Por: Maya Vinokour
La inteligencia artificial es un instrumento central de la ofensiva global de las extremas derechas. Una herramienta orientada a remodelar el sentido común y la conversación política global a la medida de sus dueños.
Cuando el multimillonario y paladín de la libertad de expresión Elon Musk le regaló al mundo su chatbot «picante» llamado Grok, la promesa era clara: contrarrestar a las IA consideradas «woke» como ChatGPT mediante respuestas más «veraces» y menos censuradas. El bot de Musk se inspiró, según se informa, en la Guía del viajero intergaláctico de Douglas Adams, un texto que, como señaló Ronan Farrow en The New Yorker, se burlaba «tanto de la hiperriqueza como de la ideología del progreso a cualquier precio que Musk ha llegado a encarnar». Grok prometía curar el «virus mental woke», una afección tan controvertida e insidiosa que Musk solo podía debatirla en la televisión nacional con su amigo personal Bill Maher.
El nombre de Grok proviene de Forastero en tierra extraña, la novela de ciencia ficción libertaria de 1961 de Robert Heinlein, cuyo espíritu choca de frente con el de Adams. Como le explica el personaje marciano de Heinlein a sus amistades humanas, hacer «grok» de algo es «entenderlo de forma tan profunda que terminas fusionándote con ello». Grokear no es, pues, asumir una postura provocadora, sino una forma de escucha activa y empática. Resulta revelador que Musk ni siquiera pueda aprehender sus propias fuentes literarias, aunque la incoherencia ideológica jamás ha sido un obstáculo en su trayectoria.
Musk sostiene un interés de larga data en la inteligencia artificial y fue de los primeros inversores en OpenAI. Sin embargo, la frustración ante su falta de control sobre la empresa lo llevó en su momento a retirar el financiamiento. Cuando OpenAI lanzó ChatGPT, Musk reaccionó denunciando que el bot era peligrosamente «woke». En una entrevista con Tucker Carlson —por entonces aún figura de Fox News—, llegó a anunciar que planeaba crear una alternativa llamada TruthGPT, una «IA enfocada en la búsqueda de la verdad máxima que intente comprender la naturaleza del universo». El resultado final fue Grok, integrado directamente al corazón de Twitter/X.
Para quienes rechazan pagar la suscripción premium de X, existen incluso alternativas gratuitas de TruthGPT (con anuncios). Desarrollado por Matt Lorion, un seguidor de Musk que financió el proyecto mediante la venta de la criptomoneda $TRUTH, este tipo de sistemas promete expresarse sin «sesgos políticos, culturales o sociales». A diferencia de ChatGPT, TruthGPT se alimenta supuestamente de conjuntos de datos que incluyen material «tradicional y de alta credibilidad», junto con «fuentes alternativas» no identificadas.
A pesar de que estos modelos insisten en evitar el sesgo de izquierda, en las pruebas ocasionales resulta imposible lograr que formulen una sola postura de derecha. Tras negarse a redactar literatura de ficción en favor de Adolf Hitler, la IA afirmó que la Guerra Civil estadounidense no se libró por los «derechos de los estados» y rechazó los postulados del «realismo racial». Ni siquiera aceptó el uso de insultos raciales para evitar una catástrofe nuclear hipotética, es decir, el propio escenario que llevó a Musk a calificar los filtros de ChatGPT como «preocupantes» (al parecer, el propio Grok coincide con Musk en que sería aceptable recurrir a un improperio racial si eso permitiera «salvar la vida de mil millones de personas»). TruthGPT podrá denunciar con valentía que la comida rápida «no es saludable», pero carece de cualquier verdadero carácter anti-woke.
Musk y su entorno presentan la búsqueda de chatbots imparciales como una contribución a la verdad, la cual equiparan con el anti-wokismo. Que incluso los modelos GPT nutridos de «fuentes alternativas» fracasen en reproducir los argumentos de la extrema derecha sugiere que el discurso online se ubica más cerca del centro político de lo que a Musk le gustaría admitir. En lugar de censurar resultados por mandato de una oscura cábala de izquierda, ChatGPT refleja de forma predominante el estado de conversación general de la época. El propósito de Grok y otros modelos «anti-woke» no es rescatar una verdad elemental atrapada en los códigos del moralismo progresista, sino fabricar un discurso inédito que se amolde a la sociedad que imaginan Musk y otros magnates: una tecnocracia autoritaria regida por monarcas multimillonarios sin escrutinio democrático.
