperanza,

que, en sabiéndolo Costanza,

convierta en risa tu llanto.

 

 

Primer libro de La Galatea

 

Mientras que al triste, lamentable acento

del mal acorde son del canto mío,

en eco amarga de cansado aliento,

responde el monte, el prado, el llano, el río,

demos al sordo y presuroso viento

las quejas que del pecho ardiente y frío

salen a mi pesar, pidiendo en vano

ayuda al río, al monte, al prado, al llano.

Crece el humor de mis cansados ojos

las aguas de este río, y de este prado

las variadas flores son abrojos

y espinas que en el alma s’han entrado.

No escucha el alto monte mis enojos,

y el llano de escucharlos se ha cansado;

y así, un pequeño alivio al dolor mío

no hallo en monte, en llano, en prado, en río.

Creí que el fuego que en el alma enciende

el niño alado, el lazo con que aprieta,

la red sutil con que a los dioses prende,

y la furia y rigor de su saeta,

que así ofendiera como a mí me ofende

al sujeto sin par que me sujeta;

mas contra un alma que es de mármol hecha,

la red no puede, el fuego, el lazo y flecha.

Yo sí que al fuego me consumo y quemo,

y al lazo pongo humilde la garganta,

y a la red invisible poco temo,

y el rigor de la flecha no me espanta.

Por esto soy llegado a tal extremo,

a tanto daño, a desventura tanta,

que tengo por mi gloria y mi sosiego

la saeta, la red, el lazo, el fuego.

 

 

 

Amoroso pensamiento,

si te precias de ser mío,

camina con tan buen tiento

que ni te humille el desvío

ni ensoberbezca el contento.

Ten un medio -si se acierta

a tenerse en tal porfía-:

no huyas el alegría,

ni menos cierres la puerta

al llanto que amor envía.

Si quieres que de mi vida

no se acabe la carrera,

no la lleves tan corrida

ni subas do no se espera

sino muerte en la caída.

Esa vana presunción

en dos cosas parará:

la una, en tu perdición;

la otra, en que pagará

tus deudas el corazón.

De él naciste, y en naciendo,

pecaste, y págalo él;

huyes de él, y si pretendo

recogerte un poco en él,

ni te alcanzo ni te entiendo.

Ese vuelo peligroso

con que te subes al cielo,

si no fueres venturoso,

ha de poner por el suelo

mi descanso y tu reposo.

Dirás que quien bien se emplea

y se ofrece a la ventura,

que no es posible que sea

del tal juzgado a locura

el brío de que se arrea.

Y que, en tan alta ocasión,

es gloria que par no tiene

tener tanta presunción,

cuanto más si le conviene

al alma y al corazón.

Yo lo tengo así entendido,

mas quiero desengañarte;

que es señal ser atrevido

tener de amor menos parte

que el humilde y encogido.

Subes tras una beldad

que no puede ser mayor:

no entiendo tu calidad,

que puedas tener amor

con tanta desigualdad.

Que si el pensamiento mira

un sujeto levantado,

contémplalo, y se retira,

por no ser caso acertado

poner tan alta la mira.

Cuanto más, que el amor nace

junto con la confianza,

y en ella se ceba y pace;

y, en faltando la esperanza,

como niebla se deshace.

Pues tú, que ves tan distante

el medio del fin que quieres,

sin esperanza y constante,

si en el camino murieres,

morirás como ignorante.

Pero no se te dé nada,

que, en esta empresa amorosa,

do la causa es sublimada,

el morir es vida honrosa;

la pena, gloria extremada.

 

Elicio

 

Blanda, suave, reposadamente,

ingrato Amor, me sujetaste el día

que los cabellos de oro y bella frente

miré del sol que al sol oscurecía;

tu tósigo cruel, cual de serpiente,

en las rubias madejas se escondía;

yo, por mirar el sol en los manojos,

todo vine a beberle por los ojos.

Erastro

Atónito quedé y embelesado,

como estatua sin voz de piedra dura,

cuando de Galatea el extremado

donaire vi, la gracia y hermosura.

