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Los tres primeros errores del nuevo ‎primer ministro francés Jean Castex

02/08/2020 by Vitalio Deja un comentario

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Por: Thierry Meyssan

No hay dudas de que Jean Castex es un brillante alto funcionario. Pero eso no lo ‎convierte en la persona adecuada para ser primer ministro de Francia. Jean ‎Castex no se ha detenido a pensar en cómo restaurar la paz social ante la globalización ‎financiera y se limita a adoptar medidas tendientes a comprar una apariencia de paz ‎social a corto plazo. Desde el momento de su nominación mostró que no está ‎interesado en reformar la clase política, que se limitará a “luchar contra la pandemia”, ‎haciendo lo mismo que los demás, y que suscribe al proyecto plasmado en el Tratado de ‎Maastricht, concebido en tiempos de la guerra fría.

‎

Jean Castex es un personaje de colmillos afilados que hace pensar en Eugene de Rastignac, el ‎personaje concebido por Honoré de Balzac. Poniendo por encima de todo su propio ascenso ‎social, Jean Castex abandonó su partido político (opositor) en la mañana del 3 de julio para que ‎el presidente Emmanuel Macron lo nombrara primer ministro ese mismo día. Castex es ‎miembro de Le Siecle, el club del establishment francés de los negocios. ‎

La administración francesa funciona muy bien sin necesidad de gobierno. En ese sentido es una ‎de las mejores del mundo. Pero el papel de los ministros no consiste en suplantar a los jefes de la ‎administración central que hacen funcionar la máquina sino en adaptar la administración a los ‎cambios del mundo, orientarla en el sentido de la política concebida por el presidente de la ‎República y aprobado por la ciudadanía mediante la elección de este último. ‎

El presidente de la República no puede tener una opinión sobre todas y cada una de los ‎cuestiones que se presentan. Pero tiene que trazar la línea a seguir en materia de relaciones ‎exteriores y defensa, y en sectores como la policía y la justicia, la moneda y los impuestos –lo que ‎se conoce como “funciones soberanas” [1]. Actualmente, el presidente debe repensar todo ‎ese conjunto para restablecer el contrato social ante una modificación profunda de las estructuras ‎de la sociedad. ‎

Las desigualdades en materia de patrimonio se han incrementado considerablemente. Durante los ‎últimos años, la clase media se ha derretido como nieve al sol y una nueva clase social se ha ‎dado a conocer en las manifestaciones de los “Chalecos Amarillos”. El hombre más rico ‎de Francia posee una suma de dinero que un trabajador pagado con el salario mínimo legal ‎establecido en la legislación francesa no lograría ganar aunque llegara a trabajar un millón y ‎medio de años. Esa gravísima desigualdad pone la sociedad francesa al nivel de una sociedad ‎medieval y hace imposible su funcionamiento democrático. ‎

Desde que el presidente Jacques Chirac sufrió un accidente cerebral, el 2 de septiembre de 2005, ‎el avión Francia planea sin piloto. El país ha vivido 3 elecciones presidenciales –en 2007, 2012 ‎y 2017– sin que ninguno de los candidatos haya presentado una visión del país, todos se han ‎limitado a proponer medidas de tipo sectorial. Sin un presidente digno de ese nombre, Francia ha ‎estado a la deriva desde hace 15 años. ‎

El nuevo primer ministro, Jean Castex, es un funcionario de muy alto nivel, cuya eficacia todo ‎el mundo admira, así como su reputación de ser un hombre que se preocupa por los demás. ‎Pero no es un responsable político capaz de trazar objetivos nuevos y de repensar la arquitectura ‎misma del sistema. ‎

Nicolas Revel, el director del equipo de trabajo de nuevo primer ministro de Francia, es partidario ‎de un feroz atlantismo. Nicolas Revel es el hijo de Jean-Francois Revel, miembro de la Academia ‎Francesa, y de la periodista Claude Sarraute. Jean-Francois Revel era el principal agente de la NED ‎‎(National Endowment for Democracy) en Francia mientras que Claude Sarraute escribía en el ‎diario Le Monde crónicas, no exentas de humor, donde ridiculizaba los sindicatos obreros y ‎valorizaba los “combates societales”. ‎

El balance de los primeros días de Jean Castex a la cabeza del nuevo gobierno de Francia es ‎catastrófico. En este artículo me concentraré en sus tres primeras decisiones relativas a la ‎organización del gobierno, al enfrentamiento del Covid-19 y en materia de política europea. ‎

