Por: Cecilia Seré
La expansión del capital ya no necesita del descubrimiento de tierras inexploradas: encuentra nuevos territorios en el cuerpo y la subjetividad. Y comienza a explotarlos desde los primeros años de vida.
Este texto busca contribuir a la comprensión de las formas de producción de subjetividad que se naturalizaron en la fase neoliberal del capitalismo y que perviven más allá de sus crisis. Para eso propongo tomar al cuerpo como una categoría analítica que puede contribuir a comprender esta formación social, considerando que la manera en la que lo entendemos y en que nos relacionamos con él ofrecen vías interpretativas interesantes para avanzar en el análisis crítico del tiempo presente. Porque el cuerpo no es un objeto ahistórico ni natural, sino la materialidad subjetiva en la que se expresa y se produce una experiencia histórica y, por tanto, una vía para comprender las particularidades de un tiempo concreto, sugiero una lectura del capitalismo neoliberal y sus transformaciones a través de este objeto particular. Esto no implica desconocer la relevancia fundamental de las interpretaciones económicas y políticas, sino abonar al conjunto de estudios que se preocupan por las formas culturales de este programa y sus efectos subjetivos.
En trabajos previos, procuré mostrar que la formación social capitalista se ha sostenido sobre la idea de propiedad del cuerpo, que esta relación ha estructurado la producción de fuerza de trabajo asalariada y que, en su fase neoliberal, ha ocurrido una intensificación y expansión de las estrategias corporales para la producción de valor. Fue posible constatar que en el capitalismo neoliberal se ampliaron las fuentes para la extracción de valor a partir del despliegue de mecanismos extractivistas sobre el cuerpo lo que supuso, por un lado, una expansión de la racionalidad económica a todas las esferas de la vida y, por otro lado, una expansión de las fronteras productivas del cuerpo. Si la destreza y la fisiología habían sido factores humanos determinantes de la producción de valor en el capitalismo industrial, las transformaciones del capitalismo han producido y capitalizado otras dimensiones del tejido subjetivo (emociones, capacidades, habilidades, competencias, disposiciones, etcétera). Estas mutaciones han derivado en formas de extracción de valor corporal de forma análoga a las formas extractivistas que operan sobre los recursos naturales.
En este texto me interesa mostrar cómo la producción de una relación con el mundo, con los otros y con el propio cuerpo en las formas actuales del capitalismo se realiza bajo los parámetros de una racionalidad extractiva con la que se entra en contacto de forma temprana. Exploraremos la correlación entre los procesos de reproducción social y las formas de organización de la vida material, atendiendo a la expansión de una lógica extractiva sobre las preocupaciones en torno a la infancia. En este sentido, buscaré mostrar cómo el proceso de inserción de las nuevas generaciones a la cultura se realiza imprimiendo una racionalidad que busca extraer el mayor rendimiento posible de cada una de las interacciones sociales en torno a las nuevas generaciones. El objetivo entonces será comprender las mutaciones del capitalismo a partir de la generalización de una pedagogía extractivista que atraviesa nuestra vida cotidiana.
Detrás de la producción de valor: infancia y extractivismo
Cualquiera que esté más o menos próximo a la crianza infantil puede reconocer que existen una serie de estrategias y recomendaciones para llevar adelante la tarea con éxito. Aunque no haya recetas universales y aunque la idea de éxito pueda referir a cosas muy diferentes, las formas culturales transferidas por diversos mecanismos indican las maneras correctas y recomendadas de cultivar a las nuevas generaciones. La adquisición de habilidades motrices y cognitivas ocupan tempranamente a madres y padres que, teniendo o no elementos técnicos para su transmisión, buscan incrementar sistemáticamente el repertorio de destrezas infantiles de sus hijos e hijas.