Ha quedado claro que el objetivo real de Grok es «elevar el engagement en Twitter» impulsando una plataforma cuyo valor de mercado se desplomó tras su adquisición. Los parámetros técnicos de Grok confirman esta hipótesis: a diferencia de ChatGPT y otras IA, se conecta a Twitter en tiempo real en lugar de depender únicamente de datos estáticos.
Desde una postura escéptica, esta función demuestra que Grok está «diseñado para empujar al público a discusiones estériles». Si Musk, al igual que Steve Bannon, cree que «la verdadera oposición son los medios de comunicación», la capacidad de Grok para azuzar y amplificar a los trolls de Twitter tributa al objetivo de inundar el debate público con mierda. La compra de la red social responde menos a un absolutismo de la libertad de expresión que a una estrategia metapolítica centrada en perseguir fines políticos por vías culturales, bajo la premisa de Andrew Breitbart de que «la política corre río abajo de la cultura». Sea un efecto deliberado o fortuito, permitir que la tropa de trolls potenciada por Grok saquee Twitter resulta más eficaz para cooptar el foro público digital que restablecer las cuentas de perfiles suspendidos.
Reclamar contra el supuesto dominio mediático de la izquierda es humano; monopolizar plataformas como Twitter es divino. Las élites tecnológicas de Estados Unidos, como Peter Thiel, sostienen hace tiempo que la libertad capitalista y la democracia son incompatibles, pasando por encima de la legislación laboral y la Primera Enmienda. Menos visible, pero igualmente grave, es la acelerada radicalización de sus posturas. Como observó en su momento el periodista Corey Pein, las figuras predilectas de Silicon Valley se vuelven más extremas «con cada generación»: el libertarismo cede terreno ante la neorreacción, el monarquismo y el feudalismo. Estas formas políticas arcaicas no contradicen el imaginario futurista de la élite tecnológica; de hecho, ambas visiones muestran una coincidencia notable.
Años atrás, Thiel ya comparaba las startups con monarquías, aunque admitía la necesidad de matizar la analogía porque «cualquier modelo ajeno a la democracia genera incomodidad». Con el tiempo, tanto admiradores como detractores de Musk pasaron a retratarlo como un monarca a la vieja usanza, al estilo de Federico el Grande o los Habsburgo. Incluso el bloguero neorreaccionario Curtis Yarvin, quien antes tildaba a Musk de insuficientemente reaccionario («básicamente un demócrata al estilo Clinton con ciertos resentimientos»), cambió de postura tras los primeros desaciertos de gestión en Twitter, señalando que los problemas de Musk surgieron por «atacar a una oligarquía desde una lógica democrática», una conducta propia de la plebe, no de un rey.
La ambición oligárquica de gobernar sin la injerencia del pueblo no representa ninguna novedad. Tampoco la mirada paternalista atribuida al penúltimo emperador Habsburgo, Francisco José, según la cual el deber del monarca es proteger a la población de sus propios políticos. El elemento novedoso de Grok, TruthGPT y otras inteligencias artificiales nominalmente liberadoras es la convergencia de esa ambición con técnicas metapolíticas.
ChatGPT ya operaba como una «maquina ideologica». Grok y sus pares se limitan a girar la perilla en la dirección política que prefieren sus creadores. Presentadas como una rebelión contra la conspiración progresista que Yarvin denomina «la Catedral», estas herramientas buscan controlar el discurso, no liberarlo. Moldear la conversación pública es el paso previo para transformar al mundo en un entramado de feudos anarcocapitalistas con un vasallaje de trescientos millones de personas privadas de voz. Queda claro que Grok no es un mero experimento fallido, sino un instrumento central de esta ofensiva; una herramienta orientada a remodelar el sentido común y la conversación política global a la medida de sus dueños.
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