‎

1- La reforma de los equipos ministeriales

‎

En cuanto fue nombrado para encabezar el gobierno, el nuevo primer ministro Jean Castex ‎cambió la regla que su predecesor había impuesto a los ministros para limitar la cantidad de ‎colabores de cada equipo ministerial. Jean Castex aumentó la cantidad de colaboradores políticos ‎de cada ministro de 10 a 15. En el gobierno del anterior primer ministro, Edouard Philippe, ‎los ministros se quejaban de que sus equipos no contaban con la cantidad de colaboradores que ‎necesitaban para poder controlar las administraciones centrales. ¿Qué hacían entonces aquellos ‎‎10 colaboradores? Responder al público y dedicarse a embellecer la imagen del ministro. ‎

Por supuesto, la ciudadanía no elige a los ministros y estos últimos sólo rinden cuentas al ‎primer ministro y al presidente de la República, no directamente a los electores. Pero dado ‎el hecho que cada ministro piensa ante todo en su propia carrera y, sólo después, en sus ‎obligaciones, no está de más contar con 10 colaboradores dedicados a las relaciones públicas. ‎

Lo anterior explica con suficiente claridad por qué no había que dar a cada ministro la posibilidad ‎de rodearse de 5 colaboradores más. Más bien había que garantizar que los ministros ‎no utilicen a sus colaboradores en beneficio de sus carreras políticas sino para garantizar el ‎trabajo del gobierno. Es evidente que Jean Castex no quiere que los consejeros ministeriales ‎intervengan en la actividad de la administración sino que se limiten a informar a los ministros ‎sobre los aspectos técnicos de los dossiers. ‎

‎

2- El uso obligatorio de las mascarillas quirúrgicas

‎

Justo antes de ser nombrado primer ministro, Jean Castex estuvo a la cabeza de misión sobre el ‎desconfinamiento posterior a la epidemia de Covid-19, así que es de suponer que tuvo tiempo de ‎reflexionar sobre la prevención del contagio. ‎

El gobierno anterior había proclamado que el uso de las mascarillas era prácticamente inútil [en ‎aquel momento, había una grave escasez de mascarillas en Francia]. Pero el nuevo ‎primer ministro impuso su uso obligatorio. Gran parte de la opinión pública acogió el cambio de ‎orientación con ironía: las mascarillas son inútiles… cuando no hay; ahora que las tenemos ‎‎¡hay que usarlas!‎

El hecho es que, 8 meses después del inicio de la epidemia mundial de Covid-19, todavía ‎no se sabe cómo se transmite ese virus ni, por ende, cómo evitar su propagación. La ‎contradicción entre la orientación anterior y la nueva disposición gubernamental se debe sólo al ‎deseo del nuevo gobierno de demostrar que está al mando. No es una medida sanitaria sino un ‎intento de tranquilizar a los franceses. ‎

No está de más recordar que, cuando el virus apareció en Occidente, todas las autoridades ‎afirmaban que se propagaba por contacto con las superficies sólidas. En Europa se desató ‎entonces una histeria sobre las empuñaduras de las puertas. La gente creía que tocar una puerta y ‎tocarse después el rostro podía significar la muerte inmediata. ‎

Se había descubierto que el virus podía sobrevivir algunas horas sobre las empuñaduras de las ‎puertas e incluso 2 días sobre una superficie de cartón. Se concluyó entonces que había que ‎esperar 48 horas antes de abrir cartas o paquetes. Ahora, todas aquellas prevenciones parecen ‎simples idioteces y ya nadie las aplica. ‎

Pero, asombrosamente, todo sigue igual en el plano científico. Todavía no hay precisión sobre los ‎modos de contaminación. Sólo se ha observado que no parece que el virus se transmita ‎realmente a través de las superficies sólidas. Se «cree» por tanto que el Covid-19 se transmite ‎a través de misteriosas emisiones líquidas humanas. La «opinión» comúnmente admitida afirma ‎que el virus se transmite mediante emisiones líquidas provenientes de las vías respiratorias, ‎lo cual parece indicar que sería conveniente el uso de mascarillas. Pero esto es sólo una creencia, ‎que no está más demostrada que la ya desechada tesis de la transmisión por contacto con las ‎superficies sólidas.‎

‎ Recuerdo que se actuó de manera similar ante la aparición del sida. Al comprobarse la presencia ‎del retrovirus en la sangre y en el semen, se concluyó entonces que podía transmitirse a través de ‎los mosquitos y las felaciones. Durante 3 años, las autoridades sanitarias de numerosos países ‎multiplicaron los mensajes de prevención en ese sentido. Hoy sabemos que estaban equivocadas. ‎Los mosquitos y las felaciones no transmiten el sida. ‎