Amor me estaba en el siniestro lado,

con las saetas de oro, ¡ay muerte dura!,

haciéndome una puerta por do entrase

Galatea y el alma me robase.

Elicio

¿Con qué milagro, amor, abres el pecho

del miserable amante que te sigue,

y de la llaga interna que le has hecho

crecida gloria muestra que consigue?

¿Cómo el daño que haces es provecho?

¿Cómo en tu muerte alegre vida vive?

L’ alma que prueba estos efectos todos

la causa sabe, pero no los modos.

Erastro

No se ven tantos rostros figurados

en roto espejo, o hecho por tal arte

que, si uno en él se mira, retratados

se ve una multitud en cada parte,

cuantos nacen cuidados y cuidados

de un cuidado crüel que no se parte

del alma mía, a su rigor vencida,

hasta apartarse junto con la vida.

Elicio

La blanca nieve y colorada rosa,

Que el verano no gasta ni el invierno;

el sol de dos luceros, do reposa

el blando amor, y a do estará in æterno;

la voz, cual la de Orfeo poderosa

de suspender las furias del infierno,

y otras cosas que vi quedando ciego,

yesca me han hecho al invisible fuego.

Erastro

Dos hermosas manzanas coloradas,

que tales me semejan dos mejillas,

y el arco de dos cejas levantadas,

que el de Iris no llegó a sus maravillas;

dos rayos, dos hileras extremadas

de perlas entre grana, y, si hay decillas,

mil gracias que no tienen par ni cuento,

niebla m’ han hecho al amoroso viento.

Elicio

Yo ardo y no me abraso, vivo y muero;

estoy lejos y cerca de mí mismo;

espero en solo un punto y desespero;

súbome al cielo, bájome al abismo;

quiero lo que aborrezco, blando y fiero;

me pone el amaros paroxismo;

y con estos contrarios, paso a paso,

cerca estoy ya del último traspaso.

Erastro

Yo te prometo, Elicio, que le diera

todo cuanto en la vida me ha quedado

a Galatea, porque me volviera

el alma y corazón que m’ha robado;

y después del ganado, le añadiera

mi perro Gavilán con el Manchado;

pero, como ella debe de ser diosa,

el alma querrá más que no otra cosa.

Elicio

Erastro, el corazón que en alta parte

es puesto por el hado, suerte o signo,

quererle derribar por fuerza o arte

o diligencia humana, es desatino.

Debes de su ventura contentarte;

que, aunque mueras sin ella, yo imagino

que no hay vida en el mundo más dichosa

como el morir por causa tan honrosa.

 

 

Galatea

Afuera el fuego, el lazo, el hielo y flecha

de amor, que abrasa, aprieta, enfría y hiere;

que tal llama mi alma no la quiere,

ni queda de tal nudo satisfecha.

Consuma, ciña, hiele, mate; estrecha

tenga otra la voluntad cuanto quisiere;

que por dardo, o por nieve, o red no espere

tener la mía en su calor deshecha.

Su fuego enfriará mi casto intento,

el nudo romperé por fuerza o arte,

la nieve deshará mi ardiente celo,

la flecha embotará mi pensamiento;

y así, no temeré en segura parte

de amor el fuego, el lazo, el dardo, el hielo.

 

 

Ya la esperanza es perdida,

y un solo bien me consuela:

que el tiempo, que pasa y vuela,

llevará presto la vida.

Dos cosas hay en amor

con que su gusto se alcanza:

deseo de lo mejor,

es la otra la esperanza

que pone esfuerzo al temor.

Las dos hicieron manida

en mi pecho, y no las veo;

antes en l’alma afligida,

porque me acabe el deseo,

ya la esperanza es perdida.

Si el deseo desfallece

cuando la esperanza mengua,

al contrario en mí parece,

pues cuanto ella más desmengua

tanto más él s’engrandece.

