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Bolivia: Inercia en la politica

24/11/2014 by Vitalio Deja un comentario

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Por: Arturo D. Villanueva Imaña

En términos físicos, la inercia es una propiedad de la materia que hace que los cuerpos no puedan modificar por sí mismos su estado de reposo y quietud, sea porque no se encuentran sometidos a una fuerza que modifique su estado inerte, o sea porque existe una resistencia que los cuerpos oponen al movimiento, en razón de su masa o tamaño. Por eso, se entiende por inercia la falta de actividad, energía o iniciativa; aunque ello (por lo señalado anteriormente), no signifique inactividad o paralización, porque en realidad no existe nada que no se encuentre en movimiento.

Utilizando estos principios y conceptos en el campo de lo político, donde tampoco existe reposo y quietud dada la dinámica de los acontecimientos y las fuerzas que se encuentran en permanente interacción; entenderemos la inercia no como un “cuerpo” inerte o noción neutral, sino más bien como una fuerza gravitante que incide en el curso de los hechos, a pesar de su aparente inactividad o inercia.

Desde esa perspectiva, es totalmente comprensible que la dinámica de los acontecimientos y la forma de cómo se vaya configurando la historia, dependerá del tipo de correlación de fuerzas que se imponga en una determinada situación. Por eso se dice que el tipo de Estado, sociedad y economía que un pueblo busca construir (sea capitalista, neoliberal o socialista por ejemplo), dependen de la correlación de fuerzas a su interior.

En perspectiva y escudriñando algunos hitos que marcan el curso del proceso de cambio y transformación en el país, podemos identificar tres momentos que ayudarán a comprender mejor por qué se ha entrado en una especie de inercia política del proceso. Un primer momento, en el que destaca la insurgencia popular y la decisión de refundar el país, que efectivamente se consolida (a pesar de los cambios introducidos en el Legislativo), con la aprobación y refrendamiento social de la nueva Constitución Política del Estado. Allí se establece y perfila un modelo diferente y alternativo de economía y sociedad que se ha dado en llamar Estado Plurinacional (que es como se lo conoce y define), y que finalmente sustenta un discurso gubernamental que, como veremos, ha vaciado su contenido al imponer una agenda nacional diferente.

Un segundo momento podríamos asociarlo al actual periodo gubernamental iniciado el año 2010. Durante estos años se abandonó aquellas tareas iniciales de liberación nacional y recuperación de la soberanía sobre los recursos naturales que había emprendido en el primer periodo. Destaca la indisimulada inclinación por impulsar el extractivismo salvaje, los grandes megaproyectos desarrollistas, el establecimiento de alianzas y acuerdos con sectores tradicionalmente reaccionarios y opositores al proceso, y la concesión increíble de diferente tipo de “incentivos” dirigidos al capital transnacional y nativo, y a los intereses antinacionales, para que se animen a emprender el sueño de alcanzar aquel espejismo o quimera del progreso capitalista que se había enseñoreado como consecuencia de la bonanza económica. En este contexto, destaca un enorme despliegue del aparato gubernamental que persuadido por esas prioridades, se vuelca a la tarea de instalar un sentido común acrítico, dócil y manipulable que, en base a acciones francamente represivas, divisionistas o, por el contrario, prebendales, asistencialistas y/o de cooptación dirigencial, se concentra en las diversas organizaciones y sectores sociales, a los que busca conquistar a la causa oficialista. La idea es lograr la repetición mecánica, temerosa y/o servil de una agenda impuesta que no responde a los intereses populares y tampoco a lo que manda la Constitución Política del Estado. Estamos hablando por ejemplo de energía atómica, potencia continental, desarrollismo faraónico, extractivismo salvaje, etc.

Un tercer momento, no menos importante, es el que podríamos denominar como la coyuntura eleccionaria, que para el gobierno tiene un carácter permanente desde hace varios años, porque todas las acciones oficiales se han convertido en una tarea de campaña política para reproducir el gobierno a como dé lugar. Este enfoque que de por sí no es malo, pero que ciertamente implica abandonar las tareas de transformación y cambio para priorizar el control del Estado y el gobierno, ha derivado en una lucha cruenta e incesante que se ha insertado en el imaginario popular para acceder y formar parte del aparato público. Es decir, ha trastocado y envilecido la dinámica de la correlación de fuerzas, para convertirlas en una ambición por el poder que ha hecho presa de las organizaciones sociales que se debaten por alcanzar este objetivo.

Es como si se hubiese producido un desfase de tiempo, lugar y circunstancias, que en vez de en vez de contribuir y facilitar la realización de aquellas tareas estratégicas nacionales de transformación y cambio, la entorpecen y anulan, a cambio de priorizar y privilegiar una ambición inmediatista que se conforma con la toma democrática del poder, para reproducir un Estado conservador, cuyo modelo no tiene nada que ver con aquel perfilado por las luchas populares y la Constitución, o sencillamente es su antípoda.

Por ello puede inferirse que se trata de un Estado de inercia (en tanto situación y ente social), que no tiene la capacidad, las fuerzas o la iniciativa propia para salir de esa quietud o reposo aparentes, porque se ha abandonado a una correlación que prefiere reproducirse en el gobierno, sin percatarse que ello también se traduce en el abandono de las tareas de transformación y cambio.

Como en política y en física (lo mismo que en la vida), no existe la inercia permanente, solo queda esperar que dicha correlación de fuerzas se corrija para generar su propia dinámica de movimiento y transformación; o que, tarde o temprano, se desarrollen nuevas fuerzas (eventualmente externas), que anularán ese estado de quietud y emprenderán las acciones abandonadas, devolviéndole a su turno aquella dinámica perdida.

