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El desastre que se vive en Gaza obliga a las personas cualificadas a marcharse

03/04/2016 by Vitalio Deja un comentario

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Fuente: Iniciativa Debate

                                                       Grupo de palestinos esperando conseguir permiso para entrar en Egipto por el cruce de Rafah, al sur de Gaza, el 13 de febrero pasado 

Cuando Egipto abrió el cruce de Rafah durante tres días el pasado mes de febrero, miles de palestinos de Gaza solicitaron salir. Entre ellos estaba Rani Humeid, de 29 años.

“Me voy de Gaza para intentar encontrar el futuro con el que sueño”, dijo Humeid mientras esperaba en un habitáculo improvisado cerca del cruce.

Humeid había conseguido un máster en relaciones públicas y medios de comunicación en Malasia en 2012 y continuó estudiando al regresar a Gaza.

“Me dieron una beca de investigación en el Centro para el Desarrollo de los Medios de Comunicación de la Universidad de Birzait, en Gaza”, dijo Humeid.

Pero el joven experto necesitaba también ganar dinero. Trabajó, dijo, como profesor a tiempo parcial tanto en la Universidad de Al-Aqsa como en otras universidades palestinas en Gaza y se hizo cargo de un puesto como coordinador de programas en la Asociación Palestina por la Educación y Protección Medioambiental.

“He hecho de todo durante estos últimos tres años en Gaza pero estoy seguro que habría conseguido más si hubiera estado en el extranjero”, dijo. “La vida aquí es difícil. Perdí bastantes oportunidades debido al cierre de los cruces”.

Fuga de cerebros

Tras casi diez años de asfixiante asedio, la economía de la Franja de Gaza está hecha añicos.

El 43% de tasa de desempleo es la más alta del mundo, según el Banco Mundial, y el desempleo juvenil supera el 60%.

Con una situación así, no resulta sorprendente que las personas más brillantes y mejor formadas de Gaza, como Humeid, busquen su futuro en otra parte.

Humeid va a viajar ahora a los EEUU donde espera terminar su doctorado.

“Voy a tratar de encontrar oportunidades y mejorar mi capacidad académica”, dijo.

No es el único.

Salir de Gaza depende completamente de la situación política. Sólo existen dos salidas: Viajar al norte, a través del control de Erez hacia Israel o hacia Cisjordania, sólo se le permite a algunos trabajadores que se ocupan de la ayuda en las organizaciones internacionales, a pacientes en situación muy grave, a aquellos que disponen de permisos especiales concedidos por el ejército israelí, casi imposible de obtener, o a unos cuantos empresarios con negocios en Israel.

Viajar al sur, hacia Egipto, está casi siempre prohibido. Desde octubre de 2014, antes de que El Cairo abriera el cruce de Rafah del 13 al 15 de febrero, el cruce sólo había estado abierto 30 días.

Peligro actual, desafío futuro

Cuando llegó la noticia de que Egipto iba a abrir el cruce en febrero, se registraron para cruzarlo más de 25000 personas. Finalmente, las que lo consiguieron fueron menos de 2.500.

Muchas tan sólo querían salir de Gaza un rato. Después de casi diez años de asedio y tres ataques del ejército israelí, un descanso de Gaza es el descanso de una prisión.

Pero los observadores han señalado también que una cifra cada vez mayor de personas cualificadas está marchándose para intentar hacer su vida en otro lugar. Y la fuga de cerebros de Gaza está creando mucha preocupación.

“La principal razón es el desempleo”, dijo Samir Abu Mudalala, un analista de economía y director del Departamento de Economía de la Universidad al-Azhar en Gaza.

“En las décadas de 1950 y 1960, Palestina era famosa por exportar personas muy formadas y altamente cualificadas”, añadió. “Pero tras la Guerra del Golfo de 1990, más de 400.000 palestinos fueron expulsados y tuvieron que volver a Palestina, donde la mayoría no consiguió encontrar empleo.”

Abu Mudalala dijo que en Gaza hay 110.000 licenciados universitarios sin trabajo. Y esto hacía que muchos se marcharan.

“Las cifras son peligrosas”, dijo Abu Mudalala. “La economía palestina va a sufrir por la escasez de personas que sean capaces de desarrollar la economía nacional e incrementar el PIB. Al mismo tiempo, nos enfrentamos a un desafío político porque en lugar de quedarse en su tierra, los palestinos cualificados intentan abandonarla”.