Y no hay usar de cautela

con las llagas que me atizan,

que en esta amorosa escuela

mil males me martirizan,

y un solo bien me consuela.

Apenas hubo llegado

el bien a mi pensamiento,

cuando el cielo, suerte y hado,

con ligero movimiento

l’han del alma arrebatado.

Y si alguno hay que se duela

de mi mal tan lastimero,

al mal amaina la vela,

y al bien pasa más ligero

que el tiempo, que pasa y vuela.

¿Quién hay que no se consuma

con estas ansias que tomo?,

pues en ellas se ve en suma

ser los cuidados de plomo

y los placeres de pluma.

Y aunque va tan de caída

mi dichosa buena andanza

en ella este bien se anida:

que quien llevó la esperanza

llevará presto la vida.

 

 

En áspera, cerrada, oscura noche,

sin ver jamás el esperado día,

y en continuo, crecido, amargo llanto,

ajeno de placer, contento y risa,

merece estar, y en una viva muerte,

aquel que sin amor pasa la vida.

¿Qué puede ser la más alegre vida,

sino una sombra de una breve noche,

o natural retrato de la muerte,

si en todas cuantas horas tiene el día,

puesto silencio al congojoso llanto,

no admite del amor la dulce risa?

Do vive el blando amor, vive la risa,

y adonde muere, muere nuestra vida,

y el sabroso placer se vuelve en llanto,

y en tenebrosa sempiterna noche

la clara luz del sosegado día,

y es el vivir sin él amarga muerte.

Los rigurosos trances de la muerte

no huye el amador; antes con risa

desea la ocasión y espera el día

donde pueda ofrecer la cara vida

hasta ver la tranquila última noche,

al amoroso fuego, al dulce llanto.

No se llama de amor el llanto, llanto,

ni su muerte llamarse debe muerte,

ni a su noche dar título de noche;

que su risa llamarse debe risa,

y su vida tener por cierta vida,

y sólo festejar su alegre día.

¡Oh venturoso para mí este día,

do pude poner freno al triste llanto,

y alegrarme de haber dado mi vida

a quien dármela puede, o darme muerte!

¿Mas qué puede esperarse, si no es risa,

de un rostro que al sol vence y vuelve en noche?

Vuelto ha mi escura noche en claro día

amor, y en risa mi crecido llanto,

y mi cercana muerte en larga vida.

 

 

de «El amante Liberal»

 

Como cuando el sol asoma

por una montaña baja

y de súpito nos toma,

y con su vista nos doma

nuestra vista y la relaja;

como la piedra balaja,

que no consiente carcoma,

tal es el tu rostro, Aja,

dura lanza de Mahoma,

que las mis entrañas raja.

 

 

de «La ilustre fregona»

 

Salga la hermosa Argüello,

moza una vez, y no más;

y, haciendo una reverencia,

dé dos pasos hacia atrás.

De la mano la arrebate

el que llaman Barrabás:

andaluz mozo de mulas,

canónigo del Compás.

De las dos mozas gallegas

que en esta posada están,

salga la más carigorda

en cuerpo y sin delantal.

Engarráfela Torote,

y todos cuatro a la par,

con mudanzas y meneos,

den principio a un contrapás.

 

 

de «Rinconete y Cortadillo»

 

Por un sevillano, rufo a lo valón,

tengo socarrado todo el corazón.

Por un morenito de color verde,

¿cuál es la fogosa que no se pierde?

Riñen dos amantes, hácese la paz:

si el enojo es grande, es el gusto más.

Detente, enojado, no me azotes más;

que si bien lo miras, a tus carnes das.

 

 

de «La Ilustre Fregona»

 

¿Dónde estás, que no pareces,

esfera de la hermosura,

belleza a la vida humana

de divina compostura?