Correlato de la invención de la infancia y de sus derivas posteriores, la atención a los primeros años de vida se convirtió, en el imaginario social de nuestra época, en una estrategia fundamental para incidir sobre el futuro de la criatura humana. La convicción de que la primera infancia tiene un efecto decisivo en el desarrollo humano parece hoy en día incuestionable y gran parte de esa preocupación es capitalizada por un intenso mercado destinado a aumentar el potencial y a asegurarle un buen futuro a nuestra descendencia. Generaciones anteriores, por ejemplo, no depositaban en la infancia sus ansiedades ni ponían en ella el inquietante cúmulo de atención, cuidado, dedicación e interés que hoy en día organiza las buenas formas de la educación infantil.
Más allá de la certeza o no de tales convicciones, de los efectos que tiene el estímulo durante la primera infancia en el desarrollo posterior de la vida, de las consecuencias que produce en las estructuras psíquicas o las experiencias corporales de los niños y niñas, así como de la infinidad de técnicas y estrategias para estimular a los pequeños, sugiero prestar atención a este imaginario social que se obsesiona de forma creciente por alcanzar el máximo potencial posible del ser humano incluso desde antes de que ese ser humano llegue al mundo. No pasa desapercibido que desde las últimas décadas del siglo XX se despliega esta obsesión por el rendimiento y la productividad, una inquietud que reconoce, al mismo tiempo, que cuanto antes, mejor.
Considerando la educación en su más amplio sentido, como una actividad de mediación entre las generaciones a fin de integrar a los nuevos al mundo, y con múltiples variaciones según las formas culturales específicas de cada grupo humano, la clase social a la que pertenecen, el género, la raza y la etnia, la educación se ha convertido de forma creciente en nuestras sociedades en un dispositivo de extracción permanente de rendimiento (sabiendo que existen diferencias sustantivas en el rendimiento que se espera extraer de cuerpos feminizados y racializados, así como también es relevante la diferencia existente entre las diferentes clases sociales, ya que normalmente padres/madres de niños/as con mayor capital económico, social y cultural dedican más tiempo y preocupación a la elección de la educación de sus hijos/as). Esta confianza depositada en la educación se inscribe con comodidad en una sociedad que estructura la reproducción social a partir de la lógica del capital y que, por tanto, organiza la vida humana teniendo como principio la valorización del valor.
Si la educación es una actividad que interviene en la «relación» entre generaciones, entonces no parece desatinado que, en las sociedades capitalistas, el trabajo sobre esa relación tome la misma forma que toma la relación de los sujetos con el mundo, con los otros y consigo mismos. Esas relaciones, en una sociedad capitalista, están atravesadas por las formas sociales propias de esta organización: el trabajo, el valor, la mercancía, el dinero y el capital, por nombrar algunas de las más elementales.
Al mirar específicamente esa relación con uno mismo (reconociendo que no es una relación que ocurre de forma aislada y al margen de las otras relaciones) hay dos categorías fundamentales para comprender cómo se elabora ese lazo imaginario del sujeto. La primera de ellas es la idea de propiedad privada y específicamente la propiedad del cuerpo, una relación que no sólo fue emblemática de los movimientos feministas desde las últimas décadas del siglo XX sino que estructura la configuración subjetiva del trabajador asalariado, del que se presupone la propiedad de su cuerpo para la venta sistemática de fuerza de trabajo. La segunda categoría que me parece fundamental para comprender las formas actuales de producción de subjetividad busca recuperar la creciente intensificación de los mecanismos subjetivos para la producción de valor y puede sintetizarse en términos de «extractivismo del cuerpo».
Asumiendo que la valorización del valor es el principio fundamental de la organización capitalista y que las actualizaciones de esta formación social han operado expandiendo la lógica productiva a todos los aspectos de la vida humana y no humana, vemos que este imperativo de producción de valor deviene estructural en las relaciones que se establecen con el mundo, con los otros y con uno mismo. Estas relaciones son organizadas por la expansión creciente de dinámicas que conjugan la explotación intensiva de los recursos, la degradación de sus fuentes, la ampliación constante de las fronteras productivas y la exportación del beneficio producido hacia otros ámbitos ajenos a sus fuentes originarias, desplazando prácticas, relaciones y procesos que no se adecúan a los principios del capital.