 

Arturo D. Villanueva Imaña, Sociólogo, boliviano.

 

Arturo D. Villanueva Imaña

 

 

En términos físicos, la inercia es una propiedad de la materia que hace que los cuerpos no puedan modificar por sí mismos su estado de reposo y quietud, sea porque no se encuentran sometidos a una fuerza que modifique su estado inerte, o sea porque existe una resistencia que los cuerpos oponen al movimiento, en razón de su masa o tamaño. Por eso, se entiende por inercia la falta de actividad, energía o iniciativa; aunque ello (por lo señalado anteriormente), no signifique inactividad o paralización, porque en realidad no existe nada que no se encuentre en movimiento.Utilizando estos principios y conceptos en el campo de lo político, donde tampoco existe reposo y quietud dada la dinámica de los acontecimientos y las fuerzas que se encuentran en permanente interacción; entenderemos la inercia no como un “cuerpo” inerte o noción neutral, sino más bien como una fuerza gravitante que incide en el curso de los hechos, a pesar de su aparente inactividad o inercia.

Desde esa perspectiva, es totalmente comprensible que la dinámica de los acontecimientos y la forma de cómo se vaya configurando la historia, dependerá del tipo de correlación de fuerzas que se imponga en una determinada situación. Por eso se dice que el tipo de Estado, sociedad y economía que un pueblo busca construir (sea capitalista, neoliberal o socialista por ejemplo), dependen de la correlación de fuerzas a su interior.

En perspectiva y escudriñando algunos hitos que marcan el curso del proceso de cambio y transformación en el país, podemos identificar tres momentos que ayudarán a comprender mejor por qué se ha entrado en una especie de inercia política del proceso. Un primer momento, en el que destaca la insurgencia popular y la decisión de refundar el país, que efectivamente se consolida (a pesar de los cambios introducidos en el Legislativo), con la aprobación y refrendamiento social de la nueva Constitución Política del Estado. Allí se establece y perfila un modelo diferente y alternativo de economía y sociedad que se ha dado en llamar Estado Plurinacional (que es como se lo conoce y define), y que finalmente sustenta un discurso gubernamental que, como veremos, ha vaciado su contenido al imponer una agenda nacional diferente.

Un segundo momento podríamos asociarlo al actual periodo gubernamental iniciado el año 2010. Durante estos años se abandonó aquellas tareas iniciales de liberación nacional y recuperación de la soberanía sobre los recursos naturales que había emprendido en el primer periodo. Destaca la indisimulada inclinación por impulsar el extractivismo salvaje, los grandes megaproyectos desarrollistas, el establecimiento de alianzas y acuerdos con sectores tradicionalmente reaccionarios y opositores al proceso, y la concesión increíble de diferente tipo de “incentivos” dirigidos al capital transnacional y nativo, y a los intereses antinacionales, para que se animen a emprender el sueño de alcanzar aquel espejismo o quimera del progreso capitalista que se había enseñoreado como consecuencia de la bonanza económica. En este contexto, destaca un enorme despliegue del aparato gubernamental que persuadido por esas prioridades, se vuelca a la tarea de instalar un sentido común acrítico, dócil y manipulable que, en base a acciones francamente represivas, divisionistas o, por el contrario, prebendales, asistencialistas y/o de cooptación dirigencial, se concentra en las diversas organizaciones y sectores sociales, a los que busca conquistar a la causa oficialista. La idea es lograr la repetición mecánica, temerosa y/o servil de una agenda impuesta que no responde a los intereses populares y tampoco a lo que manda la Constitución Política del Estado. Estamos hablando por ejemplo de energía atómica, potencia continental, desarrollismo faraónico, extractivismo salvaje, etc.

Un tercer momento, no menos importante, es el que podríamos denominar como la coyuntura eleccionaria, que para el gobierno tiene un carácter permanente desde hace varios años, porque todas las acciones oficiales se han convertido en una tarea de campaña política para reproducir el gobierno a como dé lugar. Este enfoque que de por sí no es malo, pero que ciertamente implica abandonar las tareas de transformación y cambio para priorizar el control del Estado y el gobierno, ha derivado en una lucha cruenta e incesante que se ha insertado en el imaginario popular para acceder y formar parte del aparato público. Es decir, ha trastocado y envilecido la dinámica de la correlación de fuerzas, para convertirlas en una ambición por el poder que ha hecho presa de las organizaciones sociales que se debaten por alcanzar este objetivo.

Es como si se hubiese producido un desfase de tiempo, lugar y circunstancias, que en vez de en vez de contribuir y facilitar la realización de aquellas tareas estratégicas nacionales de transformación y cambio, la entorpecen y anulan, a cambio de priorizar y privilegiar una ambición inmediatista que se conforma con la toma democrática del poder, para reproducir un Estado conservador, cuyo modelo no tiene nada que ver con aquel perfilado por las luchas populares y la Constitución, o sencillamente es su antípoda.

Por ello puede inferirse que se trata de un Estado de inercia (en tanto situación y ente social), que no tiene la capacidad, las fuerzas o la iniciativa propia para salir de esa quietud o reposo aparentes, porque se ha abandonado a una correlación que prefiere reproducirse en el gobierno, sin percatarse que ello también se traduce en el abandono de las tareas de transformación y cambio.

Como en política y en física (lo mismo que en la vida), no existe la inercia permanente, solo queda esperar que dicha correlación de fuerzas se corrija para generar su propia dinámica de movimiento y transformación; o que, tarde o temprano, se desarrollen nuevas fuerzas (eventualmente externas), que anularán ese estado de quietud y emprenderán las acciones abandonadas, devolviéndole a su turno aquella dinámica perdida.

 

Arturo D. Villanueva Imaña, Sociólogo, boliviano.

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