Cielo empíreo, donde amor

tiene su estancia segura;

primer moble, que arrebata

tras sí todas las venturas;

lugar cristalino, donde

transparentes aguas puras

enfrían de amor las llamas,

las acrecientan y apuran;

nuevo hermoso firmamento,

donde dos estrellas juntas,

sin tomar la luz prestada,

al cielo y al suelo alumbran;

alegría que se opone

a las tristezas confusas

del padre que da a sus hijos

en su vientre sepultura;

humildad que se resiste

de la alteza con que encumbran

el gran Jove, a quien influye

su benignidad, que es mucha.

Red invisible y sutil,

que pone en prisiones duras

al adúltero guerrero

que de las batallas triunfa;

cuarto cielo y sol segundo,

que el primero deja a oscuras

cuando acaso deja verse:

que el verle es caso y ventura;

grave embajador, que hablas

con tan extraña cordura,

que persuades callando,

aún más de lo que procuras;

del segundo cielo tienes

no más que la hermosura,

y del primero, no más

que el resplandor de la luna;

esta esfera sois, Costanza,

puesta, por corta fortuna,

en lugar que, por indigno,

vuestras venturas deslumbra.

Fabricad vos vuestra suerte,

consintiendo se reduzca

la entereza a trato al uso,

la esquividad a blandura.

Con esto veréis, señora,

que envidian vuestra fortuna

las soberbias por linaje;

las grandes por hermosura.

Si queréis ahorrar camino,

la más rica y la más pura

voluntad en mí os ofrezco

que vio amor en alma alguna.

 

 

Glosa

 

El cielo a la iglesia ofrece

hoy una piedra tan fina

que en la corona divina

del mismo Dios resplandece.

 

Tras los dones primitivos

que, en el fervor de su celo,

ofreció la iglesia al cielo,

a sus edificios vivos

dio nuevas piedras el suelo;

estos dones agradece

a su esposa y la ennoblece,

pues, de parte del esposo,

un Hiacinto, el más precioso,

el cielo a la iglesia ofrece.

Porque el hombre de su gracia

tantas veces se retira,

y el Jacinto, al que le mira,

es tan grande su eficacia

que le sosiega la ira,

su misma piedad lo inclina

a darlo por medicina,

que, en su jüicio profundo,

ve que ha menester el mundo,

hoy una piedra tan fina.

Obró tanto esta virtud,

viviendo Jacinto en él,

que, a los vivos rayos de él,

en una y otra salud

se restituyó por él.

Crezca gloriosa la mina

que de su luz jacintina

tiene el cielo y tierra llenos,

pues no mereció estar menos

que en la corona divina.

Allá luce ante los ojos

del mismo autor de su gloria,

y acá en gloriosa memoria

de los triunfos y despojos

que sacó de la victoria,

pues si otra luz desfallece

cuando el sol la suya ofrece,

¿qué tan viva y rutilante

será aquésta si delante

del mismo Dios resplandece?

 

 

 

REDONDILLAS

 

Redondillas al hábito de Fray Pedro de Padilla

 

Hoy el famoso Padilla

con las muestras de su celo

causa contento en el cielo

y en la tierra maravilla,

 

porque, llevado del cebo

de amor, temor y consejo,

se despoja el hombre viejo

para vestirse de nuevo.

 

Cual prudente sierpe ha sido,

pues, con nuevo corazón,

en la piedra de Simón

se deja el viejo vestido,

 

y esta mudanza que hace

lleva tan cierto compás

que en ella asiste lo más

de cuanto a Dios satisface.

 

Con las obras y la fe

hoy para el cielo se embarca

en mejor jarciada barca

que la que libró a Noé;

 

y, para hacer tal pasaje,

ha muchos años que ha hecho,

con sano y cristiano pecho,

cristiano matalotaje,

 

y no teme el mal tempero

ni anegarse en el profundo

porque en el mar de este mundo

es práctico marinero,

 

y así, mirando el aguja

divina, cual se requiere,

si el demonio a orza diere,

él dará al instante a puja.

 

Y llevando este concierto

con las ondas de este mar,

a la fin vendrá a parar

a seguro y dulce puerto,

 

donde, sin áncoras ya,

estará la nave en calma

con la eternidad del alma,

que nunca se acabará.