En el intento de avanzar hacia la comprensión crítica del tiempo presente y específicamente de las formas contemporáneas del capitalismo, me gustaría atender a los procesos a partir de los cuales se intensifica y amplía la extracción de valor corporal, expandiendo las fronteras productivas del cuerpo en términos de extractivismo. A partir de allí me interesa presentar algunas ideas para discutir cómo esta racionalidad extractiva opera en las formas actuales de educación.
Extractivismo del cuerpo
Transcurrió casi medio siglo desde que Michel Foucault formuló su exitosa expresión «empresario de sí» para referirse al individuo que se relaciona con su propia existencia como si fuera una empresa. Poniendo en tensión las preocupaciones críticas de la Escuela de Frankfurt respecto a la sociedad administrada, la taquillera formulación foucaultiana abrió paso a una proliferación de estudios que han mostrado de diversas formas cómo el rendimiento, la auto-producción, la responsabilidad, la adaptabilidad y la flexibilidad son algunas de las consignas que componen el paisaje subjetivo necesario para la vida neoliberal. Rápidamente vimos surgir una amplia bibliografía que señalaba el culto al cuerpo y mostraba cómo la performance se convirtió en una relación generalizada con la propia existencia, dando cuenta que el registro de las prácticas deportivas había pasado a orientar, en poco tiempo, el sistema de conductas sobre uno/a mismo/a. La cultura del consumo concibió al cuerpo como un objeto dispuesto a las transnacionales y esta maleabilidad corporal fue hábilmente capturada por la industria cultural y la retórica del consumo que nos ofrece dietas, recetas, gimnasias, prácticas terapéuticas, cosméticos, cirugías y una amplia gramática de auto-producción que no conoce límites para el diseño de sí.
A estas prácticas, saberes y técnicas orientados a perfeccionar, extender e intensificar los mecanismos de extracción de valor de esta variable corporal, se le acoplan otro conjunto de dispositivos organizados bajo el denominador «psi» que sistematizan consejos psicológicos, guías espirituales, orientaciones emocionales y asesoramiento afectivo, así como una industria médica que aporta diagnósticos y prescripciones psiquiátricas asociadas a la producción farmacológica.
El trabajo sobre sí mismo se expandió junto con el programa neoliberal y las formas posfordistas de trabajo. Los procesos de desindustrialización, innovación tecnológica y mercados inestables exigieron transformaciones en la vida laboral y consecuentemente en las exigencias sobre los sujetos que trabajan. El programa neoliberal vino como una promisoria solución al trabajo alienante y monótono del capitalismo industrial avanzado y auguraba transformaciones en las dinámicas laborales de un sector social que veía una nueva oportunidad de concretar la (incumplida) promesa de movilidad ascendente al convertirse en su propio jefe.
Las estrategias económicas neoliberales, impulsadas como forma de absorber la crisis del capitalismo precisaron de un motor subjetivo que contribuyera a instalar nuevas formas de organizar la vida. Al desmantelarse las estructuras sociales colectivas, se diseñaron nuevas formas de explotación y represión que, ancladas en la financiarización del capitalismo, impulsaron una economía de desposesión y endeudamiento. La cara políticoeconómica del programa neoliberal, sintetizada en el mecanismo de extracción financiera, tiene una contracara cultural y subjetiva que puede expresarse en términos de extractivismo corporal.
El neoliberalismo enlazó con astucia el deseo de autonomía individual con el crecimiento económico. Desmantelado el tejido colectivo favorecido por los Estados de bienestar, los individuos fueron lanzados a un mercado de valorización cualitativa del trabajo sin más herramientas que su «sí mismo» y un extenso menú de prácticas, técnicas y saberes mercantilizados para su autoproducción.