Yamal al-Sharif, sociólogo y director del Departamento de Inglés en la Universidad al-Azhar, dijo que el número de titulados superiores estaba aumentando continuamente en Gaza, pero al no haber incrementarse el número de universidades, tampoco lo han hecho las oportunidades de empleo.

“Recibo cada día curriculum vitaes de personas altamente cualificadas buscando trabajo. Algunos tienen un máster, otros dos o el doctorado, pero el departamento está completo y los presupuestos son muy limitados”, dijo.

“La situación está forzando a muchos gazatíes con alta formación a marcharse fuera en búsqueda de una oportunidad de autorrealización. Si esto continúa así, los estudiantes dudarán de continuar con estudios de posgraduado”, añadió al-Sharif.

La búsqueda de significados

Durante los tres días de apertura del cruce de Rafah en febrero, 2.439 personas dejaron Gaza, 1.122 volvieron y más de 330 fueron devueltas por las autoridades egipcias de fronteras, según el Centro Palestino para los Derechos Humanos.

Jóvenes, viejos, enfermos y los licenciados tuvieron que permanecer en una sala de espera improvisada durante horas y días en el Centro de Deportes Abu Najjar de Rafah. Les llamaban en función de las listas publicadas por el Ministerio de Transportes. Los pocos afortunados se subían a autobuses y esperaban unas horas más antes de dirigirse al verdadero cruce.

Entre ellos estaba Salma Ahmad, de 31 años, exprofesora de la Universidad de al-Azhar. Salma, que había conseguido un master en 2008 en una universidad francesa, es madre de dos niños: Taysir, de 5 años, y Ahmad, de 3, que iban con ella ese día.

En marzo de 2015, el marido de Ahmad, Muhamad al-Amasi, había viajado a Turquía para conseguir el doctorado en ingeniería. Llegó un semestre tarde esperando que se abriera el cruce.

Transcurridos tres meses, al-Amasi, licenciado en 2011 por la Universidad Islámica de Gaza, envió una invitación a su familia para que se reunieran con él en Turquía.

Salma se apresuró a aprovechar la oportunidad.

“Completé los procedimientos de visado, puse nuestros nombres en las listas del cruce de Rafah e incluso intenté conseguir permiso para ir a Jordania a través del cruce de Erez”, dijo.

Pero tuvo mala suerte. Desde que recibió la invitación, el cruce de Rafah sólo se abrió en dos ocasiones y Salma y sus hijos no pudieron salir debido a la gran cantidad de personas que deseaban viajar.

“Mientras tanto, no quisieron darnos el permiso para salir por Erez porque esos permisos sólo los conceden por razones médicas o educativas”, añadió.

“Nuestro visado caducó y lo renové pero mi vida dejó de tener sentido”, dijo Salma. “No podía tomar ninguna decisión. Dejé de enseñar en la universidad porque no estaba segura de cuándo y cómo podría salir. En realidad, sólo esperaba que Rafah se abriera”.

Después de ocho meses, Salma casi perdió la esperanza. “Empecé a tomar lecciones de turco, pero también tuve que matricular a mi hijo en una escuela infantil. De verdad que no me puedo creer que por fin vayamos a salir hoy”.

Empleo o educación

Les llevó dieciséis horas, pero a Salma y a sus hijos les permitieron finalmente cruzar a Egipto. Igual ocurrió con Salma Adnan, coordinadora de proyectos en el Instituto Tamer de Educación Comunitaria y profesora a tiempo parcial en la Universidad de al-Azhar. Pero se vio obligada a elegir.

“En 2009, viajé a Egipto para conseguir un máster en Literatura de la Universidad de El Cairo. Después de aprobar el primer curso, volví a Gaza para preparar mi tesis sobre literatura afro-americana”, dijo.

Pero por entonces ya estaba resultando muy difícil cruzar por Rafah. Durante años, Adnan estuvo intentándolo sin conseguir salir. Mientras tanto, consiguió un trabajo y vio cómo iban lentamente esfumándose sus sueños de conseguir un posgraduado.

Después, el año pasado, le advirtieron que si no conseguía ir a El Cairo para defender su tesis a finales de febrero, perdería su grado. También era consciente de que si se iba probablemente perdería su trabajo.

Hizo su elección.

“Es como un milagro”, dijo. “Mi nombre estaba en la lista desde el pasado mes de julio y voy a salir ahora, justo pocos días antes de perder mi graduación”.

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