 

En una verdad me fundo,

y mi ingenio aquí no yerra,

que en siendo sal de la tierra,

habéis de ser luz del mundo:

 

luz de gracia rodeada

que alumbre nuestro horizonte,

y sobre el Carmelo monte

fuerte ciudad levantada.

 

Para alcanzar el trofeo

De estas santas profecías,

tendréis el carro de Elías

con el manto de Eliseo,

 

y, ardiendo en amor divino,

donde nuestro bien se fragua,

apartando el manto al agua,

por el fuego haréis camino;

 

porque el voto de humildad

promete segura alteza

y castidad y pobreza,

bienes de divinidad,

 

y así los cielos serenos

verán, cuando acabarás,

un cortesano allá más

y en la tierra un sabio menos.

___________________________________________

 

 

 

POESÍAS SUELTAS

 

De Miguel de Cervantes, a los éxtasis de nuestra beata madre Teresa de Jesús

 

Virgen fecunda, madre venturosa,

cuyos hijos, criados a tus pechos,

sobre sus fuerzas la virtud alzando,

pisan ahora los dorados techos

de la dulce región maravillosa

que está la gloria de su Dios mostrando:

tú, que ganaste obrando

un nombre en todo el mundo

y un grado sin segundo,

ahora estés ante tu Dios postrada,

en rogar por tus hijos ocupada,

o en cosas dignas de tu intento santo,

oye mi voz cansada

y esfuerza, ¡oh madre!, el desmayado canto.

Luego que de la cuna y las mantillas

sacó Dios tu niñez, diste señales

que Dios para ser suya te guardaba,

mostrando los impulsos celestiales

en ti, con ordinarias maravillas,

que a tu edad tu deseo aventajaba;

y si se descuidaba

de lo que hacer debía,

tal vez luego volvía

mejorado, mostrando codicioso

que el haber parecido perezoso

era un volver atrás para dar salto,

con curso más brïoso,

desde la tierra al cielo, que es más alto.

Creciste, y fue creciendo en ti la gana

de obrar en proporción de los favores

con que te regaló la mano eterna,

tales que, al parecer, se alzó a mayores

contigo alegre Dios en la mañana

de tu florida edad humilde y tierna;

y así tu ser gobierna

que poco a poco subes

sobre las densas nubes

de la suerte mortal, y así levantas

tu cuerpo al cielo, sin fijar las plantas,

que ligero tras sí el alma le lleva

a las regiones santas

con nueva suspensión, con virtud nueva.

Allí su humildad te muestra santa;

acullá se desposa Dios contigo,

aquí misterios altos te revela.

Tierno amante se muestra, dulce amigo,

y, siendo tu maestro, te levanta

al cielo, que señala por tu escuela;

parece se desvela

en hacerte mercedes;

rompe rejas y redes

para buscarte el Mágico divino,

tan tu llegado siempre y tan continuo

que, si algún afligido a Dios buscara,

acortando camino

en tu pecho o en tu celda le hallara.

Aunque naciste en Ávila, se puede

decir que Alba fue donde naciste,

pues allí nace donde muere el justo;

desde Alba, ¡oh madre!, al cielo te partiste:

alba pura, hermosa, a quien sucede

el claro día del inmenso gusto.

Que le goces es justo

en éxtasis divinos

por todos los caminos

por donde Dios llevar a un alma sabe,

para darle de sí cuanto ella cabe,

y aun la ensancha, dilata y engrandece

y, con amor süave,

a sí y de sí la junta y enriquece.

Como las circunstancias convenibles

que acreditan los éxtasis, que suelen

indicios ser de santidad notoria,

en los tuyos se hallaron, nos impelen

a creer la verdad de los visibles

que nos describe tu discreta historia;

y el quedar con victoria,

honroso triunfo y palma

del infierno, y tu alma

más humilde, más sabia y obediente

al fin de tus arrobos, fue evidente

señal que todos fueron admirables

y sobrehumanamente

nuevos, continuos, sacros, inefables.