Esa preocupación por la auto-superación, por la auto-valorización, por el mejoramiento personal, que diluye la separación entre el tiempo de trabajo y el tiempo de vida, sólo es posible en un horizonte cultural en el que cada uno se afirma como propietario de sí mismo y especialmente como propietario de su cuerpo. Pero el cuerpo ya no remite simplemente a ese conjunto de huesos y músculos, a ese continente de capacidades físicas e intelectuales que constituían la fuerza de trabajo del capitalismo industrial y que el poseedor de dinero compraba en el mercado y trasladaba a la morada oculta de la producción, para decirlo en términos de Marx.
Si el capitalismo neoliberal exige del individuo la explotación de todas sus capacidades, habilidades, emociones y la creciente lista de atributos que se espera de un trabajador flexible, es porque ha expandido las fronteras corporales, instalando principios productivos en nuevas dimensiones subjetivas que, a la vez que fueron producidas como tales, también fueron cooptadas por la lógica económica. El imperativo de flexibilidad fue también el de flexibilizar, ensanchar, expandir, estirar los límites del cuerpo, de ampliar esa alteridad subjetiva cuyo uso produce valor. Vemos entonces que el atributo estrella de la flexibilidad se imprime sobre el cuerpo en dos sentidos: por un lado exige cuerpos maleables y adaptables, capaces de amortiguar la presión que reciben, aptos para absorber el golpe. Son cuerpos que aguantan, que se doblan sin romperse. Al mismo tiempo, el cuerpo flexible tiene su cara expansiva, capacitado para extender sus posibilidades de valorización, abarcar nuevos ámbitos, mover los límites constantemente.
La ofensiva sensible neoliberal convirtió la existencia humana en un conjunto de recursos individuales que constantemente pueden ser valorizados y, a la vez, producir valor. Si los estudios críticos sobre el crecimiento del capitalismo nos mostraron que la relación con la naturaleza adquirió la forma de extractivismo, proponemos pensar al conjunto de actividades económicas, sociales, culturales y subjetivas orientadas a la valorización individual como una forma de extractivismo corporal.
Como hemos señalado anteriormente, el extractivismo opera como un modelo económico que conjuga la explotación intensiva de los recursos naturales, la degradación de sus fuentes, la ampliación de las fronteras productivas y la exportación del capital producido hacia ámbitos ajenos a sus fuentes originarias. La bibliografía crítica ha mostrado los altos impactos ambientales y sociales que tienen este tipo de dinámicas extractivas sobre la naturaleza y que operan preferentemente en economías periféricas.
Procurando discutir la falsa dicotomía entre ser humano y naturaleza, me parece que las condiciones actuales del capitalismo han impulsado relaciones extractivistas no solo con la naturaleza sino también con las condiciones subjetivas y específicamente corporales de los seres humanos. Las formas de vida consolidadas en el contexto neoliberal del último medio siglo conformaron un paisaje que organiza las maneras en las que percibimos, interpretamos y comprendemos el cuerpo y a nosotrxs mismxs y esta relación ha adoptado con comodidad principios extractivistas.
Si la categoría de explotación nos había servido para dar cuenta de los procesos de apropiación de excedente por parte del empleador de la fuerza de trabajo, la de extractivismo nos permite destacar la conjugación de una ampliación del volumen de los recursos corporales extraídos (incorporando nuevas variables del cuerpo a ser consideradas como fuentes de valor) y un crecimiento de la intensidad en la extracción (dado principalmente por un borramiento de los límites del trabajo en términos espaciales y temporales así como por una digitalización de la vida que convierte a cada una de las actividades humanas en potenciales productoras de valor).