El error está en creer que contagiarse con un virus basta para enfermarse. El organismo humano ‎es capaz de vivir siendo portador de numerosos virus y casi siempre sabe cómo contrarrestarlos. ‎El Covid-19 es una enfermedad respiratoria y, por consiguiente, debe transmitirse a priori ‎como las demás enfermedades respiratorias: por vía aérea. De ser así, las únicas máscaras ‎realmente útiles son las máscaras herméticas, como las máscaras antigases que utilizan los ‎ejércitos o que se usan en los laboratorios P4 [2]. Las mascarillas quirúrgicas son, por consiguiente, una falsa protección ya que ‎no se adhieren a la piel y dejan pasar el aire por numerosos puntos. ‎

Si el Covid-19 se transmite como las demás enfermedades respiratorias –como ya dijimos, la ‎hipótesis más probable– la principal medida de prevención sería ventilar adecuadamente los ‎espacios cerrados, consejo que la Organización Mundial de la Salud (OMS) emitió desde el inicio ‎de la pandemia. ‎

Eso plantea otro problema. Con el paso del tiempo numerosos inmuebles han sido equipados con ‎sistemas de climatización –acondicionadores de aire, etc. Esos sistemas absorben vapor de agua ‎contaminado y redistribuyen aire frío o caliente, lo cual implica que las personas que respiran ese ‎aire pueden contaminarse. Basta recordar la epidemia de legionelosis –infección pulmonar grave ‎de origen bacteriano también conocida como “Enfermedad del Legionario”– surgida en 1976, en ‎Filadelfia (Estados Unidos), durante la convención de la American Legion. En el 2000, aquella ‎enfermedad se transmitió, de la misma manera, a pacientes del hospital europeo Georges ‎Pompidou, en París, poco después de la inauguración de dicho centro, y hubo que reformar todo el ‎sistema de climatización de aquel gigantesco y flamante hospital. ‎

Incluso hay que distinguir la diferencia entre los sistemas de climatización que expulsan el aire ‎hacia el exterior y los que funcionan en circuito cerrado, lo cual difundiría constantemente el virus ‎dentro del edificio. Los brotes de contaminación en mataderos y otros espacios climatizados en ‎circuito cerrado y a baja temperatura hacen pensar que esta hipótesis debe ser tomada muy ‎en serio. ‎

Aceptar esa hipótesis equivaldría a admitir la posibilidad de que numerosos edificios modernos ‎tengan que ser sometidos a una profunda rehabilitación, como el hospital Georges Pompidou, ‎lo cual implicaría importantes gastos, comparables a los que hoy se dedican a los procesos de ‎eliminación del amianto en algunos inmuebles. ‎

Por supuesto, para un alto funcionario preocupado por su carrera, lo más aconsejable es ‎ignorar ese problema, seguir la corriente sin cambiar nada, actuar como los demás Estados e ‎imponer el uso obligatorio de la mascarilla quirúrgica. ‎

‎

3- El momento hamiltoniano

‎

El proyecto franco-alemán del canciller Helmut Kohl y el presidente Francois Mitterrand fue ‎concebido durante la guerra fría. Enunciado en el Tratado de Maastricht, en 1992, su aplicación ‎prosigue hoy en día de manera inexorable. El objetivo estratégico es construir una estructura ‎supraestatal capaz de neutralizar los intereses divergentes de Alemania y Francia y de rivalizar en ‎el plano económico con Estados Unidos, Rusia y China. Las piezas de ese rompecabezas van ‎poniéndose en orden inexorablemente, como sucedió con el Tratado Constitucional de la Unión ‎Europea. ‎

Ante la oposición de numerosos pueblos europeos a esa construcción –que en realidad ‎se desarrolla bajo control estadounidense–, las etapas actuales se hacen difíciles de concretar, ‎pero la epidemia de Covid-19 permite a los dirigentes alemanes y franceses actuar bajo el ‎paraguas del pánico ante el virus. Eso es el hamiltonian moment (“momento hamiltoniano”), ‎referencia a la manera como Alexander Hamilton, el primer secretario del Tesoro de ‎Estados Unidos, hizo que ese país pasara de un sistema de cooperación entre Estados ‎independientes a una federación. ‎

Durante el periodo que va de 1789 a 1795, siendo ya el primer secretario del Tesoro, Alexander ‎Hamilton hizo que el gobierno de Washington asumiera las deudas que los Estados habían ‎contraído durante la guerra de independencia, poniendo así a los Estados en situación de ‎dependencia. Sólo 70 años después, cuando los Estados del sur rechazaron los derechos de ‎aduana únicos que el gobierno federal quiso imponerles, favoreciendo los intereses de ‎los Estados del norte, se vio el federalismo como una forma de sometimiento, lo cual dio lugar a ‎la Guerra de Secesión. ‎