Ahora, pues, que al cielo te retiras,

menospreciando la mortal riqueza

en la inmortalidad que siempre dura,

y el visorrey de Dios nos da certeza

que sin enigma y sin espejo miras

de Dios la incomparable hermosura,

colma nuestra ventura:

oye, devota y pía,

los balidos que envía

el rebaño infinito que criaste

cuando del suelo al cielo el vuelo alzaste,

que no porque dejaste nuestra vida

la caridad dejaste,

que en los cielos está más extendida.

Canción, de ser humilde has de preciarte

cuando quieras al cielo levantarte,

que tiene la humildad naturaleza

de ser el todo y parte

de alzar al cielo la mortal bajeza.

 

 

Al señor Antonio Veneziani

 

Si el lazo, el fuego, el dardo, el puro hielo

que os tiene, abrasa, hiere y pone fría

vuestra alma, trae su origen desde el cielo,

ya que os aprieta, enciende, mata, enfría,

¿qué nudo, llama, llaga, nieve o celo

ciñe, arde, traspasa o hiela hoy día,

con tan alta ocasión como aquí muestro,

un tierno pecho, Antonio, como el vuestro?

El cielo, que el ingenio vuestro mira,

en cosas que son de él quiso emplearos

y, según lo que hacéis, vemos que aspira

por Celia al cielo empíreo levantaros;

ponéis en tal objeto vuestra mira,

que dais materia al mundo de envidiaros:

¡dichoso el desdichado a quien se tiene

envidia de las ansias que sostiene!

En los conceptos que la pluma

de la alma en el papel ha trasladado

nos dais no sólo indicio pero muestra

de que estáis en el cielo sepultado,

y allí os tiene de amor la fuerte diestra

vivo en la muerte, a vida reservado,

que no puede morir quien no es del suelo,

teniendo el alma en Celia, que es un cielo.

Sólo me admira el ver que aquel divino

cielo de Celia encierre un vivo infierno

y que la fuerza de su fuerza y sino

os tenga en pena y llanto sempiterno;

al cielo encamináis vuestro camino,

mas, según vuestra suerte, yo discierno

que al cielo sube el alma y se apresura,

y en el suelo se queda la ventura.

Si con benigno y favorable aspecto

a alguno mira el cielo acá en la tierra,

obra escondidamente un bien perfecto

en el que cualquier mal de sí destierra;

mas si los ojos pone en el objeto

airados, le consume en llanto y guerra

así como a vos hace vuestro cielo:

ya os da guerra, ya paz, y[a fuego y hielo.

No se ve el cielo en claridad serena

de tantas luces claro y alumbrado

cuantas con rica habéis y fértil vena

el vuestro de virtudes adornado;

ni hay tantos granos de menuda arena

en el desierto líbico apartado

cuantos loores creo que merece

el cielo que os abaja y engrandece.

En Scitia ardéis, sentís en Libia frío,

contraria operación y nunca vista;

flaqueza al bien mostráis, al daño brío;

más que un lince miráis, sin tener vista;

mostráis con discreción un desvarío,

que el alma prende, a la razón conquista,

y esta contrariedad nace de aquella

que es vuestro cielo, vuestro sol y estrella.

Si fuera un caos, una materia unida

sin forma vuestro cielo, no espantara

de que del alma vuestra entristecida

las continuas querellas no escuchara;

pero, estando ya en partes esparcida

que un fondo forman de virtud tan rara,

es maravilla tenga los oídos

sordos a vuestros tristes alaridos.

Si es lícito rogar por el amigo

que en estado se halla peligroso,

yo, como vuestro, desde aquí me obligo

de no mostrarme en esto perezoso;

mas si me he de oponer a lo que digo

y conducirlo a término dichoso,

no me deis la ventura, que es muy poca,

mas las palabras sí de vuestra boca.