Así como el capitalismo ha procurado expandir la disponibilidad, uso y sustitución de recursos naturales (nuevos territorios, nuevos combustibles, nuevos minerales, etc), también ha procurado expandir el repertorio de habilidades y capacidades explotadas en las relaciones sociales de producción (desde la fuerza, la resistencia y la destreza manual, a la capacidad de liderazgo, la empatía, la flexibilidad, la gestión emocional, la creatividad, la motivación, etcétera). Estas modulaciones dan cuenta de un proceso de creciente expansión de las fronteras productivas corporales.
Este extractivismo se elabora bajo la promesa de obtener mejores condiciones de vida y de cumplimiento de deseos individuales, con la inevitable consecuencia de su fracaso. Las promesas incumplidas son la cara no visible y constante de estos mecanismos extractivos, que precarizan las condiciones de vida de quienes, en el proceso extractivista, son devaluados a meras fuentes de valor. La cara oculta del capital es que ni los procesos extractivistas ni la dinámica del capital pueden realizar esa promesa y la precariedad se paga con el cuerpo.
Pedagogía extractivista
El trabajo sobre sí pasó a formar parte del ambiente cultural de nuestro tiempo. Mejorar las propias capacidades, adquirir nuevas habilidades o incorporar un régimen de valorización constante son algunos de los principios que se convirtieron, no solo en imperativos de las nuevas formas de trabajo, sino en exigencias autoimpuestas en todos los ámbitos de la vida cotidiana. Rendir más, ser más eficiente, adaptarse, cambiar, esforzarse, ser resiliente no son ya simplemente estrategias que el trabajador-empresario debe cultivar para lidiar con la «libertad» (un eufemismo de «desprotección») que se adquiere cuando se abandonan las formas tradicionales del trabajo asalariado. Son también las estrategias que se adoptan para la vida doméstica, el cuidado de sí y de los otros, las relaciones sociales, las formas de vincularse con el entorno y las actividades que, de forma cada vez más difusa, se realizan en lo que llamamos un tanto anacrónicamente «tiempo libre».
Al pensar en las formas educativas imperante en el escenario neoliberal, parece necesario mirar no sólo los procesos de privatización de la educación, la transformación de las instituciones educativas en empresas, la conversión de directores escolares en gestores, de profesores en coaches y de alumnos en capital humano; no sólo el despliegue de un modelo que promueve el individualismo y la competencia en todas las instancias sociales de la infancia, que se rige por la moral de la meritocracia, la responsabilidad individual, el voluntarismo psíquico y la consigna de la adaptabilidad; sino también atender a los procesos de constitución de una relación de los sujetos con el mundo, con los otros y consigo mismos que se organiza a partir del principio de extracción intensiva y extensiva de valor.
La sobreestimulación infantil es la cara pedagógica de este extractivismo. Las influencias que una madre puede ejercer sobre la epigenética del ser que crece dentro suyo, la estimulación temprana y el hiperconsumo asociado a ella, el despliegue de estrategias para el desarrollo de la concentración, la autoestima o la seguridad, la oferta de actividades curriculares y extracurriculares por las que transitan niños y niñas desde la primera infancia, son todas ellas expresiones de la preocupación imperante por obtener los mayores beneficios (beneficio no solo en el sentido de un bien que se le hace a alguien, sino también y sobre todo en su sentido económico, es decir, como ganancia económica que se obtiene de un negocio, inversión o actividad mercantil, en este caso, la actividad de crianza).
Que los juegos sean didácticos, que las experiencias sean pedagógicas, que las prácticas sean beneficiosas para su salud, que los dibujos animados sean educativos. Escuchamos una y otra vez que la infancia es un momento de absorción y que «los niños son como esponjas». Pero así como aprenden destrezas manuales, historia, matemáticas y cuidados del cuerpo en cada una de las situaciones que cuidadosamente seleccionamos para ellos, también aprenden a operar con esa racionalidad utilitaria y extractiva, de búsqueda permanente del máximo rendimiento y beneficio, que convierte a cada instancia en un medio para algo que casi nunca tiene un fin muy claro y que, cuando lo tiene, es más bien el de incorporarse a la vida tal como ya es, regida por el principio de valorización permanente.