Sólo al cabo de una de las reuniones cumbres más largas de la historia, los jefes de Estado y de ‎gobierno de la Unión Europea –reunidos en el marco del Consejo Europeo– adoptaron un plan de ‎‎750 000 millones de euros para la reactivación económica europea “post-coronavirus”. Ese plan ‎no será financiado por una devaluación del euro, ya que sólo 19 de los 27 miembros de la Unión ‎Europea son miembros de la eurozona, sino mediante préstamos de 30 años. Debido a ello, ‎durante los próximos 30 años será muy difícil, sino imposible, que algún país logre salir de la ‎Unión Europea como lo hizo el Reino Unido mediante el Brexit. ‎

Al principio, cuando las empresas reciban subvenciones o préstamos europeos, todo el mundo ‎estará contento. Pero más tarde, cuando las cosas vayan mejor y todos se den cuenta de que ‎están amarrados a la Unión Europea por al menos 30 años más, reaparecerá el descontento que ‎precede a la revuelta. ‎

El plan europeo fue presentado como una medida urgente adoptada ante una terrible crisis. ‎En realidad es una maniobra de “relaciones públicas” lo cual queda demostrado con el hecho ‎que, después de adoptarlo los jefes de Estado y de gobierno, fue enviado al Parlamento Europeo ‎y los parlamentos nacionales, que demorarán meses en pronunciarse al respecto. Durante todo ‎ese tiempo, la ayuda –supuestamente «urgente»– se mantendrá en suspenso. ‎

Este plan viene acompañado de un nuevo presupuesto de la Unión Europea para los 7 próximos ‎años, que por cierto es revelador de la verdadera naturaleza de esta “unión”. Por ejemplo, ‎últimamente se hablaba constantemente de la nueva «Defensa Europea», pero el presupuesto ‎de defensa se ha reducido a la mitad sin explicación alguna. ‎

Esas son sólo algunas de las piruetas y trucos que el nuevo primer ministro francés Jean Castex ‎acaba de avalar, poniendo así el sueño de poderío de Kohl y de Mitterrand por delante del deseo ‎de independencia de los pueblos. Se trata de una opción extremadamente grave que ya fracasó –‎no una sino dos veces– cuando Francia trató de realizarla en solitario, en tiempos de Napoleón, ‎y cuando Alemania trató de hacer lo mismo, bajo el mandato de Hitler. En su versión actual, los ‎jefes de Estado y de gobierno de Francia y Alemania están de acuerdo entre sí, pero ‎probablemente no lo están sus pueblos y menos aún los pueblos de los demás países ‎implicados. ‎

El presidente Emmanuel Macron y su primer ministro Jean Castex han aceptado, en nombre de ‎los franceses, encadenar el país a la Unión Europea por los próximos 30 años a cambio de ‎‎40 000 millones de euros. ‎

‎¿Y para hacer qué? ¿Para reformar el modo de remuneración del trabajo y eliminar el abismo ‎social entre los mega ricos y los demás? ¿Para indemnizar a los franceses que han perdido ‎el fruto de años trabajo a causa del confinamiento obligatorio? ¿O para ganar tiempo ‎manteniendo una apariencia de paz social? Desgraciadamente, estos dos personajes no están ‎interesados en realizar cambios y el dinero del plan europeo va a dilapidarse sin que se resuelvan ‎los verdaderos problemas. ‎

[1] El texto en francés habla de “fonctions régaliennes”. ‎El término francés régalien tiene su origen en la palabra del latin regalis, que significa “real” o ‎‎“soberano”, para referirse a lo que cae en el marco de decisión del “soberano”, en este caso ‎el presidente de la República Francesa en su calidad de jefe de Estado. Es importante recordar ‎aquí que, a diferencia de los países donde el presidente de la República (o el jefe de Estado) ‎no interviene en las cuestiones de gobierno y se limita al papel de guardián de la Constitución y ‎de las instituciones del Estado, en Francia la política exterior, la defensa nacional, el orden ‎interior, la justicia, la política monetaria y los impuestos caen en el campo de decisión del ‎presidente de la República. Nota del Traductor.

[2] Los “laboratorios P4” son aquellos donde ‎se trabaja con elementos patógenos de la categoría 4, que son virus como los que provocan ‎fiebres hemorrágicas (como el ébola y otras consideradas sumamente peligrosas) o enfermedades ‎infecciosas con altas posibilidades de diseminación y mortalidad (como la viruela)

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