Diré: «Celia gentil, en cuya mano

está la muerte y vida y pena y gloria

de un mísero cautivo que, temprano

ni aun tarde, no saldrás de su memoria:

vuelve el hermoso rostro blando, humano,

a mirar de quien llevas la victoria;

verás el cuerpo en dura cárcel triste

del alma que primero tú rendiste.

Y, pues un pecho en la virtud constante

se mueve en casos de honra y muestra airado,

muévale al tuyo el ver que de delante

te han un firme amador arrebatado;

y si quiere pasar más adelante

y hacer un hecho heroico y extremado,

rescata allá su alma con querella,

que el cuerpo, que está acá, se irá tras ella.

El cuerpo acá y el alma allá cautiva

tiene el mísero amante que padece

por ti, Celia hermosa, en quien se aviva

la luz que al cielo alumbra y esclarece;

mira que el ser ingrata, cruda, esquiva

mal con tanta beldad se compadece:

muéstrate agradecida y amorosa

al que te tiene por su cielo y diosa».

 

 

Canción nacida de las varias nuevas que han venido de la católica armada que fue sobre Inglaterra

 

Bate, Fama veloz, las prestas alas,

rompe del norte las cerradas nieblas,

aligera los pies, llega y destruye

el confuso rumor de nuevas malas

y con tu luz esparce las tinieblas

del crédito español, que de ti huye;

esta preñez concluye

en un parto dichoso que nos muestre

un fin alegre de la ilustre empresa,

cuyo fin nos suspende, alivia y pesa,

ya en contienda naval, ya en la terrestre,

hasta que, con tus ojos y tus lenguas,

diciendo ajenas menguas,

de los hijos de España el valor cantes,

con que admires al cielo, al suelo espantes.

 

 

A Fray Pedro de Padilla

 

Cual vemos que renueva

el águila real la vieja y parda

pluma y con otra nueva

la detenida y tarda

pereza arroja y con subido vuelo

rompe las nubes y se llega al cielo:

tal, famoso Padilla,

has sacudido tus humanas plumas,

porque con maravilla

intentes y presumas

llegar con nuevo vuelo al alto asiento

donde aspiran las alas de tu intento.

Del sol el rayo ardiente

alza del duro rostro de la tierra,

con virtud excelente,

la humildad que en sí encierra,

la cual después, en lluvia convertida,

alegra al suelo y da a los hombres vida:

y de esta misma suerte

el sol divino te regala y toca

y en tal humor convierte

que, con tu pluma, apoca

la sequedad de la ignorancia nuestra

y a ciencia santa y santa vida adiestra.

¡Qué santo trueco y cambio:

por las humanas, las divinas musas!

¡Qué interés y recambio!

¡Qué nuevos modos usas

de adquirir en el suelo una memoria

que dé fama a tu nombre, al alma gloria!;

que, pues es tu Parnaso

el monte del Calvario y son tus fuentes

de Aganipe y Pegaso

las sagradas corrientes

de las benditas llagas del Cordero,

eterno nombre de tu nombre espero.

 

 

Al secretario Gabriel Pérez del Barrio Angulo

 

Tal secretario formáis,

Gabriel, en vuestros escritos,

que por siglos infinitos

en él os eternizáis;

de la ignorancia sacáis

la pluma, y en presto vuelo

de lo más bajo del suelo

al cielo la levantáis.

Desde hoy más, la discreción

quedará puesta en su punto,

y el hablar y escribir junto

en su mayor perfección,

que en esta nueva ocasión

nos muestra, en breve distancia,

Demóstenes su elegancia

y su estilo Cicerón.

España os está obligada,

y con ella el mundo todo,

por la sutileza y modo

de pluma tan bien cortada;

la adulación defraudada

queda, y la lisonja en ella;

la mentira se atropella,

y es la verdad levantada.

Vuestro libro nos informa

que sólo vos habéis dado

a la materia de estado

hermosa y cristiana forma;

con la razón se conforma

de tal suerte que en él veo

que, contentando al deseo,

al que es más libre reforma.

 

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