Acuñar otras formas de vida
El extractivismo se ha convertido en nuestro modo de vida. Cada una de nuestras experiencias vitales puede ser potencialmente canalizada para la producción ampliada de valor. Un cuarto libre puede ser alquilado por Airbnb, un auto nos puede convertir en conductores de Uber, una bicicleta el medio de trabajo para convertirse en repartidor de PedidosYa o de Rappi, una idea novedosa es el motor para un emprendimiento, un ahorro es un potencial activo para invertir, un hobbie se puede convertir en un trabajo independiente. Las grandes corporaciones tecnológicas extraen valor de cada una de nuestras actividades en las redes. Un like en una publicación, una foto subida a Google Maps, una búsqueda en un navegador, escuchar una canción por Spotify, mirar un video por Youtube, compartir publicaciones de Instagram, reenviar información a través de Facebook, realizar una compra por Mercadolibre. Cada una de estas actividades producen, en alguna parte del planeta, valor y plusvalor y nos convierten en un medio para la extracción de ganancias.
Frente a este escenario en el que toda la vida humana se organiza en torno a la productividad, hay dos rupturas que me gustaría señalar, con intenciones de mostrar que, a pesar de la sistemática colonización de diferentes esferas de la vida por parte de esta racionalidad extractiva, su dinámica nunca es totalitaria.
La primera de ellas refiere al reconocimiento de las estrategias a partir de las cuales el cuerpo expresa sus límites y dice «basta». Así como la fatiga fue la manifestación de agotamiento de esos cuerpos exigidos por el capitalismo industrial, la depresión, la ansiedad y el estrés son algunas de las formas en que se expresa el agotamiento que produce esta organización de la vida basada en el fracking corporal. Cuando se trata de la infancia, el cuerpo expresa sus límites de múltiples formas y las etiquetas (y los psicofármacos) no demoran en aparecer: trastornos de aprendizaje, trastornos de déficit atencional, hiperactividad, trastorno de oposición desafiante, ataques de pánico, ansiedad, etcétera.
Precisamos criticar las categorías con las cuales construimos lo corporal –el cuerpo como una propiedad, el cuerpo como un capital, el cuerpo como una fuente de valor– y reconocer que el cuerpo es uno de los lugares en los que pueden rastrearse y politizarse los síntomas de malestar y sufrimiento que producen las formas de vida actuales. Politizar este malestar es una tarea necesaria para poder desarticular estas formas de vida que lo producen, disputando las atribuciones individualistas que normalmente adoptan estos diagnósticos e insistiendo en las correlaciones entre las experiencias subjetivas y sus causas estructurales.
La segunda ruptura que me interesa señalar apunta a reconocer actividades, relaciones y procesos que se mantienen relativamente al margen de los mecanismos extractivos. Aun cuando esta relación extractivista se haya convertido en el horizonte normativo de nuestro quehacer cotidiano, favorecido por el borramiento de los límites entre vida y trabajo, existen instancias en las que no operamos a partir de los principios del rendimiento, la productividad y la utilidad. Esos momentos, esas relaciones, esas actividades constituyen grietas en las que se suspende la racionalidad extractivista y a partir de las cuales podemos acuñar otras formas de vida. Es necesario explorar esos espacios de improductividad e impotencia, ensancharlos, libidinizarlos, darles un lugar de relevancia en nuestras vidas, compartirlos con otros/as y disputar sistemáticamente el principio de valorización del valor, insistiendo en la posibilidad de decidir cómo, qué y cuánto queremos producir, con qué matriz energética, qué relaciones sociales priorizamos, qué queremos hacer con eso que producimos, cómo nos relacionamos con las nuevas generaciones, cómo organizamos la reproducción social, qué queremos hacer con nuestro tiempo libre y con nuestro tiempo de vida. Qué vida, finalmente, queremos vivir.
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